Yo, Fausto: vender el alma al Diablo

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“Faustus era un individuo sumamente perceptivo y hábil, cualificado e inclinado al estudio. Tuvo tan buen desempeño en sus exámenes que los rectores decidieron examinarlo también para el título de Magister. Había otros dieciséis candidatos, a todos los cuales demostró ser tan superior en discurso, composición y competencia que fue inmediatamente concluido que había estudiado lo suficiente y se lo nombró Doctor en Teología. Para lo demás era un hombre estúpido, irrazonable y vano a quien, después de todo, sus compañeros solían llamar ‘el especulador’. Se juntó con las peores compañías; por un tiempo durmió con las Sagradas Escrituras al otro lado de la puerta o debajo de un banco y no reverenció la Palabra de Dios sino que vivió una vida grosera e impía, una vida de glotonería y lujuria (como el progreso de esta Historia pondrá bien de manifiesto). Ciertamente, el proverbio es verdadero: lo que tiene inclinación hacia el Diablo terminará yendo al Diablo.” (Historia von D. Johann Fausten, autor anónimo, 1587)

Hacia 1540, el doctor Johann Georg Faust murió de forma aparatosa y trágica en una habitación de la Posada del León, un pequeño hotel de Staufen, ciudad alemana que se extiende a los pies de la Selva Negra. El doctor Faust, se estima, debía de tener entre cincuenta y sesenta años. Andaba ocupado en una de sus varias vocaciones esotéricas, la alquimia. Durante aquel su último y malhadado experimento había mezclado productos y sustancias diversas en vasos y botellas, con tan mala fortuna que se produjo una fuerte explosión. El ruido alarmó a todo el edificio y varios inquilinos corrieron hacia la habitación de Faust para comprobar qué había sucedido; la puerta estaba entreabierta y de ella salían algunas volutas de humo. Al entrar, encontraron el cuerpo sin vida del doctor  horriblemente retorcido y mutiladosobre el suelo. Pronto corrió por toda Staufen la voz sobre la tragedia. Al conocerse la aterradora disposición en que habían sido encontrados los despojos del doctor Faust, sus detractores —que no eran pocos, pues su mala fama lo precedía desde tiempo atrás— no tardaron en ofrecer una explicación a tan sangriento final. El cuerpo de Faust, decían, había quedado tan maltrecho no sólo como consecuencia de la explosión, sino por la intervención del mismísimo Satán. Al rapiñar con semejante crueldad el cuerpo del doctor, el Maligno se había encargado de reclamar lo que era suyo, pues Faust habría vendido su alma como pago por recibir sapiencias prohibidas y disfrutar de placeres obscenos. El pacto le habría concedido veinticuatro años de vida; al término del plazo, Faust había recibido la visita de su nuevo dueño, el que ahora lo iba a poseer por toda la eternidad.

El doctor Johann Faust fue una figura real, pero huidiza y controvertida, que vivió en la Alemania de finales del siglo XV y principios del XVI,. No ganó fama universal hasta ser convertido en tema literario después de su muerte, pero de su indudable existencia quedaron testimonios contemporáneos, incluidos algunos de individuos del entorno de Martín Lutero. Por descontado, a veces resulta difícil distinguir entre las informaciones veraces y las habladurías que lo rodearon ya cuando estaba vivo. Los rumores sobre magia negra, hechicería y tratos íntimos con aquello que habita en las tinieblas fueron trasladados a la esfera literaria por obra de un autor anónimo. La figura del verdadero Johann Faust quedó eclipsada por su alter ego de ficción, convertido en un arquetipo universal e inspirador de un adjetivo, fáustico, que se emplea en diversos idiomas. Aunque Faust existió; nació, vivió y fue de carne y hueso, hoy poco parece importar como poco podría importar la existencia de un auténtico rey Arturo frente al enorme peso de los mitos elaborados en torno a su nombre.

Recreación del aspecto que pudo haber tenido Fausto, pintada un siglo después de su muerte.

No se conoce con exactitud el lugar y la fecha del nacimiento de Faust, pues no han quedado registros en papel; como suele suceder en estos casos, varias ciudades alemanas se disputan haber alumbrado al célebre doctor. Parece ser que podría provenir de la muy pintoresca Heidelberg o de alguna población cercana, ya que se conserva una carta de la época en que se menciona a un “doctor Johann Faust, de Heidelberg. Existen otras alusiones casi siempre vagas y ambiguas que plantean dudas incluso sobre su nombre, que pudo ser elegido por él y distinto al de su nacimiento. Tampoco es seguro si en otras ocasiones prefería darse a conocer con algún otro sobrenombre. En cualquier caso, Faust fue un hombre cultivado, poseedor de una titulación académica muy respetable en su tiempo, la Magistratura en Artes en la Universidad de Heidelberg. Aquel diploma certificaba su instrucción en todas aquellas disciplinas que hoy llamaríamos “humanidades”. Faust recorría Alemania de punta a punta, presentándose como físico —esto es, como médico— y como doctor en filosofía o teólogo. En la práctica, no obstante, no ejercía mucho como médico y dedicaba más tiempo a la confección de horóscopos y la representación de trucos de magia, negocios más lucrativos que lo convirtieron en una especie de brujo itinerante al servicio de quienes quisieran contratarlo en calidad de asesor esotérico. Es difícil deducir la naturaleza exacta de su carrera; no pocos lo acusaban de ser un estafador que vivía de la superchería y el engaño y es muy posible que llegase a estar alguna temporada en prisión. En cualquier caso, debió de hacer bastantes enemigos de manera justificada o injustificada, pues ya en vida inspiró un buen número de rumores morbosos alrededor de su persona. Algunos antagonistas supersticiosos recelaban de sus prácticas impías de astrología y nigromancia, temores agravados por una supuesta aquiescencia diabólica. Se contaban anécdotas terribles sobre el alcance de sus poderes, que lo hacían capaz de convertir el vino en arsénico o de arrancar la carne de sus enemigos mediante conjuros. Entre sus adversarios menos fantasiosos y más razonables circulaban acusaciones más mundanas y, aunque no sabemos si ciertas, al menos sí más factibles, como la de sodomía. Pese a su capacidad para inspirar bulos fantásticos, Johann Faust no gozó de un amplio renombre en su tiempo, pues el recuerdo de su figura quedó diluido tras su muerte. Pudo haber sido olvidado por completo de no ser porque, algunas décadas después de aquel infortunado experimento que se llevó por delante su vida, comenzó a levantar el vuelo una nueva leyenda tan espectacular y atrayente como horripilante e inverosímil.

Cómo levantó el vuelo la leyenda del doctor que vendió su alma

A finales de aquel mismo siglo XVI, cuando habían transcurridos unos cincuenta años desde la muerte del Johann Faust real, se publicó en Frankfurt un librito de bolsillo titulado Historia von D. Johann Fausten, «La historia del doctor Johann Faust», que narraba de forma breve y con tono tremendista y aleccionador una biografía ficticia que incluía un supuesto pacto con Satán. No se sabe quién escribió este librillo ni por qué se basó en la figura de Faust, que llevaba varias décadas muerto y no era un personaje famoso. Tras su publicación, el libro se convirtió en un fulgurante éxito local gracias a la elocuencia y el detalle con que describía las escenas de tratos diabólicos, apariciones y prodigios varios. La narración, además, situaba los hechos extraordinarios en lugares muy concretos de la geografía alemana, creando en el lector germano la sensación de que aquel libro tenía, como diríamos hoy, un carácter “documental”. La Historia von D. Johann Fausten comenzaba describiendo a Faust como un individuo de intelecto superior, pero de carácter disipado y con tendencias reprochables, que, tras completar con brillantez sus estudios, pronto se sintió inclinado al aprendizaje de disciplinas prohibidas:

“Como ha sido descrito más arriba, la complexión del Doctor Faustus era tal que empezó a amar aquello que no debería ser amado, a lo que su espíritu se dedicó día y noche, ascendiendo con alas de águila y buscando los mismísimos fundamentos del Cielo y de la Tierra. Por su lascivia, por su insolencia y por la mordiente locura que lo incitaba, finalmente resolvió usar y poner a prueba ciertos vocablos, figuras, caracteres y conjuros mágicos con la esperanza de forzar al Diablo a que apareciese ante él. De tal modo (así otros lo contaron y así, desde luego, el propio Doctor Faustus en persona lo hizo saber más tarde) se dirigió a un extenso y denso bosque llamado el Spessart Wald, que está situado cerca de Wittemberg. Durante la noche, en un cruce de caminos de estos bosques, describió con su vara varios círculos en el suelo, de tal modo que los dos círculos que estaban arriba hacían intersección con un círculo más grande. De esta manera, entre las nueve y las diez de la noche, conjuró al diablo”

Camino en el bosque Spessart Wald: en un rincón como éste fue donde Fausto, según la leyenda, invocó a Satán.

Las escenas que siguen son de un espectacular colorido, vibrantes secuencias de manifestaciones diabólicas que, en pleno siglo XVI, constituían el equivalente de nuestro actual cine de horror. La secuencia completa de la invocación diabólica compensaba al lector el precio que hubiese pagado por el librillo. Johann Faust, situado en el centro del círculo dibujado en el suelo,  pronuncia la invocación pero, a solas en mitad del bosque oscuro y silencioso, queda esperando en vano la aparición del Diablo. Nada sucede y el doctor empieza a mostrarse impaciente. Es entonces cuando Satán, como refirmando su intención de no dejarse ver y jugando con los elementos a modo de advertencia, intenta asustar a Faust. Un tumulto sacude de repente el bosque como si todo fuese a ser destruido, mientras un viento huracanado —el viento está asociado durante todo el libro a la inmediata presencia del Maligno— comienza a soplar con una fuerza inaudita, doblando los árboles más grandes de manera tal que sus copas casi tocan el suelo. De los oscuros caminos, en cuyo cruce Faust todavía permanece en pie confiando en la seguridad de su círculo mágico, surgen carruajes que pasan a toda velocidad junto a él, casi rozando sus ropas; en ellos viajan diversos demonios a quienes Faust no alcanza a ver, aunque no le cabe duda de que están allí. También nacen de entre los árboles rayos de luz similares a relámpagos que se dirigen a toda velocidad hacia Faust, pareciendo que lo van a golpear hasta que en el último momento vuelan en torno al círculo mágico que lo protege, formando algo parecido a un tornado de luz. Faust contempla aterrorizado el apocalíptico espectáculo, hasta que todo finaliza con el sonido de una gran y lejana explosión. De nuevo, como si nada hubiese sucedido, retorna la calma habitual de cualquier noche en el bosque.

El doctor, ante todos estos espeluznantes prodigios, se pregunta si debería abandonar el círculo mágico para detener el proceso de invocación y marcharse a casa huyendo de nuevos peligros. Pero su ánimo se rehace y, determinado a conseguir su fin de forzar la aparición de Satán, decide permanecer firme. Entonces, tras unos momentos de quietud, una suave luz ilumina las entrañas del bosque y comienza a escucharse una agradable música. Faust consigue entrever unas escenas casi oníricas de danzas medievales y torneos con lanza y espada; son escenas que parecen provenir de otro mundo. Presa del miedo una vez más, se siente tentado de abandonar el círculo mágico para que toda aquella locura termine, pero deduce que quizá el Diablo está poniendo a prueba sus nervios porque a Satán no le gusta entrar en tratos con pusilánimes. Una vez más, Faust descarta la idea de rendirse y decide demostrarle al Maligno que el miedo no va a hacerlo renunciar. Pero nuevos prodigios, cada vez más espantosos, vienen a sacudir su entereza. Cuando las escenas de bailes y torneos se desvanecen, todo se oscurece y la sobra de un dragón emerge de entre de los árboles. Comienza a flotar en torno al círculo mágico, observando al doctor con mirada fija y amenazante. Al borde del pánico, Faust flaquea ante la visión del monstruo, que revolotea con lentitud apenas a unos palmos de distancia de su rostro. Pero resiste y no pone un pie fuera del círculo, aunque sabe que haciendo eso terminaría con el espanto de experimentar los sucesos sobrenaturales que están teniendo lugar a su alrededor.

Primera edición de la «Historia von D. Johann Fausten», versión original del mito.

Tampoco huye cuando una estrella parece caer directamente del cielo sobre su cabeza, ni cuando el círculo mágico es rodeado por una cortina de fuego. Después, llega la más impresionante visión de la noche, cuando Faust sospecha que está, por fin, contemplando a Satán en persona. La aparición es sorprendente: dos pequeñas luces que habían quedado flotando como resto de las llamas comienzan a bailar, cambiando de forma hasta que convertirse en una silueta luminosa, parecida en forma a una figura humana, pero hecha de llamas. En completo silencio, la silueta de fuego rodea el círculo durante varios minutos, caminando con paso lento sin pronunciar una palabra ni producir sonido alguno. Parece estar examinando al aterrado doctor Faust, quien aguarda inmóvil, sumido en un mudo espanto, aunque todavía sin abandonar su posición. Justo al cumplirse la medianoche, la silueta de fuego se desvanece sin haber pronunciado palabra. Se diría que, después de todas las pruebas anteriores, Satán ha aparecido para evaluar a Faust con sus propios ojos.

En mitad de la calma, se produce una última aparición, aunque poco espectacular; es un espíritu que adopta la forma de un fraile vestido de gris. Este espíritu, un demonio capaz de adoptar múltiples formas, está al servicio directo de Satán y suele ejercer como intermediario entre el Maligno y sus invocadores humanos. Su nombre es Mefistófeles. Saluda a Faust con educada cortesía y le pregunta cuál es el propósito de su invocación. Faust le explica que quiere efectuar un pacto con Satán, por lo cual invita a Mefistófeles a reunirse con él su casa para negociar. Mefistófeles, reticente, parece no querer saber nada del asunto y se niega acudir a la casa del doctor. Pero Faust insiste y le recuerda su papel de intermediario de Satán y lo convence de que debe aceptar la negociación para no soliviantar a su Maestro. Así, se concreta la cita. El doctor sale del círculo, abandona el bosque y regresa a su casa. Allí, Mefistófeles lo visita a las cuatro de la madrugada y ambos discuten los términos del acuerdo. Lo que Faust desea obtener es el conocimiento más elevado, la revelación de los grandes secretos y misterios de la existencia que les están vedados a los seres humanos. Pero Mefistófeles, duro negociador, regatea sin descanso tratando de obtener el trato más ventajoso posible. Cuando por fin llegan a un acuerdo, el pacto se redacta en un documento que el doctor Fausto sella entintando una pluma con su propia sangre:

“Yo, Dr. Johann Faustus,

Declaro públicamente de puño y letra, en uso de mi voluntad y autoridad, lo presente:

En tanto que mis facultades espirituales han sido exhaustivamente exploradas (incluidos los dones que me han sido dispensados y graciosamente impartidos desde lo alto), pero, aun así, no consigo comprender. En tanto que es mi deseo investigar más profundamente en la materia y propongo especular acerca de los elementos. Y en tanto que la humanidad no enseña tales cosas:

He invocado al espíritu que se hace llamar Mefistófeles, un sirviente del Infernal Príncipe del Oriente, con el encargo de que deberá informarme e instruirme sobre todas estas cosas. Mefistófeles accede, contra documento firmado y transferido a él por la presente, en serme servil y obediente en todo.

Le prometo a él, como contrapartida, que cuando me haya saciado de todo cuanto deseo obtener, al expirar el plazo de veinticuatro años desde hoy, él podrá obtener, gobernar, dirigir y poseer todo cuanto pueda ser mío de cualquier manera que a él lo satisfaga: cuerpo, propiedades, carne, sangre, etc. Adjunto debidamente un vínculo por toda la eternidad, de puño letra y en uso de mi facultad y autoridad, renunciando a estos bienes así como a mi mente, cerebro, intención, sangre y voluntad. Ahora, desafío a todos los seres vivientes, a las Huestes Celestiales y a toda la humanidad, porque así debe ser.

En confirmación y contrato de todo cuanto he escrito, mi propia sangre como certificación en lugar de un sello.

Doctor Faustus, adepto de los Elementos y de la Doctrina de la Iglesia”

Firmado el contrato, Johann Faust se establece en Wittemberg, ocupando la vivienda que un familiar le ha dejado en herencia. Por toda compañía tiene a un joven escolar, Christoph Wagner, quien también está ansioso por obtener conocimientos prohibidos; será su ayudante y aprendiz. Mefistófeles también lo acompaña en la casa, instruyéndole sobre conocimientos esotéricos, pero también ejerciendo como sirviente y garantizándole una existencia cómoda. El demonio intermediario provee al doctor con alimentos principescos, buena bebida, ropas de lujo y otros artículos que roba en la ciudad durante las noches. Además, le entrega a Faust dinero en metálico: veinticinco coronas semanales que, sumadas a los bienes que Mefistófeles obtiene mediante la magia y los subterfugios, permiten al doctor llevar un estilo de vida señorial.

Faust no está del todo satisfecho, sin embargo. En la sola compañía de Christoph y Mefistófeles, siente que le falta algo. Empieza a desear que haya una mujer a su lado; interroga a Mifostófeles sobre la posibilidad de contraer matrimonio. El demonio se muestra tajante en su negativa: el matrimonio es una institución de Dios y no se puede servir a Dios y al Diablo al mismo tiempo. Así que la idea del matrimonio con una mujer está vedada para Faust, ya que su único matrimonio posible es el que ya ha sellado con su pacto; un matrimonio con Satán. Pese a estas objeciones, el doctor no se da por vencido. Desafiante, anuncia que sigue teniendo intención de casarse. Es entonces cuando un viento furioso y ardiente, como calentado por el fuego, empieza a azotar la vivienda, haciéndola estremecerse hasta que parece a punto de derrumbarse. Para espanto de Faust, el mismísimo Satán se aparece ante sus ojos, pero no ya en forma de silueta de llamas, sino con su verdadero aspecto, tan horrible y malformado que Faust no podía dirigir la mirada hacia él. El Maligno, molesto por el desafío de Faust, sólo necesita pronunciar una frase para poner al doctor en su sitio:

—“Y ahora, decidme, ¿qué es lo que pretendéis?”

«Mefistófeles se aparece ante Fausto», de Eugène Delacroix, 1827.

Aterrorizado, Faust admite que con la pretensión de contraer matrimonio frente a la voluntad de Satán está incumpliendo su parte del pacto, pues él sólo a Satán pertenece. Con actitud humillada, el doctor reclama perdón por su falta. Satán decide perdonarlo y desaparece no sin antes advertir: Sed inquebrantable. Mefistófeles,  no obstante, comprende que es la lujuria lo que ha motivado el intento de rebelión de Faust y le sugiere satisfacer sus instintos de un modo diferente, de un modo ajeno a la institución del matrimonio que tanto disgusta a Satán. El demonio le ofrece lo siguiente: cualquier mujer que Faust desee aparecerá esa misma noche en su cama y estará obligada a acatar todos los deseos y fantasías del doctor, sean cuales fueren. Y así sucede: Faust sólo necesita señalar a una mujer y Mefistófeles se encarga de que el libidinoso doctor haga uso de ella a su antojo. A partir de ese momento, el corazón del doctor se llena de alegría. Faust elige a una mujer diferente cada día y empieza a gozar de una existencia marcada por una concupiscencia sin límites.

No todo en su pacto diabólico resulta como Faust lo esperaba. Si es verdad que durante los años siguientes ocupan al doctor los placeres terrenales, poco a poco empieza a darse cuenta de que no está obteniendo lo que se le había prometido. Mefistófeles, sí, le ha proporcionado el cumplimiento de todas sus apetencias carnales y materiales. Pero mientras tanto le ha estado negando los conocimientos que Faust pretendía obtener en primer lugar, conocimientos que habían sido el objetivo primordial que persiguió al firmar el pacto. El doctor se da cuenta de que, mediante manipulaciones y trucos de diversa índole, Mefistófeles ha estado engañándolo, entreteniéndoleo mediante conocimientos intrascendentes, revelaciones secundarias y experiencias sobrenaturales sin grandes consecuencias. Todo para desviar su atención y ocultar hábilmente los misterios últimos que Faust quiere desentrañar. Al percatarse del engaño, Faust busca la manera de romper el contrato, pero su intentona resulta inútil; Satán, entre todas sus maldades, es también un consumado embustero y lo ha estafado. Mefistófeles, que había prometido servir en todo a Faust, se enoja con el doctor cuando éste lo cuestiona sobre los secretos del cielo y el infierno. El espíritu abandona su casa diciendo dejadme en paz. Faust queda decepcionado pues las grandes respuestas que confiaba obtener con su pacto le seguirán estando vedadas. Ha vendido su alma en vano, a cambio de placeres transitorios y conocimientos inútiles.

Al cumplirse los veinticuatro años acordados en el contrato, el doctor Faust yace enfermo en el lecho, presa del desencanto y la pesadumbre. Recibe la visita de un viejo conocido, Mefistófeles, que regresa a la casa para comunicarle lo ya sabido: que su plazo ha terminado ese mismo día. Le anuncia a Faust que, al día siguiente, Satán en persona aparecerá para reclamar lo que le pertenece: su cuerpo y su alma. Consumido por el pánico, el desdichado doctor invita a una corte de académicos y estudiantes; reunidos en torno su lecho, escuchan de Faust el relato de su tétrico destino. Les expresa su sincero arrepentimiento. Sus invitados escuchan con atención y se apiadan de él, derramando lágrimas por su desdichada situación. Rezan y solicitan clemencia a Dios, esperando que el Altísimo decida perdonar a Faust e interceda liberándolo de las garras de Satán, quien pretende llevárselo para toda la eternidad. Faust, en su fuero interno, teme que el piadoso Creador no vaya a escuchar las bienintencionadas plegarias de todos aquellos generosos corazones, porque su pecado, el pacto con el Diablo, quizá va más allá de lo que Dios puede llegar a perdonar. Se siente, como Caín, condenado sin remedio. No obstante, los estudiantes que pasan la noche con Faust continúan implorando sin descanso, confiando en un último gesto de misericordia celestial.

Justo cuando los relojes marcan la medianoche, un furibundo viento azota las ventanas. Todos entienden que no habrá perdón. El Diablo va a venir a reclamar lo que es suyo. Dios no ha intercedido. Los estudiantes huyen despavoridos, encerrándose en una cámara contigua al dormitorio del doctor, que se queda completamente solo en su habitación, tendido en la cama, indefenso y horrorizado. El rugido del viento aumenta, acompañado por una espantosa música que suena como si una multitud de serpientes hubiese invadido la casa. Los estudiantes no pueden ver lo que sucede, pero oyen los desesperados gritos del doctor, que solicita auxilio mientras su voz se va desvaneciendo en la distancia. La casa queda otra vez en calma. Cuando todo termina, los estudiantes abandonan su escondite y regresan a la habitación de Faust, donde solo encuentran los restos despedazados del doctor, diseminados por la estancia como si Satán se hubiese entretenido golpeándolo y lanzándolo de un lado a otro como a un juguete de trapo. Encuentran sus dientes desperdigados en un rincón; sus ojos, arrancados de las cuencas, en otro. El grueso de su cadáver, mutilado y retorcido, es un espectáculo monstruoso de contemplar.

La popularización de la leyenda

Fausto contempla una aparición, dibujo de Rembrandt.

La Historia von D. Johann Fausten relataba con pelos y señales todo el proceso de invocación diabólica, el posterior pacto y las consecuencias finales del mismo. El relato original, aun salpicado de constantes notas teológicas y morales, adquiría por momentos unos niveles de viveza y realismo que dejaban hondamente impresionados a los lectores de su tiempo. La combinación entre texto moralizante y novela de terror fascinaba a todo el que la leía. Dado que había bastantes lectores que consideraban que Johann Faust era una mera invención literaria y desconocían que un doctor con ese nombre había existido, se hacían todo tipo de disquisiciones sobre el personaje. Por ejemplo en torno a la elección de su apellido, y sobre cuál era el origen y significación. “Faust”, en alemán, se traduce como “puño”. Lo cual no parece albergar ninguna significación especial relacionada con el mito del pacto diabólico. Sin embargo, en latín faustus significa afortunado o auspicioso (en español seguimos usando el adjetivo «fausto» con esa acepción, y también usamos su antónimo «infausto»). Además, fustus es la vara de un médico, instrumento con el que el Faust del libro, médico de profesión, dibuja los círculos mágicos en la tierra para invocar a Satán. La versión latina del apellido, pues, parecía bien escogido como acompañamiento a su leyenda, lo cual reforzaba la idea de que Johann Faust era un mero producto de la imaginación del autor anónimo del libro. No obstante, la duda sobre si Johann Faust había existido o no, permaneció viva entre el público hasta el siglo siguiente.

El libro se convirtió en un material muy popular en aquella época todavía a caballo entre el oscurantismo medieval y la Era de la Razón. Su lectura empezó a extenderse por todo el país y después empezó a ser publicado incluso más allá de las fronteras alemanas, traduciéndose a diversos idiomas y convirtiéndose en un best seller en diversos rincones de Europa. A inicios del siglo XVII, el célebre dramaturgo inglés Cristopher Marlowe adaptó el argumento en su obra La trágica historia del Doctor Fausto, que no fue la primera revisión literaria del mito publicada en su momento, pero sí la primera firmada por un autor que hoy consideramos de categoría universal. Como era costumbre cada vez que un libro se convertía en un éxito popular, habían surgido de la nada muchos otros escritos de diversa índole protagonizados por la figura de Fausto. Incluso hubo alguno que estaba atribuído a la pluma del propio Fausto, como el manual esotérico Magia naturalis et innaturalis, formado, o eso se decía, por fragmentos incompletos del manuscrito original que en su día habría sido incautado por el conde Anton von Staufen mientras este ordenaba que los restos de Fausto fuesen emparedados en la Posada del León donde murió.

La confusión en torno a la posible existencia de un Faust histórico llegó a tal punto que en aquel mismo siglo XVII surgieron investigadores dispuestos a rastrear su leyenda en busca de la posible inspiración histórica. Gracias a esta campaña detectivesca generaciones posteriores descubrieron que Johann Georg Faust había sido una persona real, si bien los registros de sus viajes y estancias en diversos lugares de Alemania estaban a veces distorsionados por el revuelo de la leyenda creada con posterioridad. La confusa biografía de Johann Faust también se mezclaba con otras leyendas similares como la del polaco Pan Twardowski, un noble de Cracovia que también habría vendido su alma al Diablo. Pero Pan Twardowski era considerado un personaje ficticio y el que Fausto, según el testimonio directo de un asociado de Martín Lutero, hubiese cursado estudios en Cracovia en aquella misma época, despertó la duda de si la leyenda de Twardowski era una versión polaca del mito fáustico o si, por el contrario, la Historia von D. Johann Fausten había sido influida por la leyenda polaca.

Por supuesto, existían otras fuentes anteriores que pudieron ayudar a dar forma al mito. El tema del pacto diabólico no era nuevo en la tradición europea (aunque había sido bastante menos tratado que el más corriente mito de la posesión diabólica) y, por ejemplo, el mito cristiano de Teófilo de Adana, o Teófilo el Penitente, hablaba de un hombre virtuoso que habría firmado un pacto con Satán para avanzar en su carrera y superar el boicot profesional de un obispo rival. Teófilo se habría salvado del infierno gracias a la intervención in extremis de la Virgen María. También en la dramaturgia laica existían ejemplos notables, algunos incluso recientes, de argumentos basados en pactos diabólicos pre-fáusticos. Poco antes del nacimiento del verdadero Faust, se había representado en Holanda la obra teatral María de Nimega, en la que una joven decidida a perfeccionar el aprendizaje de las “siete artes liberales” llega a un pacto con un demonio en forma de cíclope. Como en el caso de Teófilo de Adana, y al contrario del matiz introducido por el mito de Fausto, María de Nimega no se condena, sino que obtiene la salvación eterna a través de un sincero arrepentimiento.

La transición hacia el Fausto moderno

El cadáver de Cenodoxus, el Buen Doctor de París, interrumpiendo a gritos su propio funeral.

La figura de Fausto que tan de moda había estado a principios del siglo XVII fue perdiendo impacto con el paso de las décadas hasta quedar como un referente costumbrista de la cultura alemana, que no era tomado muy en serio ni siquiera por el populacho. Convertido en una figura folclórica y familiar, ya ni siquiera servía como relato aleccionador. Incluso llegaba a ser protagonista de parodias y chascarrillos. Sin embargo, a pesar del creciente desinterés popular, diversos literatos seguían sintiéndose impresionados por el relato del pacto fáustico y sus implicaciones teológicas y filosóficas. Entre bambalinas se estaba gestando la nueva versión del mito, la que se haría universalmente célebre.

Hubo, por un lado, aportaciones que no eran versiones nuevas del mito de Fausto, sino revisiones de leyendas muy anteriores (aunque bien pudieron recibir la influencia del Historia von D. Johann Fausten y sus derivados). El ejemplo más notable es el jesuita alemán Jacob Bidermann, quien a los veintidós años de edad se destapó como un precoz y efectivo creador de dramas teológicos. En 1602, en pleno apogeo de popularidad del mito de Fausto, escribió el escalofriante drama Cenodoxus, basado en la fábula medieval La Maldición del Buen Doctor de París. Narra la historia de Cenodoxus, un médico y filántropo del París medieval, muy admirado por su constante dedicación a los demás, su generosidad, sus dotes intelectuales, su trato exquisito y una bondad que parecía inagotable. Cenodoxus curaba a los enfermos y socorría a los necesitados; toda la ciudad lo amaba por el beneficio que su actividad filantrópica suponía para los parisinos. Un buen día, el anciano doctor cae muy enfermo y la ciudad entera, temiendo su fallecimiento, se une en una plegaria para pedir al cielo por la mejoría de un hombre tan querido. Pero la enfermedad no remite, así que se pide a un sacerdote que le administre la extrema unción en previsión de una inminente muerte. Cenodoxus se confiesa por última vez; el sacerdote asegura que no hay pecados nuevos que no hubiesen sido ya confesados y que, como todo el mundo sabe, el ilustre médico está preparado para abandonar este mundo en paz con Dios y conocer la Gloria celestial. El Buen Doctor fallece, provocando el luto y el pesar de todo París.

Se organizan unas multitudinarias exequias: el cuerpo sin vida de Cenodoxus es embalsamado y trasladado a la catedral, donde el cadáver es depositado sobre un altar de mármol para proceder al funeral, mientras los asistentes guardan un solemne y respetuoso silencio. Comienzan los actos fúnebres con normalidad, pero tan pronto el sacerdote pronuncia la frase Cenodoxus era un hombre bueno se produce un extraordinario suceso; para estupefacción y espanto de todos los presentes, el cadáver abre la boca y, mientras dos lágrimas brotan de sus cerrados ojos, rompe el monumental silencio de la catedral con un grito desgarrador: ¡He sido acusado! El horror cunde entre el público y el sacerdote que oficia la ceremonia, interpretando aquel suceso sobrenatural como un mal augurio, decide suspender el funeral y aplazarlo hasta el día siguiente.

Amanece el nuevo día y se ha corrido la voz sobre el fenómeno, así que mucha más gente acude a la catedral para asistir a la reanudación del funeral. El oficiante vuelve a comenzar la misa por el principio, pero una vez más, cuando llega a la parte del sermón que dice “Cenodoxus era un hombre bueno”, el cadáver abre la boca y lanza una exclamación: ¡He sido declarado culpable! El sacerdote detiene la misa y la pospone para el día siguiente por segunda vez, mientras el público hierve de espantada excitación. Todo París se horripila ante los sucesos que están teniendo lugar en la catedral, así que el tercer día hay una auténtica muchedumbre que, movida por una morbosa curiosidad, aguarda en torno al templo para ver qué sucede esta vez. La misa funeraria comienza por tercera vez, y por tercera vez al llegar a la parte de Cenodoxus era un hombre bueno, el cadáver abre la boca y se lamenta: ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡He sido condenado al infierno eterno!

El horror y la confusión se apoderan de toda la ciudad. La plebe es incapaz de comprender que un hombre tan santo, de quien nadie puede recordar una mala acción, haya sido condenado al tormento eterno. Uno de los amigos de Cenodoxus, Bruno, se pregunta: Si un hombre tan bueno se ha condenado, ¿qué puedo hacer yo para salvarme? Pensando que el listón del perdón divino está muy alto, Bruno se retira a una existencia monacal de completa renuncia, fundando la orden de los cartujos; la historia lo conocerá más tarde como san Bruno.

El relato termina así, con una vuelta de tuerca al concepto de condenación, un paso adelante con respecto al maniqueísmo didáctico de Historia von D. Johann Fausten y sus derivados. ¿Por qué es condenado Cenodoxus? Quizá por haber aspirado a una santidad similar a la de Dios, como explicaremos más adelante. El drama Cenodoxus, concebido en principio como material de estudio con el que aleccionar a los seminaristas, trascendió los muros del monasterio y fue una de las influencias que ayudaron a darle forma a las posteriores versiones del mito fáustico.

Johann Wolfgang von Goethe, autor de la más célebre versión del mito fáustico.

Ya en el siglo XVIII, la llegada del racionalismo había cambiado la perspectiva de los literatos respecto al personaje de Fausto. El alemán Gotthold Lessing reinterpretó el mito en 1780, en una obra inacabada donde presentaba la búsqueda de conocimiento de Fausto como una empresa legítima y no como una ambición pecaminosa. El doctor desea ampliar el horizonte de su sabiduría, algo que el racionalismo considera un propósito deseable y noble. Para conseguirlo, Fasto tal vez yerra en la elección del procedimiento, dejándose arrastrar por la ambición y recurriendo a un pacto indeseable con Satán. Pero el fin que persigue redime al personaje porque, de repente, el conocimiento ya no es considerado un desafío a Dios como en el cristianismo tradicional —en el cual se premia la ignorancia y el acatamiento ciego de la Palabra—, sino como una manera de perfeccionar el espíritu humano, haciéndolo quizá incluso más grato al Creador. Este mismo enfoque adoptaría años después Goethe en su famosísimo drama Faust, en el cual el doctor Fausto también evita la condena eterna al arrepentirse de su pacto satánico. En la obra de Goethe, la más célebre, influyente y extendida de entre todas las compuestas sobre el mito fáustico, se impone una vibración romántica y humanista muy distinta a la del mito del siglo XVI. Goethe elabora un retablo de ambigüedad moral, matizado por las pasiones humanas tanto como por conceptos racionales, y que está bastante alejado de la sequedad teológica y judicial de la leyenda original. El trabajo de Goethe universalizó la figura de Fausto y la hizo pervivir en la memoria colectiva hasta nuestros días, por más que diversos giros románticos y racionalistas hayan abandonado la esencia originaria de la leyenda.

Ya en pleno siglo XX, cabe destacar el peculiar uso del mito fáustico que hicieron dos célebres escritores alemanes, padre e hijo: Thomas Mann y Klaus Mann. El padre, célebre premio Nobel de literatura, hizo toda una reinterpretación alegórica del mito en su última gran novela, titulada Doktor Faustus. El libro giraba en torno a un músico, Adrian Leverkühn, que realiza un pacto con el diablo para alcanzar la excelencia en la composición; como pago, Leverkühn habrá de renunciar al amor y al contacto con toda mujer. Tras años de dedicación y perfeccionamiento de su música, Leverkühn se enamora de una prostituta llamada Esmeralda. Gracias a su pasión por esa mujer —la única con la que mantiene una relación sexual en toda su vida— descubrirá por fin el secreto para elaborar la más alta fórmula de su arte. Sin embargo, al acostarse con Esmeralda ha roto el pacto de renunciar al amor, lo cual tendrá un alto precio: Adrian Leverkühn contrae una sífilis que empieza a mermar sus facultades psíquicas y físicas, condenándolo a terminar sus días convertido en un inválido al cuidado de su madre. La monumental novela Doktor Faustus puede ser interpretada a muchos niveles y es demasiado compleja como para intentar abarcarla en unas pocas líneas aquí, pero cabe decir que en ella el tema diabólico es alegórico. De hecho, ni siquiera sabemos si el pacto entre Leverkühn y el diablo es real o si se trata de un producto de su imaginación. En todo caso, de entre las diferentes lecturas que pueden hacerse del libro —como el paralelismo de la vida de Leverkühn con la biografía del filósofo Friedrich Nietzsche, amén de toda una suerte de reflexiones sobre el arte y otros varios temas—, es interesante rescatar la analogía que Thomas Mann traza entre el pacto de Leverkühn/Fausto con Satán y la claudicación aquiescente de la sociedad alemana ante el ascenso del régimen nazi. En Doktor Faustus, Alemania vende su alma al Diablo y es finalmente destruida por ello, ya que el narrador, un amigo de Leverkühn, termina de escribirla entre los estampidos de las bombas aliadas.

Mucho más evidente resulta esta analogía en una novela anterior que había escrito el hijo de Thomas Mann, Klaus, durante su exilio en Holanda. En pleno 1936, poco más de tres años después de la llegada de los nazis al poder, Klaus Mann escribió Mephisto, donde narra cómo un actor de tendencia izquierdista llamado Henrik Högfen termina vendiendo sus lealtades al régimen nazi para poder medrar en su carrera. Haciéndolo, no sólo pervierte y abandona sus valores morales en paralelo con la propia sociedad alemana, sino que traiciona a diversas personas cercanas y  conduce a algunas de ellas a la destrucción. Por ejemplo, una amante negra con la que Högfen mantiene relaciones, pero a la que abandona en manos de la Gestapo para impedir que se hagan públicos sus devaneos románticos con una mujer de «raza inferior»; este episodio es una especie de reedición de lo sucedido con Gretchen, la inocente jovencita cuya vida es destruida a causa de los deseos de Fausto en la versión de Goethe. Mephisto es una novela mucho más cáustica y explícita que Doktor Faustus a la hora de establecer un paralelismo entre la Alemania entregada a los nazis y el doctor Fausto. Para empezar, Klaus Mann basó el personaje principal en el antiguo marido de una de sus hermanas. Además de retratar con crudeza la atmósfera opresiva y enfermiza de un régimen nazi todavía en formación, Klaus Mann predice  con acierto la destrucción y condenación de Alemania como producto final de su pacto con el mal. Como curiosidad, el libro tardó muchos años en ser publicado en territorio alemán y cuando lo hizo en 1956 (cosa que Klauss Mann no contempló, ya que se suicidó en 1949)  originó uno de los pleitos judiciales más largos y sonados relacionados con el mundillo literario.

La interpretación del mito: qué significa el pacto fáustico

Klauss Mann, convencido antinazi, comparó a Alemania con Fausto y al régimen de Hitler con Satán en su novela de 1936 «Mephisto».

El pacto de Fausto con el diablo proporciona dos recompensas. Una es la satisfacción de aquellos placeres terrenales ansiados por el firmante del contrato.; esta es una recompensa secundaria, y desearla es considerada un error perdonable en casi todas las versiones del mito, pues responde a las imperfecciones propias de todo ser humano. No es que esta búsqueda de placeres terrenales carezca de consecuencias; en la obra de Goethe, por ejemplo, el lascivo enamoramiento de Fausto provoca la muerte de su enamorada, la inocente Gretchen. El doctor habrá de vivir después consumido por el remordimiento y la pena, sabiendo que ha sido el causante de la desgracia de la chica. Con todo, no son estos devaneos carnales los causantes de la posible condenación de Fausto.

La recompensa principal que se pretende obtener con el pacto fáustico es el conocimiento de los secretos últimos de la Creación, alcanzando un grado de sabiduría que acercaría al individuo humano al estatus de Dios. Este deseo sí resulta imperdonable para la tradición cristiana. En la versión original es este ansia de sabiduría lo que condena a Fausto en última instancia, como en su día fue el ansia de conocimiento lo que provocó la expulsión de Adán y Eva del Paraíso Terrenal. Cuando, según los mitos bíblicos, la primera pareja humana come la fruta prohibida del Árbol del Conocimiento —el fruto que permite distinguir entre el bien y el mal, el que otorga capacidad de juicio moral— provocan la ira de Dios y son condenados a cambiar su anterior existencia plena y feliz por una nueva vida repleta de dolor y sinsabores. Fausto comete el mismo pecado de querer saber más de lo que Dios le ha permitido saber y está cometiendo la blasfemia definitiva de intentar equipararse al Creador. En lugar de recibir con humildad los dones y bienes que Dios le ha concedido, Fausto quiere ser quien decida qué dones merece recibir. Para obtenerlos sin el permiso del Altísimo, Fausto recurre al único procedimiento que puede proporcionárselos: el pacto diabólico. Puesto que Satán conoce, como Dios, los secretos últimos, sólo a él se puede recurrir.  Satán es Lucifer, “el que porta la luz”, el guardián de la sabiduría. El pecado de Lucifer, ahora un ángel caído, había sido el mismo que el de Fausto. Tras acumular numerosas virtudes y conocimientos, este ángel quiso equipararse a Dios y como consecuencia cayó del cielo (fue expulsado del paraíso) y terminó condenado a vagar por la Tierra mezclándose en los asuntos humanos y, a falta de un entretenimiento mejor, buscando la condenación de los mortales.

La soberbia de querer parecerse a Dios, o dicho en términos actuales, la pretensión de alcanzar conocimientos más allá de lo que la Iglesia consideraba deseable, era el crimen por el que Fausto pagó con el infierno. Un ser humano ha de reconocerse imperfecto y renunciar a la intención de alcanzar la divina perfección o será severamente castigado. Sólo así se podía entender la inexplicable condenación del admirable Cenodoxus, el Buen Doctor de París, quien durante su vida no ha cometido acción alguna que le haya merecido un castigo y sí ha realizado muchas acciones con las que garantizarse el cielo. Sin embargo, son tantas sus virtudes que cabe sospechar que Cenodoxus ha sucumbido a la soberbia —y al pacto diabólico en alguna de sus formas— para intentar equipararse a la santidad del propio Dios.

El mito fáustico es, pues, una reelaboración del mito del Pecado Original. Ese pecado equivale al libre albedrío, una facultad paradójica otorgada y castigada al mismo tiempo por el mismo Dios, en un bucle irresoluble de condenación que conduce al creyente a una única salida, la búsqueda del perdón celestial mediante el arrepentimiento y la sumisión. El Pecado Original expresa la idea de que ningún ser humano es ajeno al afán de pensar y actuar con libertad —esto es, al deseo de conocer y juzgar— y por lo tanto está destinado a intentar usurpar funciones que no le corresponden y que deberían ser exclusivas de Dios. Fausto está condenado desde el momento en que tiene la posibilidad de pactar un contrato con Satán porque su debilidad humana y su ansia de conocimiento lo conducirán de manera inevitable a firmarlo, como Adán y Eva estaban condenados desde el momento en que existía la posibilidad de comer la fruta prohibida, algo que Dios sabía que terminarían haciendo (por el eso el pecado original se hereda al nacer sin posibilidad de remediarlo). El agravante de Fausto, sin embargo, es que no  ha sido tentado por un agente exterior. Adán y Eva fueron tentados por una serpiente, así que su ejercicio de libre albedrío está atenuado por la intervención de un agente maléfico. En la reinterpretaciñib cristiana del mito judío, la serpiente actúa motu proprio para quebrantar el orden divino. Pero el doctor Fausto se empeña en morder la fruta prohibida pese a que el propio Satán, mediante su enviado Mefistófeles, se muestra reacio a entregársela. Naturalmente, podría pensarse que la resistencia inicial de Satán a pactar con Fausto forma parte de un engaño; el Maligno, a quien el relato compara en algún momento con una mujer seductora, se hace de rogar. Quizá así convierte la recompensa final en algo más apetecible, estimulando aún más los deseos de Fausto. Con todo, las reticencias reales o fingidas de Satán son vencidas por Fausto con voluntad y esfuerzo, que ya no puede alegar un ingenuo desconocimiento de las consecuencias de su acto, siendo como es un hombre versado en teología, que conoce bien lo que le espera si vende su alma. Fausto se tienta a sí mismo sin necesidad de la intervención de una serpiente y eso hace su crimen de naturaleza aún peor.

El conocimiento, vedado por Dios a los hombres, es la meta última de Fausto. Su búsqueda condena al doctor, como valió la expulsión de Adán y Eva del Paraíso.

El mito fáustico es una enmienda teológica a la cuestionable expulsión de Adán y Eva del paraíso. Lo de Adán y Eva fue convertido en relato aleccionador pese a que quizá no fue ese el objeto primario del mito, que tal vez pretendía plantear una metáfora sobre la adquisición del libre albedrío y la conciencia moral por parte del ser humano, con la subsiguiente salida del inocente reino animal (esto es, su “expulsión del paraíso”). Sin embargo, la tradición cristiana convierte el episodio de Adán y Eva en una lección moral, lo cual dejaba algunos importantes cabos por atar. Adán y Eva muerden una fruta prohibida que Dios deja a su alcance, tentados por una serpiente que es, por necesidad, también un producto de la acción creadora de ese mismo Dios. Dicho de otro modo: Dios parece empeñado en que la fruta prohibida sea mordida.

La  malévola e innecesaria trampa tendida por Dios a sus hijos dejaba tras de sí varias cuestiones inquietantes. ¿Es Dios un engañador, un burlador como el propio Satán?. El mito de Fausto trata de resolver este entuerto de otra manera. En los pactos voluntarios con el Diablo, el firmante acepta de buen grado entregar su alma al Maligno en la creencia de que la consecución de los máximos conocimientos y placeres justificará el altísimo precio a pagar, pero también teniendo conocimiento de las funestas consecuencias. El doctor Fausto quiere trascenderse a sí mismo y convertirse en algo que no está autorizado a ser, aunque eso nunca va a ocurrir, pues el engaño de Satán forma parte indisoluble de su conducta y el contrato constituye siempre una estafa. Sí, Fausto es engañado en cuanto a la recompensa que obtendrá, pero no se le tiende una trampa porque conoce la naturaleza del contrato que está firmando. Por otra parte, también es cierto que Fausto confía en que acercándose a los secretos del universo podrá atenuar o incluso evitar el pago; cando el comprador sabe tanto como el vendedor, es imposible que la venta se transforme en una estafa. El problema es que Fausto cree que el vendedor cumplirá y le confiará todos sus secretos, porque, envalentonado por sus aprendizajes mágicos cree que un pacto es imposible de transgredir incluso para el mismo Satán, así que podría decirse que, a este respecto, Fausto se engaña a sí mismo y es también el único culpable del engaño.

La conclusión del mito es terminante: aunque siga habiendo un elemento de engaño y de tentación externa, el ser humano es cómplice voluntario de su propio pecado original. Fausto se condena porque quiere condenarse, porque no asume con servilismo y humildad los dictados de Dios. La salvación pasa por renunciar al libre albedrío y actuar según el único albedrío aceptable, el de Dios. Pese a que las aproximaciones racionalistas y románticas intentaron liberar a Fausto del peso de la culpa, ésta ha seguido siendo el eje fundamental del pacto, como bien ponen de manifiesto las mencionadas adaptaciones de Thomas y Klaus Mann, en las que Alemania es culpable de querer trascenderse a sí misma, convertirse en algo que no es y pactar con fuerzas diabólicas para conseguirlo, causando así su propia y merecida condenación.

Los conceptos e imágenes fáusticas han trascendido, como se deduce, a muchos elementos de la cultura occidental. Referencias inadvertidas al mito aparecen en los lugares más insospechados. Los ejemplos son incontables, pero por citar solamente uno bastante curioso, en la película de gangsters White Heat, de 1949, hay una muy famosa secuencia: el criminal interpretado por James Cagney —cuyas ambiciones lo han llevado a ser acorralado por la policía— muere entre las llamas de un incendio mientras pronuncia la frase ¡Mamá, lo he conseguido! ¡Estoy en la cima del mundo! Una escena fáustica en la que un hombre ha vendido su alma y por tanto ha comprado su propia condenación a cambio de alcanzar una cima que le está vedada, por mucho que él quiera convencerse que sí podrá alcanzarla. Ha habido muchas  adaptaciones directas del mito de Fausto: cinematográficas, teatrales, musicales, etc. Quizá el lector quiera echarle un vistazo a la película Faust, del director alemán F.W. Murnau, por citar un ejemplo repleto de fascinante imaginería.

A Johann Faust le explotó en las manos un experimento alquímico en la habitación de una posada en Staufen y años después alguien aprovechó las habladurías póstumas  para confeccionar un librito aleccionador creando uno de los mayores mitos de entre los que han modelado la moderna cultura europea. La estructura básica de Historia von D. Johann Fausten está presente en multitud de obras de ficción que en la mayor parte de los casos ni siquiera son consideradas fáusticas, pero que no pueden evitar adaptar el esquema 1) ambición, 2) engaño, 3) pacto, 4) descubrimiento del engaño 5) caída. El mito fáustico ha evolucionado y se ha diversificado; se ha entremezclado con mitologías anteriores y posteriores, ha mutado muchas veces. Loo relevante es que los pactos fáusticos están a la orden del día en alguno u otro lugar del mundo; en alguno u otro ámbito de nuestras vidas. Ya sea en política, empresa, sociedad, familia, siempre hay alguien vendiendo su alma y la de otros al Maligno, pagando precios desorbitados por metas inalcanzables las cuales, por soberbia, se considera con el derecho de alcanzar. Esa es la grandeza de este mito: mire uno donde mire, Fausto está en todas partes. Quizá, quién sabe, escribiendo estas mismas líneas. O quizá, quién sabe, leyéndolas.

 

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12 Comentarios

  1. ¡Muy bueno! La novela de Mann fue una de las que más me impactó, hace años, y aun la recuerdo con bastante intensidad y algo de cariño.

  2. Un artículo excelente. Felicidades. Sólo una pequeña cuestión, si bien señalas la importancia del libre albedrío como esencia de lo faústico, lo cierto es que a finales del siglo XVI (cuando se publica la primera obra anónima) la mayor parte de los territorios germánicos están bajo la influencia del luteranismo. Por lo tanto, ya que en esta doctrina la predestinación es fundamental para comprender el proceso de salvación, sería posible una nueva interpretación de Fausto, como una persona condenada incluso antes de hacer su pacto con el diablo.

  3. Muy interesante el artículo, como siempre.

    Únicamente no estoy de acuerdo con la interpretación de la metáfora de Adán y Eva. Dios les hace ya libres, no adquieren la libertad como consecuencia de comer del árbol del bien y del mal (sino que hacen un mal ejercicio de la misma). La serpiente no es una creación de Dios, es el mal, es decir la ausencia de Bien (Dios). Al comer del fruto se creen con la capacidad de decidir lo que está bien y lo que está mal (soberbia y relativismo) y eso es lo que les condena. No son condenados por querer usar la razón o adquirir conocimientos ajenos a la moral.

    Quizá en otras épocas o determinadas personas realizan una interpretación diferente para manipular a los demás, hacerlos sumisos e ignorantes. Pero a mi nunca me han impuesto, ni siquiera me han sugerido dicho sentido.

    Felicidades por el artículo. Ojalá salga pronto la siguiente entrega de Lucky Luciano.

    • El árbol del bien y del mal es también llamado el del conocimiento. Supongo que resulta curioso el hecho de que se les vete la permanencia en el paraíso después de probar el fruto que da el susodicho árbol. Eso puede haber dado peso a la creencia que tu dices de «los ignorantes». Aunque más bien esta creencia rezaría que Dios «los quería ignorantes».

      No sé en que sitio leí que era una metáfora sobre el dolor que trae el conocimiento (información). Por eso la ignorancia conllevaba la vida en el paraíso. Algo contradictorio porque, como sabemos, el ignorante ignora su propia felicidad.

  4. No resulta fácil desde el esquema mental de nuestros días comprender adecuadamente la mentalidad antigua. La reinterpretación actual del mito faústico, lo relativo al conocimiento científico frente al conocimiento teológico o de forma más amplia al viejo debate entre fe y razón, no deja de ser eso: una interpretación más de las que se suceden en el tiempo con respecto a los mitos.
    Me parece importante señalar un aspecto de la personalidad de Fausto que es fundamental en el primer relato anónimo de 1587. Sobre todo es un brujo, un mago, un hechicero. Hay que entender que todavía en aquella época, y por supuesto en toda la historia anterior de la cultura humana, los hechos escalofriantes que se relatan eran creídos a pies juntillas por la gente, como eran creídas las apariciones de ángeles y santos o los milagros. Dicha mentalidad crédula para estos fenómenos se pierde en la noche de los tiempos cuando los hombres creían en la intervención directa de los dioses en la vida de los hombres. Los dioses se mezclaban con ellos, engendraban y daban origen al linaje de los héroes y semidioses, estaban también sujetos a pasiones y por tanto a debilidades. Y los había benéficos y maléficos, estando tal distinción basada fundamentalmente en una utilidad moral para el desenvolvimiento de la vida social de la época, es decir, en si socavaban o apoyaban las normas morales y de comportamiento en que se basaba el orden social. Los caracteres atribuidos a unos y otros remiten a una instintiva visión natural del mundo. Los buenos o benéficos se asocian a la luz, al sol, al día, al cielo, pues es durante el día cuando los hombres se desenvuelven mejor. Los malos o maléficos se asocian a la noche, la oscuridad, la luna (Hécate y Selene, posteriormente convertidas en Diana, diosa de las brujas, adivinas y hechiceras) y la tierra, fundamentalmente el submundo o subterráneo universo donde habitan dichos dioses, posteriormente identificado como el infierno. A los benéficos se les dio género masculino y a los maléficos femenino, acaso por implicaciones puramente biológicas como el ciclo menstrual de las mujeres medido por las fases lunares. Asimismo habría que considerar la tradicional vinculación de las brujas y hechiceras no sólo con la noche, la luna, la oscuridad, sino también con el conocimiento secreto de las propiedades de las plantas con las que fabricar ungüentos como consecuencia directa de la especialización del trabajo en sociedades primitivas donde el hombre cazaba o robaba y la mujer recolectaba frutos y plantas.
    En estas épocas magia y religión estaban indisolublemente unidas y los hombres podían mediante conjuros y diversos procedimientos, mantenidos en secreto por una casta de sacerdotes o sacerdotisas cuyos conocimientos eran en gran parte hereditarios, invocar e incluso forzar a los dioses mediante amenazas a que actuasen en cumplimiento de sus deseos. Estos deseos podían coincidir con el bienestar de la comunidad y los dioses eran invocados para su beneficio o por el contrario dichos deseos podían ir en contra de la moral social o en su perjuicio. Se invoca a los dioses para una buena cosecha o también para que la cosecha se pierda. A estos últimos invocadores se les persigue y se les teme.
    En este esquema mental y de creencias se asienta el cristianismo y el Diablo sustituye a los antiguos dioses maléficos y como ellos sigue actuando, según las creencias, en la vida cotidiana de la gente.
    Actualmente podremos hacer la interpretación faústica que más se adecue a nuestra mentalidad e intereses, pero me parece importante situar el mito en el esquema mental de la sociedad que le vio nacer para comprender mejor su significación.

    • Hola Trotsky:

      Muy interesante tu comentario, aunque discrepo no en el contenido del mismo —impecable— sino en tu interpretación restringida del mito. En la época en que aparece el relato de Fausto, evidentemente, existe mucha superstición a nivel popular sobre la magia y demás (la hay incluso hoy, así que…) pero no creas que es una idiosincrasia unánime entre el ciudadano de su tiempo. En España, se ejecuta a la última «bruja» en 1611. En otros países prosiguen las ejecuciones, pero es un fenómeno en remisión. En centroeuropa, esto sí es cierto, la cosa es peor debido a la lucha religiosa causada por la Reforma. Pero en general, la superstición está perdiendo mucho terreno. El realismo crudo de «Don Quijote» y el uso simbólico y abiertamente racionalista que Shakespeare hace de la magia, evidentemente tomándola como pura ficción, están a la vuelta de la esquina. La ferozmente materialista literatura picaresca, que tiene una visión bastante poco mágica del mundo, está ya en boga. Se están dando, en ese preciso momento, importantes giros científicos que ponen en solfa la visión tradicional del universo. Es el conocimiento científico el que está proporcionando las nuevas herejías.

      El libro, que como digo en el artículo tiene el tono de un espectacular relato de terror, es también un manual moralizante escrito —sin duda— por algún individuo cultivado y con algún tipo de formación teológica, ya fuese un sacerdote o un seglar. En él se condenan, sí, las artes mágicas, pero también las llamadas «artes liberales». En la obra teatral «María de Nimega» (anterior a Fausto) es el afán de dominar las artes liberales lo que provoca el pacto diabólico. El conocimiento mágico es visto como un pecado más de Fausto (como la lujuria) pero es la persecución del conocimiento último (los misterios del cosmos) lo que realmente lo condena. Sí es cierto, empero, que el libro intenta deliberadamente identificar conocimiento científico con conocimiento mágico. De manera análoga a como hoy, por ejemplo, se podría identificar «aborto» y «asesinato».

      La crítica que se hace en aquella época hacia las pretensiones cosmológicas del conocimiento científico no es una reinterpretación posterior desde nuestra perspectiva actual, no; es básicamente un hecho. No lo digo yo, por si tienes alguna duda, el propio Lutero lo dejó claro de manera bien inequívoca: «la Fe debe sofocar toda razón, sentido común y entendimiento».

      El cristianismo de su tiempo no rechazaba la ciencia en bloque —muchos científicos eran clérigos, de hecho— pero sí rechazaba la ciencia como disciplina autónoma que explorase más allá de los límites establecidos por la religión, o que diese respuestas incompatibles con el dogma religioso. La ciencia debía estar, al igual que todo lo demás, al servicio de Dios, como lo había estado durante la Edad Media. El problema es que, ya antes de la aparición del mito de Fausto, la religión ha comprobado que no podía ponerle puertas al campo y la ciencia ha empezado a cuestionar lo incuestionable.

      Piensa que, además de la tradición supersticiosa que comentas, hablamos de una época donde el racionalismo da claras señales de vida. Por ejemplo, no mucho antes de la popularización del mito de Fausto, se ejecutó a Miguel Servet, lo cual produjo por una parte el escándalo entre los intelectuales europeos, pero por otra una reacción de endurecimiento entre los más férreos defensores de la fe ciega. Sólo unas décadas más tarde se producirá la famosa condena de Galileo ( mientras, en ese mismo momento, la historia de Fausto era considerada, incluso por el pueblo, poco menos que un irreal y risible cuento de miedo).

      El conflicto entre fe y conocimiento científico es un tema muy, muy candente y muy de actualidad cuando se publica el libro original de Fausto. Es el trasunto fundamental de la historia y del mito. La religión cristiana tenía una relación de amor-odio con el conocimiento científico (aún la tiene, aunque lógicamente muy atemperada) y el auge del racionalismo enconó las posturas opuestas.

      Interesante discusión, ¡gracias!

      Un cordial saludo.

  5. Gracias a ti por la respuesta y la aclaración con la que estoy de acuerdo. Únicamente quería significar con mi comentario la difusa frontera que separa a unas épocas de otras y que, por servidumbres metodológicas de la historia, no siempre son tenidas en cuenta. Hecho que con respecto a la significación popular de los mitos, aspecto esencial para la relevancia de los mismos, me parecía importante señalar.
    Tal vez se podría plantear el debate en torno al poder y control del conocimiento en la sociedad, más allá de que este sea científico o mágico-religioso según la evolución cultural, pues de dicho control dependerá quien controla en definitiva la sociedad. Se perseguiría entonces a los científicos como en épocas anteriores se persiguió a las brujas, pues ambos disputaban el monopolio del conocimiento de la época, en manos entonces de la Iglesia, en el que se basaba el orden social.
    Estirando mucho las cosas nos podríamos preguntar, heréticamente y en el marco de este debate especulativo sobre el conocimiento, tema fundamental en Fausto, si en la actualidad los científicos no han sustituido a la casta sacerdotal y la “apropiación” del conocimiento científico-técnico por parte de los Estados para ejercer el control social no tiene semejanzas con la apropiación o fusión entre Estado y religión de épocas pasadas. En definitiva se trataría del aspecto moral y regulador de las relaciones sociales que tiene el conocimiento y su intento de control por parte de las élites mediante la persecución de los heterodoxos que escapan a dicho control y que ponen en peligro el orden social. El mito de Fausto iría más allá, entonces, de la discusión de la superioridad de un conocimiento específico sobre otro para situarse en el campo más amplio de las implicaciones morales y éticas del conocimiento, tenga este el carácter que tuviere, y por ello mismo sería un mito que pervive en el tiempo, cuyo origen, a mi parecer, y considerado en este aspecto general del conocimiento, está en el de Prometeo.
    Saludos cordiales.