Blogs Descartes

Leyendo el Apocalipsis en Kivu Sur

Leyendo el Apocalipsis en Kivu Sur fotografía de Alberto Rojas

De vez en cuando releo las libretas que escribí en tal o cual viaje. Hoy toca el cuaderno rojo, en el que pone «Congo» en la primera página. Picoteo párrafos sueltos al azar. «Fue violada hace muchos meses, pero tardó en acudir a consulta porque no quería ser estigmatizada». «En estas montañas el hombre blanco los encadenaba para trabajar y cortaba las manos a aquellos que no cumplían». «Dejando a la mujer como un escombro, desnuda y vejada en la cuneta». «A veces los violadores dejan a una mujer del grupo sin violar, para que lo cuente a los demás». «Una mujer es como un objeto sin derechos, una herramienta de trabajo». «Hay pocos hombres en las aldeas. La mayoría han muerto o pertenecen a grupos armados».

Me detengo en una parte que no recordaba. En las montañas de Haut Plateaux, en el triángulo fronterizo entre Congo, Ruanda y Burundi, asistí con mi compadre Fernando Calero a una reunión de alcaldes de 19 aldeas con un comandante Mai Mai a la que estábamos invitados. Ante la incapacidad del ejército congoleño para controlar su propio territorio, los Mai Mai nacen por todos lados como milicias de autoprotección creadas por los lugareños. Su objetivo es repeler los ataques de guerrilleros extranjeros como los hutus o los tutsis ruandeses. El problema es que, al final, acaban convirtiéndose en lo que combaten, es decir, en una horda de saqueadores y violadores tan asesina y arbitraria como el resto.

Y me viene a la mente aquella iglesia en lo alto de la colina, a 3000 metros de altitud. Un edificio sencillo, de barro, con olor a madera húmeda y un solo ventanuco en el interior cuya luz iluminaba la cara de aquel comandante subido al altar, un señor de la guerra que acudió con una Biblia en la mano, un cura y dos adolescentes armados. Al fondo, una pizarra con el orden del día: seguridad, rutas, alimentos, quién manda ahora, pero ni una línea sobre un problema del que nadie hablaba: 200 violadas por noche entre Marungu, Kitoga y Kihua. Aunque no existen estadísticas, todos dan por hecho que las mujeres de esa zona, tarde o temprano, han sido, son o serán violadas, tengan la edad que tengan.

Apoyado sobre aquella pizarra, uno de los chicos dejó el Kalashnikov. De frente, alcaldes con chaquetas raídas, manos nudosas del trabajo en el campo, mucho miedo y sometimiento hacia aquel militar. Y un equipo de MSF intentando que se respetara su trabajo y su neutralidad en tierra de nadie. «Sin paz no podremos sostenernos», comenzó diciendo. «Sin paz no hay fuerza. Sin conciencia no hay vergüenza. Si no quieres trabajar para Dios, tendrás que decidir para quién trabajas».

Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.

Regístrate gratis

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. Puede que tenga la pregunta más estúpida del mundo, pero tengo que hacerla. Dando por descartado el que puedan protegerse a sí mismas, ¿nadie ama a esas mujeres? ¿No tienen esposos, hijos, hermanos o padres dentro de la propia milicia? ¿Cómo funcionan las relaciones en el día a día? ¿Qué dicen las mujeres?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*