Un instante

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Todo pasa en un instante, en ese momento en el que la vida se va y, como en una película a cámara rápida, pasan nuestras experiencias, nuestros mejores y peores momentos, todo… o eso cuenta gente que ha estado cerca de ese instante. Ese mismo segundo, ese peculiar pedazo de tiempo es el mismo que mi amiga Silvia relata cuando habla de su primer orgasmo, “un latigazo entre el culo y el coño”, a los 42, después de follarse a un guapo rumano albañil en un local de intercambio de parejas de Madrid.

Me encontraba dando vueltas de la mano de mi compañera —que fue la que tuvo la brillante idea de visitar ese lugar—, como un loco, en ese círculo “vicioso”, observando todo lo que pasaba, de una escena a otra, y otra, cada cual más dispar y a veces sin sentido, y me preguntaba si lo que estaba viendo era real o una alucinación. Era mi primera vez en este tipo de locales, estaba trastornado, como si estuviese borracho de excitación; sexo y más sexo, lujuria, deseo, fantasía, placer, cabreos, rechazos, celos, impaciencia, olores, gritos, frustraciones… y más deseo y más de todo. Mujeres chupando sin parar miembros, hombres haciendo lo mismo al sexo opuesto, penetraciones llenas de lujuria, penetraciones sin deseo, penetraciones múltiples, hombres viendo cómo se follaban locamente a su AMADA, amadas que buscaban caricias en otros hombres o simplemente sentirse deseadas o cuidadas, hombres que buscan allí lo que no se atreven a pedirle a su pareja o lo que, simplemente, se niegan el uno al otro —la intimidad a veces es cruel y sentenciosa—, parejas disfrutando plenamente y otras queriéndose o simplemente queriéndose ir corriendo.

Poco a poco empecé a fantasear realmente con esa idea, con la idea de buscar ese instante o con el hecho de descubrir que hay otros lugares en los que todos somos iguales y no solo ese momento en el que todo se va y nos pone en el mismo estadio, allí, en este lugar que tanto miedo da a unos y otros evitan, juzgan y destruyen. Ahí no existe clase social, no existe edad ni nada que nos distinga, sino todo lo contrario, nos une y nos junta en el fin, en el deseo, en la atracción inexplicable de la química y, por supuesto, del placer.

Con esto comenzó y siguió mi singladura entre uno y otro de estos lugares, desde un pequeño antro en Pontevedra en el que una puta colombiana, entrada en carnes y ataviada con ropas de tigresa, cantaba una canción, micro en mano, detrás de la barra, para luego intentar amenizar el local con sus curvas, ofreciéndose a las parejas a modo de peluche.

Al otro lado del mundo occidental, un gran antro en Brooklyn, Nueva York, en el que, con paredes rojas y almohadillado alrededor, no sé para qué, casi vacío, pantallas gigantes con porno repetitivo e insulso, un judío ortodoxo radical de los de tirabuzones con sombrero calado se escondía en una esquina, mirándonos a mí y a mi acompañante, acercándose sigiloso, para preguntarnos con mucha simpatía si era nuestra primera vez allí, mientras miraba como poseído a la que iba conmigo.

Las escenas surrealistas que uno encuentra en estos lugares superan la fantasía, cosas que nunca me hubiese imaginado ni en el mas calenturiento de mis sueños.

Recuerdo escenas que se me escapaban a la cámara. Una vez, mientras observaba para hacer una foto en una de las salas oscuras, donde la gente entra a tocarse intuyendo solo las siluetas, guiándose de una manera muy animal, por el olor y el tacto, donde la gente se toca, se besa e incluso se folla de pie, entró una pareja de unos 40 y muchos, guapos y altos los dos, se colocaron justo a mi lado y se empezaron a besar con pasión. Al cabo de un rato, él sacó unas esposas, giró a su lo que fuese y la esposó a unos barrotes que había en la pared. Una vez esposada, le colocó un antifaz para que no viese ni lo poco que se podía, y así la brindó a los machos que por allí estaban para que, uno tras otro, fueran haciendo con ella lo que se les antojase.

Recuerdo también a un hombre de unos 50 y muchos, con un antifaz de leopardo, al que paseaban a lo largo del lugar, cadena en mano y collar negro, dos travestis mulatos de figura esbelta y genitales al aire. Al cabo de un rato, se plantaron en uno de los asientos y con un látigo uno de ellos le sacudía, mientras el hombre hacía una felación a uno de los travestis.

Pero de la misma manera, el deseo se encuentra en una esquina con una pareja de unos 25 y cara de nunca haber roto un plato, tocándose, besándose y haciendo el amor como si estuviesen en su casa.

Dónde empieza la fantasía en estos lugares es algo muy personal y dispar, desde el simple hecho de observar o que te observen al de intercambiar, prestar o intervenir en una gran orgía. Todas las posibilidades se dan y se entremezclan, desde el respeto a la falta total de pudor, casi todo vale; allí somos los que allí estamos, desde el que está juzgando en silencio hasta el que está disfrutando plenamente y, una vez más, desaparecen las barreras que, puerta afuera, nos vuelven a recordar en qué lado de la sociedad o del mundo consideramos que estamos.

Yo vengo porque me siento bien, es el único lugar del mundo en el que he encontrado lo que buscaba —decía una rubia de unos 40 años, con cara de azafata morbosa, mientras su novio estaba en el cuarto oscuro con otra y ella acababa de follar con su pareja.

Vengo porque me siento sola —comentaba una ecuatoriana guapa y sexy, de 28, en la barra, tomándose un Martini y flirteando conmigo.

No me siento deseada por mi pareja —decía una rumana teñida, de unos treinta y tantos, a una amiga en la barra de un local de Madrid.

Siempre fue mi fantasía, y la realidad la superó —me comentó, una tarde, un catalán medio pijo con una novia rusa cuando le dije que había ido a un lugar de intercambio y confesó que él también.

Aquí he tenido mi primer orgasmo —me decía, hace poco, mi amiga de 43, madrileña y guapa, a la que siempre le gustó divertirse, cuando me la encontré allí sola.

Vengo para acompañar a mi novio, a él le gusta —decía una barcelonesa morena, madre de dos niños, que olía a tabaco y con la que tuve una historia muy corta.

Me gusta que otros hombres se follen a mi mujer y mirarla cómo disfruta —reconocía un niño bien madrileño con pintilla de aventurero, después de preguntarme si me gustaba su novia.

Para salir de la monotonía del matrimonio —comentaba una pareja guapa madura a otra después de haber hecho de todo en un reservado del local.

Me gusta mirar —yo—. A mí siempre me gustó mirar, por eso creo que soy fotógrafo.

Unos los consideran antros, otros templos y yo creo que son, ni más ni menos, lo que cada uno quiere que sean. Como la vida misma. Sería fácil entrar a juzgar e incluso desvalorar y satirizar, pero ¿por qué no somos los humanos un poco más coherentes con nuestra esencia de personaje venido a menos? Hieronymus Bosch (El Bosco), en El jardín de las delicias, ya hace 500 años, representaba lo que él veía de su sociedad, a modo de observador, autorretratándose debajo de una bandeja en la que paseaban personajes satíricos desnudos mientras observaba, con una expresión de entre sorpresa y sarcasmo, la locura de la lujuria entre el cielo y el infierno.

Al final de toda esa película, de esa sucesión de imágenes en cámara rápida, desde que nos caímos del árbol a la que nos subimos a la cama de la vida, en ese momento, ese instante del que, más de una vez he visto el reflejo en ojos ajenos, me ha venido una sensación de vértigo, de excitación, de algo que no controlas, y justo ahí, como en una décima de segundo, en ese lugar, no queda nada, silencio y nada más; quizá miedo, quizá paz, quizá nada.

Un latigazo… quizá.

 Fotografía: Guillermo Cervera

 

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47 Comentarios

    • Mejor dos, porque la primera a muchos impacta un poco, jejeje. Yo la primera vez aluciné tanto (no veo ni porno, no me gusta y lo encuentro chabacano) que nos encerramos en un reservado a disfrutar del morbo de estar allí y no salimos hasta un par de horas después, cuando ya se había ido mucha gente y estaba la cosa más tranquila y lo habíamos asimilado. Y directos al jaccuzzi, jejejeje. La segunda, sabiendo de qué iba y lo que me iba a encontrar, tampoco hicimos nada con nadie pero lo disfrutamos mucho más. Nunca hice nada en las zonas comunes las 10 primeras veces que fui, solo en reservados. Ahí cada uno va a su ritmo, nadie te obliga a nada, y si los días de más gente te agobias, puedes elegir ir otro día en que el local está casi vacío. La mayoría de la gente que va de nuevas (muchos de los que verás ese día) solo van por morbo o curiosidad, a estar con su pareja y punto.

  1. La decadencia de la especie ilustrada. No somos más que animales en busca de la satisfacción de la voluntad. La degradación moral humana > Película de este año (Shame, 2011) que escenifica de manera ejemplar el tema del artículo: http://www.youtube.com/watch?v=62nelnMXW3M
    Somos lo peor, los valores se esfuman; sólo queda la carne, la efímera satisfacción que intenta ocultar las penas.

    Un saludo.

  2. Muy triste y deprimente. A este mundo le falta luz y serenidad y le sobra sexo sucio, de consumos de masas, de usar y tirar, lleno de sífilis, hepatitis y SIDA. Ojalá al menos usen condón.

  3. A veces cuesta creer que tachen de decadencia, triste, deprimente, sífilis, hepatitis, sida, un estilo de disfrutar de tus sensaciones y emociones. Decadente y triste es vivir encerrado en tu casa masturbándote, deseando a otras mujeres u hombres, no dejando volar tu imaginación ni tus fantasías. Ya lo dijo la frase » ARREPIÉNTETE DE LO QUE NO HACES, NO DE LO QUE HACES». Hay que ser valiente para descubrir y romper tabúes absurdos.

    • Infiltradas no. Alguna hay. Pero van con el hombre que las lleva y punto, y se nota a la legua. En principio no deberían dejarlas pasar, pero supongo que la crisis llega a todas partes y en determinadas horas y días hacen la vista gorda en algunos sitios. Pero a ti te da igual lo que haga o quien sea el de al lado, ahí no se va a interactuar todos con todos ni mucho menos, y todo es con mucho respeto y despacio, el contacto se inicia con una suave caricia normalmente de la chica de la pareja a la otra chica y con un gesto suave apartando la mano o un «no, gracias» y una sonrisa no hace falta decir más. Por mi experiencia, aquí hay mucho más respeto que en una discoteca de toda la vida.

  4. «Hay que ser valiente para descubrir y romper tabúes» Pues nada hoy mismo actuaré así: saldré en pelotas a la calle, si pasa alguna chica mona me tocaré un poquito (no hay que reprimirse) y me acercaré a olisquearle la entrepierna, después echaré una meadita en una esquina, volveré a casa y le preguntaré a mi hermana porqué no echamos un polvo para pasar el rato y experimentar nuevas sensaciones, a la hora de cenar, mientras expulso algunos gases, les pediré a mis padres que cuando follen me avisen que me gustaría ser partícipe de las emociones que ellos sintieron cuando me engendraron.
    ¡Viva la libertad, el progreso y las mentes abiertas! ¡No a los tabúes absurdos impuestos por la sociedad!

  5. Cada uno podrá tener su opinión personal al respecto, y basarla en su moral, enseñanzas, experiencias… en fin, en su vida misma.-

    Pero me gustaría rescatar tanto el buen gusto como la clara observación descriptiva que realiza el autor de la nota. No nos está diciendo: «hagan esto que van a ser super pijos» ni «como yo lo hice, soy un capo y ustedes unos tarados». Simplemente describe lugares, personas, sensaciones, vidas y lo que él siente que eso le genera.

    El resto, está en nosotros. Aceptarlo o no para nosotros y con nosotros. Pero nunca debemos ni podemos aceptarlo -o no- para otra persona, pues ese es el límite de la libertad.

  6. Para poder escribir y fotografiar lo publicado es absolutamente necesario no haber pasado de puntillas por la vida. Las sensaciones, las opiniones, las descripciones… las facilita la experiencia y la madurez al dejan que todo esto te mejore.

  7. La mayoría de los comentarios que leo aquí solo denotan simplismo e ignorancia, y poca crítica constructiva. Como todo en la vida, es muy fácil hablar de lo que no se conoce. Aunque no comparto plenamente ni las impresiones ni la perspectiva del autor sobre este mundo, que yo misma conozco desde hace muy poco, sí creo en el respeto a formas de pensar diferentes de la propia. En mi escasa experiencia de pocos meses he seguido un proceso que arranca en la curiosidad, pasa por muchos estadíos distintos: shock inicial, puro morbo, observación a distancia (curioso que el autor lo vea como una película a cámara rápida, yo lo describo en algún relato exactamente al revés, como una película a cámara lenta), deshinibición, replanteamiento de principios y valores y puesta en duda de muchos de los principios vacuos y las hipócritas ataduras morales que rigen nuestra sociedad, el contacto con las ideas y las inquietudes que mueven a otras personas a sumergirse en este mundo, primeras experiencias realmente liberales e inmersión. Mi perspectiva es menos «amarillista» en general, aunque es cierto que puedes ir diez veces al mismo sitio y tener percepciones radicalmente distintas dependiendo de variables como el día de la semana, la hora y la época del año, si hay fútbol en la tele, o si alguien celebra un cumpleaños. Pero desde luego dista mucho de la visión prejuiciosa, grotesca, perversa y lujuriosa que parece que es la que ha calado en los que miran este mundo desde fuera y solo ven lo que quieren ver. En mi caso, y en el de muchas de las personas con cabezas pensantes (no «pollas andantes» ni mucho menos) que he conocido a lo largo de estos últimos meses, si para algo me ha servido es para abrirme de mente, para librarme de muchos prejuicios fruto de una educación sesgada y estrecha de miras (o al menos para identificarlos como tales e intentar superarlos), para enriquecerme como persona en aspectos que hasta entonces no había explorado suficientemente y conocerme mejor a mí misma (el sexo solo es una faceta más) y para poner mi escala de valores en orden. Evidentemente, como en todas partes, no es oro todo lo que reluce. Como en TODAS partes. Un saludo, Balikum Blue

  8. Es muy subjetiva la manera de ver este tipo de relatos, teniendo en cuenta los valores con los que uno se haya formado. Ademas, a mi manera de ver es interesante como se detallan las situaciones y las personas quienes participan, eso me parece un buen punto para resaltar.
    Aparte, pienso que no se puede participar en una conversación de esta sin estar con el más mínimo requisito el cual es disponer de una MENTE ABIERTA.
    Saludos!

  9. En mi ciudad (y por lo que se, en mi país) no existen sitios así, quizá se tenga una «cultura sexual» más retraída. He tenido experiencias con varias personas, pero terminan siendo de mi confianza. ¡Como me gustaría observar a varias personas completamente extrañas mientras follan! ¡Oh Madrid! No va a pasar mucho tiempo hasta que te visite y me deleites con estos lugares.

  10. Redacción sublime, fotografias que retratan perfectamente al texto, un tema tratado con una delicadeza y un punto de vista perfectos. Ha sido una lectura muy agradable, te felicito.

  11. Una de las varias cosas que me han llamado mucho la atención del artículo es el hincapié que hace su autor en lo guapos que son la mayoría de los protagonistas de su catártica travesía. Supongo que el que todo el mundo esté tan bueno es parte primordial para que la experiencia constituyese algo tan profundo y tan elevado.

    También me pregunto si es a esto a lo que se refería el señor Abreu cuando nos animaba el otro día a follar de manera «civilizada».

  12. A mi me parece muy bien qe haya sitios d estos donde la gente vaya voluntariamente. Aunque yo soy más d acordar con mi pareja que podemos tener experiencias sexuales con otras personas sin más…

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