Loquillo: “La Barcelona de los 80 era tan aburrida como la actual”

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José María Sanz Beltrán (Barcelona, 1960) —o lo que es lo mismo, Loquillo o El Loco— encontró en la música su particular túnel de huida de una realidad que lo condenaba a la precariedad y a los trabajos forzados. Primero escribiendo en revistas musicales y luego sobre los escenarios. De los escenarios no se ha bajado desde que, a finales de los 70, formara, con Carlos Segarra de Los Rebeldes, Teddy Loquillo y sus amigos. Tras esta experiencia germinal, se une a Los Intocables, formación en la que toca el guitarrista y compositor Sabino Méndez. Junto a él forma Loquillo y Trogloditas, banda emblema del rock español de los 80 que lega un buen número de canciones/estandarte de una época (Cadillac solitario, La mataré, Todo el mundo ama a Isabel, El rompeolas…). Tras el éxito, las grandes giras, los contratos con multinacionales y las discrepancias internas, Sabino abandona la banda. El reencuentro artístico no se producirá hasta el pasado año con La nave de los locos, álbum que recupera canciones dispersas del compositor. Además de con la gira de este disco, Loquillo, tras emprender trayectoria en solitario, anda metido en varios proyectos. Prepara una gira con Ariel Rot y Leiva, y acaba de publicar El hijo de nadie, una larga conversación con el periodista Luis Hidalgo que supone su tercera incursión en la letra impresa después de El chico de la bomba y Barcelona ciudad. A lo largo de más de 30 años, el cantante de El Clot se ha mantenido en primera línea con tesón y gracias a su capacidad de reinventarse. Ha pasado por el rock a poetas, ha hecho sus pinitos en el swing, ha producido documentales y obras de teatro, se ha atrevido con la actuación cinematográfica.

Nos encontramos en el 99% Moto Bar de Barcelona. Su presencia va acorde con un discurso contundente y directo. Se le ve cómodo en el apotegma y la sentencia. No parece proclive a la duda metódica. Empezamos la conversación por su personaje.

Has explicado infinidad de veces cómo nace el nombre de Loquillo [fue el exjugador del Barça Epi quien le puso el apodo cuando jugaban juntos en el Colegio Alpe de Barcelona], pero me gustaría saber cuándo nace el personaje Loquillo.

Yo diría que el personaje con cara y ojos nace en el disco Dónde estabas tú en el 77 (1984), cuando empiezo a trabajar su estética y su dinámica. Antes eran aproximaciones, se intuía pero yo no lo sabía, no era consciente de ello. Soy consciente en el momento en que el público hace su trabajo, en el momento en que uno es consciente de que es distinto al resto. Ya que, por otro lado, exceptuando tal vez a Alaska y a Jaime Urrutia, no había mucho concepto de ser estrella. Había mucha rémora de los 70, de querer ser normal. Lo que llamábamos “hippies reciclados”, gente que se había apuntado a la normalidad. Y en España el punk, exceptuando a una minoría, llegó tarde. Claro, supongo que también me cogió en la edad adecuada. Y supongo que el hecho de haber estado trabajando en prensa, de haber estado en Londres en el momento adecuado, me hizo estar por delante. En el sentido de que veía que algo estaba pasando y que aquí todavía estaban con el rollo layetano, con el rock mesetario. Exceptuando Kaka de Luxe y, aquí en Barcelona, Último Resorte, no había una escena moderna. Porque al fin y al cabo, los Tequila eran una banda tributo a los Rolling Stones, de fans, por decirlo de alguna manera, y Los Rebeldes eran una banda de género, que utilizan el revival. Entonces, el rock en castellano, partiendo de esa base, eran Alaska y Jaime Urrutia en Madrid. Y, en Barcelona, Último Resorte y nosotros, Los Intocables.

Tal vez, como antecedente en Barcelona, La Banda Trapera del Río.

A pesar de tener la misma edad, era otro concepto musical. La Banda Trapera del Río tenía más que ver con Burning. No eran una generación, pero sí un concepto musical anterior al nuestro. Quizá por estética. A nosotros nos encandilaba la estética. Crecimos con grupos como The Clash. Las bandas de punk rock estaban más cerca del rock n’ roll que del new wave. Y todo eso del punk de las crestas vino más tarde. El punk original eran chavales con el pelo corto, nada más. Los Ramones. Esa era la influencia. Había un antes y un después. Los grupos madrileños, como Nacha Pop y tal, eran new wave. Tuve más afinidad con Alaska y los Pegamoides, estéticamente hablando, porque utilizamos unos conceptos estéticos muy parecidos. En aquel momento tocamos con Alaska y los Pegamoides en Amposta y después tocamos en Murcia con Los Zombies. Eso era distinto… Radio Futura eran mayores, Los Rápidos eran mayores, a pesar de que están incluidos en todo eso. Y La Banda Trapera y Burning eran antecedentes. Fueron quizá los que dieron el primer golpe en la mesa. Es un poco como lo veo. Al fin y al cabo, nosotros teníamos muy claro que éramos chicos de barrio con aspiraciones. Queríamos salir del barrio y punto.

¿Siempre quisiste salir del barrio?

Yo vivía en un sitio de 48 metros cuadrados con cinco personas. Entonces, o sales de ahí o te conviertes en una rata. Había que salir y el mundo era muy grande. Y el punk daba esa opción. Yo venía de los pandilleros del rock n’ roll. En fin, era rocker.

En cambio con la ortodoxia rockabilly nunca llegaste a llevarte bien.

No, nunca. Es que nosotros no éramos rockabillies, éramos rockers.

Por eso, había distanciamiento.

Nosotros escuchábamos a Lou Reed, a David Bowie, a los Stones y también escuchábamos a Eddie Cochran, a Gene Vicent o a Buddy Holly.

De hecho fuiste de los primeros y de los pocos en reivindicar a Johnny Kidd [and The Pirates], un tipo completamente fuera de toda ortodoxia.

Es que Johnny Kidd tenía un personaje. Me atraían los artistas que eran personajes. Me atraía Bowie, su facilidad de cambiar, el glam rock, toda esa estética. Ahí chocaba con la ortodoxia del rockabilly porque fundamentalmente lo veía todo muy antiguo. Fue el primer aprendizaje, sin duda, que me fue muy bien, pero cuando llego a Londres en el 79, vas a los locales de rockabilly y, vale, te gusta, pero cuando ves lo que está pasando en la calle estás mucho más cerca, porque es gente de tu edad. Por eso quizá el concepto heterodoxo que he tenido siempre del rock. Nunca me ha gustado la ortodoxia.

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Demasiado rocker para los punks, demasiado punk para los rockers”, dijo de ti el crítico Javier Ordovás.

Sí, la ortodoxia nunca me ha interesado para nada. Creo que es aburrida. Hacer siempre lo mismo es aburridísimo, ¿me entiendes? Eso te permitía ser diferente. Y por otro lado, ética y estética ligada a un cine, a un teatro, a una literatura. Ese era el estilo y esa era la forma. El rockabilly se quedaba muy parado, no avanzaba más. Por eso lo que hablábamos de la forja del personaje. Llevaba una estética determinada, pero llega un momento en que la estética y la ética musical se unen. Y ahí es cuando, hacia el 83, 84, un poco después de llegar a Madrid, tengo noción del personaje. Porque no te diré que era fácil ser una estrella, pero yo era muy alto y me quedaba bien todo. No tenía que ir de humilde. Éramos también muy “pintones”, y tanto Sabino como yo estábamos siempre en todas partes. Y eso gustaba mucho, porque rompíamos el molde y el esquema del rock n’ roll madrileño, mesetario, tipo Leño, que nos parecía el horror. Éramos muy diferentes. Creo que eso es lo que gustó a la movida madrileña de nosotros. Y atrajo mucho.

El crítico Diego A. Manrique comenta que tu personaje se construye de muchos retales, de estilos e influencias musicales distintos. ¿Esa disparidad te ha permitido estar en primera línea durante tantos años?

Creo que hay varias cosas. Esa es una de ellas, pero soy la obra de un montón de gente, porque siempre he estado metido en todos los saraos y he conectado con las personas que tenían talento. Lo he visto, tengo ese don, localizo el talento. Y, quieras o no, he ido aprendiendo de todas esas personas, soy la obra de todos ellos. He sido influenciado por una serie de personajes que han sido determinantes en mi vida, y además he tenido siempre muchas ganas de aprender. He trabajado. Mientras los demás hacían el indio, yo trabajaba. Huía, observaba, iba más allá, rompía esquemas. Eso te mantiene vivo, ojo avizor a todo.

[De golpe pregunta “¿Es Blondie?” Mira la pantalla del televisor, donde aparece cantando una chica rubia. Así que, superando el silencio, continúa su discurso, N. de. R].

En el 78, creo, vino Blondie a España, en el último Canet Rock. Eso era el horror, estaba lleno de hippies.

En el documental Leyenda Urbana de Carles Prats, comentas que ibas al Canet Rock a trapichear.

Sí. Estaban Ultravox y Blondie. Íbamos todos a ver a Blondie y a los Bijou, un grupo francés parecido a los The Jam. Veía todo eso a mi alrededor y me parecía como si hubiera aterrizado en un planeta distinto. O sea, todo eso estaba tan lejos de la realidad. Tan lejos… Supongo que fuimos los primeros en hacer canciones sin censura, después de La Banda Trapera del Río y Burning. Fuimos la generación que empezó a romper moldes. Como te comentaba, se unían ética y estética, y eso era muy atractivo. Y jugábamos a ser guapos. Era nuestra manera de responder a todos los hippies. Y de eso hacíamos bandera, la verdad. Fue un tiempo realmente divertido, porque había mucha… ¿Cómo decirlo? Entrabas en un bar como éste y todo el mundo se giraba.

¿Había expectación?

Bueno, éramos muy atractivos, nada más. Si al principio tocábamos con el culo…

Llegaste a realizar playback con Robert Gordon y Sleppy La Beef.

Fue una bonita manera de pagarnos los billetes y pasar una semana en Madrid haciendo el indio en el inicio de la Movida. Y además fue superdivertido. Era cojonudo, salías con un instrumento y hacías lo que te daba la gana.

Reconoces, en el libro El hijo de nadie, que nunca has sido capaz de tocar un instrumento. Y eso que lo has intentado de todas las maneras posibles.

¡Pero nadie ha sabido hacer un playback como yo! [Ríe]

Sí, se te ve pegando saltos con el bajo y aporreando el teclado.

Es escandaloso, el playback es escandaloso. De lo divertido que es, ¿eh? Nos comíamos cualquier cosa y salíamos a tocar. Era divertidísimo. Llevábamos un pelotazo que te cagas y había que repetir el playback. Íbamos ya como zombis.

¿Existe alguna diferencia entre la Barcelona actual y aquella Barcelona de finales de los 70 y principios de los 80?

No veo ninguna diferencia, la verdad. Aquella Barcelona era tan aburrida como la de ahora.

¿Se ha mitificado entonces?

La que nosotros conocimos era un páramo. No la de los 70, sino la Barcelona del 81, cuando llega Jordi Pujol al poder y nosotros montamos la banda. Todo el mundo con cara y ojos se iba a Madrid y nosotros estábamos aquí. Era tremendo. Era un desierto. Los rockers daban color a las Ramblas, los mods se empezaban a ver. Y cada uno llevaba su estética. Pero con el páramo que había… De repente en Madrid estaban pasando un montón de cosas y aquí no pasaba nada. Barcelona siempre ha tenido un problema, ha vivido de espaldas. Es algo que sorprende porque las bandas que han nacido en Barcelona han sido pioneras en lo suyo, en todo. Los Salvajes, Los Sirex, Los Cheyennes

Lone Star.

Lone Star, nosotros, Los Rebeldes, Último Resorte, Los Negativos, Los Rápidos. Había una serie de primeras espadas. Pero todo el mundo se tuvo que ir a Madrid. Recuerdo a Manolo García viajando con nosotros en la furgoneta o en el autocar para entregar sus maquetas en Madrid. Era así. Y luego llegabas a Barcelona en el año 84 y veías la realidad y no te lo podías creer. Era como aterrizar en un planeta diferente. Y, ahora mismo, te diría que en lo musical es como si todo eso no hubiera existido. Es algo realmente curioso.

Muchas de tus canciones, sobre todo en la etapa Sabino, para entendernos, transcurren en Barcelona: Avenida de la luz, Cadillac solitario, Ahí vienen los Jets, El molino, Morir en primavera, Domingo en mi ciudad, El rompeolas...

Exactamente tengo calculadas 18 canciones sobre la ciudad de Barcelona.

Una de ellas, Barcelona ciudad, de la que por cierto hiciste una versión Velvet Underground muy lograda, en clave crítica [«En Barcelona ciudad/ nada se hará realidad./ Ardiendo en tu habitación,/ sentado en cualquier rincón,/ esperarás con pasión/ tu dosis de rock’n’roll«]

Sí, pero son 18 canciones y piensas: ¿cómo es posible que alguien haya hecho eso sobre una ciudad y todavía no se haya aprovechado ese capital? Es acojonante. Si Johnny Halliday hubiera hecho 18 canciones dedicadas a París…

Monumento nacional.

Monumento nacional. Ese es el ninguneo que se ha producido con nosotros. Y con toda mi generación, que también se ha largado. No queda ni Dios. Es sorprendente. Y dices, ¿por qué? Carlos Segarra vive en Alicante, Sabino en Madrid, yo vivo en San Sebastián. Todo el mundo se ha ido. ¿Qué le ocurre a esta ciudad? ¿Qué le pasa? Es algo realmente sorprendente. Y ahora incluso sucede con la escena actual: Love of Lesbian, Maika Makovski… todos se han ido también. Un mal endémico.

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Pero en un momento determinado se habló de una eclosión cultural barcelonesa, de una ciudad cosmopolita, vanguardista, de primera línea europea. No sé si consideras que fue una pura estrategia de marketing.

En los Juegos Olímpicos del 92, recuerdo un anuncio que se hizo sobre Barcelona donde salía el arte y la cultura de la ciudad, y como grupos musicales representativos aparecían Sopa de Cabra y Sau. Titulamos la gira de ese año “La ruta del exilio”, porque no tocamos ni una sola vez en Barcelona. No podíamos creérnoslo. En las Olimpiadas, cuando la ciudad revienta, se nos ningunea de una manera que todavía me estoy preguntando, ¿pero qué cojones? Es espectacular. Pero pasan los años y sigues haciendo canciones sobre Barcelona. No hay problema. Supongo que algún día las cosas se pondrán en su sitio. Pero no se ponen en su sitio ni conmigo ni con mucha gente. Guardiola, por poner un ejemplo, digamos que folclórico, se tuvo que ir del Barça para triunfar, no lo olvidemos. Es algo que hay aquí, algo malsano. No se disfruta de los creadores autóctonos. En el mundo del cine y del teatro pasa lo mismo. Es no saber gestionar el talento que hay aquí. Desde Sergio Dalma a Mónica Naranjo o Estopa. Fíjate qué abanico tienes de gente.

¿Crees que el nacionalismo puede haber afectado?

Es probable y sería muy lamentable. Es muy duro no poder escuchar en emisoras de radio a los grupos de aquí. Han pasado casi 30 años desde nosotros y seguimos igual. Una vez la fotógrafa Colita me dijo que Barcelona solo podrá volver a ser algo el día que todas las obras de las Juegos Olímpicos caigan en decadencia absoluta. Será una ciudad muerta. Entonces es probable que vuelva a resurgir. Fíjate que hemos pasado de ser la ciudad cool, vanguardista, de diseño de finales de los 80, a ser la ciudad de las chanclas. En una década. O sea, de la ciudad supercool de Europa hemos pasado a ser el paraíso de las chanclas. Es sorprendente. Ha habido mucha dejadez cultural. Las compañías de discos de aquí se largaron a Madrid a principios de los 80, y eso dejó finiquitada Barcelona. Se empezó muy bien, pero al cabo de tres o cuatro años se puso el candado y se ha acabó la modernidad. Cada vez hay más diferencias entre la Cataluña de comarcas y la Cataluña metropolitana. Y a pesar de que intenten comerse a esta última como sea, no va a ocurrir, porque la mezcla de gente es tan constante que esa seña de identidad no la va a perder. Barcelona, por mucho que esté en dificultades, no va a perder su esencia. Se renueva la sangre constantemente, hay gente nueva e ideas nuevas. Una ciudad como Barcelona, Londres, París o Madrid la hubieran mitificado. Y aquí solo se hace un homenaje a Ocaña 30 años después. Hay algo endémico. Ves las posibilidades de una ciudad y es una pena que se quede a mitad de camino. ¿De qué te sirve que venga U2 o que haya un Primavera Sound? ¿De qué coño sirve, si no tienes ningún artista de tu propia ciudad que pueda estar a ese nivel? Qué eres, ¿una empresa de servicios? No generas talento. Es un problema cultural, político, y el nacionalismo pretende que seamos todos iguales.

Estás viviendo en San Sebastián, una ciudad también gobernada por nacionalistas, ¿aprecias diferencias entre el nacionalismo catalán y el vasco?

En todas partes, el nacionalismo es un negocio. Y, cuando montas un negocio, tienes que tener claro si quieres vender en tu barrio o al mundo. Durante la etapa socialista se quiso vender al mundo y en la etapa nacionalista se está vendiendo al barrio. Quieren ser pequeños. “Som un país petit!” Es una frase que no olvido. Pero yo no vivo en un país petit, vivo en el mundo, que es muy grande. Ese concepto choca frontalmente con la idea del rock, cosmopolita, de internacionalismo, de que una banda pueda significar lo mismo aquí que en Japón, que se entienda el mismo lenguaje, que se entiendan las mismas formas. La cultura rock une a la gente en la distancia, y los nacionalistas procuran que eso no exista. No hay nada más.

Pese a todo, has versionado a Lluís Llach, has cantado poemas de Pere Quart, con la impresionante Maria del Mar Bonet, de Joan Salvat Papasseit

Sí, he colaborado con Pi de la Serra.

Con él tocaste Cançó del pagès, una muestra de rock en catalán antes de la aparición del llamado rock català.

Sin duda. Y tuve la suerte de conocer a Ovidi Montllor. He cantado a Serrat.

Y mucha gente aún cree que eres de Madrid.

Creo que dentro de poco también van a pensar que Serrat es de Madrid [Ríe]. Y si no al tiempo. Aquí se nos ha ninguneado. Además con leyes. La Generalitat editó un pasquín en el que afirmaba que El último de la fila, Rebeldes y Loquillo carecían de sentimiento nacionalista. Lo editó la Generalitat y lo vendían en los kioskos. Están locos. Cualquier persona inteligente sabe que una canción es buena o mala independientemente de su idioma. Y si eres de un lugar donde la gente se expresa de forma distinta es otra manera de negocio. Pero impera la mentalidad “botiguera” de querer vender al barrio. En vez de pensar que tienes gente que canta en catalán y gente que canta en castellano, y podrías vender al mundo las dos culturas. Ellos no, quieren vender aquí, y eso provoca que las cosas se hagan muy pequeñas y endogámicas. Y cuando algo es endogámico se queda cada vez más para dentro y termina por desaparecer, ya que no es atractivo.

Pero, por ejemplo, grupos como Manel están triunfando en toda España.

Bueno, es distinto porque es música folk. También triunfaban Raimon y Lluís Llach, pero creo que, en general, hay mucha mediocridad musicalmente hablando. Y cuando una cosa no es buena no irá a ningún sitio. Hay canciones que suenan en gallego o en euskera y son buenas, aunque no entiendas una mierda las tarareas. Pero creo que hubo mucha mediocridad detrás de aquello que se llamó rock català, que tenía bastante poco de rock, por cierto. Sigue sorprendiéndome que se cometan los mismos errores que hace 30 años. Supongo que son ganas de que esto no vaya a más.

Cerrando el capítulo de Barcelona, hablabas de 18 canciones sobre la ciudad, la última de ellas, Luna sobre Montjuïc, para mí una obra maestra. ¿Cómo ha pasado tantos años en un cajón? Si no me equivoco es de la época del álbum Morir en Primavera (1988).

No, de La mafia del baile (1985).

Es como una continuación de Cadillac solitario, pero la historia salta del Tibidabo a Montjuïc.

A veces las cosas tienen que tener una leyenda. Cuando escuché la canción tenía otro título y le dije a Sabino: esto es Luna sobre Montjuic. Tiene gracia que haya ocurrido de esta manera. Demuestra que las canciones cuando son buenas son buenas. Y han pasado veinticinco años desde entonces. ¿Tremendo, no? Es como si ahora encontraras unas cintas de cualquier artista clásico del rock anglosajón y fueran la polla. Pues ha pasado lo mismo. De algunas de las canciones de este disco veremos la progresión dentro de unos años. Al fin y al cabo, las canciones necesitan su tiempo de recorrido para quedarse o no. Es curioso que temas de La nave de los locos (2012) estén compuestas hace diez años y que tengan una actualidad absoluta.

Por ejemplo, El mundo necesita hombres objeto. Es curioso que dos tíos de 50 años vengan a contar cómo han cambiado las reglas de juego en el sexo y cuáles son las nuevas leyes de la seducción. Deberían haberlo hecho grupos de 20 o 30 años, ¿no te parece?

Me parece que grupos inofensivos como Manel no critican este tipo de cosas. También es verdad que nosotros vivimos un momento excepcional en el que las relaciones con una mujer eran a bote pronto, claras, directas y sin problemas. Pero es cierto que uno nota a faltar mala hostia, violencia y, sobre todo, cara dura. Tener morro. Veo a según que grupo y pienso ¿qué hacemos con estos? ¿Los enviamos a Afganistán para que despierten un poco? ¿O los dejamos en medio de una plaza de según que barrios a ver si espabilan? Porque el rock ‘n’ roll es eso. Pero también es verdad que todo este tipo de grupos no hacen rock ‘n’ roll, hacen folk, y es otro mundo. No se puede comprar. Tendrían que salir bandas de rock ‘n’ roll, de rhythm ‘n’ blues, de punk. Entonces igual podríamos decir algo. El nivel de transgresión que nosotros teníamos no lo veo por ninguna parte. Incluso Manolo García, con Los Rápidos, era transgresor. Todo ahora es mucho más aburrido.

¿Tal vez falta barrio, conocer la experiencia de los 40 metros cuadrados?

La gente ha perdido la capacidad de trabajo. El saber que si no sales de ahí tu vida será una mierda. A lo mejor están mucho más acostumbrados a ver que la vida es fácil. Pero hay una generación que ahora tiene 15 años que están viendo que eso no es así. Y esa es la edad que yo tenía cuando empecé. Posiblemente dentro de unos años veremos una nueva forma de entender la música, el teatro, el cine. Pero esa generación todavía está en el local de ensayo. Y no pueden ser indies, porque ya tienen 40 años. Ni pueden ser los grupos de folk. Eso tiene que estar por venir y está cerca. Algo tiene que pasar porque algo está ocurriendo. Si te dedicas a la creación y no te toca los cojones lo que está pasando, pues ya no sé.

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A tus 15 años soñabas con ser la estrella de rock en la que te has convertido. ¿Pero realmente es lo que deseabas? Quiero decir que España no es los USA y, con todos los respetos, las fiestas mayores de Murcia o Alicante no son lo mismo que los grandes conciertos estadounidenses.

Al principio nos hicieron caso en lugares como Alicante y Murcia, antes que en Barcelona o Madrid. Así que les debo mucho a todas esas ciudades. No me lo planteaba, la verdad. Luego llegó, sobre todo, el éxito en Madrid.

¿Cómo fue el aterrizaje de dos chavales de barrio barcelonés, Sabino y tú, y tres de Vic [Ricard Puigdomenech, Jordi Vila y Simón Ramírez] en la Movida madrileña?

Con Sabino siempre hacíamos la broma de que allí todo el mundo era hijo de alguien. Hijo de arquitecto, de cineasta, de diplomático… Pero, la verdad, es que gustamos. Éramos inquietos y atractivos, y enseguida entramos en los circuitos de la noche madrileña. Con Paloma Chamorro, por ejemplo.

En YouTube, hay fragmentos de vuestra participación en el programa La edad de Oro y se os ve muy tímidos.

Eso dicen. Otros piensan que soy arrogante. No está mal que la timidez se confunda con arrogancia, ¿verdad? [Ríe] En cualquier caso, fue una época que estuvo muy bien. Mira si estuvo bien que hay muchas cosas de las que ni me acuerdo. Si no consigo acordarme, quiere decir que lo pasamos de puta madre. Y molábamos. Siempre le comento a Sabino que, incluso cuando era yonqui, molaba. Veías a los músicos yonquis de otros grupos y daban pena, pero él molaba.

¿No os perjudicó la diferencia de clase social?

Nosotros no preguntábamos «¿tú de qué barrio eres?» Simplemente buscamos nuestro espacio. Y nos aceptaron enseguida. Caímos bien. Además, en esa época los novios encerraban a sus novias en casa, pero ellas se escapaban de noche. Y allí estábamos nosotros.

¿Eres consciente de que hay gente a la que caes mal?

Creo que caigo bien. Me considero introvertido y no abro mi mano al primero que llega, pero generalmente no pienso que caiga mal. Observo a las personas, las sopeso, las valoro y si merecen la pena les doy mi confianza. Tengo en muy alta estima la amistad y la lealtad.

Nunca has querido participar en los revival ochenteros.

Me aburren. Recuerdo cuando se metían con las bandas de los 60, con aquello que llamaban “los jóvenes carrozas”. Había tardes en las que tocaban Los Sirex y Los Salvajes, e iba gente de 40 años a verles. Yo tenía 24 años e iba a ver los shows porque me gustaban las bandas. Recuerdo a compañeros míos que se reían. ¿Pero tú te ríes de Los Salvajes, de Los Sirex, estás loco? Bah, estos cuarentones, respondían. Pues es normal, es gente de su generación que va a escuchar su música, no es nada raro. Pues los que lo criticaban y se reían están haciendo lo mismo ahora. Es alucinante. Entiendo que se trata de un mercado que existe y me parece lógico que una generación que ha crecido con una música determinada la reviva como algo importante de su vida. Me parece bien. Pero hay muchos artistas, con mucho talento, que se dedican solamente a hacer eso. Podrían estar haciendo discos buenísimos y canciones de la hostia, pero se han quedado ahí. ¿Comodidad, pocas ganas de trabajar, gandulería? No lo sé. O están forrados y no necesitan hacer otra cosa.

Con Leslie, cantante de Los Sirex, mantienes una relación casi…

Paterno-filial, sí.

Exacto. Tienes respeto a los mayores.

Una vez me negué a tocar delante de Hugh Cornwall de Stranglers y obligué a cambiar el cartel. Con los Burning también nos pasó una vez y obligué a cambiar el cartel. Por eso, cuando alguien se pasa de la raya, digo toco yo el último y tú te callas. Eso es algo que hay que mantener. El respeto hay que mantenerlo y enseñarlo. Hay gente a la que no enseñan a hacer esas cosas. Y en el rock ‘n’ roll hay que tenerlo muy claro. La antigüedad es un grado.

Has contado alguna vez una historia simpática con Mi calle de Lone Star, de la que hiciste una versión contundente.

De críos nos colamos en su local de ensayo, que estaba en el barrio, y nos echaron a patadas. Unos tíos más raros… Y una gran humareda allí dentro [Ríe]. Pero las chicas eran muy guapas.

En tu cuenta de Facebook te sumaste a la crítica que Carlos Boyero escribió en El País sobre la última de Pedro Almodóvar.

Creo que hay una sobrevaloración absoluta.

¿Crees que Almodóvar está sobrevalorado?

Es un gran director de cine, pero, desgraciadamente, pienso que no sabe dirigir a los hombres heterosexuales. Hay hombres heterosexuales y homosexuales. Y cada uno debe saber dónde está. Y a veces intentar pretender que todos los hombres tenemos una carga bisexual, insulta un poco. A mí me da igual con quién se acuesta cada uno. Pero de ahí a decir que somos gilipollas porque no nos gustan los tíos… me parece un poco heavy. Incluso me parece muy anticuado pensar así. Eso de que en el fondo todos somos bisexuales es un discurso muy años 70. Recuerdo que me lo decían mientras intentaban meterme un ácido en la bebida. Y yo pensaba: este quiere…

Con Carlos Boyero tienes muy buen rollo, ¿verdad?

Me parece muy grande. Supongo que comparto su rechazo a esa actitud tan demagógica de salvar el mundo. Nunca me he fiado de la gente que va salvando el mundo. Algo esconde. Es como si no tuvieran nada mejor que hacer. Uno se preocupa por salvar su mundo y, tal y como están las cosas, si tiene tiempo intenta salvar un poco el de todos.

¿También compartes la tirria de Boyero a Mourinho?

Para mí Mourinho es un personaje muy inteligente. Sabe llevar la presión a su punto y es un tipo que ha salido por la puta cara. Se dedicaba a traducir. Interesante, ¿eh? Curioso, ¿eh? ¿Entiendes lo que te quiero decir? El odio y la tirria que hay no la comparto. Por ejemplo, a mí me encantaban los jugadores de básquet Petrovic y Djordjevic. Recuerdo cuando Djordjevic vino al Palau después de que el Barça lo echara. Yo estaba sentado en silla de pista y, en el primer tiempo muerto, el Barça ganaba de 15 o así. Y le dije al tío que iba conmigo: va a ganar. Lo primero que hizo fue forzar una falta de ataque, tiró dos tiros libres y luego metió dos triples seguidos. Él solo ganó el partido. Y todo el Palau: «¡hijo de puta!» Entonces me dije: este tío es muy grande, muy grande. Me interesan este tipo de personajes. ¿Quién es más rock ‘n’ roll Guardiola o Mourinho? No te lo sabría decir. Tienes que conocer al personaje. Son dos estilos diferentes, pero creo que los dos se descojonan.

Eso parece, ¿no?

Sí, deben de hablarse continuamente [Ríe]. También yo lo hago con Enrique Bunbury. “Qué estás escuchando, Loco?”. “Los coros del ejército ruso”. “¡Hijo puta!”. Pero estas cosas son siempre divertidas de hacer. Picar un poco al otro. Eso es bueno y crea dinámica de trabajo. Pero no soy de los que odian a Mourinho. En absoluto. Y me gustaban sus enfrentamientos con Guardiola, más por el antes del partido que por el partido en sí. La guerra de estrategias era acojonante. Y leer el Marca, el As, el Mundo Deportivo y el Sport era total. Yo pensaba: cómo les toman el pelo los dos. Pero seguro que han llegado a un acuerdo para repartirse las ganancias de los periódicos que venden en ese momento. Si la gente supiera todas estas cosas…

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¿Cómo ves al actual ministro de Cultura?

Wert está hecho un sándwich.

¿Por?

Porque está en medio del ministerio de Hacienda y del de Industria. El ministerio de Cultura está totalmente vendido a los intereses de Industria y Hacienda. Hacen con él lo que quieren. El 21% no lo ha subido Cultura, lo ha subido el ministerio de Hacienda. La copia privada ha sido un triunfo del ministerio de Industria sobre el ciudadano, que va a tener que pagar los costes de producción, cuando las empresas, que antes eran las que pagaban, quedan exentas. ¿Si yo te lo explico así, tú qué dices? ¿Quién es el malo? Con la nueva ley de propiedad intelectual los bancos pueden privatizar los derechos de autor. Es alucinante. Se trata de algo que se puede aprobar y que dentro de diez años una normativa europea les va a dar tanto por el culo que los daños y perjuicios que deberán pagar será la bomba. Vamos directos al desierto cultural y a ser el hazmerreír del mundo con el tema de las descargas. Estamos al mismo nivel que Tailandia. Directamente somos un país del tercer mundo. Y, por otro lado, no tendremos cultura propia. Por ejemplo, podríamos ver el acueducto de Segovia patrocinado por Iberdrola. Si entramos en esa dinámica, nuestro país será una colonia. Las grandes multinacionales como las teleoperadoras acabarán poseyendo los derechos de autor, de obra y de explotación de todo un catálogo de música nacional y harán con ellos lo que les dé la gana. Estamos ahora en un estado de preguerra.

O de posguerra.

No, de preguerra. Pero nosotros no somos el clan de la ceja. El clan de la ceja eran unos chicos muy progres. No sé lo que puede pasar aquí si a la gente del showbusiness le quitan el trabajo. Uf, cuidado.

¿Mantienes unos principios de izquierdas?

Creo que nunca he sido de izquierdas. Siempre he pretendido ser una persona independiente. Pensaba que eso era ser de izquierdas. Pero cuando he visto que lo que quiere la izquierda es controlar la cultura, me he ido corriendo.

¿Estás en contra de las subvenciones?

Estoy en contra de las subvenciones a los de siempre. Esté el PP o el PSOE, el consejero del estado de cultura enseña una lista de empresas que reciben subvenciones por decreto ley. ¿Qué es esto? Por ejemplo, voy al Ministerio de Cultura a pedir una subvención para hacer un documental. Y me exigen que se estrene en salas. ¿Cómo voy a estrenar en salas, si estoy pidiendo una subvención precisamente para poder estrenar? ¿Quién se lleva las subvenciones? Pues la gente que está dentro de los grandes holdings de cine. Para los demás no hay ninguna ayuda. Sobre todo en el terreno cultural, las subvenciones suelen esconder otras cosas. La prensa libre, como tú ya sabes, es inexistente. ¿Cómo va a haber prensa libre si la subvencionan los gobiernos autonómicos? ¡Hostia, eso es muy fuerte, tío! ¿Cómo vas a escribir algo en contra de ellos? Te van a llamar y te van a decir que te quedas sin subvención, chaval. Y, en Cataluña, la prensa es de juzgado de guardia.

¿Tienes la impresión de que te censuran, o al menos te silencian?

Desde el 87-88 estamos censurados. Aquí en Cataluña. Primero poco y luego muchísimo.

En el caso del disco Su nombre era el de todas las mujeres con poemas de Luis Alberto de Cuenca, secretario de estado de cultura con el gobierno de Aznar, ¿crees que los medios más progresistas te dieron la espalda?

Es como cuando se dice que José Antonio Primo de Rivera admiraba a Lorca. No lo escucharás en ningún medio de izquierdas. Esos cambios de la historia a favor de lo que interesa son muy normales en España. Somos especialistas en señalar con el dedo y en sacar a pasear a la gente. Todos los que entiendan de esta forma España no van conmigo. Sean de izquierdas o derechas. Entre otras cosas porque han hecho mucho daño. Vamos a ver, se le llama artista franquista a Raphael, pero Víctor Manuel hizo una canción dedicada a Franco. No sé, si empezamos a ponerle etiquetas a la gente… Es como Manuel Machado, le tocó el golpe de estado del 36 en Burgos. ¿Qué hago yo aquí? O levanto el brazo o me fusilan. ¡Pues levanto el brazo, no te jode! Y durante un montón de años Manuel Machado ha estado silenciado por la izquierda.

En tu blog de El Mundo reivindicabas hace poco la figura de Dionisio Ridruejo, que evolucionó de Falange a posiciones directamente socialdemócratas.

Pregúntale a los catalanes qué hizo Dionisio Ridruejo aquí.

Como poco traducir El quadern Gris de Pla.

Hay un virus que ha mutado en el franquismo y ha afectado tanto a la izquierda como a la derecha. Son gente que creció en ese mundo y lo han mamado. Y les sale por los poros en algún momento. Hasta que no superemos ese guerracivilismo, reconozcamos las cosas como fueron y contemos las cosas como sucedieron en un bando y en el otro no hay nada que hacer. Aquí en Cataluña todavía no se ha hablado de lo que pasó en mayo del 37, la represión de anarquistas, de la FAI y el POUM, por parte de los comunistas y de Estat Català.

Los de la FAI tampoco eran unos angelitos.

Claro. Pero hasta que no se explique la historia tal y como es seguiremos arrastrando todo eso odio y toda esa sinrazón.

Como buen cinéfilo, ¿crees que el cine pasa un bache como el del rock?

Sí, también hay un momento muy aburrido. Ahora todo el mundo puede rodar y tener una cámara. Pero además hay que tener talento. No es lo mismo el tipo que sale a correr un domingo por la mañana que el señor que entrena cada día para ganar la maratón. Los dos corren, sí, pero no es lo mismo. Se ha creado una dinámica del todo vale aunque sea malo. Ahora tenemos más medios que nunca para poder rodar y es cuando se hacen peores cosas. Se ha perdido el concepto de autocrítica.

Hablas de tus discos como películas, ¿alguna peli que te arrepientas de haber rodado?

No, pero hay una película de la que tengo un mal sabor de boca por la utilización que se hizo de mi imagen. La buena nueva de Helena Taberna. Salía Javier Muguruza y Willy Toledo haciendo cameos. Hice un cameo como falangista y utilizaron mi imagen para todo. Para el tráiler, para el cartel…

Sí, es una imagen que se ha visto en muchas partes.

Entonces págame, tío. Una cosa es hacer un cameo y otra que utilicen tu imagen de una manera descarada.

Me refería a la metáfora del cine para hablar de la elaboración de tus discos. ¿Hay algún disco del que te arrepientas?

Generalmente no me arrepiento de nada. Pero creo que he sido demasiado generoso. Tenía que haber sido un poco más hijo de puta en algunos momentos, porque he dado mucha manga ancha a gente que no lo merecía. Y he trabajado con gente que no merecía el trato, que no respetaba en absoluto al resto de músicos y al público. Y eso lo tengo muy interiorizado. Pero eso me sirvió para llegar al punto adecuado a la edad adecuada. Cuando rompo con los troglos, estoy realmente preparado. De hecho, hubo un año de retaso porque estuvieron los conciertos con los Stones y The Who, pero ya tenía pensado irme. Ya no eran los troglos, pero por romanticismo creía todavía en el proyecto. Con la muerte de Guillermo Martín pensé que aquello se había acabado.

Ahora que haces referencia al concierto con los Stones. Creo que en una entrevista comentaste que Richards es un antiguo.

No, no. De lo que estoy harto es de la pose Keith Richards.

Ah, menos mal.

La pose Keith Richards es de “anda, vete por ahí, tío”. Todos quieren imitarle, todos quieren parecerse a él, todos quieren parecer yonquis sin serlo, todos hablan raro. Siempre he dicho que en los Stones el máster es Jagger. Es muy grande. Tiene unas facultades que van más allá. Sin Jagger los Stones ya no existirían. Sabe gestionar. Es un hombre de negocios espectacular y un profesional que te cagas. Y no soporto a esos tíos que se creen Keith Richards, ese rollo fantasma. Es un fenómeno que se reproduce en cada generación. Son clones que van saliendo. Una cosa es ser un adolescente que sigue a los Stones. Eso ya empieza con los Tequila. Pero otra cosa es la simplificación del bueno Richards y el malo Jagger. ¿Perdón? A ver si estudiáis un poco. De Jagger se puede aprender muchísimo. No me gusta su estilo ni su manera de moverse y de cantar, pero es muy grande. Después de Elvis creo que es el más grande. Estaría Bowie cerca, pero después de Elvis es el más grande. Elvis era el más grande como artista pero no tenía ni puta idea del negocio. Jagger sabe del negocio. Es el equilibrio.

¿Springsteen también entraría en este equilibrio?

No, Springsteen es otro registro.

¿El chico bueno del rock?

Springsteen es un monstruo, pero es un hombre que te gana con el físico, con el inapelable repertorio y con una fiereza en el escenario que te aplasta. La energía que desprende es única. Recuerdo la última vez que lo vi en San Sebastián, con 50.000 personas en el estadio, lloviendo a cántaros; no se iba nadie, y tuvo los santos cojones de tocar tres horas y media con el agua y el viento de frente. Después ves a los U2 con la falla plantada en medio del escenario y dices “¡dónde vais con eso!” El rock ‘n’ roll es otra cosa. Springsteen consigue que hasta el tío más crítico tenga que callarse. Es inapelable y encima es la hostia. Siempre está en su mejor momento. Lo del tío este es muy fuerte, muy fuerte [Ríe].

Dijiste en una ocasión que si no te hubieras dedicado al rock ‘n’ roll hubieses acabado en una banda de motoristas.

Es probable. Lo hubiera hecho en un principio pero posiblemente hubiera durado poco. Como decía mi amigo Jaime, que en paz descanse, “me metí en esto para ser libre y hay más reglas que en el ejército”. Hay una serie de códigos y de normas que deben cumplirse y que chocan frontalmente con ese espíritu individual de la moto, la libertad…

No es un mundo para ácratas, vamos.

No, para los individualistas no creo. Terminaría chocando, lo tengo claro.

Más allá de tu republicanismo, ¿cómo ves el caso Undangarin?

¡Ja! Creo que cuando vengan a desahuciarles iremos todos a detener el desahucio. Eso sería servir al Estado y a la monarquía. Lo haremos [Ríe]. Los franceses nos llevan más de 200 años de ventaja. Ojalá hubiéramos hecho lo mismo en aquel momento. El caso Undangarin es una tapadera, una cortina de humo para tapar lo que realmente hay detrás. Y me parece curioso que un padre no dé la cara por su hija. Eso es lo más grave. Todo muy decepcionante. Todo lo que está ocurriendo me parece un insulto a la gente que en España ha luchado por la libertad, por la democracia, por el derecho a voto. No entiendo cómo la clase política puede tener tanto morro.

Loquillo para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo

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