
“Faustus era un individuo sumamente perceptivo y hábil, cualificado e inclinado al estudio. Tuvo tan buen desempeño en sus exámenes que los rectores decidieron examinarlo también para el título de Magister. Había otros dieciséis candidatos, a todos los cuales demostró ser tan superior en discurso, composición y competencia que fue inmediatamente concluido que había estudiado lo suficiente y se lo nombró Doctor en Teología. Para lo demás era un hombre estúpido, irrazonable y vano a quien, después de todo, sus compañeros solían llamar ‘el especulador’. Se juntó con las peores compañías; por un tiempo durmió con las Sagradas Escrituras al otro lado de la puerta o debajo de un banco y no reverenció la Palabra de Dios sino que vivió una vida grosera e impía, una vida de glotonería y lujuria (como el progreso de esta Historia pondrá bien de manifiesto). Ciertamente, el proverbio es verdadero: lo que tiene inclinación hacia el Diablo terminará yendo al Diablo.” (Historia von D. Johann Fausten, autor anónimo, 1587)
Hacia 1540, el doctor Johann Georg Faust murió de forma aparatosa y trágica en una habitación de la Posada del León, un pequeño hotel de Staufen, ciudad alemana que se extiende a los pies de la Selva Negra. El doctor Faust, se estima, debía de tener entre cincuenta y sesenta años. Andaba ocupado en una de sus varias vocaciones esotéricas, la alquimia. Durante aquel su último y malhadado experimento había mezclado productos y sustancias diversas en vasos y botellas, con tan mala fortuna que se produjo una fuerte explosión. El ruido alarmó a todo el edificio y varios inquilinos corrieron hacia la habitación de Faust para comprobar qué había sucedido; la puerta estaba entreabierta y de ella salían algunas volutas de humo. Al entrar, encontraron el cuerpo sin vida del doctor “horriblemente retorcido y mutilado” sobre el suelo. Pronto corrió por toda Staufen la voz sobre la tragedia. Al conocerse la aterradora disposición en que habían sido encontrados los despojos del doctor Faust, sus detractores —que no eran pocos, pues su mala fama lo precedía desde tiempo atrás— no tardaron en ofrecer una explicación a tan sangriento final. El cuerpo de Faust, decían, había quedado tan maltrecho no sólo como consecuencia de la explosión, sino por la intervención del mismísimo Satán. Al rapiñar con semejante crueldad el cuerpo del doctor, el Maligno se había encargado de reclamar lo que era suyo, pues Faust habría vendido su alma como pago por recibir sapiencias prohibidas y disfrutar de placeres obscenos. El pacto le habría concedido veinticuatro años de vida; al término del plazo, Faust había recibido la visita de su nuevo dueño, el que ahora lo iba a poseer por toda la eternidad.
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Pingback: Yo, Fausto: vender el alma al Diablo
¡Muy bueno! La novela de Mann fue una de las que más me impactó, hace años, y aun la recuerdo con bastante intensidad y algo de cariño.
Un artículo excelente. Felicidades. Sólo una pequeña cuestión, si bien señalas la importancia del libre albedrío como esencia de lo faústico, lo cierto es que a finales del siglo XVI (cuando se publica la primera obra anónima) la mayor parte de los territorios germánicos están bajo la influencia del luteranismo. Por lo tanto, ya que en esta doctrina la predestinación es fundamental para comprender el proceso de salvación, sería posible una nueva interpretación de Fausto, como una persona condenada incluso antes de hacer su pacto con el diablo.
Muy interesante el artículo, como siempre.
Únicamente no estoy de acuerdo con la interpretación de la metáfora de Adán y Eva. Dios les hace ya libres, no adquieren la libertad como consecuencia de comer del árbol del bien y del mal (sino que hacen un mal ejercicio de la misma). La serpiente no es una creación de Dios, es el mal, es decir la ausencia de Bien (Dios). Al comer del fruto se creen con la capacidad de decidir lo que está bien y lo que está mal (soberbia y relativismo) y eso es lo que les condena. No son condenados por querer usar la razón o adquirir conocimientos ajenos a la moral.
Quizá en otras épocas o determinadas personas realizan una interpretación diferente para manipular a los demás, hacerlos sumisos e ignorantes. Pero a mi nunca me han impuesto, ni siquiera me han sugerido dicho sentido.
Felicidades por el artículo. Ojalá salga pronto la siguiente entrega de Lucky Luciano.
El árbol del bien y del mal es también llamado el del conocimiento. Supongo que resulta curioso el hecho de que se les vete la permanencia en el paraíso después de probar el fruto que da el susodicho árbol. Eso puede haber dado peso a la creencia que tu dices de «los ignorantes». Aunque más bien esta creencia rezaría que Dios «los quería ignorantes».
No sé en que sitio leí que era una metáfora sobre el dolor que trae el conocimiento (información). Por eso la ignorancia conllevaba la vida en el paraíso. Algo contradictorio porque, como sabemos, el ignorante ignora su propia felicidad.
Da gusto leer cosas así, expuestas con conocimiento del tema y claridad en la expresión. Gracias, E.J.
Hay otra versión del mito, muy actual e impregnada del peculiar sentido del humor de su autor. Una serie en doce entregas, y se puede leer en:
http://es.scribd.com/doc/26143427/Mundo-Demonio-y-Fausto-1
http://www.youtube.com/watch?v=8DCK-zubiVk
Muy interesantes las interpretaciones del mito, fantastico articulo, enhorabuena
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No resulta fácil desde el esquema mental de nuestros días comprender adecuadamente la mentalidad antigua. La reinterpretación actual del mito faústico, lo relativo al conocimiento científico frente al conocimiento teológico o de forma más amplia al viejo debate entre fe y razón, no deja de ser eso: una interpretación más de las que se suceden en el tiempo con respecto a los mitos.
Me parece importante señalar un aspecto de la personalidad de Fausto que es fundamental en el primer relato anónimo de 1587. Sobre todo es un brujo, un mago, un hechicero. Hay que entender que todavía en aquella época, y por supuesto en toda la historia anterior de la cultura humana, los hechos escalofriantes que se relatan eran creídos a pies juntillas por la gente, como eran creídas las apariciones de ángeles y santos o los milagros. Dicha mentalidad crédula para estos fenómenos se pierde en la noche de los tiempos cuando los hombres creían en la intervención directa de los dioses en la vida de los hombres. Los dioses se mezclaban con ellos, engendraban y daban origen al linaje de los héroes y semidioses, estaban también sujetos a pasiones y por tanto a debilidades. Y los había benéficos y maléficos, estando tal distinción basada fundamentalmente en una utilidad moral para el desenvolvimiento de la vida social de la época, es decir, en si socavaban o apoyaban las normas morales y de comportamiento en que se basaba el orden social. Los caracteres atribuidos a unos y otros remiten a una instintiva visión natural del mundo. Los buenos o benéficos se asocian a la luz, al sol, al día, al cielo, pues es durante el día cuando los hombres se desenvuelven mejor. Los malos o maléficos se asocian a la noche, la oscuridad, la luna (Hécate y Selene, posteriormente convertidas en Diana, diosa de las brujas, adivinas y hechiceras) y la tierra, fundamentalmente el submundo o subterráneo universo donde habitan dichos dioses, posteriormente identificado como el infierno. A los benéficos se les dio género masculino y a los maléficos femenino, acaso por implicaciones puramente biológicas como el ciclo menstrual de las mujeres medido por las fases lunares. Asimismo habría que considerar la tradicional vinculación de las brujas y hechiceras no sólo con la noche, la luna, la oscuridad, sino también con el conocimiento secreto de las propiedades de las plantas con las que fabricar ungüentos como consecuencia directa de la especialización del trabajo en sociedades primitivas donde el hombre cazaba o robaba y la mujer recolectaba frutos y plantas.
En estas épocas magia y religión estaban indisolublemente unidas y los hombres podían mediante conjuros y diversos procedimientos, mantenidos en secreto por una casta de sacerdotes o sacerdotisas cuyos conocimientos eran en gran parte hereditarios, invocar e incluso forzar a los dioses mediante amenazas a que actuasen en cumplimiento de sus deseos. Estos deseos podían coincidir con el bienestar de la comunidad y los dioses eran invocados para su beneficio o por el contrario dichos deseos podían ir en contra de la moral social o en su perjuicio. Se invoca a los dioses para una buena cosecha o también para que la cosecha se pierda. A estos últimos invocadores se les persigue y se les teme.
En este esquema mental y de creencias se asienta el cristianismo y el Diablo sustituye a los antiguos dioses maléficos y como ellos sigue actuando, según las creencias, en la vida cotidiana de la gente.
Actualmente podremos hacer la interpretación faústica que más se adecue a nuestra mentalidad e intereses, pero me parece importante situar el mito en el esquema mental de la sociedad que le vio nacer para comprender mejor su significación.
Hola Trotsky:
Muy interesante tu comentario, aunque discrepo no en el contenido del mismo —impecable— sino en tu interpretación restringida del mito. En la época en que aparece el relato de Fausto, evidentemente, existe mucha superstición a nivel popular sobre la magia y demás (la hay incluso hoy, así que…) pero no creas que es una idiosincrasia unánime entre el ciudadano de su tiempo. En España, se ejecuta a la última «bruja» en 1611. En otros países prosiguen las ejecuciones, pero es un fenómeno en remisión. En centroeuropa, esto sí es cierto, la cosa es peor debido a la lucha religiosa causada por la Reforma. Pero en general, la superstición está perdiendo mucho terreno. El realismo crudo de «Don Quijote» y el uso simbólico y abiertamente racionalista que Shakespeare hace de la magia, evidentemente tomándola como pura ficción, están a la vuelta de la esquina. La ferozmente materialista literatura picaresca, que tiene una visión bastante poco mágica del mundo, está ya en boga. Se están dando, en ese preciso momento, importantes giros científicos que ponen en solfa la visión tradicional del universo. Es el conocimiento científico el que está proporcionando las nuevas herejías.
El libro, que como digo en el artículo tiene el tono de un espectacular relato de terror, es también un manual moralizante escrito —sin duda— por algún individuo cultivado y con algún tipo de formación teológica, ya fuese un sacerdote o un seglar. En él se condenan, sí, las artes mágicas, pero también las llamadas «artes liberales». En la obra teatral «María de Nimega» (anterior a Fausto) es el afán de dominar las artes liberales lo que provoca el pacto diabólico. El conocimiento mágico es visto como un pecado más de Fausto (como la lujuria) pero es la persecución del conocimiento último (los misterios del cosmos) lo que realmente lo condena. Sí es cierto, empero, que el libro intenta deliberadamente identificar conocimiento científico con conocimiento mágico. De manera análoga a como hoy, por ejemplo, se podría identificar «aborto» y «asesinato».
La crítica que se hace en aquella época hacia las pretensiones cosmológicas del conocimiento científico no es una reinterpretación posterior desde nuestra perspectiva actual, no; es básicamente un hecho. No lo digo yo, por si tienes alguna duda, el propio Lutero lo dejó claro de manera bien inequívoca: «la Fe debe sofocar toda razón, sentido común y entendimiento».
El cristianismo de su tiempo no rechazaba la ciencia en bloque —muchos científicos eran clérigos, de hecho— pero sí rechazaba la ciencia como disciplina autónoma que explorase más allá de los límites establecidos por la religión, o que diese respuestas incompatibles con el dogma religioso. La ciencia debía estar, al igual que todo lo demás, al servicio de Dios, como lo había estado durante la Edad Media. El problema es que, ya antes de la aparición del mito de Fausto, la religión ha comprobado que no podía ponerle puertas al campo y la ciencia ha empezado a cuestionar lo incuestionable.
Piensa que, además de la tradición supersticiosa que comentas, hablamos de una época donde el racionalismo da claras señales de vida. Por ejemplo, no mucho antes de la popularización del mito de Fausto, se ejecutó a Miguel Servet, lo cual produjo por una parte el escándalo entre los intelectuales europeos, pero por otra una reacción de endurecimiento entre los más férreos defensores de la fe ciega. Sólo unas décadas más tarde se producirá la famosa condena de Galileo ( mientras, en ese mismo momento, la historia de Fausto era considerada, incluso por el pueblo, poco menos que un irreal y risible cuento de miedo).
El conflicto entre fe y conocimiento científico es un tema muy, muy candente y muy de actualidad cuando se publica el libro original de Fausto. Es el trasunto fundamental de la historia y del mito. La religión cristiana tenía una relación de amor-odio con el conocimiento científico (aún la tiene, aunque lógicamente muy atemperada) y el auge del racionalismo enconó las posturas opuestas.
Interesante discusión, ¡gracias!
Un cordial saludo.
Gracias a ti por la respuesta y la aclaración con la que estoy de acuerdo. Únicamente quería significar con mi comentario la difusa frontera que separa a unas épocas de otras y que, por servidumbres metodológicas de la historia, no siempre son tenidas en cuenta. Hecho que con respecto a la significación popular de los mitos, aspecto esencial para la relevancia de los mismos, me parecía importante señalar.
Tal vez se podría plantear el debate en torno al poder y control del conocimiento en la sociedad, más allá de que este sea científico o mágico-religioso según la evolución cultural, pues de dicho control dependerá quien controla en definitiva la sociedad. Se perseguiría entonces a los científicos como en épocas anteriores se persiguió a las brujas, pues ambos disputaban el monopolio del conocimiento de la época, en manos entonces de la Iglesia, en el que se basaba el orden social.
Estirando mucho las cosas nos podríamos preguntar, heréticamente y en el marco de este debate especulativo sobre el conocimiento, tema fundamental en Fausto, si en la actualidad los científicos no han sustituido a la casta sacerdotal y la “apropiación” del conocimiento científico-técnico por parte de los Estados para ejercer el control social no tiene semejanzas con la apropiación o fusión entre Estado y religión de épocas pasadas. En definitiva se trataría del aspecto moral y regulador de las relaciones sociales que tiene el conocimiento y su intento de control por parte de las élites mediante la persecución de los heterodoxos que escapan a dicho control y que ponen en peligro el orden social. El mito de Fausto iría más allá, entonces, de la discusión de la superioridad de un conocimiento específico sobre otro para situarse en el campo más amplio de las implicaciones morales y éticas del conocimiento, tenga este el carácter que tuviere, y por ello mismo sería un mito que pervive en el tiempo, cuyo origen, a mi parecer, y considerado en este aspecto general del conocimiento, está en el de Prometeo.
Saludos cordiales.