Ciencias

Aquellos años locos de la ciencia

Solo cabe esperar, y desear, que los políticos más responsables de nuestras democracias cuenten con los medios y con las personas preparadas para analizar los escenarios posibles y asesorarles en la toma de decisiones. ¿O acaso les ocurre como a Felipe II, rodeado de aficionados mientras Vieta trabajaba para sus enemigos? (Antonio Córdoba)

En la década de los 80, un grupo de científicos treintañeros aterrizó como delicados elefantes en una cacharrería ministerial. Seguramente con ingenuidad y sin darse cuenta de cómo se las gastaban allí, empezaron a armar una estructura impecable, moderna, abierta y por lo que se está viendo, muy difícil (pero no imposible) de destruir, de cuyos frutos vive aún la ciencia en España. Cada vez que pienso en lo difícil que es que salga bien una carambola política, me asombro de lo que lograron hacer estas personas, que de repente se encontraron en el recién creado Ministerio de Educación y Ciencia, el MEC, allá en tiempos de Felipe González.

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EFE – José María Maravall hablando con Felipe González y Alfonso Guerra

Mucho se está hablando en los últimos tiempos sobre la ciencia en España, su difícil situación, su deriva hacia el desastre, el éxodo de los científicos. Por eso cada día me urgía más escribir este texto, pero al mismo tiempo era cada vez más difícil transmitir emociones positivas y evitar caer en la nostalgia de aquellos años, los años locos de la Movida, de los punks, del cine (también el español), de la explosión de creatividad, de arte, de  sexualidad y de vida nocturna en la joven democracia española «éramos simplemente un puñado de gente que coincidió en uno de los momentos más explosivos del país» (Pedro Almodóvar), en los que también la universidad y sobre todo la investigación española, vivieron un momento extraordinario.

Con este artículo quiero describir, sin entrar en muchos detalles y sin melancolía, cómo se consiguió hace unos 30 años el despegue de la ciencia en España, rendir un pequeño homenaje a los protagonistas y agradecerles que fueran tan ingenuos, osados, honestos, valientes e inteligentes. También me gustaría que sirviera para animar a los jóvenes a utilizar sus energías, su ambición y su optimismo para no dejar de intentar conseguir lo que crean necesario para la realización de sus sueños.

Durante la década de los 70, sobre todo en la última mitad, la necesidad de una transformación en ciencia (y en otras cosas) en España se hizo evidente. La presión de muchos investigadores de prestigio y jóvenes que se habían formado en otros países y los cambios políticos, abrieron las puertas y las ventanas por las que entró el aire fresco que muchos estaban esperando. En este escenario confluyeron factores clave que hicieron posible las reformas fundamentales: el acceso de científicos a puestos decisivos, el apoyo político a sus ideas y un suficiente respaldo económico para la implantación de sus propuestas. La creación de instituciones y organismos para evaluar y financiar las actividades científicas con prácticas internacionales acabó con la tradición de asociar el poder a los cargos de universidades y organizaciones científicas obsoletas, para dirigir los recursos a los investigadores más activos. Esto provocó el arranque de la ciencia española.

Después del sobresalto del 23F en 1981, el efímero gobierno de Calvo Sotelo recuperó el ministerio que ya en los 60 se había creado en tiempos de Manuel Lora Tamayo, dedicado a la educación y a la ciencia, el MEC. Un año más tarde el PSOE ganó las elecciones por una aplastante mayoría. La gente tenía ganas de democracia, de libertad y de modernidad y el PSOE de entonces cumplía estos requisitos. Además por aquella época el establishment aún no se había fraguado y en el equipo de gobierno había muchos profesionales que no eran políticos y estaban dispuestos a trabajar por los objetivos que perseguían más que por sus ideologías y, como aún no debían favores a nadie, con bastante independencia. Entre otras cosas, el gobierno mantuvo el MEC. Fue el primer golpe de suerte.

…añorábamos entonces depender de algún ministerio realmente poderoso, como Economía y Hacienda, o Presidencia, creyendo que así estaríamos mejor amparados y financiados. Por fin hemos llegado a depender del Ministerio de Economía y Competitividad (…), pero no crean ustedes que nuestra situación es ahora mejor que antes, sino peor. (Javier López Facal)

Es inquietante repasar el periplo que ha sufrido la investigación científica, saltando de ministerio en ministerio durante tantos años. Lo que pasa con la ciencia en España me recuerda a lo que le pasaba a la Península Ibérica en la genial novela La balsa de piedra, de Saramago, que, desprendida del resto de Europa y convertida en una isla fluctuante, viaja a la deriva por el océano dirigiéndose al sur del mundo; ningún continente quiere acogerla, porque es un estorbo, porque solo da problemas. Además, los hombres y mujeres poderosos y con dinero que estaban en la península, enseguida huyen con sus posesiones a otros países. Pero ahora, el asombro fue general y mundial, el movimiento no era ni hacia adelante ni hacia occidente ni hacia oriente, ni hacia el norte, ni hacia el sur. La península giraba sobre sí, en sentido diabólico, es decir, contrario a las agujas del reloj… «Todos los días el sol nacía en un punto diferente del horizonte, y la luna y las estrellas había que buscarlas por el cielo» (José Saramago en La balsa de piedra). También los científicos, como los personajes de la balsa de piedra, viajan incansablemente a través de la península, recorren y exploran su territorio. «El mundo está cambiando y ellos saben que deben buscar en sí mismos las personas nuevas en que se convertirán (sin olvidar al perro, que no es un perro como los otros). Eso les basta».

Pero en aquellos años, por una vez se dieron todas las condiciones para lograr lo que cualquiera hubiera considerado un milagro: que Felipe González pensara en José María Maravall, que él se dejara convencer, que primero Carmina Virgili y luego Juan Rojo aceptaran entrar en el gobierno sacrificando (temporalmente) su brillante trayectoria científica, que los tres hubieran pasado años trabajando en universidades extranjeras de prestigio. Que años más tarde volvieran a acertar nombrando a Javier Solana para continuar la labor del anterior equipo y dar un empujón definitivo a las reformas, y que él también supiera rodearse de gente competente. Y sobre todo, que todos ellos tuvieran muy claro lo que querían hacer con la universidad y la investigación, hacia dónde debían mirar para colocar a España, un país rancio y cerrado aunque con un puñado de extraordinarios investigadores, en un lugar científicamente muy digno.

Había ilusión, salíamos de una dictadura y había que reformar el país. También estaba Europa. Tuve la suerte de estar con dos ministros muy importantes, muy influyentes y muy inteligentes: Maravall y Solana. (Juan Rojo)

Juan Rojo cuenta que tuvo absoluta libertad, tenían manga ancha, el ministro tenía total confianza en ellos. Para que estas cosas ocurran es necesario que funcione toda la cadena, desde el presidente de gobierno, que los ministros sean influyentes e inteligentes y que apoyen y defiendan las iniciativas de sus equipos. El gobierno quería priorizar la ciencia y la tecnología, y supo contar con las personas adecuadas, entre ellos Emilio Muñoz, una persona clave en el diseño y en la ejecución del sistema científico y técnico y de los Planes Nacionales de investigación. También hay que mencionar el papel del CSIC, con los equipos de Alejandro Nieto, José Elguero y Enrique Trillas, que se podría decir que actuó como laboratorio de política científica con una participación muy activa en el ministerio. Pero además, el MEC se vio apoyado por otros ministerios; sería injusto no señalar la contribución del ministerio de Industria y Energía (MINER) con su CDTI –creado en 1977) y del ministerio de Sanidad con el Instituto de Salud Carlos III Fondo de Investigaciones Sanitarias (FIS).

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El Consejo Superior de Investigaciones Científicas fue creado tras la Guerra Civil, sobre la base organizativa y estructural que había establecido la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) desde 1907.

Así pues, al mismo tiempo que nacía la emisora Radio 3 como un guiño a un público joven y en la que se podía escuchar el mejor pop que iba apareciendo, aquellos animosos infiltrados en el MEC tramaban la mayor transformación del panorama universitario y científico español de los últimos tiempos. No está muy claro si eran muy inocentes y nadie los tomaba en serio, si fueron suficientemente astutos como para que nadie se diera cuenta, o si tuvieron la suerte de pillar a todo el mundo, rectores incluidos, con el paso cambiado. El caso es que cuando nos quisimos dar cuenta se había aprobado la Ley de Reforma Universitaria (LRU), con sus más y sus menos, pero que abrió puertas a iniciativas exitosas como la introducción de las evaluaciones de profesores e investigadores (los famosos tramos, sexenios o gallifantes), la primera Ley de la Ciencia en 1986, los primeros Planes Nacionales de Investigación y la creación de la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP) en 1987, y una cantidad que ahora nos parecería enorme (para la demanda que había) de becas predoctorales, postdoctorales, y sobre todo para financiar estancias en el extranjero.

Un elemento fundamental que impulsó el cambio fue el papel de los jóvenes científicos que se habían formado fuera de España. Presionaron mucho. Nosotros éramos jóvenes y teníamos ilusión. Queríamos que la investigación fuera al menos tan importante como la docencia, en aquellos tiempos la investigación estaba «tolerada», pero nada más. Al principio de la legislatura no se deben tantos favores. Debería venir ahora una generación de gente joven, que sean independientes. Tiene que haber un cambio generacional importante. (Juan Rojo)

Creo que el papel de los jóvenes es siempre fundamental; su energía es imprescindible. Pero también es importante que todos conozcan la historia, lo que había, lo que se pretendía, lo que se consiguió y lo que no se pudo conseguir. Lo que se hizo bien, para mantenerlo, y los errores, para no repetirlos.

El panorama en los años 80 es difícil de ilustrar. Las universidades estaban muy ideologizadas (había que tener cuidado con el periódico que llevabas, sobre todo en ciertas facultades), los estudiantes tenían muy recientes los años de la represión, también académica, y era muy raro que los profesores dedicaran tiempo a la investigación. Los rectores eran muy poderosos y en general chapados a la antigua. Era, verdaderamente, un paisaje muy poco propicio para introducir modernidades. Sin embargo en España se sentía la necesidad de renovar; estábamos entrando en Europa y había que cambiar muchas cosas. Aún estaban recientes funestos periodos ministeriales como el del extravagante e inefable Julio Rodríguez (1973-1974), digno de un sainete. Este fue uno de los ministros más nefastos, conocido sobre todo porque quiso implantar el calendario juliano, que consistía en que el curso escolar comenzaba el siete de enero y acababa en diciembre. Como afortunadamente duró poco, su reforma solo afectó durante un año a los primeros cursos de carrera, que tuvieron ese curso siete meses de vacaciones (casi coincidentes con el reinado del ministro). Parece ser que todo era una estrategia para evitar revueltas, basada en la hipótesis de que estas eran en parte debidas a la meteorología (con calor los estudiantes estarían más tranquilos) y a los exámenes (demasiado entretenidos para hacer revueltas), pero un error de cálculo hizo que no se diera cuenta de que en esos siete meses de vacaciones los estudiantes no iban a tener otra cosa mejor que hacer que revolverse, y así lo hicieron. Más de uno pidió su cabeza y cesó poco después. Tampoco tuvo mucha delicadeza, este recatado miembro del Opus Dei, para expulsar de la Universidad Autónoma de Madrid cuando fue rector a varios profesores díscolos (entre otros, al prestigioso Nicolás Cabrera y también a Juan Rojo y Javier Solana —quizá tenía algún problema con la Física—). Pero la leyenda más curiosa, además de inquietante, es que al parecer este ministro fue designado por error y que cuando Franco dijo que quería nombrar ministro a un científico le dijeron: —pues hay un Julio Rodríguez que es muy buen científico. Parece que se referían a Julio Rodríguez Villanueva, el bioquímico, pero se equivocaron y llamaron a este otro Julio Rodríguez. Nadie entendió esta insensatez, pero estas cosas pasaban, y aún pueden seguir pasando cuando hay prisas por nombrar a alguien. No sería la primera vez ni la última.

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Unos jovencísimos Javier Solana y Alfredo Pérez Rubalcaba.

En aquel entonces también se escribían manifiestos para salvar la ciencia española, pero por alguna razón tuvieron bastante impacto. En ellos solía estar la firma de científicos de mucho prestigio (ya entonces o al cabo de pocos años) por sus aportaciones en distintos campos, como los físicos Alberto Galindo, Francisco José Yndurain y José María Serratosa, la «troika bio» formada por Eladio Viñuela, David Vázquez y Antonio García-Bellido, o el matemático Antonio Córdoba. En 1979 dirigieron uno de estos manifiestos al rey y luego se publicó en Nature, lo que causó bastante impresión —no como ahora—. Poco más tarde, en 1980, en vista de la disminución de los presupuestos destinados a la investigación científica, 200 investigadores entre los que estaban Nicolás Cabrera, Francisco Grande Covián, Santiago Grisolía, Rafael Lapesa, o Severo Ochoa, firmaron una carta para advertir sobre la gravedad de la situación. En aquellos años el hecho de que se publicara en El País era importantísimo —tampoco como ahora—, así que Eduardo Torroja y Jose María Serratosa fueron a ver a su director, Juan Luis Cebrián, para conseguirlo. El texto, que ahora suena tan gastado («la situación de la ciencia en España es indigna de un país desarrollado y celoso de su independencia, los científicos españoles reclamamos nuestro derecho y asumimos nuestra responsabilidad (…). La inversión necesaria debe hacerse inmediatamente (…), la desmoralización de nuestros investigadores y la pérdida de los más jóvenes aumentan cada día»), tuvo mucha repercusión y animó a escribir otros parecidos. Y al parecer, dieron sus frutos.

Sin embargo, como pasa ahora, no parece que ninguno de ellos lo firmaran personas importantes externas al mundo científico. Quizá sea esa una de las causas por las que la ciencia en España no llega a considerarse  un bien social.

En diciembre de 1981 nombraron ministro de Educación y Ciencia a Federico Mayor Zaragoza. En ese momento se hicieron algunos intentos de impulsar la investigación, aprobando algunos programas, pero fue un periodo muy inestable políticamente y de corta duración. A pesar de ello se introdujeron algunas reformas importantes, como el sistema de evaluación de la Comisión Asesora de Investigación Científica y Técnica (CAICYT) que, aunque primitivo y falta de medios, contó con investigadores relevantes como evaluadores o gestores, algunos de los cuales tuvieron un importante papel en los años posteriores. Un año después, con el primer gobierno de Felipe González, José María Maravall aterrizó en el rebautizado MEC.  Y supo buscar y encontrar personas dispuestas a intentar conseguir lo que podían considerarse utopías; además de los que ya he nombrado también fueron importantes colaboradores Roberto Fernández de Caleya, Ana Crespo, Luis Oro o Pedro Pascual, y otros que, arriesgándose a perder posiciones profesionales e incluso amistades, participaron generosamente en el proyecto. También Alfredo Pérez Rubalcaba, que siempre estaba de una manera o de otra detrás de las decisiones importantes.

Old professors never die, they just lose their faculties. (Stephen Fry)

Como era previsible, los que se metieron en este lío tuvieron que vérselas con potentes opositores; catedráticos de la vieja guardia (aún quedan algunos) que a pesar de no tener de qué presumir académica ni científicamente, disfrutaban de poder e influencias locales que utilizaban sin cortarse mucho. Hay que tener en cuenta que muchos de ellos salían en los periódicos de sus localidades por su supuesta erudición y no les gustaba nada que sus propios colegas, o peor aún, aquellos novatos con ideas extranjeras, instauraran un sistema de evaluación en el que no salían muy bien parados. Si ya era doloroso quedarse sin financiación para sus proyectos, peor era que en la evaluación de los sexenios la comisión correspondiente considerara que no tenían méritos suficientes, y aún más amargo que estos fueran concedidos a otros jóvenes investigadores recién llegados, que no tenían tanto poder pero eran muy activos científicamente.

A pesar de estas dificultades, la generalización y modernización de la evaluación de la actividad científica en la universidad, sobre todo de la evaluación «por pares» para la selección de los proyectos de investigación, marcó un antes y un después en la vida universitaria y en la ciencia española. Lo que ahora parece natural, hace 25 años levantó ampollas y provocó muchas enemistades, pero fue el inicio de la renovación de la investigación. Sorprendentemente, los investigadores y los profesores se acostumbraron enseguida a ser evaluados y en poco tiempo todo el mundo lo consideraba algo natural. Por otra parte, el incentivo de los sexenios, económicamente pequeño pero con mucho impacto en la autoestima y en el reconocimiento, animó a muchos a espabilarse en este sentido.

Desde el punto de vista práctico, la vida intelectual y espiritual es, a primera vista, una forma inútil de actividad, en la que los hombres se entregan porque procuran para sí mayores satisfacciones que las obtenidas de otra manera. La búsqueda de estas satisfacciones inútiles prueba inesperadamente, ser el origen de la insospechada utilidad.  (A. Flexner, 1939, The usefulness of useless knowledge)

Las personas que diseñaron y ejecutaron aquellas reformas tenían dos potentes motores: ilusión e ideas claras, y para ello se basaron en las reglas generales de la comunidad científica: el rigor, la internacionalidad, la calidad científica, la productividad, la evaluación por pares y la honestidad. Por cierto, ellos no tuvieron problemas ni dudas para promover la ciencia básica o la transferencia tecnológica; el criterio más importante era la calidad, tanto en un ámbito como en el otro, y se empezaron a favorecer las incursiones transdisciplinares y los proyectos científicamente buenos aunque fueran arriesgados.

Eran conscientes de la utilidad de lo inútil. De que la financiación de la ciencia no era un gasto, sino una inversión y de que lo invertido en una buena investigación es ridículo comparado con los beneficios derivados de sus resultados. Así, además de fomentar y promover la investigación aplicada, cuidaron la investigación fundamental, guiada por la curiosidad y por la libertad individual, siempre que tuviera una buena evaluación científica.

Al mismo tiempo que se iban estableciendo estas medidas, el gobierno consideró que sería interesante invertir más dinero en ciencia. En España se pasó en aquella época del 0,4 al 0,9% del PIB, y la recién bautizada I+D se convirtió en la atractiva, interesante y seductora princesa de la que todo el mundo quería presumir. Como suele pasar, la edad no perdona y ahora ha perdido mucho encanto. Sin embargo es evidente su fecundidad durante estos años; eso aún lo tenemos. Se formaron muchos investigadores, se facilitaron estancias en otros países y la formación de sus propios grupos de investigación cuando volvían a España. El estímulo de esta y otras medidas hizo que se disparara la actividad investigadora y que en pocos años España se colocara en el noveno puesto en producción científica mundial. Donde aún seguimos, al menos según los datos de 2012.

Pero los responsables de estos cambios tuvieron que vérselas en varias situaciones complicadas, la más importante, una revuelta de estudiantes en 1987 con su correspondiente represión policial (dirigida por Barrionuevo), que les cogió bastante desprevenidos. Ellos, que tanto habían corrido delante de los grises por los campus universitarios, que habían sido fichados por la policía y pasado algunas noches en la Puerta del Sol por protestar para defender la universidad… ¿Cómo podían hacer esto los propios estudiantes? Allí estaba el Cojo Manteca rompiendo farolas y lo que encontraba en su camino con sus muletas, en medio de un millón de estudiantes que protestaban contra la subida de tasas universitarias y a favor de más inversiones en educación. La negociación fue dura, pero finalmente consiguieron calmar las cosas y pactar con los sindicatos de estudiantes.

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El Cojo Manteca rompiendo el cartel del metro.

Por supuesto también tuvieron graves problemas con la Iglesia, pero esto creo que lo tenían previsto, y también con muchos rectores y catedráticos, cuyo enfrentamiento yo diría que incluso los estimulaba. El caso es que, como me contaba hace unos días uno de ellos, cuando empezaron quizá eran inocentes, pero al cabo de un año ya no tenían nada de ingenuos, más bien todo lo contrario. No hay nada mejor para perder la candidez y el idealismo que pasar una temporada por la política.

Con esta situación convivimos entre periodos expansivos (euforias) y periodos recesivos (desesperanza), dando pie a lo que uno de nosotros ha señalado como la impregnación de la política española por el mito de Sísifo. Esperemos que Sísifo se desmitifique alguna vez y que avancemos por el camino que nos lleva de verdad a constituirnos en sociedad apoyada en los conocimientos científicos y técnicos. (Jesús Sebastián y Emilio Muñoz)

El desarrollo de la Ley de la Ciencia provocó un entusiasmo regeneracionista en el sistema nacional de I+D. Con estos aires nuevos los investigadores se sintieron respetados y motivados. Se invertía más dinero y se fomentaban las carreras científicas. Los investigadores jóvenes, por otra parte, eran bastante románticos y no estaban muy preocupados por las publicaciones ni mucho menos por los índices de impacto. Tenían claro que debían irse fuera al acabar la tesis y a muchos ni se les ocurría pensar en qué harían a la vuelta.

Una vez establecido un sistema científico bien organizado, a este periodo romántico le sucedió el que podríamos llamar de investigadores profesionales, que es lo que encontramos en otros países desarrollados. La investigación es una profesión, un trabajo con sus vacaciones y su horario. El sistema de becas se sustituye poco a poco por contratos y los investigadores se preocupan desde el primer momento de su currículum, ya que la promoción profesional se basa en su producción científica. En la fase romántica a la gente no le importaba mucho arriesgarse. En la profesional se empezaron a tener más en cuenta los resultados, y la peor consecuencia es que poco a poco fueron desapareciendo las líneas de riesgo. El sistema exige publicaciones y producción a corto plazo y penaliza a los que intentan trabajar en proyectos más arriesgados. Si todo fuera bien, una vez establecido el sistema deberían implantarse programas de financiación a largo plazo para evitar la presión de tener resultados rápidos, estimular el riesgo y tener confianza en los científicos que han demostrado ser brillantes. Si todo fuera bien…

Las reformas que se llevaron a cabo en la década de los 80 aún están vigentes. Aunque tenga muchos defectos criticables, la universidad española no es el conjunto de todos los males. Los centros de investigación que se crearon siguen funcionando razonablemente y los investigadores españoles están muy bien considerados en los centros de investigación de otros países. La ciencia y los científicos españoles aún tienen bastante prestigio. Que no se destruya.

Cuando José María Maravall dejó de ser ministro de Educación y Ciencia en 1988 (probablemente la revuelta tuvo alguna influencia) se reincorporó a su trabajo como profesor de universidad. También lo hizo J. Rojo, de quien me gustaría resaltar algunos de sus valores personales, ahora que no está delante, transcribiendo un texto de un colega suyo:

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UCM – Dr. Juan Rojo

…ha sido además un ejemplo de honestidad profesional. Jamás firmó un artículo durante el largo periodo que dedicó a labores de política científica. Después de reincorporarse a su laboratorio decidió hacerse alumno de su discípulo Rodolfo Miranda para ponerse al día en la investigación en física de superficies. Al poco tiempo, creó un magnífico equipo humano y experimental. Esta capacidad de readaptación, tras más de quince años de paréntesis, y con más de cincuenta años de edad maravilló a sus colegas y les animó a seguir tan insólito ejemplo. (Antonio Hernando)

Así, también Emilio Muñoz, Luis Oro, A. Crespo y muchos otros que estuvieron en aquel ministerio, el MEC, supieron volver con elegancia a su trabajo habitual de investigación. El precio que representó para su productividad científica la dedicación temporal a la actividad política ha tenido como contrapartida la enorme contribución de su gestión al incremento de la calidad investigadora de la comunidad española. Son personas generosas que han trabajado toda su vida para mejorar la sociedad, tanto en la política como en la universidad o en investigación. No deberíamos olvidar quiénes fueron y cómo lo hicieron.

El sistema de ciencia que tenemos se lo debemos a estas personas; la cantidad y la calidad de investigadores, los organismos, las prácticas de evaluación y financiación.  Después de esta década de reformas se han afianzado las instituciones y las metodologías, pero no ha vuelto a haber un momento tan innovador como aquel. Recordando esto ahora, resulta evidente lo importante que es mantener lo conquistado; muchos de estos logros corren peligro de perderse. Quizá esta sea una buena oportunidad para que otra generación tome iniciativas. Sin embargo, esta vez creo que es imprescindible involucrar a la sociedad. Es la ciudadanía la que tiene que reivindicar la importancia de la ciencia; si las cartas y las manifestaciones siguen siendo promovidas y firmadas solo por científicos, vamos mal.

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18 Comentarios

  1. Un artículo inspirado, lúcido, necesario, imprescindible en los tristes tiempos que corren. Para recuperar la memoria y el ánimo. Para sentirse orgulloso de esa panda de científico-elefantes en la cacharrería española. Gracias Victoria.

  2. Manuel de Leon

    De lectura obligada para todo el mundo! Enhorabuena a la autora!

  3. Es que nos han repetido hasta la nausea lo malos y lo corruptos que fueron los gobiernos socialistas en contraposición con ese gran modernizador que fue el que dicen mejor presidente de la democracia (que hay que joderse con la afirmación).
    De lo que no se acuerda nadie es del color gris rata que tenía este jodido país en los primeros ochenta y de la mugre que acumulaba después de siglos de supersticiones y oscurantismo.
    Y a eso quieren que volvamos.

  4. Pepe Ramírez

    Interesante.

  5. Javier S. Tangil

    Sugestivo artículo que, aunque escrito sin melancolía, como dice la autora, hace sentir una cierta añoranza. Aún sin pertenecer a la comunidad científica entusiasma saber lo que hicieron aquellos hombres por la ciencia.

  6. Como «joven» investigador (id est, doctorando que ya no vive en España y que va a tardar en volver, le guste o no) agradezco el artículo, tanto por animar a involucrarnos/involucrarse como por recordar que las cosas no surgen de la nada y que los gobiernos de los 80, aun con todas sus sombras, tuvieron también muchas luces y ésta es una de las que no se les puede negar. Sobre todo, como apunta «kilgore» después de la campaña de repetición ad nauseam del «éxito» y «brillo» de la etapa de cierto señor con bigote y su troupe, que nos dejó -amén del ladrillo- una ley para «captar talentos extranjeros» cuyo único resultado visible fue alimentar una inefable burbuja futbolística. Esta «magnífica ley» aparte, en lo que a investigación se refiere, se limitó principalmente a -por lo menos- no destruir lo recién construido, cosa que ni siquiera se puede apuntar en su haber, vistas las acciones presentes de los continuadores de aquella «troupe» que, en más de un caso -empezando por el señor de la barba- son los mismos que entonces.

  7. En un tiempo de Twitter, con mensajes cortos y taquigráficos, un artículo largo como este de Vito, tan deliciosamente escrito, es un descubrimiento. Casi diría una excentricidad, en el sentido de alejarse de una centralidad excesivamente poblada y llena de lugares comunes pero en el fondo vacía. Muchas gracias Vito por tu magnífico relato, fresco, honesto y sin rimbombancias. Y digo relato porque en estos tiempos parece ficción, ciencia ficción.

  8. PILAR PEDRERO

    Victoria, me ha encantado y no soy investigadora, pero para mi la Comunidad Científica tiene el encanto y la verdad que no tiene ningún político .
    Siempre besos………..

  9. jesus mogollon

    Precioso articulo, Victoria.
    Gracias.

  10. Pilar Moreno

    ¡Brillante! Victoria, muchas gracias por contarme una importantísima parte de la historia de este país que no me había contado nadie, sobre todo con el cariño y admiración con el que lo has hecho tu.
    Bss,

  11. Luis Blanco

    Gran artículo Vito!

  12. En lo que al artículo respecta, ya he dejado mi opinión al respecto. Ahora quisiera centrarme en la dirección electrónica que lleva al mismo y proponer a JotDown que, dado que por desgracia la «ñ» está marginada de la barra de direcciones, al menos otorgue al «rabito» de la misma su valor de letra y escriba «annos» en vez de anos. Si a algún/a lector/a la cuestión le parece intrascendente, que mire la barra de direcciones y encontrará la clave. Si en esta misma revista el «big data» puede contar cosas de nuestros culos, lo mismo hubo también algunos «anos locos de la ciencia». No me dedico a la urología, pero sé lo amplio que es el campo de la investigación y no me sorprendería poder leer algún día un artículo dedicado a «aquellos anos locos de la ciencia».
    Un saludo

  13. Julio Bravo

    Interesantísimo, ameno, clarificante y, sobre todo, muy oportuno. Gracias Victoria por este articulo.

  14. Beatriz Presmanes

    Una magnífica exposición amena y clara en un momento donde se necesita perspectiva para abrir horizontes a la gente joven, gracias porescribirlo Victoria

  15. Los que hemos crecido científicamente en este sistema reconocemos el gran valor que ha tenido poner los cimientos del mismo cuando lo que había eran las ruinas de una dictadura. Por eso nos apena y nos indigna que se ataque desde la política al sistema público de investigación. Cuando nos dicen aquello de «hacer más con menos», eso es precisamente lo que hemos venido haciendo en los últimos treinta años.

  16. AIDA INES LOPEZ

    Victoria:

    He disfrutado mucho leyendo tu artículo y me parece que es digno de ser incluído en la «Historia de la Ciencia» por lo minucioso, y clarificador de una trayectoria importantísima, desde muchos puntos de vista.

    Mi deseo es que «no caiga en saco roto» y que sirva de revulsivo para que nos empecemos a mover, todos ,y exijamos que no desaparezcan los logros conseguidos, con tanto esfuerzo, tanto en el ámbito científico como en el social, económico, laboral, etc.

    Un abrazo,
    Aída

  17. Me ha encantado el texto. Ahora está Wert y eso explica muchas cosas. Los catedráticos caciques sin capacidad de publicar siguen existiendo (y son catedráticos, ya digo). Su tiempo ha vuelto.

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