La odisea del Endurance (y II)

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Viene de la primera parte


«Hemos perdido el barco y las provisiones, así que nos vamos a casa”

Más fácil decirlo que hacerlo. Pero así se mostraba Ernest Shackleton ante sus hombres: tranquilo, calmado, impertérrito, optimista. Habían vivido durante meses abandonados sobre la precaria cáscara congelada en que se había convertido la superficie del mar. Estaban a unos 650 kilómetros de la tierra firme más cercana, las islas de las estribaciones de la Península Antártica, que se extendían al oeste. Una distancia enorme en aquellas circunstancias, casi imposible de recorrer sobre un simulacro de terreno en donde la nieve, las irregularidades del hielo, las escarpadas agujas o las grietas que aparecían de repente convertían cualquier plan de avance en una quimera.

Durante nueve meses, los veintiocho hombres de la Expedición Imperial Trans-Antártica Imperial hbían hecho guardia junto al barco que los había llevado allí, el Endurance. Varado en la banquisa —inmóvil, inerte, silencioso—, el buque de exploración polar más sofisticado de su tiempo permaneció todo un invierno antártico aprisionado por el inacabable iceberg, resistiendo la presión de las placas de hielo sobre su casco. Sus antiguos tripulantes acampaban a la intemperie, viviendo sobre el mar congelado, durmiendo en sacos. Tenían que conciliar el sueño sabiendo que apenas unos metros de agua helada los separaban de las profundidades del Mar de Weddell, que se extendía bajo su improvisado campamento. De hecho, habían tenido que trasladar el campamento de su ubicación original, cercana al barco, cuando una grieta había aparecido directamente bajo sus pies, amenazando con tragárselos a todos. El hielo: un hogar siniestro y amenazante. Con los primeros signos del deshielo primaveral, la banquisa empezó a estremecerse; las placas de hielo se movieron y el Endurance empezó a sufrir, ladeándose. Los mástiles cayeron, y por fin el buque fue reducido a un amasijo de pedazos de madera y metal, hundiéndose con todo lo que aún quedaba en sus bodegas y no habían tenido tiempo de recuperar. La pérdida del Endurance afectó mucho a la moral de aquellos hombres, aunque algunos tuvieron remarcables gestos de obstinación. Por ejemplo el fotógrafo de la expedición, cuando vio que el Endurance iba a ser tragado por el hielo, buceó en las aguas heladas hasta el interior del casco inundado, entró en la habitación donde guardaba su material fotográfico y rescató varias latas de negativo. El jefe de la expedición, Shackleton, sólo le permitió conservar algunas latas de película, obligándole a dejar el resto, porque eran un peso muerto que no estaba dispuesto a tolerar. Su intención era la de partir hacia tierra firme cuanto antes, y cada kilogramo de más era un inconveniente.

El optimismo aparentemente inamovible de Shackleton llegaba a molestar a sus hombres y a causarles no pocos trastornos, pero también era el bálsamo que los mantenía vivos en las peores condiciones.

Shackleton, como decíamos, se mostraba optimista y esperanzado… al menos de cara al exterior. Solamente su diario conocía su verdadero estado de ánimo. Toda esperanza de un regreso seguro había quedado hecha trizas junto con el Endurance. Contemplar cómo el barco era engullido por el mar fue un durísimo golpe para todos los expedicionarios y Shackleton no fue una excepción. Tras la debacle, pasó toda una noche en blanco, caminando sobre el hielo, dándole vueltas a las limitadas opciones para conseguir la supervivencia que le quedaban. Consumido por la angustia, no tenía con quién desahogarse excepto con las páginas del diario. No podía mostrarse débil o pesimista ante sus subordinados. No tenía derecho a parecer desesperado, ni a quejarse siquiera. Él, como capitán, debía aportar una solución. Veintiocho vidas humanas dependían de él y de sus decisiones. Si él no los llevaba sanos y salvos de vuelta a casa, pensaba Shackleton, nadie lo haría y nunca regresarían con vida.

La vida sobre el hielo no había resultado nada fácil; habían sido meses de frío, oscuridad, monotonía, vientos lacerantes, incomodidad, incertidumbre. Aunque no todo había sido un desastre, y al menos habían podido alimentarse bien mientras el Endurance había permanecido intacto, gracias a los suministros almacenados en las bodegas. Aun así, no todos los miembros de la expedición estaban por igual preparados para sobrellevar durante tanto tiempo las condiciones de vida sobre un mar congelado. Algunos de ellos habían esperado semejantes esfuerzos y habían viajado allí dispuestos a hacer frente a cualquier situación: nos referimos al pequeño grupo de hombres que, de haber podido continuar la misión, hubiesen acompañado a Shackleton en el viaje a pie a través del continente antártico. Ellos sí habían recibido un entrenamiento específico para resistir aquel infierno. Pero el resto de los hombres, los tripulantes del Endurance que debían haber regresado con el barco a Inglaterra tras dejar a Shackleton en la costa, eran marinos que no habían previsto vivir en aquellas condiciones, así que la adaptación había resultado problemática. Aunque la mayoría de ellos provenía de climas fríos y estaban familiarizados con la nieve y los inviernos crudos, nunca habían experimentado nada similar a vivir sobre un iceberg en las inmediaciones del polo. Con todo, se las habían arreglado para sobrevivir en buen estado hasta que la “primavera” empezó a dar señales de vida. Pero ahora ya no dispondrían de un barco con el que volver, y tenían que decidir qué hacer a continuación.

A marchas frustradas

«Después de un año de incesante batalla contra el hielo habíamos regresado casi a la misma latitud por la que habíamos pasado, con grandes esperanzas y aspiraciones, doce meses antes. Pero, ¡bajo cuán diferentes condiciones! Nuestro barco había desaparecido y nos encontrábamos a la deriva sobre un pedazo de hielo, a la completa merced de los vientos»

La banquisa sobre la que vivían se desplazaba sobre el mar, así que la ubicación geográfica del campamento iba variando semana tras semana. Calculando el movimiento del hielo, los expedicionarios sabían que tarde o temprano se acercarían a tierra firme. Shackleton preveía que se acercarían a una isla llamada Paulet, una oportunidad de oro para abandonar por fin el hielo. Sobre tierra firme tendrían, por lo menos, el consuelo de saber que ya no corrían el riesgo de ser devorados por las aguas si de repente, cosa muy posible a causa del deshielo, se abría una grieta bajos sus pies. Los cálculos fueron correctos; el campamento llegó a estar a unos cien kilómetros de la isla de Paulet. Era lo más cerca de tierra firme que Shackleton y sus hombres habían estado desde hacía más de un año. Cien kilómetros constituían una distancia considerable, pero Shackleton confiaba en que podrían recorrerla a pie. Sin embargo, las circunstancias no ayudaron. Resultó que entre ellos y la isla de Paulet se extendía una masa de hielo tan abrupta e irregular que resultaba impracticable. No podrían atravesarla. Angustiados, tuvieron que permanecer en su campamento mientras la banquisa continuaba moviéndose, alejándolos de la isla y llevándolos de nuevo hacia mar abierto. Aquella había sido su última oportunidad de alcanzar tierra firme a pie.

Pensando que ya no tenía mucho sentido permanecer en el campamento y que era mejor para la moral de los hombres caminar en pos de un objetivo que permanecer a expensas del capricho de los elementos, comunicó que iban a emprender la marcha hasta el límite de la banquisa para encontrar agua líquida, subir a sus botes e intentar alcanzar alguna otra isla navegando entre los peligrosos hielos flotantes. Sus subordinados se mostraban escépticos, pero el carisma y la calma del explorador irlandés se impusieron. Sin embargo, abandonar el campamento en el que habían pasado el invierno conllevaba tomar medidas muy desagradables. Por un lado, tendrían que dejar atrás buena parte del equipo rescatado del Endurance. Shackleton sólo permitió a cada uno de sus subordinados que llevase consigo un kilo de efectos personales, además de los víveres y pertrechos imprescindibles. Todo lo demás sería dejado atrás. Peor aún; como al emprender la marcha solamente dispondrían de los víveres que pudieran acarrear con ellos, no habría comida para las mascotas del barco, cuatro cachorros de perro que eran los ojitos derechos de los marineros, y la gata del cocinero. Eran bocas inútiles a las que ya no podían alimentar. Para desconsuelo de todos, Shackleton ordenó sacrificar a aquellos cuatro animales. Por primera vez se oyeron disparos en la expedición, fúnebres truenos que encogieron el alma de los veintiocho hombres. Para el propio capitán fue una decisión descorazonadora, pero él era el líder, quien tenía que actuar en pos de la supervivencia de los hombres. La comida iba a escasear; los elementos humanos de la expedición tenían prioridad, los perros de arrastre venían después, y los cachorrillos y la gata habían sido los últimos de la cadena. Pagaron el precio por ello.

La vida sobre el mar congelado: un puñado de hombres frente a los elementos.

Emprendieron la marcha. No resultó fácil. Llevar consigo los tres botes salvavidas —cada uno medía siete metros de eslora y pesaba una tonelada— era una auténtica pesadilla. Los hombres y los perros tenían que atarse a los botes y arrastrarlos por el hielo y la nieve, bajo el inclemente clima antártico, acarreando el equivalente de tres automóviles sin ruedas sobre una superficie irregular y repleta de obstáculos. Pese a las previsiones de Shackleton, que creyó que podrían recorrer ocho o diez kilómetros diarios, apenas conseguían progresar. Había sido excesivamente optimista y la realidad lo golpeó en el rostro. Después de tres durísimos días de marcha, aún tenían a la vista el lugar donde se había hundido el Endurance. Estaban malgastando fuerzas en una tarea inútil. El irlandés tuvo que admitir su derrota; así, ejerciendo como impotentes mulas de arrastre, no iban a llegar a ninguna parte. Dejaron de intentar ganarle terreno a lo imposible y acamparon otra vez.

En el nuevo campamento dieron empleo a los pocos materiales que habían quedado del naufragio del Endurance para intentar mejorar sus condiciones de vida. Convirtieron la caza en la actividad fundamental de sudía a día. Con la llegada de la primavera y la aparición de algunas grietas en el hielo empezaron a dejarse ver algunas focas y pingüinos. No había muchos, y capturarlos era la prioridad en el campamento. La carne los alimentaría, a ellos y a los perros. La grasa y las pieles podían ser usados como combustible para calentarse. Pero la tarea no resultaba sencilla y no solamente porque los animales escaseaban, sino porque en alguna ocasión tuvieron que hacer frente a la belicosidad de los propios animales salvajes. Sobre todo cuando se producía la ocasional aparición de leopardos marinos, una variante de foca depredadora, solitaria y muy agresiva, que les causaba serios problemas. Uno de los hombres sobrevivió de milagro al ataque de un leopardo marino, que le hizo perder su arma, gracias a la admirable frialdad de un compañero que recogió su rifle, apuntó a la cabeza del animal sin apresurarse y disparó una certera bala antes de que la cacería terminase en tragedia.

Otro acontecimiento inesperado añadió quebraderos de cabeza al jefe de la expedición: Shackleton sufrió un repentino ataque de ciática y el dolor lo mantuvo incapacitado durante más de dos semanas. Durante aquel tiempo permaneció postrado en el interior de su tienda, incapaz de actividad alguna excepto permanecer en su saco de dormir, escribiendo y, sobre todo, pensando. Mientras sus hombres cazaban y organizaban la supervivencia diaria en el exterior, Shackleton languidecía en su tienda, dándole vueltas a la cabeza. El fracaso de la expedición lo torturaba. La gloria se había escurrido entre sus dedos; los años de preparación, recaudación de fondos y entrenamiento habían resultado ser en vano. Su gran sueño, atravesar la Antártida de punta a punta, había quedado hecho pedazos junto con el Endurance. Pero al final, Ernest Shackleton no era la clase de hombre que se dejase desanimar por las circunstancias. Mientras se recobraba de su ciática se impuso una nueva misión: todos sus hombres volverían vivos a casa. Punto. Ésa era su responsabilidad, su nuevo propósito, un objetivo en el que probablemente sólo él creía. Aunque creía en ello con un entusiasmo fanático, por lo que sus subordinados empezaron a comprobar.

Hacía más de un año que el mundo no tenía noticia de ellos. Que alguien decidiese enviar un rescate resultaba muy improbable a aquellas alturas, y más con la guerra en Europa, que suponían no habría terminado todavía. Y aunque se hubiese lanzado una misión de búsqueda, la posición en que se encontraban los expedicionarios era desconocida; tratar de encontrarlos sería como querer encontrar una aguja en un inmenso pajar. De todas maneras, la idea de un rescate resultaba absurda. Allá en el mundo civilizado los daban por muertos, estaban seguros. Nadie había permanecido durante más de un año perdido en las inmediaciones del Polo Sur y había regresado con vida para contarlo. En la lejana Europa, sus mujeres se creían viudas y sus hijos huérfanos. Sus amigos habrían brindado por su descanso eterno; después, habrían continuado con su vida normal. Veintiocho hombres habían desaparecido en la Antártida, y el mundo había seguido girando. No estaban muertos pero eran ya como fantasmas. Estaban en un ataúd de hielo y la tapa iba cerrándose día tras día.

Del motín al deshielo

Tras recuperarse de la ciática, Shackleton apareció renovado, infundido de un nuevo optimismo. Reunió a sus hombres y les comunicó su sorprendente decisión: volverían a intentar una marcha a pie para abandonar el mar helado. La noticia no causó gran entusiasmo en el campamento. El último intento de marcha había durado apenas tres días, una experiencia terrible y un fútil gasto de valiosas energías. Y sin embargo, Shackleton quería repetir, que de nuevo dejasen casi todo su equipo útil atrás para someterse a la deprimente y agotadora tarea de arrastrar los botes salvavidas. Para algunos era una idea insensata. Pero también era una orden, así que se pusieron de nuevo en marcha.

Un expedicionario posa orgulloso con sus queridos cachorros. Los pobrecillos no tuvieron un final feliz.

Esta vez consiguieron avanzar un poco más, pero la caminata era tan desesperante como la anterior. Después de tres jornadas de titánico esfuerzo, el descontento cundió entre los expedicionarios hasta el punto de que se produjo un conato de motín. Uno de los hombres, el carpintero del Endurance, decidió que ya había tenido bastante. El barco había desaparecido, dijo, así que ya no existía una tripulación y se consideraba exento de la obligación de cumplir órdenes del capitán. No pensaba seguir cargando con aquellos pesados botes sólo porque el insensato Shackleton había tenido esa ocurrencia. Se negó a seguir. Shackleton fue consciente de la delicada situación ante la que se encontraba, porque si cundía el ejemplo y otros imitaban aquella desobediencia, podía verse enfrentado a un motín en toda regla. La actitud del carpintero amenazaba con pulverizar la integridad disciplinaria del grupo. Juntos habían sobrevivido al crudo invierno y al hundimiento del barco, pero no podrían sobrevivir al caos de una división interna. Aunque a esas alturas incluso el propio Shackleton sospechaba que se había equivocado al ordenar emprender una segunda marcha a pie, no podía tolerar la indisciplina. No se lo pensó dos veces: primero se aseguró de tener su revólver a mano, por si en última instancia se veía obligado a terminar haciendo uso de él. Algo, por otra parte, a lo que estaba dispuesto. Haría cualquier cosa por devolver a sus hombres a sus hogares, y eso incluía cortar de raíz las insubordinaciones. A cualquier precio.

No hizo falta recurrir a las amenazas o las balas. Llevaba consigo una copia de los estatutos de la expedición y discutió el tema con sus hombres. Si regresaban vivos a Inglaterra, todos ellos tendrían derecho a cobrar un sueldo por cada mes que hubiesen pasado bajo su mando, sin importar que el barco se hubiese hundido o cuánto tardasen en regresar. Así que, según el reglamento, seguían teniendo derecho a sueldo y por lo tanto seguían bajo su mando. Lo quisieran o no, continuaban siendo miembros de la Expedición Imperial Trans-Atlántica. La obligación de cumplir órdenes continuaba vigente porque seguían cobrando por ello. Y la desobediencia podía ser castigada con toda la dureza que permitían los rígidos códigos de la navegación. Shackleton hizo todo un alarde de capacidad de liderazgo y poder de convicción para capear el temporal; el conato de motín quedó desactivado. El carpintero rebelde aceptó la situación y los demás expedicionarios asumieron que tenían que hacer lo que su jefe les mandase, por difícil o desagradable que resultara. Así que cargaron otra vez con los botes y penosa marcha continuó. Una vez más, el esfuerzo resultó en vano.

Shackleton se había salido con la suya pero su entusiasta obstinación se topó de bruces con la cruda realidad una segunda vez. Después de una larga semana de marcha se dio cuenta de que no tenía sentido continuar, porque la energía que consumían no servía para avanzar salvo unos pocos cientos de metros por día. Se detuvieron y volvieron a acampar, aunque ahora disponían de mucho menos material y el nuevo campamento implicaba condiciones de vida bastante más precarias. La credibilidad de Shackleton había sufrido un severo golpe. Por más que hubiese conseguido mantener el mando y apagar la rebelión, aquella interminable semana de esfuerzos había tenido consecuencias funestas entre sus subordinado, que estaban más cansados, más desanimados, y que para colmo habían tenido que dejar atrás una buena cantidad de pertrechos que ahora echaban mucho de menos. Los hombres de Shackleton empezaron a hacerse a la idea de que no iban a poder alcanzar tierra firme antes de que llegase un nuevo invierno antártico. Iban a tener que pasar otro año varados en aquella cáscara de hielo, si es que conseguían sobrevivir.

Shackleton seguía afirmando que sí saldrían de allí antes de la llegada del nuevo invierno. Su optimismo empezó a antojarse insensato incluso para los oficiales más cercanos a él. Los expedicionarios querían volver a dedicar todos sus esfuerzos a la caza, almacenando la mayor cantidad de carne durante lo que quedase de “verano” polar, antes de que los animales salvajes volvieran a desaparecer cuando las condiciones empeorasen. Iban a necesitar buenas cantidades de focas y pingüinos si querían tener alguna oportunidad de sobrevivir a la perenne oscuridad de los meses invernales. Durante el invierno anterior habían dispuesto de los víveres de las bodegas del Endurance, además de grandes cantidades de equipamiento útil, pero ahora ya no tenían nada excepto unos hornillos, sus maltrechos sacos de dormir y los botes. Había que cazar y acumular comida. Y sin embargo, para desespero de los suyos, Shackleton se negó a convertir el campamento en una despensa. Él seguía en sus trece: iban a abandonar el hielo, así que no debían dedicar todos sus esfuerzos a perseguir focas.

Caminar sobre el hielo arrastrando un bote de una tonelada de peso: definitivamente, una tarea ingrata.

Los elementos quisieron darle la razón. La cáscara de hielo sobre la que acampaban comenzó a adelgazar como consecuencia de la subida de las temperaturas. Una noche, uno de los hombres se despertó mareado, con la extraña sensación de haber estado durmiendo en el interior de un barco. Y en cierto modo, así había sido, porque el hielo bajo sus pies se había vuelto tan ligero que empezaba a balancearse por efecto del agua subyacente. Otra noche sucedió algo todavía más alarmante, cuando una grieta se abrió en mitad del campamento. Confusos y medio adormilados, los expedicionarios se pusieron en pie pensando que el océano amenazaba con tragárselos a todos. De hecho, uno de los hombres había caído al agua, todavía metido en su saco de dormir. Shackleton lo descubrió a tiempo y ayudó a sacarlo a la superficie, tras lo cual la grieta se cerró de manera tan imprevista como se había abierto: un minuto más y hubiese muerto ahogado. Hicieron lo posible por secarlo para evitar que terminase sucumbiendo pro causa de la hipotermia. El pobre hombre había estado a punto de morir. pero se limitó a lamentar la pérdida de su saquito de tabaco, lo cual, en aquellas circunstancias, era también un considerable motivo de disgusto.

Esta vez Shackleton había tenido razón. No podían quedarse acampados sobre una banquisa que comenzaba a deshacerse. Metieron sus escasas pertenencias en los botes salvavidas y se dispusieron a aprovechar los estrechos pasillos de agua que comenzaban a aparecer por doquier para navegar. Pero eso planteaba otro desagradable problema. Ya no iban a poder llevar a todos los perros con ellos. Volvieron a sonar disparos. Para algunos de los hombres, aquellos momentos fueron difíciles de asumir, teniendo que matar a unos animales que los habían acompañado durante meses de dura supervivencia y con los que habían establecido profundos vínculos. Pero Shackleton era inflexible al respecto. Durante las siguientes semanas, irían sacrificando al resto de los perros ante la imposibilidad de conseguir alimento suficiente. Al final, terminarían comiéndoselos.

Durante el día remaban esforzadamente para abrirse paso por los pasillos de agua que dejaban las grietas de la banquisa al ensancharse, aunque avanzaban con desesperante lentitud. Cuando llegaba la hora de dormir, acercaban los botes a una placa de hielo lo bastante grande como para permitirles acampar y pasaban las siguientes horas sobre ella. Con el paso de los días dejaron atrás la banquisa y se encontraron en mar abierto, donde ya no había hielo estable sobre el que acampar. Ahora se veían condenados a dormir en los propios botes, soportando la humedad y rezando por que no se desatase una tempestad que los hiciese naufragar. Para no perderse habían atado las tres barcas entre sí, pero temían que alguna ballena orca —de las que podían escuchar sus silbidos bajo el agua, pues eran abundantes en la zona— nadase entre los botes, arrastrando la cuerda y provocando que volcasen. Otra preocupación. todavía más grave, era la falta de comida. En mar abierto ya no podían cazar y una vez sacrificados los perros, sólo les quedaba una pequeña cantidad de galletas del Endurance. Su dieta se tornó patética: a la hora de comer le daban un diminuto mordisquito a su galleta diaria, aunque algunos se limitaban a lamerla un poco, y la hora de cenar se comían la galleta entera. Con eso tendrían que aguantar hasta encontrar tierra firme. Transcurrieron dos días, tres, cuatro. La malnutrición y la casi total imposibilidad de secar sus ropas provocaron que empezasen a enfermar. La disentería hizo estragos entre los expedicionarios; sus síntomas (fiebres, dolores y diarrea) se sumaban al frío, el hambre y la falta de descanso. Aquel trayecto de días por mar los estaba debilitando más que todos los duros meses del invierno anterior.

La moral amenazaba con desplomarse, pero fue entonces cuando emergió de una vez por todas la capacidad de Ernest Shackleton para ponerse al frente y cargarse las dificultades a sus espaldas. Estaba sometido a las mismas penurias que todos los demás hombres, pero siempre estaba animoso, siempre disponible para ellos. Los consolaba, los estimulaba, los escuchaba, los cuidaba cuando enfermaban, les daba esperanzas en los peores momentos. Tres botes salvavidas unidos por un par de cuerdas en mitad del océano antártico, con veintiocho hombres que no sabían a dónde se dirigían, que no llegaban a ser ni un diminuto punto en el más pequeño de los mapas. Y en medio de todos ellos estaba Ernest Shackleton, comportándose como un abnegado padre. Sus hombres llegaron a olvidar los errores que había cometido y los momentos de tensión que se habían producido a causa de sus decisiones. Sin Shackleton no podían sobrellevartodo aquello. Él se ponía al timón. Y seguía insistiendo en que los llevaría a tierra firme.

(En la imagen, parte de la Isla Elefante, que durante meses permanece rodeada por el hielo; sobre la costa se aprecia un pequeño monumento dedicado a los expedicionarios de Shackleton)

La isla Elefante

Después de siete agotadores días remando (y achicando agua cuando tocabas dormir) esperaban encontrar la isla Elefante, que debido a su difícil acceso estaba alejada de cualquier ruta marítima, olvidada incluso de los balleneros y los cazadores de focas. La civilización seguiría siendo como un sueño lejano, pero al menos, si alcanzaban la isla, estarían en tierra firme.

La llegada a la Isla Elefante: un pequeño paso, aunque insuficiente, hacia una todavía muy improbable supervivencia.

Amaneció un día cubierto por la niebla. Al aclararse la atmósfera, los expedicionarios se dieron cuenta de que se hallaban justo bajo uno de los acantilados, cortados a cuchillo, de la isla Elefante. Débiles y exhaustos, pero entusiasmados, remaron hacia la costa. Tambaleándose, llevaron sus botes a tierra, desembarcaron y comenzaron a caminar por la playa, extasiados por aquella sensación que ya casi habían olvidado: pisar un suelo seguro, sólido, que no estuviese hecho de hielo. Habían transcurrido dieciséis meses desde la última vez que habían pisado tierra firme. Ya no tendrían que vivir sobre la incierta y tramposa banquisa, así que la alegría retornó al maltrecho grupo y se dibujaron sonrisas en sus demacrados rostros. Shackleton había conseguido el primero de sus objetivos, que todos sus hombres volviesen a tierra firme, y todos estaban vivos.

No podían quedarse allí para siempre, sin embargo. En la isla Elefante la supervivencia no estaba garantizada. Era un pedregal mortecino en el que no había muchos más recursos que en la banquisa en la que habían vivido durante tantos meses. Aunque allí podían acampar sobre suelo relativamente seco, lo cual era una considerable mejora respecto a dormir sobre la corteza congelada del mar (y no digamos respecto a mal dormir en los botes que se llenaban de agua todo el tiempo a causa del oleaje), Shackleton no se engañaba. Algunos de ellos, al menos, necesitaban salir de allí para buscar ayuda.

La tierra habitada más cercana estaba en el Cabo de Hornos, pero los vientos del oeste les impedirían llegar hasta allí. La opción más plausible era intentar alcanzar Georgia del Sur, la isla donde habían hecho escala año y medio atrás. ¿El problema? Que Georgia del Sur se encontraba a casi 1300 kilómetros de la isla Elefante. Esto es, 1300 kilómetros navegando a través de las aguas más feroces del planeta, para lo cual disponían de tres botes de algo menos de siete metros de eslora. Dicho de otra manera: un suicidio.

Shackleton contempló a sus hombres y el cuadro era desolador. Casi todos ellos estaban demasiado débiles o enfermos como para afrontar una travesía semejante. La semana que habían pasado en mar abierto buscando la isla Elefante había bastado para minar las fuerzas de casi todos ellos al límite. Y para alcanzar georgia del Sur necesitarían, según sus cálculos, todo un mes de navegación a través del terrorífico Atlántico Sur, un océano mucho más profundo, violento y traicionero que el mar por el que acababan de transitar. El famoso explorador irlandés se daba cuenta de que no podía pedir semejante esfuerzo a aquellos hombres tan castigados. Pero había que hacer algo. Y tomó una decisión. Usarían uno de los botes para intentar alcanzar Georgia del Sur y solicitar auxilio. Shackleton sabía que las posibilidades de llegar eran escasas, pero no había otra opción, así que iría él mismo, acompañado de los cinco hombres que considerase más fuertes y preparados para el viaje. No podía engañarse; era muy probable que terminasen en el fondo del Atlántico, pero al menos lo habrían intentado. Había jurado a sus hombres que los devolvería a casa, y una vez dada su palabra, siendo como era un hombre de honor, lo único que le quedaba era dejarse la vida en el intento.

Los hombres echan al agua el «James Caird», bote en que Shackleton planeaba pasar todo un mes atravesando las aguas más feroces del planeta.

Antes de partir, Shackleton organizó el campamento donde quedarían esperando los restantes expedicionarios. Los dos botes que no iban a usar para navegar fueron puestos boca abajo y apoyados el uno sobre el otro, formando una especie de refugio contra el viento. Allí, veintitrés hombres esperarían, quizá inútilmente, que llegase la ayuda que Shackleton se proponía encontrar. No había mucho más que pudiesen hacer. Prepararon el tercer bote salvavidas, bautizado James Caird en honor de uno de los patrocinadores de la expedición. Crearon una cubierta con lonas, reforzaron el casco con maderas procedentes de los otros botes e incluyeron dos toneladas de piedras como lastre, para evitar que el bote fuese volteado como una pluma por las feroces olas que sin duda iban a encontrar. Almacenaron comida para seis hombres y treinta días; si después de un mes no habían encontrado Georgia del Sur, morirían de hambre, suponiendo que el océano no se los hubiese tragado ya.

La Expedición Imperial Trans-Atlántica había levado anclas de Inglaterra el 8 de agosto de 1914. Ahora, el 24 de abril de 1916, Ernest Shackleton y cinco de sus sufridos expedicionarios abandonaban la isla Elefante a bordo de un escuálido bote salvavidas para lanzarse a una travesía sin esperanza, mientras el resto de sus compañeros los despedían desde la playa, pensando que quizá nunca los volverían a ver. La imagen de aquel preciso instante, tomada por el fotógrafo de la expedición, es el vivo retrato de una descorazonadora odisea humana; un momento que sus propios protagonistas recordarían después como “patético”.

Tras perder de vista al bote de Shackleton, los hombres que permanecerían en la isla retornaron a su cabaña fabricada con los botes. Ya sólo les quedaba esperar, pero aún les aguardaba alguna inusitada e incómoda sorpresa. Por ejemplo, cuando encendían el hornillo que llevaban consigo para calentarse, el hielo incrustado en el suelo comenzaba a deshacerse… y así descubrieron que había acumulados excrementos de aves marinas que habían permanecido congelados durante décadas, pero que ahora quedaban otra vez expuestos al aire libre, con el desastroso efecto que puede imaginarse sobre la vida en la improvisada cabaña. Pasarían hambre, frío y sufrirían enfermedades y congelaciones, además de dormir sobre excrementos. Con todo, iban a estar mejor que los seis tripulantes del James Caird.

“¡Por el amor de Dios! ¡Agarraos! ¡Nos va a alcanzar!” 

Sobre un océano agitado, encogidos en el pequeño refugio que habían improvisado en el bote salvavidas, Shackleton y sus cinco valientes contaban las horas y los días de la travesía. La primera jornada resultó tranquila, porque brillaba el sol y el mar estaba en calma. El viento del oeste los arrastraba en la dirección indicada y notaron que estaban avanzando mucho más deprisa de lo previsto. El segundo día siguieron avanzando a buen ritmo, pero a costa de sufrir unas aguas mucho más revueltas. El esquife en que viajaban se agitaba constantemente con creciente violencia; el agua fría entraba todo el tiempo en el casco, y ellos tenían que achicarla a costa de sus escasas fuerzas. Hacían turnos de cuatro horas, en los que tres de los hombres intentaban mantener el bote a flote, mientras los otros tres hacían lo posible por dormir. Las temperaturas descendían hasta los veinte grados bajo cero. Sus ropas estaban permanentemente mojadas y comenzaron a sufrir signos de congelación superficial en los dedos de los pies. A uno de los hombres se le congelaron las orejas. Aunque consiguieran encender el hornillo, resultaba imposible secar sus atuendos y durante el día no se veía un ápice de sol porque las nubes cubrían el cielo. Se formaba escarcha en el bote y en sus propias ropas. Sus fuerzas iban menguando por horas. Por otra parte, sin la visión del cielo por culpa de las nubes, tenían que orientarse en base a la intuición. Con un instrumental de navegación rudimentario —que para colmo apenas era útil sobre un bote que no paraba de balancearse—, estaban limitados a suponer de manera muy aproximada que la dirección fuese la correcta. Si se equivocaban en un solo grado, podían terminar desviándose noventa kilómetros de su objetivo. Si se equivocaban en dos grados, nunca encontrarían Georgia del Sur ni por casualidad, pereciendo en la inmensidad del Atlántico.

Ilustración clásica rememorando el agitado día a día durante la travesía del «James Caird».

Como escuchando su lamento interior, los cielos les concedieron un descanso a los pocos días de viaje. Las nubes se abrieron, el sol brilló. Pudieron secar sus ropas, al menos en parte, y también pudieron calcular el rumbo con precisión. Se llevaron una alegría; pese a los días de confusión, todavía iban en la dirección correcta y debido a la fuerza de los vientos habían avanzado bastantes más kilómetros de los que pensaban. Sin embargo, el breve interludio de calma pasó con rapidez y el Atlántico Sur volvió a mostrar su verdadero rostro: oscuras nubes, olas enormes, aquel agua fría que se empeñaba en inundar el bote. Debían de sentirse muy, muy diminutos e indefensos en aquel cascarón de siete metros, atravesando unas aguas que habrían causado problemas a buques mucho más grandes. Cada día parecía interminable, prolongándose en una lucha constante. Tras una semana y media de viaje, la de por sí maltrecha salud de los navegantes empeoró. Dos de ellos enfermaron hasta el punto de que se empezó a temer por sus vidas. Shackleton vigilaba su pulso y cada pocas horas ordenaba calentar una especie de sopa para repartirla entre todos. Solamente mucho después supieron sus acompañantes que Shackleton fingía beber su ración, pero que en realidad tenía su lata vacía porque había repartido su parte entre las latas de los demás.

El panorama era de una aterradora abstracción; cielo y agua se confundían; tanto, que incluso a un navegante tan curtido como Shackleton le costaba a veces distinguir qué era lo que veía en lontananza. Un día, mirando a la distancia desde la proa del bote, distinguió un retazo de claridad en el firmamento, una línea blanca que parecía una abertura en el horizonte. Creyó que era signo de que se estaba despejando el cielo, que aquel jirón de luz anunciaba que iban a gozar de la bendición del sol. Pero las cosas resultaron ser bien distintas: un momento después se dio cuenta de que aquella “abertura en el cielo” era en realidad la cresta de una ola gigante. En veintiséis años como marino, Shackleton nunca había visto nada similar. Gritó: “¡Por el amor de Dios! ¡Agarraos! ¡Nos va a alcanzar!”  y los hombres se aferraron al bote y aguardaron la llegada de la ola gigante durante unos instantes que, según contaban después, se les antojaron horas. Por fin, la ola alcanzó el James Caird y se desató el caos. Había agua blanca y espuma por todas partes, provocando una total confusión y el sentimiento de ser devorados por el océano. El bote fue elevado a las alturas, arrojado hacia adelante y dejado caer de nuevo. El agua lo cubrió por completo. Los hombres permanecieron agarrados a la embarcación con la fuerza que les confería el saber que toda su vida dependía del aguante de sus manos en aquel preciso instante. Milagrosamente, el James Caird mantuvo el equilibrio. Salió indemne del encuentro con un fenómeno marino que podría haber tumbado a otros buques, cosa sin duda extraordinaria. Aunque aún tuvieron que pelear hasta el último aliento para evitar el naufragio, porque durante diez interminables minutos y usando cualquier objeto que sirviera de recipiente, lucharon por achicar toda el agua que la ola gigante había dejado tras de sí y amenazaba con hundirlos. Fue duro, pero lo consiguieron. Habían sobrevivido a una ola monstruosa a bordo de un pequeño bote, una gesta digna de las narraciones de Homero.

Muy débiles, pero sabiendo que Georgia del Sur estaba sin duda algo más cerca, continuaron navegando. Vieron una placa de kelp flotando sobre el agua; este es un tipo de alga cuya presencia anuncia la proximidad de tierra firme. Agotados, fueron presa de una risa débil y estertórea. Habían ido siempre en la dirección correcta. Cómo habían conseguido sobrevivir era algo que quizá ni siquiera ellos mismos entendían del todo bien, porque además de su valor, determinación y habilidad, la suerte había jugado un papel importante. Pero lo importante era que después de dos agotadoras semanas en mar abierto —la mitad del tiempo previsto— divisaron Georgia del Sur en la distancia. Una de las epopeyas marítimas más grandes en la historia de la Humanidad estaba a punto de llegar a su fin.

De entre los muertos

Durante la accidentada travesía oceánica, la firmeza de espíritu de Shackleton alcanzó cotas novelescas. Se convirtió en un padre para sus sufridos compañeros de odisea.

Aún se vieron obligados a pasar una noche más sobre el agua. Alcanzaron la isla, sí, pero se toparon con unos acantilados rodeados de escollos en los que no había ningún lugar indicado para desembarcar sin que el bote terminase hecho trizas. Necesitaban encontrar una playa. Shackleton contempló el lamentable estado de debilidad de sus hombres y consideró que sería mejor descansar una noche más antes de intentar el desembarco. Como es lógico, a los hombres los consumían los deseos de poner pie en tierra, pero tenían que resignarse. Estaban demasiado débiles como para ponerse a remar aquel día.

Como una broma del destino, el día siguiente amaneció con una terrible tormenta que arrastró al bote de nuevo hacia mar adentro. Habían cerrado los ojos con la bendita estampa de los acantilados todavía en la retina pero ahora, una vez más, habían perdido la isla de vista. Haciendo de tripas corazón y combatiendo contra los elementos, volvieron a navegar durante toda la mañana parta intentar localizarla de nuevo, lo cual consiguieron alrededor del mediodía. Durante toda la tarde, debatiéndose con el fuerte viento, deambularon en busca de un lugar idóneo donde atracar. No encontraban ninguno, solo rocas y más rocas. Tenían el final de su odisea muy cerca… y a la vez muy lejos. Cuando amenazaba con anochecer sin que pudieran abandonar mar abierto, los dioses del piélago se apiadaron por fin de ellos. El viento amainó y además encontraron una cueva donde detener temporalmente el bote. Allí tampoco podían poner pie en tierra, pero por lo menos estaban al abrigo y eso les permitiría dormir con más tranquilidad, protegidos de otra posible tormenta que los volviese a alejar de tierra o incluso los arrojase a las profundidades. Durmieron pues en el bote, a resguardo por primera vez en dos semanas. A la mañana siguiente abandonaron la cueva y navegaron circunnavegando la costa hasta encontrar, esta vez sí, una bahía en la que finalmente pudieron atracar. Era el 10 de mayo de 1916. Volvían a poner el pie en un territorio habitado por el hombre. Volvían a ver vegetación: la mortecina hierba de las colinas que rodeaban la playa. Habían transcurrido veintiún meses desde el inicio de la expedición.

Todavía necesitaban encontrar ayuda. Habían podido tomar tierra, pero lo habían hecho en el lado menos indicado de la isla. Estabana treinta y cinco kilómetros de la estación ballenera de Stromness, pero no iba a ser un camino fácil: una cordillera montañosa los separaba de la estación. Dado que estaban demasiado débiles como para retornar al mar y rodear la isla navegando, tendrían que atravesar la cordillera a pie.

Descansaron durante cinco días. La apatía había hecho presa en los supervivientes de la terrorífica travesía marítima. Fue la determinación y el carácter práctico de Shackleton lo que mantuvo a sus hombres en funcionamiento. Su capacidad de sacrificio resultaba contagiosa y su ejemplo era un acicate. De no ser así, incluso estando ya tan cerca de la posibilidad del rescate, hubiese sido muy posible que aquellos desdichados viajeros se hubiesen dejado morir sobre aquellas colinas, incapaces de reunir las exiguas reservas de vitalidad que quedaban en sus castigados cuerpos para emprender un viaje a pie a través de las montañas heladas. Tras aquellas jornadas de “recuperación”, Shackleton volvió a dividir a los suyos según el estado en que se encontraban. Tres de los hombres, la mitad de sus heroicos navegantes, aparecían demasiado débiles como para intentar una caminata, y decidió que permanecerían en la bahía, aguardando el rescate. El propio Shackleton, acompañado por los dos hombres que aún conservaban parte de sus menguantes fuerzas, se puso en marcha para alcanzar el otro lado de una cadena montañosa que los balleneros de Georgia siempre habían considerado intransitable. Para Shackleton, sin embargo, parecía no haber nada intransitable. Caminaron por rocas, atravesaron glaciares y campos nevados, escalaron con esfuerzo por cuestas congeladas. Ya no tenían sacos de dormir ni tiendas de campaña; viajaban y dormían en la más completa intemperie.

Una de las montañas que debían sortear a pie tras haber sobrevivido al infierno del Atlántico Sur: el viaje de aquellos hombres una homérica y cruel sucesión de obstáculos.

Fue un penoso ascenso hasta los 1300 metros de altitud. Después de cuatro días de marcha, estaban al filo de atravesar la cumbre y emprender el descenso al otro lado. Los sorprendió el atardecer justo cuando estaban en la cresta de las montañas; se dieron cuenta de que si los alcanzaba la noche en aquella altitud iban a morir congelados. Desatendiendo el peligro, se deslizaron por unas pendientes nevadas, dejándose caer hasta unos 1000 metros. Allí calentaron algo de comida con el hornillo; mientras uno de ellos cocinaba, los otros dos lo rodeaban intentando protegerlo del viento. Comieron mientras veían caer la noche. No se molestaron en intentar dormir y siguieron caminando en la oscuridad. Una vez más, hubo un guiño del cielo, porque el firmamento se despejó y apareció la luna para ayudarles a ver por dónde andaban. Desde aquellas alturas localizaron en el horizonte marino una pequeña isla cuya ubicación recordaban, porque habían navegado junto a ella, lo cual les indicó que estaban caminando en la dirección equivocada. Tuvieron que dar media vuelta y desandar parte de lo andado. A las cinco de la mañana, exhaustos, se sentaron a descansar. Se abrazaban para conservar el calor. Los dos hombres que acompañaban a Shackleton quedaron dormidos al instante, pero el irlandés no se permitió cerrar los ojos. Si se dormían los tres a la vez podían morir congelados, porque la “muerte dulce” del frío sorprende a los hombres durante el sueño con mucha rapidez. Dejó pasar unos minutos para que descansaran un poco y los volvió a despertar. Había que seguir caminando.

A las seis y media de la mañana del 20 de mayo de 1916, la expresión en el rostro de Shackleton cambió. Le pareció oír algo. Un silbato de vapor. Pero no estaba seguro. ¿Lo había escuchado o lo había imaginado? Calcularon la hora aproximada y descubrieron que era el momento en que acostumbraba a iniciarse la jornada laboral en un puerto, así que el silbato quizá no era una alucinación. En efecto, era el silbato que llamaba al trabajo a los balleneros de la estación Stromness. Tenían la estación ballenera justo ante ellos, a unos pocos kilómetros.

Todavía tenían que hacer frente a un último obstáculo: una pendiente de nieve que caía hacia lo que parecía ser un precipicio. No se antojaba un descenso seguro, pero si querían evitarlo tendrían que dar un rodeo y caminar ocho, nueve o diez kilómetros más para llegar a la estación. Quizá no nos parezca mucho; sin embargo, para aquellos tres hombres y después de todo lo que ya habían pasado, era una distancia suplementaria que causaba el más completo desánimo. Shackleton planteó el problema sin andarse por las ramas: “Muchachos, esta pendiente nevada parece terminar en un precipicio. Aunque quizá no haya precipicio. Si no descendemos por ella, tendremos que dar un rodeo de al menos ocho kilómetros. ¿Qué debemos hacer?” Agotados, habiendo salvado sus vidas en diversas situaciones límite y en disposición de jugársela una vez más porque ya no se sentían capaces de añadir kilometraje a su Via Crucis, sus dos acompañantes respondieron: “Probemos la pendiente”. Era un último cara o cruz antes de la salvación. Podían llegar a Stromness, o podían caer por un acantilado y morircon los huesos hechos añicos como trágico final de su increíble gesta. No tenían fuerzas para evitar el riesgo. Descendieron por la pendiente. No había precipicio, se había tratado de un efecto de la perspectiva. Siguieron caminando. Dos horas después estaban ya muy cerca de la costa. Vieron en la distancia un barco ballenero que entraba en la bahía deslizándose con suavidad sobre el agua, Allí estaba la civilización, allí estaba el final de casi dos años de pesadilla. Y aun así, cuanto menos les quedaba para alcanzar la estación, más grandes les parecían los obstáculos.

Frente a ellos había una corriente de agua helada que les llegaría hasta la cintura. Tiritando de frío y notando como sus cuerpos recurrían a su último combustible para no sucumbir a la hipotermia, empezaron a atravesarla. Mientras caminaban con penoso esfuerzo por un agua fría que hacía soler todo su cuerpo, se les cayó el alma a los pies al descubrir que tendrían que descender por una cascada. Haciendo de tripas corazón, tendieron una cuerda y bajaron uno a uno. Quedaron completamente empapados, pero consiguieron salir del agua y poner pie en tierra de nuevo. Aquella última trampa les dejó —¡por fin!— el camino despejado. Veían la estación a poco más de dos kilómetros, en lo que era ya una caminata franca. Estaban a punto de contactar con otros seres humanos. Se contemplaron unos a otros y, por primera vez en dos años, se dieron cuenta de cuán lamentable era su imagen. Barbas desordenadas, cubiertas de escarcha, rostros castigados y unas ropas que no habían lavado en más de un año.

Se “acicalaron” como pudieron. Caminaron con ritmo cansino hacia la estación y llegaron a Stromness hacia las tres de la tarde. Se toparon con las primeras personas que vieron desde que se habían perdido: eran dos críos, hijos de los balleneros de la zona. Shackleton intentó preguntarles por la oficina del director, cuya ubicación ya no recordaba con exactitud, pero los niños salieron huyendo en cuanto los vieron. Dedujeron que, vistos desde fuera, su aspecto debía de ser incluso más terrible de lo que se temían. Finalmente localizaron la oficina por sí mismos y llamaron a la puerta. El noruego Thoralf Sørlle, jefe de la estación, abrió y se quedó mirándolos con extrañeza: “¿Sí?” Shackleton clavó sus ojos en él:

 —¿Es que no me reconoces?

Habían pasado veintiún meses desde que el Endurance se había perdido en la Antártida.

Héroes

El día siguiente, el 21 de mayo, los tres hombres que aguardaban al otro lado de las montañas fueron recogidos por uno de los barcos balleneros de Stromness, mientras Shackleton y los otros dos se reponían en la estación. El irlandés narró lo sucedido a los incrédulos noruegos, quienes escuchaban con asombro su relato y descubrieron que veintidós hombres continuaban abandonados en la lejana Isla Elefante, sin saber si serían rescatados o no.

En Isla Elefante, los veintidiós hombres restantes pasaron varios meses viviendo en el interior de una precaria cabaña improvisada con los botes salvavidas.

Shackleton en persona se hizo cargo del plan de rescate del resto de su tripulación, mientras la historia de sus hazañas empezaba a correr como la pólvora de telégrafo en telégrafo, de periódico en periódico y de nación en nación. Se efectuó un primer intento de rescate con un ballenero británico, pero conforme se acercaban a la isla Elefante, el hielo los obligó a dar media vuelta. Tuvieron que desistir. Tras aquel primer fracaso, el gobierno uruguayo prestó a Shackleton un buque más indicado para aquellas aguas, pero tampoco esta vez fueron capaces de atravesar el hielo y dieron media vuelta sin alcanzar Elefante. Transcurrían las semanas y los veintiún acampados ni siquiera sospechaban que el rescate se había puesto en marcha dos veces, y que dos veces había fracasado. Shackleton se desplazó a Punta Arenas, donde una generosa colecta de las comunidades chilena y británica permitió alquilar otro barco para realizar un tercer intento. Se echaron al mar y cuando ya estaban cerca de la Isla Elefante, el motor del buque se averió. Una vez más, ¡la tercera consecutiva!, se vieron obligados a dar media vuelta. Mientras, en la isla, los veintidós supervivientes ya debían de estar haciéndose a la idea de que nunca nadie iría a buscarlos. El gobierno chileno cedió un pequeño y manejable barco, el Yelcho, para la cuarta intentona de rescate. Shackleton embarcó por cuarta vez con rumbo a la isla Elefante, y después de tres meses de intentonas fallidas, consiguió tenerla a la vista.

El 30 de agosto de 1917, uno de los náufragos de Isla elefante anunció que veía una nave en la distancia. Sus compañeros, en el interior del campamento, ni siquiera pensaban que tal cosa fuera posible y creyeron que aquella voz los estaba llamando para comer. El primero tuvo que ir a buscarlos para convencerlos de que realmente había un barco en la distancia. ¡Un barco! No sabían qué clase de buque era, así que se apresuraron a encender una hoguera que llamase su atención, gastando en ello su último combustible. El buque fue aproximándose a la isla y cuando estaban lo bastante cerca como para verse y hablar a viva voz, Shackleton preguntó a gritos por el estado de sus hombres, que llevaban más de tres meses esperándole en aquel infecto pedazo de roca. “¡Todos vivos!”, le respondieron desde la isla. “¡Gracias a Dios!”, dijo él.

Ernest Shackleton había fracasado en su expedición para atravesar la Antártida, pero se convirtió en un héroe internacional de primera magnitud. Su historia conmovió al público. No había desfallecido jamás hasta conseguir devolver a sus hombres al hogar. El apellido Shackleton se convirtió en sinónimo de compromiso, lealtad y esperanza. Había demostrado que un verdadero líder no es únicamente aquel que da las órdenes, sino también quien más se esfuerza, quien come y duerme menos, quien trabaja más, quien se merienda sus temores mientras pone ante los demás la mejor cara posible. Fue el primero en jugarse la vida cuando era necesario y el último en quejarse, el que siempre estaba dispuesto a un último sacrificio y un último esfuerzo, el más valiente de entre veintiocho hombres extraordinariamente valientes. Su grupo no se había desintegrado en la desesperación; no hubo motines, ni revueltas, ni guerras internas. Shackleton no era un presidente, ni un político, ni un potentado, pero era el mayor líder que había conocido su época porque había vivido las mismas penurias que aquellos a quienes intentaba rescatar. Había compartido cada uno de los males de sus subordinados. Un ejemplo para aquella crisis, y para otras que hayan venido después.

Cuatro años más tarde, convertido ya en una figura de leyenda, Ernest Shackleton se embarcó nuevamente hacia la Antártida, esta vez con el propósito más modesto de ayudar a cartografiar la costa. Falleció mientras navegaba por aquellas aguas heladas donde una vez se había perdido, al parecer por causa de un ataque al corazón. Había muerto en el mismo escenario de su gran hazaña, que, esa sí, se convirtió en inmortal. Tenía cuarenta y siete años; su cuerpo fue enterrado en Georgia del Sur en una ceremonia modesta pero solemne. Veintisiete hombres le debían la vida, y ek mundo entero le debía agradecimiento, pues qué sería de la raza humana sin ejemplos como el suyo. Qué mejor colofón que la fotografía (real, tomada por el fotógrafo de la expedición) del momento en que Shackleton partía en un bote salvavidas en busca de ayuda, mientras los suyos le despedían desde tierra, pensando que se hundiría en el océano y nunca más lo volverían a ver. Pensaban que ninguno de ellos regresaría vivo a casa. Pero volvieron. Nunca hay que subestimar el resultado de la determinación de un hombre. Una imagen, dicen, vale más que mil palabras:

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19 comentarios

  1. Pingback: Jot Down Cultural Magazine | La odisea del Endurance (I)

  2. Impresionante historia, e impresionante Shackleton. Muy bien narrada.

    En cualquier caso, podría agregarse un epílogo hablando de las penurias del equipo del Aurora, que tampoco lo pasaron especialmente bien.

    Mi enhorabuena

  3. Bernardo de Gálvez

    Tremendo, grandioso, muy épico. Se ha hecho de rogar esta segunda parte. ¿Qué tal las vacaciones?

  4. Juez Holden

    Magnífica historia y enormes artículos. Enhorabuena.

    Más ejemplo y menos ideología es lo que nos hace falta. No sé a quién se lo ocurrió que los preceptos y los contenidos son la clave de la educación moral… Como si no fuésemos el animal imitador por excelencia…

    Por lo demás, y sin ser religioso (bendito el que pueda serlo), no se debe obviar la potencia que tiene una parábola, un relato o, dichosos los ojos, un ejemplo vivo, frente a estériles mandamientos o pusilánimes educaciones para la ciudadanía, los cuales serían complementos necesarios pero muy secundarios.

    Otro tema es sobre qué dar ejemplo. Porque hay ejemplos nefastos. Quedémonos hoy al menos con éste del Capitán S., el cual ofrece pocas dudas.

  5. pepelu

    Cabrón. Me has emocionado.

  6. Fimosín

    q mejor q leer esta ESPECTACULAR Y ÉPICA HISTORIA mientras suena la bso de band of brothers de michael kamen.

    q raro q ningún director de películas se ha atrevido a llevar esta historia al cine

  7. Maharbal

    Impresionante historia, maravillosos artículos. Muchas gracias!

  8. adhmad58

    Es la primera vez que leo un resumen vibrante y limpio de la hzaña de Shackleton en español. Enhorabuena. Lo enlazo en mi blogo. Ciertmente, ¡un ejemplo para el mundo aquel señor!

  9. Maravilloso, emocionante, sintiendo el frio en los dedos.

  10. Pingback: Cabezotas de otros siglos « Mujerárbol Nueva

  11. Rickett

    Maravilloso

  12. amusua

    Señor EJ Rodríguez, mis felicitaciones por la narración, es excelente. Dado que lo que le va es la épica, le propongo otro tema, que a buen seguro ya le ha rondado por la cabeza para poner en papel. La historia de Mallory, del que nunca sabremos si llegó o no a poner pie en la cima del Everest. Ya que estamos, no olvide consignar la respuesta que dio cuando le preguntaron por qué quería subir a esa montaña: «porqué está allí». Esa frase simboliza más el carácter del ser humano y nuestra diferencia con el resto de los animales del planeta que cualquier sesudo tratado de antropología.
    Muchas gracias por la historia.

  13. Alejandro

    joder como me alegro de haber descubierto esta revista!!…..España es cosas como estas…….animo a todos compatriotas….saldremos adelante!!!

  14. J.Garcia

    Qué viva Jot down que viva Shackleton y que vivan las narraciones de historias como esta. Saludos desde Honduras. ¡Enorme revista!

  15. Ignacio Paniagua

    Buena intensidad en la narración, muy bien escrito. Quizá el artículo peca de limitado por concentrarse exclusivamente en la perspectiva y figura de Shackleton. Echo mucho de menos la mención del gran héroe en la sombra de la expedición, el capitán del Endurance, Worsley (ni una mención en dos artículos sobre el tema). El verdadero genio náutico que llevo el bote de 7 metros desde Isla Elefante a Georgia Sur. Shackleton se llevó todo el mérito por traer a sus hombres de un infierno, cuando varias de sus decisiones fueron las que los empujaron hasta allí (desoyendo en numerosas ocasiones a su capitán). A quién le interese existe un documental centrado en su perspectiva de la historia.

    «El capitán de Shackleton»

  16. Si os gusta esto, no os perdáis el libro «El peor viaje del mundo», de Apsley Cherry-Garrard. Narra la vida cotidiana de este tipo de expediciones (y en esa época y circunstancias) con mucho detalle (es autobiográfica), pero además supera cualquier ficción. Narra una expedición que no supera en épica la de Shackleton (¡nada la supera!) pero se queda muy cerca… y no fue por algo obligado como sobrevivir, sino ¡para buscar huevos de pingüino! Fascinante. (Los pingüinos emperador ponen los huevos en pleno invierno antártico).

  17. Ernesto

    Buen articulo ,solo e sacrificio por Los demas genera ejemplo que a su vez es faro a seguir.

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