¿Cuánto debemos temer a los asteroides?

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Meteoro Rusia

Todos recordamos lo sucedido en febrero de este mismo año 2013, cuando nos llegó una buena advertencia desde arriba en forma de improbable casualidad. La prensa de medio mundo estaba pendiente del vuelo rasante del asteroide DA14, que iba a transitar por debajo de la órbita de nuestros satélites de comunicaciones —esto es: ¡iba a pasar muy cerca de la Tierra!— aunque su trayectoria estaba controlada y sabíamos no suponía una amenaza directa. Pues bien, justo el mismo día otro asteroide de cuya existencia ni siquiera nos habíamos percatado emergió repentinamente del cielo de Rusia y aunque afortunadamente estalló antes de impactar en el suelo —aunque esa explosión aérea bastase para herir a más de mil personas— sí venía con una trayectoria de colisión directa con la Tierra… mientras mirábamos hacia el otro asteroide. Hablamos de un pedrusco no mayor de unos veinte metros que sin embargo pudo generar casi treinta veces más energía que la bomba de Hiroshima, aunque por suerte casi toda esa energía se dispersara en la atmósfera.

Evidentemente, la explosión del meteoro ruso supuso una cura de humildad exactamente en las mismas horas en que presumíamos de lo bien controlado que teníamos al DA14. Y generaba preguntas inquietantes: si a este no lo habíamos visto llegar, ¿qué probabilidades existen de que nos sorprenda otro meteorito incluso más grande y peligroso?

Lo cierto es que la vecindad de la órbita terrestre recibe bastantes visitas. Este mismo año 2013 también pasó relativamente cerca de la Tierra el asteroide 1998 QE2, de más de dos kilómetros y medio de diámetro, que está incluso dotado de una minúscula lunita propia. Otro visitante fue el asteroide 2013 LR6, que no era demasiado grande pero que fue descubierto apenas unos días antes de «rozar» la tierra, y eso que iba a transitar a menos de cien mil kilómetros de nuestra superficie. Y todavía hay más: si en mayo de este mismo año estaba usted mirando a la luna perdido en sus ensoñaciones y se encontraba en un lugar con poca contaminación luminosa, quizá pudo ver a simple vista el breve destello producido por el choque de un asteroide contra nuestro satélite.

Todo esto en un plazo de meses, así que la amenaza del impacto de un asteroide o de un cometa no es para ser tomada a broma. El espacio interplanetario no está tan vacío como podríamos suponer y el tránsito de material es constante. Creo que cualquiera está familiarizado con esta terminología:

—Polvo cósmico: pese a su posible doble lectura jocosa, hablamos simplemente de grandes cantidades de partículas de tamaño inferior a un milímetro.
—Asteroides: objetos rocosos que, aunque son muy pequeños en comparación con los planetas, en ocasiones pueden alcanzar varios kilómetros de diámetro.
—Cometas: objetos que contienen hielo o gases, cuya evaporación produce la coma, esa cola luminosa que en ocasiones excepcionales es claramente visible desde la Tierra incluso en pleno día y a simple vista. Como los asteroides, sus núcleos también pueden medir varios kilómetros de diámetro.
—Meteoroides: asteroides de pequeño tamaño, generalmente se los considera como tales si tienen menos de 50 metros de diámetro, como el que estalló este año sobre Rusia.
—Meteorito: cualquiera de los objetos anteriores que sobreviva al choque con la atmósfera terrestre e impacta directamente en la superficie.
—Meteoro: fenómeno luminoso producido por la entrada de un objeto en la atmósfera terrestre, pero que no llega a impactar sobre la superficie.

Reciente impacto de asteroide en la luna.
Reciente impacto de asteroide en la luna, en mayo de 2013.

Hay muchas cosas ahí fuera. De hecho, unas cien toneladas de material espacial caen a la Tierra cada veinticuatro horas, atraídas por la gravedad de nuestro planeta. Eso sí, en su inmensa mayoría se trata de minúsculas partículas de polvo procedentes de la desintegración de los cometas o del choque entre asteroides. A menudo estas diminutas partículas bastan para crear en el cielo nocturno una fugaz pero vistosa estela luminosa, esa «estrella fugaz» ante cuya visión sonreímos o incluso pedimos un deseo. Como sabemos por esta romántica estampa, la Tierra está siendo diariamente bombardeada por meteoros minúsculos que jamás podrían atravesar la atmósfera sin deshacerse y cuya capacidad de hacernos daño es completamente nula. Pero entre todo ese polvo cósmico hay también unos cuantos objetos de tamaño apreciable cuya colisión con la Tierra podría tener muy serias consecuencias y ciertamente es cuestión de tiempo (tal vez mucho, tal vez poco) que uno de esos objetos grandes impacte contra nuestro planeta.

Si prefiere usted quedarse con la parte tranquilizadora del asunto, puede refugiarse en las estadísticas: para el enorme tamaño del sistema solar, podemos decir que la cantidad de objetos amenazantes es reducida. De hecho, se estima que la probabilidad de impacto directo de un gran asteroide es casi inapreciable en términos temporales de una vida humana. O dicho de otro modo: hay pocas probabilidades de que usted o yo lo veamos en persona. Un asteroide de un kilómetro de diámetro impactaría en la Tierra, como mucho, una vez cada doscientos mil años. Un asteroide de cinco kilómetros caería apenas una vez cada diez millones de años. Y otro de cien kilómetros, nada menos que una vez cada cien millones de años. Es posible que usted diga: «ah, bueno, entonces no hay nada de lo que preocuparse». El problema es que esa estadística nos habla de la probabilidad global de ocurrencia de un impacto durante un determinado periodo de tiempo, sí, pero realmente no nos dice en qué momento de ese periodo va a suceder. Si un mastodonte espacial de cien kilómetros cae cada cien millones de años, ¿lo hace al principio o al final de ese periodo? Por improbable que parezca, podría ocurrir mañana mismo. Incluso podría suceder dos veces seguidas. Es lo que tiene la estadística: nos ofrece un retrato general de la situación, pero en realidad no sirve para entrar en detalles del estilo «cuándo va a suceder». Eso ya resulta completamente imprevisible.

Más allá de lo que parecen decir las siempre inexactas estadísticas, la única forma de tener una información fiable acerca del momento preciso en que podría impactar un objeto contra la Tierra consiste en localizarlos mediante instrumentos astronómicos. Saber dónde están los NEO, «objetos cercanos a la Tierra», objetos que en algún momento pasarán cerca de nuestro planeta. De entre estos interesa muy particularmente localizar los «asteroides potencialmente peligrosos» o PHA, objetos NEO de los que se piensa tienen una trayectoria que podría indicar alto riesgo de impacto. Actualmente, la llegada de un PHA preocupa a científicos e instituciones relacionadas con el estudio del cosmos lo suficiente como para poner en marcha programas de localización. Cuando decimos que les preocupa no nos referimos a que les provoque una alarma inmediata: piensan que un impacto de gran envergadura no va a ocurrir próximamente porque tienen localizada la mayor parte de NEOs y PHAs que pululan por ahí fuera. Pero sí creen que resulta necesario no descuidar el asunto por si acaso, porque como decimos están localizados muchos de ellos… pero no todos. La NASA ya creó su primer mecanismo de detección en 1998 y la Agencia Espacial Europea organizó no hace mucho otro programa de vigilancia. A día de hoy, septiembre de 2013, la NASA cifra en más de diez mil la cantidad total de NEOs localizados, de los cuales más de ochocientos son asteroides con más de un kilómetro de diámetro. Es decir, por ahí flotan miles de objetos espaciales cuya órbita pasará tarde o temprano muy cerca de nuestro planeta. De todos ellos, unos mil cuatrocientos son considerados PHAs, esto es, objetos con relativamente alto riesgo de impacto. No podemos saber con seguridad si esos PHA chocarán con nosotros o no, pero el margen de error que siempre hay sobre el cálculo de sus trayectorias podría encerrar la posibilidad de dicho impacto.

Interior del cráter Barringer, creado por un impacto hace 50.000 años (fotografía de New Mexico State University)
Interior del cráter Barringer, creado por un impacto hace 50.000 años (fotografía de New Mexico State University)

Pero, ¿cuáles serían las consecuencias de un impacto? Obviamente, la respuesta depende del tamaño del asteroide, del ángulo con el que choque y del lugar preciso de nuestra geografía donde caiga. Las estimaciones sobre la capacidad de destrucción de estos objetos siempre son aproximadas, ya que dependen de muchos factores y contienen necesariamente un margen de error. Pero intentemos hacernos una idea, recopilando datos geológicos sobre impactos ocurridos con anterioridad, por ejemplo. U observando fenómeno recientes como el comentado asteroide de febrero de 2013. O los efectos de la explosión aérea de Tunguska en 1908, que liberó unos diez megatones de energía: esto es, la quinta parte de la mayor bomba nuclear jamás detonada —la «bomba Zar»— y mil veces más que la bomba de Hiroshima. El episodio de Tunguska se atribuye a un asteroide o más probablemente un pedazo de cometa de tamaño mediano, y es el único registro histórico de semejante suceso en la era de la civilización humana. Aunque sucesos como el de Tunguska podrían ser relativamente frecuentes, si bien no siempre observados por población humana, que recordemos ha sido muy escasa hasta hace pocos siglos. La caída de meteoritos pequeños, los cuales no siempre se desintegran en la atmósfera, es bastante más habitual. En 1994, un meteorito cayó sobre un automóvil en marcha en Madrid y el conductor, un español residente en EE.UU., sufrió la fractura de un dedo: se sabe que no era una piedra corriente, entre otras cosas, porque fundió el cristal del parabrisas durante el impacto. Pero si rebuscamos en las hemerotecas aparecen numerosas anécdotas al respecto: en 2003, una lluvia de meteoritos —fragmentos de un objeto mayor que se había deshecho— sorprendió a los habitantes de un barrio de Chicago, causando daños materiales en algunos tejados, automóviles, etc. En la última década han caído meteoritos sobre viviendas o edificios en Cali, Colombia, o en la localidad china de Zunhua. Se sabe que un meteorito hirió a una mujer en los EE. UU. durante los años cincuenta y que uno mató a una vaca en Venezuela durante los 70. Evidentemente, la recuperación de estos meteoritos permite su identificación como de procedencia extraterrestre.

Pero pongámonos en lo peor e imaginemos una roca bastante más grande que la que estalló hace unos meses sobre Rusia e incluso que el célebre y misterioso objeto de Tunguska. Imaginemos que impacta en la Tierra un asteroide de un kilómetro, por ejemplo. Pues bien, produciría el equivalente de un terremoto de magnitud 9’5 en la escala Richter en toda la región circundante: más o menos la intensidad del terremoto más fuerte que hayamos registrado con sistemas de medición modernos (el terremoto de 1960 en Chile). Además produciría un cráter de veinticuatro kilómetros de diámetro, más que suficiente para tragarse la mayor de nuestras ciudades. La onda expansiva aérea podría extenderse unos ciento cincuenta kilómetros a su alrededor, causando diferentes tipos de destrozos. A trescientos kilómetros de distancia quizá fuese todavía capaz de derribar algunos árboles y hacer saltar los cristales de las ventanas. Esto es: si un asteroide de un kilómetro cayese sobre Madrid, cabe la posibilidad de que incluso en Valencia, Zaragoza o Córdoba hubiese heridos por astillas de vidrio al reventar las ventanas de sus propias casas, y viceversa (sobre el papel, claro está, y sin tener en cuenta el posible efecto de los relieves del terreno en la onda expansiva).

Pero seamos todavía más pesimistas e imaginemos una roca diez veces mayor, de diez kilómetros de diámetro, que cayese sobre nuestro planeta. Llamémosla Malasombra. Ese asteroide de diez kilómetros produciría un seísmo de grado 12 en la escala Richter en la región del impacto —una intensidad que jamás hemos registrado en nuestros sismógrafos—, aunque de todos modos esa región quedaría completamente borrada del mapa al instante, convertida en un cráter de unos doscientos kilómetros de ancho. La onda expansiva de Malasombra barrería bosques y poblaciones en un millar de kilómetros de terreno a su alrededor, aunque se dejaría sentir de uno u otro modo tan lejos como a cuatro mil kilómetros de distancia. Ese asteroide podría caer en Varsovia o Atenas y el ruido del impacto lo despertaría a usted de la siesta en casi cualquier rincón de España, exceptuando quizá las Islas Canarias. En caso, claro está, de que no hubiese despertado ya al sentir un tremendo temblor de tierra.

Así pues, y ya en el momento del mismo impacto, Malasombra podría reducir a escombros todo un país de tamaño pequeño. Pero las consecuencias de ese impacto tendrían también un carácter global y dependerían de si se produce en tierra firme o en el mar. De caer en el océano, se produciría un tremebundo tsunami. Nuestro hipotético Malasombra levantaría olas de tamaño inimaginable; algunos llegan a estimar que, dadas las condiciones precisas, podrían alcanzar mil metros en su punto más alto. Incluso tras haber recorrido varios miles de kilómetros desde el punto de impacto, estas olas podrían seguir midiendo unos cien metros de altura en regiones costeras muy, muy alejadas del epicentro. Estas regiones serían arrasadas por las aguas con efectos incluso peores que los de recientes tsunamis que todos tenemos en memoria. Así pues, la energía cinética liberada por el choque del asteroide provocaría un cataclismo acuático en zonas costeras de medio mundo. Obviamente habría regiones interiores alejadas del epicentro que no serían barridas por el tsunami o que no sufrirían demasiado a causa del seísmo inicial en caso de un impacto en suelo firme, pero ¿qué pasaría a nivel atmosférico global? Si estaba usted pensando en celebrar el impacto del meteorito sobre ese país que a usted le gusta tan poco, sepa que en cuestiones atmosféricas y astronómicas no existen fronteras, banderas, ni posibilidad de presentar documentación alguna para librarse del cataclismo.

Ese impacto en el océano evaporaría al instante cantidades ingentes de agua que se acumularían sobre nuestras cabezas. De caer en tierra firme, Malasombra podría levantar nada menos que diez billones de toneladas de residuos a capas altas de la atmósfera. Toda esta ingente cantidad de material volátil llegaría tan arriba como cien kilómetros y después no tardaría en extenderse horizontalmente hasta cubrir todo el planeta. Naturalmente, buena parte de ese material estaría en plena incandescencia a causa de la energía liberada en el choque, así que cuando volviese a caer provocaría grandes incendios aquí y allá, los cuales emitirían todavía más cantidad de humo y cenizas. La atmósfera quedaría cargada de elementos tóxicos producidos por las combustiones a altas temperaturas, como por ejemplo el ácido nítrico que ayudaría a volatilizar la capa de ozono. El agua repentinamente evaporada también volvería a caer transformada en lluvia ácida, cargada con esos elementos tóxicos e incluso con metales pesados. Esto tendría un efecto devastador sobre la vegetación —como nuestras cosechas— y sobre la fauna, incluyendo aquella fauna oceánica que resida cerca de la superficie.

Suponiendo que el aire continuase siendo respirable y una vez extinguida la pléyade de incendios que habríamos tenido que sufrir en todo el planeta independientemente del punto de impacto inicial, nos las veríamos haciendo frente a un repentino invierno que podría durar años, haciendo bueno el lema de la famosa serie de televisión Juego de Tronos: «Winter is coming». Todos esos residuos atmosféricos o la alta concentración de vapor de agua bloquearían casi completamente la luz solar.

Los célebres efectos de la onda expansiva del meteoro de Tunguska: diez megatones de potencia.
Los célebres efectos de la onda expansiva del meteoro de Tunguska: diez megatones de potencia.

Como primera consecuencia vendrían la oscuridad y el frío. La Tierra, no lo olvidemos, es un planeta que está muy lejos del sol. Aunque cuando nos quemamos en la playa nos da la sensación de que el calor que recibimos de nuestra cercana estrella es implacable, lo cierto es que sin el efecto invernadero y la consiguiente la retención de parte de esa radiación solar en nuestra atmósfera, la Tierra estaría permanentemente congelada como una inmensa Antártida. Así que al quedar bloqueada la entrada de radiación solar por esa capa de polvo, humo, restos  y vapor que habría causado Malasombra, las temperaturas superficiales descenderían drásticamente. Todo quedaría a oscuras durante bastantes meses o incluso años; muchas plantas que viven de la fotosíntesis morirían y los efectos sobre la cadena alimentaria serían devastadores. Por descontado, tendríamos además un tremendo problema energético, porque de repente viviríamos en un planeta permanentemente oscuro y helado. Los supervivientes difícilmente se sentirían afortunados: frío, hambre, un más que previsible caos social y el brusco retroceso de la civilización a estadios más primitivos.

Sin embargo, ese mismo fenómeno de «telón» atmosférico que enfriaría la Tierra durante la primera etapa, terminaría causando a la larga un fenómeno completamente opuesto: el calentamiento global. El interior de nuestro planeta, geológicamente activo, seguiría liberando calor. Y la atmósfera turbia que primero impidió que nos llegase el calor del sol ahora impediría que escapase el calor acumulado en nuestra superficie, así que las temperaturas volverían a ascender, y mucho, por el efecto invernadero. Esto quizá provocaría una breve primavera —aunque todavía oscura— que los hipotéticos supervivientes recibirían con alivio («¡por fin acaba el invierno!») solo para comprobar que se trata de la antesala del peor verano imaginable. Gradualmente, el calor ambiental se iría tornando insoportable. Esto continuaría acentuando el proceso de pérdida de masa vegetal, incluyendo grandes cantidades de plancton oceánico. Por tanto, la producción de oxígeno disminuiría hasta el punto de que el aire podría tornarse definitivamente irrespirable para nosotros, si es que todavía lo era. Quienes hubiesen podido sobrevivir al frío, la oscuridad y el hambre, podrían perecer ahora a causa del calor y la asfixia.

¿Acabaría esto con la vida sobre la faz de la Tierra? Seguramente no. La historia de nuestro planeta nos enseña que siempre hay especies capaces de hacer frente a estas largas temporadas catastróficas. Ahora bien, ¿sobreviviría la civilización humana? No, al menos no como la entendemos ahora. Es más, resulta incluso posible que, dependiendo de la magnitud del impacto, desapareciese nuestra especie como tal, incapaz de hacer frente a las nuevas circunstancias. Así pues, un asteroide de gran tamaño como Malasombra podría muy bien causar la extinción de la humanidad. Un asteroide más pequeño quizá no matase a todos los seres humanos, pero también amargaría la existencia de los supervivientes durante una larga temporada y provocaría al menos la desaparición repentina de todo nuestro progreso y de la mayor parte de la población.

Queda pues preguntarse: ¿hay algo que podamos hacer para prevenir semejante desastre? Teóricamente, sí, podríamos. Siempre que detectemos a tiempo, con años de antelación, al Malasombra de turno. Ahora mismo existen diversas ideas para desviar un asteroide amenazante. Olviden ustedes las aventuras de Bruce Willis en la película Armageddon: intentar volar en pedazos un gran asteroide sería una mala idea, porque nos encontraríamos con una imprevisible lluvia de fragmentos —varios de los cuales serían todavía de un alto poder destructivo— que provocaría consecuencias similares solo que localizadas en varios posibles epicentros. Sí, la explosión desviaría muchos fragmentos que no llegarían a tocar la Tierra, pero casi con toda seguridad habría otros fragmentos, entre ellos varios de los más grandes, que seguirían su camino. Resulta imposible prever el caótico devenir de esa lluvia de fragmentos así que no, destruir el asteroide no es la más inteligente ocurrencia.

Más razonable es intentar desviarlo en su camino. La NASA sugiere utilizar la energía de artefactos de fusión nuclear, produciendo explosiones cerca del asteroide que lo desvíen de su rumbo actual. Aunque debido a su masa y la energía cinética acumulada un gran asteroide en movimiento no resulte nada fácil de conmover, sí cabe decir que el intento merecería la pena: bastaría una pequeñísima desviación en su largo camino para que el asteroide terminase no chocando contra nuestro planeta. El organismo espacial estadounidense incluso contempla el acople de velas solares sobre dicho asteroide para ayudar a producir esa pequeña desviación. Eso sí, de un modo u otro necesitaríamos haberlo localizado años antes del impacto. En un plazo de meses casi con toda seguridad no nos daría tiempo a defendernos.

¿Hemos localizado ya todos los NEOs de gran tamaño? La NASA estima que el 90% de objetos con un diámetro superior a un kilómetro ya han sido localizados —entre ellos, se supone, casi todos los asteroides más grandes— y que queda aproximadamente un 10% que permanece oculto entre las sombras, con el consiguiente riesgo potencial de que alguno de ellos siga una trayectoria de impacto. Según esa estimación, también existe un gran número de asteroides medianos —de entre cien y mil metros de diámetro— que tampoco han sido localizados todavía. Haciendo una extrapolación numérica muy a vuelapluma, podríamos pensar que existen unos 150 objetos potencialmente peligrosos que pasarán amenazadoramente cerca de la Tierra pero de los que todavía no tenemos noticias ni sabemos dónde están… y que esperemos no nos toque descubrirlo como en el 15 de febrero de este 2013.

Eso sí, hablamos de términos astronómicos, lo cual significa que los plazos estimados hasta un posible impacto o aproximación preocupante son raramente de décadas en algunos casos muy concretos de asteroides que se sabe nos visitarán próximamente, pero con más frecuencia de siglos y milenios cuando no directamente de millones de años. Es decir, sobre el papel puede usted dormir tranquilo sin temer —como Astérix y Obélix— que el cielo caiga sobre su cabeza. Como en la propia NASA nos recuerdan, lo más probable es que la causa de nuestra muerte no vaya a ser un meteorito, sino una enfermedad, un accidente de tráfico o sencillamente la propia vejez. Eso sí, lo sucedido durante este año nos da bastante en qué pensar. Aunque la estadística esté a nuestro favor, ¿cuáles eran las probabilidades de que cayese un pequeño asteroide en el mismo día en que estábamos vigilando el vuelo rasante de otro? Muy pocas. Y sin embargo sucedió.

Así pues, aunque sería más propio de neuróticos andar mirando al cielo con aprensión cuando hay tantas cosas que pueden matarnos aquí abajo, en la Tierra, a poco que nos descuidemos (a diario camina usted por calles repletas de esos meteoritos con ruedas llamados automóviles) también sería de insensatos que los gobiernos no dedicasen parte de sus recursos a intentar averiguar dónde se encuentran y qué dirección llevan esos pedruscos espaciales cuya presencia, como hemos visto, no es tan rara ni tan excepcional. Astérix y Obélix seguramente los temían porque eran lo único contra lo que no podía nada su poción mágica, pero nosotros, al menos, tenemos la oportunidad de intentar evitar el desastre… siempre que dispongamos de varios años para prepararnos. De lo contrario, más nos vale caminar sosteniendo el escudo de metal sobre nuestras cabezas.

meteoro

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15 comentarios

  1. Pingback: ¿Cuánto debemos temer a los asteroides?

  2. Funestini

    ¡Luego dirán que soy apocalíptico! Lo cierto, después de leer con atención su interesante artículo, es que a pesar de las probabilidades, la semana que viene podríamos estar todos muertos y el planeta arrasado. A fín de cuentas, sería el famoso «Fin del mundo» para los creyentes y para los que no lo somos. La única esperanza para no desaparecer por ese motivo, estaría, como bien apunta usted, en que tal cosa no sucediera en los próximos, digamos 1.000 años por decir algo. Y que diera tiempo para conseguir una tecnología que permitiera detectar TODOS los asteroides con tiempo sobrado, para que a base de técnicas ya desarrolladas con éxito, fueran desvíados con ese toque, casi de partida de billar para perderse en el cosmos.
    Apasionante.

  3. Colorao

    Excelente y sintético artículo, pienso que todavía no se explica y difunden estos hechos todo lo que se debiera. ¿Se ponen suficientes medios para controlar y desviar algún Malasombra no identificado? Con una modesta parte del gasto mundial en defensa se podría poner en marcha un programa eficaz.

    Sugerencia: ¿Puedes escribir un artículo sobre ALMA en el Llano de Chajnantor?

  4. Maestro Ciruela

    Efectivamente, Funestini, sería el fín de la existencia humana sobre el planeta casi con toda seguridad. El «Fin del mundo», de este mundo que conocemos, o sea La Tierra y los planetas cercanos, supongo que llegaría con la extinción total de esa estrella que es nuestro sol y que bastante antes de desaparecer, arrasaría con todo lo que tuviera cerca, incluyendo -creo- a esas jodidas bacterias que siempre sobreviven a todo.
    De acuerdo con usted, esto es lo más de lo más, de lo apasionante.

  5. Fuliban

    Interesante artículo

  6. mantecorso

    «El fin del mundo», pero no es el único «The end» posible, otro artículo hablando sobre la extinción del Sol, o de la energía inherente del propio planeta, (tectónica de placas), y con ejemplos como la isla de Krakatoa o el parque de Yellowstone sería edificante…

  7. tonyon

    …una solución posible…AUMENTAR SU VELOCIDAD, darle un empujón, HACIA UN LADO SI QUEDA POCO TIEMPO, ¿a que velocidad le daremos impulso hacia un lado para desviarlo?…velocidad=espacio/tiempo…así que si queremos que pase «rozando» a 1,000 kms de la Tierra=1 millón de mts, y tenemos por ejemplo aprox. 11 días=1 millón de segundos, la velocidad de corrección será de: 6,000 kms radio Terrestre + 1,000 kms=7,000 kms; 7 millones de mts/1 millón de segundos=7 mts/segundo (25 kms/hora). Si la velocidad hacia delante aumenta sube a una órbita más alta, y viceversa: radio=(masa*velocidad²)/fuerza (centrípeta) de atracción gravitatoria del Sol.

  8. tonyon

    …una solución posible(2)…para darles impulso: un hueco en su superficie (excavado por astronautas, o por sucesivos impactos nucleares en el mismo sitio) y dentro una carga nuclear. El material superficial del asteroide, volatilizado por la radiación nuclear gamma, etc. (en el Espacio, al no haber aire, no hay onda expansiva) sale eyectado como en la tobera de un cohete (también podemos impulsar un asteroide pequeño para hacerlo chocar contra otro asteroide o cometa mucho más grande). Los misiles balísticos de guerra no sirven, están diseñados para llegar de continente a continente. Sólo vale un cohete que pueda poner en órbita interplanetaria la carga, como los multi-fase que colocan en órbita geoestacionaria los satélites (es necesario tenerlos preparados ya en un Comando Espacial, con las cargas nucleares controladas por un Organismo Internacional, sólo para ello)…(«El Asteroide del Fin del Mundo»: W. Cox y H. Chestek).

  9. tonyon

    el radio medio orbital es proporcional al cuadrado de la velocidad…a doble velocidad, cuatro veces más radio medio, etc:► radio=(masa*velocidad²)/fuerza (centrípeta) de atracción gravitatoria del Sol… Si la masa aumenta malo…se acerca en su radio mínimo (perihelio) «cae» hacia el Sol…y se aleja en su radio máximo (afelio), haciendo una nueva órbita más elíptica… Y viceversa: si la MASA DISMINUYE bueno…se aleja en su perihelio del Sol, y de la Tierra, haciendo una nueva órbita más circular… En ambos casos el radio medio sigue igual.

  10. tonyon

    …una solución posible(3)…para darles impulso: instalar en el asteroide un generador eléctrico nuclear. Una catapulta-espacial, como las de cubierta de los portaaviones pero con un motor eléctrico lineal, unas vagonetas sobre raíles, o sujetas a una cinta sin fin, lanzando rocas. Una honda-espacial, un tubo giratorio a altas revoluciones→las rocas entran por el eje de giro y salen despedidas por el tubo a gran velocidad hacia el Espacio…empuje por acción/reacción para desviarlo con tiempo.

    • tonyon

      …catapultas-espaciales y hondas-espaciales lanzando rocas y/o bolsas de plástico llenas de tierra…empuje=momento lineal…(masa*velocidad).

  11. Yadimar

    Es asombroso como este tema es uno de los más explotados, todos se imaginan como sera el fin del mundo, tienen tanto miedo de los asteroides, sin pensar que el propio ser humano, ha matado millones de su misma especie, bueno en realidad si llegara a pasar que ya paso en la era de las glaciaciones donde se cree que fue en Yucatan, deberíamos de estar concientes que somos producto de esa extinción, ya que como lo sabemos las especies más capaces sobreviviran y evolucionaran.

  12. Gerardo H. L.

    Parece extraño a nuestros ojos toda la información que sea similar a esta, cualquier tipo de cataclismo o desastre es ajeno a nuestra realidad, pero si hacemos memoria, los meteoritos han existido siempre y han sido parte de la formación de nuestro planeta, entonces porque no, si esos impactos en algún momento crearon condiciones óptimas para la vida podrían también quitarla tal como suponemos sucedió con los dinosaurios en el Cretácico. Toda la vida existente en esa época dejó de ser y siendo uno de los periodos con mayor cantidad de bajas en especies. De la misma manera, los seres que lograron sobrevivir a los primeros efectos del cataclismo posteriormente murieron por el aislamiento del sol sobre la tierra. Los pocos que lograron adaptarse a estas precarias situaciones de vida dieron paso a las actuales especies de los cinco reinos existentes.
    También recordemos que en el 2010 un volcán provocó el paro de los vuelos debido a la cantidad de material ígneo que expulsó en la atmosfera, se mantuvo en la misma por un largo periodo y recorrió gran parte del planeta, si esto fue solo por una explosión volcánica, imaginemos que sucedería en el escenario de miles de toneladas suspendidas en el cielo, podríamos entender lo que sufrieron los pocos dinosaurios que “lograron sobrevivir al meteorito”. Hambruna y problemas.
    Entonces si pasó ya, es muy probable que vuelva a suceder, pero lo importante es poder saber que al menos los días que tenemos de vida los logremos aprovechar al máximo. Cualquiera que se la causa de nuestro descenso hagámosla valer con el máximo de nuestros días.

  13. tonyon

    …el radio medio orbital es proporcional al cuadrado de la velocidad media: a doble velocidad media, cuatro veces más radio medio, etc……radio medio=(masa*velocidad media²)/fuerza (centrípeta) media de atracción gravitatoria del Sol.

  14. tonyon

    …por la Ley de Conservación del Momento Angular (masa*velocidad*radio): cuando la velocidad orbital sigue igual, si masa disminuye…radio medio aumenta, y viceversa.

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