“Lo que Charlie Paddock, que acumula más récords de velocidad que ningún otro hombre que haya corrido jamás, no ha podido hacer. Lo que Jackson Scholz, el sprinter de St. Louis que ganó los cien metros en los Juegos de hace cuatro años, no ha podido hacer. Y lo que Lloyd Hahn, el volador de Boston, no ha podido hacer. Elizabeth Robinson, una quinceañera de Chicago… lo ha hecho. Los corredores americanos, que han sido tan fácilmente adelantados por prácticamente todo el resto del mundo, deberían comprarle a Elizabeth una enorme caja de bombones” (artículo en un periódico estadounidense tras los Juegos Olímpicos de 1928)

Estamos en 1931; es un día caluroso en las afueras de Chicago. Un hombre detiene su automóvil junto a un terreno cubierto por una espesa hierba. Allí se encuentra ante un macabro panorama: los restos de un accidente aéreo. Un avión —el típico biplano de los años veinte— ha levantado el vuelo pocos minutos antes pero ha tenido algún problema al poco de despegar. El piloto parece haber perdido el dominio del aparato y el avión, tras descontrolarse por completo ante la mirada de algunos horrorizados testigos, ha terminado cayendo y estrellándose en un descampado. El hombre baja de su automóvil y se acerca para comprobar el estado de los restos. Uno de los dos ocupantes del avión es una chica de veinte años de edad. Cuidadosamente, el angustiado individuo levanta el cuerpo de la jovencita, lo carga en brazos, lo lleva hasta a su coche, lo mete en el maletero y se dirige a unas instalaciones funerarias donde puedan hacerse cargo del cadáver. Pero una vez en los servicios fúnebres se llevará una buena una sorpresa: cuando el hombre saca el cuerpo del maletero y lo entrega a los empleados funerarios, estos examinan el cuerpo y cunde la alarma. Le hacen saber que, aunque lo parezca, no ha estado cargando con un cadáver. La verdad es que pese al descorazonador aspecto que presenta tras el accidente aéreo, la chica continúa viva. Eso sí, su estado parece extremadamente grave: apenas respira y su pulso es muy débil. Es milagroso que haya sobrevivido… aunque de todos modos parece estar en las últimas. Sí, resulta bastante improbable que pueda superar su actual condición, pero de todos modos hay que llevarla a un centro médico con la máxima urgencia. Acuden a un hospital y la chica es ingresada inmediatamente. Los médicos dictaminan que se encuentra en un estado de coma profundo. Su situación es muy delicada y el pronóstico es serio. Esto va a entristecer a mucha gente, porque la infortunada jovencita no es una chica cualquiera. Es, de hecho, una celebridad. Se trata de Elizabeth Robinson: la primera mujer que ha ganado una medalla de oro olímpica en toda la historia del atletismo moderno. Tres años antes, triunfó en las Olimpiadas de Amsterdam de 1928 siendo apenas una chiquilla. Con dieciséis años, ha sido la primera reina del atletismo olímpico femenino. Ahora, la «novia de Amsterdam» y una de las personas más queridas del país se estaba preparando para los Juegos de 1932, donde sin duda podría volver a aspirar a la medalla de oro. Pero ahora está tendida en la cama de un hospital, inmóvil, inconsciente, debatiéndose entre la vida y la muerte. En ese estado permanecerá durante meses. Todo porque ese día hacía mucho calor y a los velocistas se les desaconsejaba nadar, así que para huir del clima y refrescarse se le había ocurrido dar una vuelta en avión. Su primo era piloto y era el flamante poseedor de un aeroplano, así que pensó que aquella sería una buena forma de pasar el rato y tomar algo de aire fresco. Pero el avión ha terminado hecho trizas en un campo y ella quizá nunca despierte del coma. Y si despierta, probablemente nunca podrá volver a correr. De hecho, los médicos dan por hecho que ni siquiera volvería a caminar con normalidad. Sin embargo, por increíble que parezca, a la aparentemente agonizante Betty aún le quedan victorias por anotarse. Va a regresar de los linderos de la muerte, superando problemas físicos aparentemente insuperables y retornando a la gloria olímpica a base de determinación. Esta es la increíble historia de una de las deportistas de élite con más coraje de la historia de los Juegos.
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Señor Rodriguez, yo opino que todos sus artículos deberían enseñarse en las escuelas. Enhorabuena una vez mas.
Impresionante historia y, como (casi) siempre, impresionante artículo.
Muchas gracias
Repetitivo y repetitivo. Sobra la mitad del texto.
Es cierto que es repetitivo, pero eso es un recurso narrativo. Recurso que a ti no te gusta pero que sirve para centrar la atención sobre determinados hecho y que el autor utiliza muy bien, casi tan bien como lo utilizaba el gran S. Zweig un escritor del que el E. Rodríguez bebe mucho y además bebe bien. La historia es buena y está bien contada.
que fué del primo de la chica? si falleció, supongo que acabaría también en el maletero… si sobrevivió, su estado hubiera requerido su conducción inmediata a un hospital… me deja usted en un mar de dudas, señor Rodríguez
dudas que me han distraido los suficiente para no seguir leyendo
Sobran la mitad de los comentarios.
Muy interesante el haber conocido esta historia, tanto, que lamento corregirle el hecho de que las dos semanas de pruebas se doniminan Juegos y el periodo que va de unos a otros, Olimpiadas.
Lejos de mi la pedanteria, tan solo es que desde que he descubierto este magazine y su gusto por articulos muy bien trabajados a mi gusto, éste es de los errores a evitar.
Yo soy un deportista de basqutball sudamericano semi profesional que el 2010 estuve en coma 16 dias, escribi un libro que esta en amazon, quede con una minima secuela, tuve que aprender a comer,caminar, etc y me gustaria ayudar a gente que esta en una situacion asi.
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