He recordado algo que me parece oportuno contarles. Pero vamos por orden.
Como ya se habrán ustedes fijado, siempre que una sociedad, directa o indirectamente y a pesar de la imposible unanimidad y la huidiza mayoría, conviene en admitir la ruindad de algún célebre antepasado, sus autoridades proceden de forma similar: afeando su gloria. Y no existe mecanismo institucional más inmediato, eficaz y perdurable a tal efecto que su oprobiosa desaparición del callejero.
El general Franco se ha convertido así en el conde Aranda, en Carrera o en Progreso; Emilio Mola en el Príncipe de Vergara; hasta el presunto pasado nazi de Ferdinand Porsche le ha impedido, desde la tumba, sustituir en Atlanta a Henry Ford. Qué cosas.
Además de calles, plazas y avenidas, sus nombres suelen desaparecer de placas e inscripciones honoríficas tan rápido como de la vista lo hacen sus eternas siluetas, subidas normalmente a lomos de caballos de aleación que decorarán para siempre y junto a sus jinetes el fondo de algún triste almacén municipal.
Esta práctica, que a algunos parecerá un tanto ridícula porque al fin y al cabo qué más da, qué importa un nombre, a quién molesta, siempre se ha llamado así, solo es una estatua, no ofende a nadie, no estorba, siempre ha estado ahí, no es en realidad una costumbre tan disparatada.
Si el mérito de una vida dedicada al pueblo, a la ciencia, al gobierno o al deporte es recompensado con una placa conmemorativa, una estatua en una plaza o el nombre de una avenida, no es descabellado que tales homenajes sean retirados si el tiempo prueba que aquella dedicación no fue tal. Más aún si donde creíamos ver honor ahora hallamos bajeza. Y sobre todo si tras el reconocimiento popular se escondía una obligación tirana —que bien podría, en circunstancias opuestas, imponer la dirección contraria—. La sociedad, en cualquier caso, tiene derecho a cambiar de opinión y a dejar constancia de ello, y mantener por desidia un homenaje público, sea cual sea su forma, no es muy distinto en la práctica a hacerlo por convicción.
De lo que se trata, en definitiva, es de consolidar el descrédito. De remarcar el desprestigio al que definitivamente se quiere conducir a quien ahora parece merecedor del mismo. Y pocos métodos hay más efectivos que desdeñar su recuerdo. Lograr que su nombre y su figura pierdan relevancia histórica y honor. Omitirlos. Privarlos de pulcritud y arrinconarlos hasta que, eventualmente, caigan en el olvido.
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La introducción es infumable, sobra la mitad del artículo
Suelo disfrutar mucho con las introducciones hechas por Don Manuel, pero reconozco que en este caso le sobra mucha prosa. El resto del artículo es sensacional. Creo que a más de uno le puede venir bien para explicar con mayor naturalidad su «flaqueza de engrandar».
Yo creo que le pagan según el número de caracteres, como a Amy Martin.
La introducción me ha gustado, en mi opinión no se debería de tratar de censurar u olvidar una parte importante aunque detestable de la historia, ya que el que olvida está condenado a repetir la experiencia.
El resto del artículo es hilarante. Si no fuera porque los adolescentes carecen de tal maestría a la hora de explicarse, la lógica que se sigue en muchos consejos/pruebas parecería proveniente de chavales.
No sé yo si es muy oportuno hacer críticas a la introducción en este tipo de artículos.