
El 19 de abril del año 2000, dos agentes de tráfico que patrullaban un área rural del norte de Italia se sintieron intrigados cuando, a lo lejos, vieron un automóvil detenido en una carretera solitaria. En el interior del coche —un Lancia— había dos individuos inmóviles, que parecían estar esperando algo. Tras un rato de observación, los policías notaron que el Lancia no arrancaba y que sus ocupantes no salían al exterior; aquello era llamativo, se trataba de un lugar bastante extraño para que unos hombres decidieran parar el coche y dedicarse, al parecer, a aguardar o vigilar. Así que los agentes sospecharon inmediatamente que algo inusual podría estar cociéndose; hicieron una llamada a la central, describieron el automóvil y así averiguaron que era robado. Ahora tenían buenos motivos para creer que aquellos tipos podrían estar tramando algo raro. Los agentes abandonaron el coche patrulla y comenzaron a caminar hacia el Lancia, que seguía parado junto a la carretera, sin arrancar el motor y sin que sus ocupantes diesen muestra alguna de querer salir. Pero de repente, sin otro gesto ni previo aviso, los ocupantes del automóvil sacaron sendas pistolas y comenzaron a disparar sobre los policías. Estos respondieron al fuego y el lugar se transformó en el escenario de un inesperado tiroteo. Y en ese tiroteo los delincuentes empezaron a salir perdiendo. Uno de ellos abrió la puerta del coche y trató de huir a la carrera, pero las certeras balas de los policías lo alcanzaron y cayó al suelo fulminado. Quedó tendido en el asfalto, inerte. Una vez finalizado el intercambio de disparos, los policías se acercaron al individuo que había quedado tendido en la carretera. Vestía con unos vaqueros y una sencilla chaqueta, e hilos de sangre brotaban de su boca, de su nariz e incluso de sus ojos. Ya no estaba vivo. Pensaron en un primer momento que se trataba de un delincuente albanés, porque era algo habitual en cierto tipo de bandas que cometían asaltos y secuestros en zonas rurales o suburbanas, en domicilios de industriales o comerciantes locales. Pero no, el hombre al que acababan de abatir no era un delincuente cualquiera. Finalmente se dieron cuenta de que acababan de cazar a uno de los criminales más notorios de los últimos años, el autor de uno de los robos a mano armada más grandes de la historia; un hombre teóricamente en camino de la reforma. En unos minutos más, el lugar estaría plagado de refuerzos policiales; todos rodeaban el cadáver de Valerio Viccei, cuarenta y cinco años, antigua estrella en los tabloides ingleses, autor de una pretenciosa autobiografía, eterno mitador de Al Pacino… y ahora un cuerpo abatido a tiros en una solitaria carretera.
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Ni pudo ser Tony Montana ni pudo hacerse las cejas.
Me lo has quitado de la boca.
Palurdo + Delirios de grandeza = la formula del fracaso asegurado
Si le pones una barbita, un puro y un frenillo…
Habria visto Scarface muchas veces,seguro…pero nunca habia visto como acaba.
Ese «Los polícías no se ANDARON con sutilezas» le resta una gotita de calidad al magnífico artículo.