Juan José Gómez Cadenas: Una princesa de Marte (II)

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Kepler 22b, el único planeta conocido en la zona de habitabilidad de una estrella similar al Sol

Decía en mi último post que Marte está al alcance de nuestros sueños. Y lo decía porque Marte es el único otro mundo conocido hoy, en el que quizá podamos vivir algún día. El satélite Kepler ha identificado ya más de mil planetas extraterrestres, pero sólo uno, Kepler 22b, orbita la zona habitable de una estrella parecida al Sol. Kepler 22b tiene un tamaño dos veces y medio superior a la Tierra, así que a duras penas podríamos sobrevivir a su gravedad, si es que pudiéramos cruzar los 600 años luz que nos separan de su estrella. Marte, en cambio, está aquí al lado. Con la tecnología actual —o más bien, con la que desarrollaríamos en algunas décadas si de verdad nos pusiéramos a ello— llegaríamos hasta allí en unos cuantos meses. Su gravedad es muy inferior a la nuestra. Nuestros futuros colonos no llegarán a dar saltos como los de John Carter pero, desde luego, se encontrarán mucho más livianos que en la Tierra.

Ahí se acaban las ventajas, me temo. Marte será un mundo difícil. Su atmósfera, demasiado tenue —la presión atmosférica en la superficie es equivalente a la que encontraríamos a 35 km de altitud sobre la superficie terráquea—, no sólo es irrespirable (está compuesta sobre todo de CO2), sino que a duras penas cumple las otras misiones que desempeña la atmósfera terráquea. Es mucho menos efectiva como escudo de la radiación cósmica y no es capaz de mantener un efecto invernadero tan eficiente como el nuestro. Como consecuencia, hace bastante frío en la calle durante el invierno. Nada menos que 87 grados bajo cero, aunque en verano se alcanzan los 5 bajo cero, que no está nada mal —en mis tiempos en Boston, con cinco bajo cero la gente salía a pasear por el río Carlos en camiseta—. De hecho, en el hemisferio Sur, donde las temperaturas son más extremas, se puede llegar a los 20 o 25 grados en verano. Y puesto que los veranos son largos (el año marciano viene a durar el doble que el terráqueo), podría argumentarse que las condiciones de vida no tienen por qué ser mucho peores que en Siberia y desde luego que en la Antártida, donde la temperatura puede caer también cerca de los 80 bajo cero en invierno y nunca pasa de unos 20 bajo cero en verano. Llevamos un siglo explorando la Antártida, ¿por qué no Marte? ¿No nos vamos a atrever con el planeta rojo los nietos de aquellas tribus de cromagnones locos, los mismos que sobrevivieron a las glaciaciones, los mismos que descubrieron la Polinesia aventurándose al océano inmenso a bordo de unos barquitos de papel?

A diferencia de los descubridores de la Polinesia, además, sabemos qué esperarnos. Nuestras sondas espaciales ya han estado allí y las imágenes que nos han transmitido son las de un erial desolado. No, no hay ciudades en Marte y aquellos canales que parecían demostrar la existencia de una civilización avanzada y que los científicos —por no hablar del resto del mundo— se tomaron en serio hasta hace poco más de de un siglo, no existen. Al contrario, hemos averiguado que Marte es un mundo fallido, un Paraíso fracasado, un lugar donde pudo ser y no fue. Su órbita está casi en la región de habitabilidad, esa zona bastante restringida entorno a una estrella donde se dan las condiciones óptimas para la vida. La zona del milagro, en otras palabras, que nos empeñamos en ignorar, ocupados con la corrupción, el paro y la crisis para hacernos los números de la lotería cósmica que ganó la Tierra y nosotros —la vida, la inteligencia, los ojos abiertos al mundo, estos cielos de Zamora que ahora contemplo, azules hasta decir basta— con ella.

Venus y Mercurio están demasiado cerca del Sol y el resto de los planetas del sistema demasiado lejos. Todos, excepto Marte, que podría —pero todo se queda en un podría—haber dado la talla. Si su tamaño hubiera sido algo mayor y por tanto su masa y atracción gravitaría un poco más grande, Marte podría haber retenido una atmósfera más densa que la actual, demasiado tenue para permitir la existencia de agua líquida en su superficie. Quizá nuestro planeta hermano tuvo una atmósfera más densa en el pasado, quizá ríos y mares cubrieron alguna vez parte de su superficie. Pero ahora está muerto. No sólo carece de agua y casi con seguridad de cualquier tipo de vida, al menos en su superficie. También parece geológicamente inerte. Un planeta sin volcanes es un planeta donde los compuestos químicos y los minerales no circulan. Es un desierto.

Y, sin embargo, nos atrae como un amor imposible, como una aventura peligrosa, como esa princesa de Marte que imaginó Edward Rice Burroughs hace ahora cien años. Quizá porque la historia de ese planeta que quizá tuvo un día océanos en los que quizá floreció la vida es la historia de una tragedia cercana y se sabe que a los hombres nos conmueve aquello que nos resulta próximo, nos hacen llorar las bellas historias que terminan mal, nos enloquece la promesa de una piel que descubrir, aunque esa piel sea la roja superficie de un planeta moribundo.

El Marte que hoy conocemos nada tiene que ver con el de Burroughs, pero ha sido retratado minuciosamente por Kim Stanley Robinson en su magistral trilogía. Robinson pone carne y hueso al viejo sueño de terraformar nuestro fallido mundo hermano, utilizando una tecnología a nuestro alcance. La nave espacial que lleva a Maya y compañía al planeta rojo es una variante del viejo proyecto Orión. Una nave así podría construirse este siglo, si nos pusiéramos a ello, si las prioridades fueran otras que las de ganar dinero en la ruleta financiera. Nuestra tecnología no sólo nos permitiría llegar allí, sino también instalar bases permanentes no tan diferentes de las de la Antártida. A partir de ahí, todo es posible.

Sería un Marte menos vistoso que el de Carter, sin princesas ni palacios. Un Marte pobre y polvoriento, peligroso e ingrato, más parecido al Anarrés que describe Ursula K. Le Guin en su maravillosa novela Los desposeídos. Pero sería la puerta a las estrellas de nuestros tataranietos, que quizá se sorprenderán de la Edad Media que atravesó la humanidad en el siglo XXI, cuando el progreso tecnológico, el conocimiento, el arte y la propia ética humana se detuvieron durante décadas (esperemos que no sean siglos) asfixiados por una plutocracia irresponsable, por la avaricia de unas élites cegatas, por la estupidez que todavía parece dominar nuestros hábitos de primates. Pasará, seguro que pasará y ojalá sea pronto.

Entre tanto, tendremos que conformarnos con seguir soñando, como soñaba Burroughs. Quizá lo de la princesa de Marte que inventó un día era sólo una metáfora elegante para referirse a una cortesana. Una puta, para que nos entendamos, a la que visitamos clandestinamente desde hace décadas, esa antigua pasión —alocada en nuestra lejana juventud, culpable a medida que encanecemos y nos aumenta el colesterol— cuya belleza hemos visto marchitarse con el paso de los años y que sin embargo todavía es capaz de sorprendernos entre las sábanas de la cómplice madrugada. Puta o princesa, a pesar de los desengaños, todavía la deseamos. Todavía seguimos añorándola.

 

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9 comentarios

  1. Osiris

    Yo mandaría unos robots como SAFFiR para que construyeran los habitáculos para los humanos.
    http://www.solociencia.com/ingenieria/12041702.htm

    Tal vez el mejor hábitat para protegerse de la radiaciones y demás inclemencias sean las cuevas marcianas, bien sean naturales o excavadas, o tal vez sea mejor instalar una especie de casas prefabricadas como las de las bases de la Antártida.
    Los robots humanoides se encargarían de instalar las bases, o acondicionar las cuevas, y entonces llegarían los científicos a instalarse para largos periodos como en la Antártida.
    Sería una ironía que el primer refugio del hombre en Marte volvieran a ser … las cuevas, indicando que estamos en la prehistoria de la exploración espacial.

  2. Y es esa capacidad de soñar la que seguirá cambiando el mundo no le quepa la menor duda. Fantástico articulo

  3. Gracias a ambos por los comentarios. Los primeros habitats de Marte (seguramente por un largo tiempo) serán sin duda las cuevas. Eso no quiere decir que no se pueda salir a la superficie por periodos más o menos largos, la radiación que se recibe es más alta que en la Tierra, pero posiblemente tolerable.

    Y en efecto, Marte sería la prehistoria. Por ahí se empieza.

  4. ¡Fantástico! pero yo me temo que «la avaricia de de unas élites cegatas» seguirá y seguirá durante mucho tiempo.

  5. Bueno, si estamos en la Edad Media, aun podremos construir una catedral que nos lleve a Marte.

    ¡Y respecto a lo de la plutocracia, siempre nos quedara Praxis!.

    Excelente articulo.

  6. victoria

    Este post no lo había visto.. estás clonado? cuántas cosas haces cada microsegundo?
    Los niños y los jóvenes cambiarán las cosas. Ellos son los que más sueñan.

  7. Ah, Victoria nos ha descubierto. Somos 7 clones. Uno trabaja en NEXT, otro escribe posts, un tercero escribe libros, el cuarto es un obseso del deporte, el quinto se empeña en tocar el piano (alma de Dios), el sexto se pasa la vida chatting con los amigos y el séptimo sale a correr por la huerta valenciana con su chico de siete años antes de ir a la piscina a buscar a la de 11.

    Eso sí, no vemos la tele, no leemos los periódicos, no vamos al bar y no opinamos de fútbol.

  8. O quizás todo se reduce a querer seguir siendo joven, peor aún, niño. Esto es, los que más sueñan, como bien dices.

  9. Javier G.

    Estupendo artículo. Duele pensar en como se despilfarran las energias y talentos humanos. Voy por la mitad de «Marte Azul» de Kim Stanley Robinson después de haber leído la recomendación aquí. Agradecido. Como siempre, muy grande JotDown.

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