Viaje al centro de la galaxia

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Las cuatro figuras nos muestran diferentes regímenes de velocidad. En la primera (arriba, izquierda), β es pequeño con respecto a la velocidad de la luz y el factor de dilatación temporal, γ, es también pequeño. La segunda (arriba a la derecha) nos muestra velocidades intermedias. Para β = 0,9, γ = 2,3. En la tercera figura (abajo, izquierda) vemos velocidades que se acercan hasta el 1% de la velocidad de la luz. Para β = 0,99, γ = 7. En la cuarta figura (abajo, derecha) vemos velocidades que se acercan hasta el uno por mil de la velocidad de la luz. Para β = 0,999, γ = 22.

¿Cuánto aumenta la dilatación temporal a medida que nos acercamos a la velocidad de la luz? Es muy fácil hacerse a la idea. Basta con escribir la fórmula que dedujimos en la última entrega:

Y recordad que el tiempo t (a borde de la nave que se mueve a β) se relaciona con el tiempo,t0, en la Tierra (o en la estación espacial) sin más que dividir por γ.

Veamos unos cuantos ejemplos empezando con una velocidad relativamente pequeña con respecto a la de la luz, digamos el 50% (β = 0,5). Usando nuestra ya célebre fórmula obtenemos que γ = 1,15, o lo que es lo mismo, el factor de dilatación temporal es un mero 15 %. ¿Qué hay de las velocidades intermedias? Por ejemplo, al 90% de la velocidad de la luz (β = 0,9), cada año en la nave cuenta por algo más de dos en la Tierra (γ = 2,3). Si aceleramos a velocidades que se acercan hasta el 1% de la velocidad de la luz (β = 0,99) obtenemos que γ = 7. Si nos aproximamos hasta 0.5% de la velocidad de la luz, γ = 10. Este es el caso que consideraba en mi novela (que por cierto nunca escribí) sobre el planeta–mina, situado a 50 años luz de la Tierra —el viaje en el sistema de referencia de la nave duraba cinco años, por tanto el factor de dilatación temporal era 10—. Finalmente, a velocidades muy cercanas a las de la luz β = 0,999, γ = 22.

La conclusión, aunque obvia, tiene interés. Para que los efectos relativistas sean significativos hay que viajar a velocidades muy próximas a las de la luz. Cuando la Enterprise viaja al 90% de c cada año de Kirk cuenta por dos de Spock. Al 0.5% de la velocidad de la luz, un año del astronauta cuenta por una década del que se queda en tierra.

Por otra parte, incluso si nuestra nave alcanza la friolera de 0.999·c, con un factor de dilatación temporal del orden de 20, los viajes espaciales siguen siendo larguísimos, incluso en el sistema de referencia, más lento, de la nave. Esto ocurre porque las distancias interestelares son muy grandes.

Si por ejemplo, queremos estudiar el agujero negro que posiblemente acabará por tragarse la galaxia, necesitamos viajar 25 000 años a la velocidad de la luz. A 0.999·c el viaje es solo 25 años más largo —apenas 5 lustros, una nadería comparado con los 25 milenios que nos cuesta llegar desde la Tierra, cinco veces el tiempo transcurrido entre la construccón de la pirámide de Keops y nuestros días—, pero al astronauta se le hace considerablemente más corto ya que γ = 22 y por tanto los relojes de a bordo (y su reloj biológico) miden 25 000/22 = 1136 años. Claro que 11 siglos y picos tampoco es moco de pavo para un viaje.

El centro de la Vía Láctea se encuentra en la constelación de Sagitario. En el espectro visible el centro de la galaxia está oscurecido por densas nubes de polvo interestelar, que sin embargo es bastante transparente en la banda infrarroja. La fotografía, tomada en esta banda, muestra multitud de estrellas ocultas en la banda visible que penetran hasta el núcleo central de la galaxia. Este núcleo, que puede verse en la parte superior izquierda de la imagen está a 25 000 años luz y posiblemente contiene un gigantesco agujero negro.

No solo el viaje es complicado, por lo larguísimo. También las comunicaciones lo son. A medida que la nave se aleja de la Tierra, el intercambio de señales se va volviendo más y más lento. Cuando llegamos al centro de la galaxia han pasado 25000 en la Tierra, pero hacen falta otros 25000 hasta que le llegue nuestro primer informe sobre el agujero negro.

Y esto asumiendo que se pueda viajar a 0.999c , un asunto del que nos ocuparemos en la próxima entrega. Pero incluso si fuera posible, no parece que las leyes de la fíısica justifiquen el argumento del 90% de las novelas de ciencia ficcón. Si no se puede viajar más rápido que la luz, entonces, incluso si la galaxia rebosa de civilizaciones avanzadas, no parece muy fácil que estas se hayan dedicado a explorar mucho más allá de su barrio local de estrellas —digamos las que les caen en un círculo de unas decenas o quizá unos centenares de años luz de su planeta—. A menos, claro está, que la norma en la galaxia sea ser inmortal —o lo que es equivalente comparada con la vida humana, vivir milenios, decenas o centenares de milenios—, o que las técnicas de suspensión animada sean fabulosas, o que los viajes interestelares no estén tripulados.

O quizá, simplemente, las civilizaciones que viajen en la Galaxia son fundamentalmente diferentes a la nuestra. Quizá los viajeros interestelares son naves inteligentes, en las que el ordenador de a bordo es también el capitán y el pasajero. Esa imagen me resulta mucho más plausible que imaginarme la nave llena de humanos (o klingons) frágiles, nerviosos, efímeros y bobos, comparados con las posibilidades de una inteligencia cibernética.

Buena parte de las novelas de ciencia ficción no son otra cosa que reediciones de don Marcial Lafuente Estefanía (westerns con vaqueros altos que llevan un láser en lugar de un colt) o variantes de Harry Potter, en las que en lugar de conjuro mágicos se utiliza tecno-babble. Posiblemente es inevitable dado que, culturalmente, aún estamos, me parece, mucho más cerca del Western (todavía no se ha cumplido un siglo dede la muerte de Búfalo Bill) que del primer paso en la era del espacio, que a muchos nos parece que será terra-formar y colonizar Marte, una empresa que nos costará siglos, como poco.

Así que, pensándolo bien, no es imposible que la Enterprise (una Enterprise consciente y ultra-inteligente) viaje por la galaxia. Lo que dudo mucho es que dentro viajen Kirk y Spock vestidos con sus bonitos pijamas.

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4 Comentarios

  1. Está claro que hay mucha mentirijilla relativista en las novelas y cuentos de ciencia ficción, y aunque no conozco profundamente el genero hace poco ley una que me pareció bastante rigurosa al respecto: «El juego de Ender»,¿no te parece?

  2. El juego de Ender es una novela buena de narices… aunque tambien con alguna que otra mentirijilla. En todo caso, la ficcion es ficcion y con tal de que sea honesta y auto-consistente, nada que objetar.

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