La brigada de los toreros de la Guerra Civil

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Este verano me han regalado algunos libros de Chaves Nogales y tengo que decir que me lo he pasado pipa leyéndolos de una sentada cada uno. Aunque en La defensa de Madrid me llamó bastante la atención que Durruti muriera en primera línea de forma heroica. Sabemos que lo hizo en la retaguardia y de un disparo a bocajarro. En su momento las circunstancias de su asesinato se ocultaron e imagino que el periodista sevillano echó mano de las fuentes oficiales para su relato.

También hay cierta controversia con el tiempo que Chaves Nogales permaneció en Madrid durante su defensa, si escapó para volver o marcharse definitivamente. En el prólogo de A sangre y fuego dice que se fue a Valencia cuando el Gobierno decidió huir de la capital, de modo que esos primeros días de heroísmo del pueblo de Madrid se los tuvo que perder. Si vino después, no lo sabemos. Pero ahí quedan sus descripciones del atuendo de los soldados republicanos cuando empezó a apretar el frío en noviembre.

Casi todos los que han sido llevados precipitadamente a las trincheras carecen de mantas. Se abrigan con periódicos. La prensa revolucionaria que para inflamar su espíritu se les lleva a grandes cantidades les sirve para abrigarse con ella. Envueltos en unos cuantos periódicos que se sujetan al pecho y a la espalda con cuerdas, que les dan el aspecto de paquetes de andrajos, estos soldados, los más miserables del mundo, llevan ya tres días batiéndose sin descanso día y noche.

Con ese vestuario, y como dice páginas más adelante, con toallas anudadas al cuello como bufandas, no me quiero ni imaginar qué se le cruzaba por la mente a los marroquíes de Franco que venían a «salvar la civilización». Porque el ejército de Pancho Villa que rechazó a los fascistas en Madrid era para ponerle un marco a tenor de estas descripciones.

Además, en otro apartado, Chaves Nogales habla del batallón de «los Fígaros», que eran barberos y peluqueros, o «los Leones Rojos», dependientes de comercio. Hasta sabemos rescató su recuerdo hace un año el Marca—, que hubo un «Batallón Deportivo» formado por «futbolistas, boxeadores y árbitros», con sede en las oficinas del Madrid CF, el actual Real Madrid. Pero los que nos ocupan hoy son otros profesionales. Según dice Chaves Nogales:

Hasta los toreros han formado su unidad de combate.

Estaba leyendo con la mosca detrás de la oreja por los motivos citados, pero aquí dije: esto era cierto. Al menos así lo documenta un trabajo de Javier Pérez Gómez que un servidor encontró no hace mucho en la Cuesta Moyano de Madrid: La brigada de los toreros, historia de la 96 Brigada Mixta del Ejército Popular. Libro que desempolvamos en esta entrega de Busco en la basura algo mejor. Esta unidad estuvo mandada por tres matadores de toros, el Litri II, jefe de la brigada, Fortuna Chico, comandante de un batallón, y Parrita, capitán de una compañía, entre otros profesionales de la tauromaquia.

Lo curioso del caso es que, según cuenta el autor, no había primeras figuras entre los defensores de la causa republicana. La mayoría eran subalternos y novilleros a los que les costaba llegar a fin de mes. Un ejemplo paradójico de todo esto es la famosa corrida que se celebró en Madrid en favor de la República el dieciséis de agosto de 1936. De este festejo salió la famosa foto de Antonio García Bustamante «Maravilla», Cayetano Ordóñez «Niño de la Palma», Juan Rodríguez Ortega «Cagancho», Luis Gómez «Estudiante» y Félix Colomo dando el paseillo con el puño levantado. Una imagen histórica.

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Revista Mundo Gráfico, miércoles veintisés de agosto de 1936.

Pues bien, de ese cartel, «Maravilla», «Cagancho» y «el Estudiante» se pasaron a la zona nacional. La explicación, bastante coherente, es que muchos de los figuras también eran terratenientes y, en algunos casos, como el de Marcial Lalanda, habían matado a su hermano y le había confiscado las ganaderías. Esto, llevarse los toros de los cortijos a punta de fusil, fue bastante habitual y controvertido hasta para los propios republicanos. Atiendan al titular de la foto de la corrida por la República. Se hacía un llamamiento para que no se matase a los toros en los cortijos, espacios preferidos del descontrol revolucionario, para mantener viva la «fiesta» durante le conflicto:

Un solo cuidado inquieta ahora a los toreros: que puedan faltar toros de lidia. Y para evitarlo, quieren hacer un ruego a cuantos hoy luchan al lado del pueblo por campos y serranías. Que no se maten, por razones de abastecimientos, toros bravos en cortijos y cercados. La carne es la misma y será para el pueblo; pero de que un toro bravo muera en el campo de un tiro a que se le mate, después de lidiarlo, en una plaza, hay una diferencia de muchos miles de pesetas a beneficio del pueblo. (Mundo Gráfico, 1936)

Pero estos eran los figuras. Mientras ellos hacían el paseíllo con el puño el alto y la mente pensando en llegar a la zona nacionalista cuanto antes, la Asociación de Matadores de Toros y Novillos pidió oficialmente armas a la Agrupación Socialista de la calle Piamonte y promovió el alistamiento de sus miembros. Lo que venía a ser el sindicato profesional de todos los trabajadores de la tauromaquia, se alineaba decididamente del lado de la República. Rápidamente las milicias formadas partieron al frente de Guadarrama encabezados por Luis Prados «Litri II», quien en calidad de secretario de la asociación, fue situado al mando de la unidad.

toreros_guadarrama

En el proceso «por rebeldía» al que fueron sometidos los toreros de las Milicias Taurinas después de la guerra se defendieron argumentando que fueron voluntarios «para intentar borrar sospechas de derechismo». Sea como fuere, guerrearon con entrega y habilidad porque se ganaron la confianza de sus jefes y fueron ascendiendo. Cuando por fin se levantó el Ejército Popular Republicano, fueron integrados en la 22 Brigada Mixta del comandante Francisco Galán, un guardia civil, entre cuyos mandos había bastantes toreros distinguidos en los combates de la sierra de Madrid. Su destino fue el frente de Teruel. Un picoleto dirigiendo a toreros en el campo de batalla en la guerra contra el fascismo es una de esas escenas que le reconcilian a uno con su país.

Pérez Gómez narra varias operaciones militares del grupo, pero lo más relevante antes de que se formase definitivamente la 96 Brigada fue un informe que redactó el propio Galán sobre la situación del frente de Aragón.

El único servicio que funciona es el de Orden Público y no al servicio de las fuerzas populares de la región aragonesa, sino al servicio de una determinada política de partido u organización, y como aparato coercitivo de éesta (…) imponen la colectivización y si los campesinos se niegan, los declaran facciosos y así los tratan. Las multas que imponen son en realidad un despojo apoyado en los fusiles y han sembrado un ambiente de terror por los pueblos. Sustraían a vecinos, como en Villarroya de los Pinares, relojes, ropas, animales, piernas de cecina… Realizan una política de coacción y pillaje, no teniendo el menor escrúpulo frente al ser humano, matando directamente…

Al margen de otras consideraciones, esta crítica hay que entenderla en el contexto de la lucha nada disimulada entre comunistas y anarquistas durante la guerra, especialmente en Aragón a raíz de las colectivizaciones que llevó a cabo la CNT y sus milicias afines, mientras que el Gobierno y los comunistas querían organizar un ejército regular disciplinado y uniforme. Los mandos de la brigada de los toreros, dentro de la 39 División, fueron mayoritariamente comunistas. Aunque hay que señalar que, una vez encuadrados dentro de la estructura del Ejército Popular Republicano, para el Litri II y otros diestros, afiliarse al PCE era imprescindible para aspirar a los ascensos y, más importante, para tener cierto control sobre lo que les rodeaba.

Lo grave fue que en la 96 Brigada Mixta esa lucha entre anarquistas y comunistas adquirió tintes dramáticos y de película de cine negro. En noviembre del 38, el Estado Mayor del XVI Cuerpo del Ejército ordenó investigar unos oscuros sucesos ocurridos en la brigada de los toreros. Estaban siendo ejecutados demasiados desertores: sesenta y cinco soldados y cabos ajusticiados sin formación de causa. Es decir, asesinados in situ por sus mandos. Todas las unidades tenían gente que se quería pasar, pero en esta brigada los números de desertores eran demasiado altos. Mandaron un investigador y este fue el resultado tal y como lo cuenta el libro:

El instructor del informe insinúa, veladamente, que estas ejecuciones buscaban, en cierta forma, imponer la predominancia de un partido, el PCE, eliminando físicamente si hacía falta a los que no pensaban como ellos: «Estas unidades son aquellas que, mandadas por agentes al servicio de determinado partido, han venido poniendo en práctica, desde el principio de esta guerra, sus tácticas, que no son otras que imponer por la fuerza la implantación de su bandera, reconociendo como enemigos peligrosos a todos aquellos que no compartiesen su mismo criterio».

Este asunto llegó hasta el presidente del Gobierno, Juan Negrín, que mandó al general Vicente Rojo cursar una orden para poner fin a las ejecuciones arbitrarias.

En poco tiempo han llegado, por diferentes conductos, a conocimientos del Ministerio de Defensa Nacional, informaciones relativas a la imposición de las más altas sanciones (fusilamientos sin formación de proceso), en algunas unidades de los frentes, por motivos que no justifican tal determinación extrema. Es necesario, a toda costa, atajar este mal (…) Por ello el Excmo. Sr Presidente del Consejo de Ministros y el Ministro de Defensa Nacional exhortan a todos los mandos militares para que por el prestigio de nuestro Ejército, se excedan en la vigilancia y control de sus tropas, evitando toda clase de desafueros que nada benefician al conjunto de la guerra.

El asunto coleó hasta pasada la contienda, incluso las autoridades franquistas investigaron el asesinato de estos soldados. El origen de este asunto tan oscuro estaba en el SIM. En cada unidad había miembros Servicio de Investigación Militar, un organismo creado a instancias de Alexander Orlov, enviado de Stalin en España. Estos agentes, entre otras labores, se encargaban de localizar y acusar a los derrotistas o potenciales desertores.

El SIM «adquirió durante la guerra una fama de organización despiadada y sin escrúpulos», cuenta Javier Pérez. Trabajaban estrechamente con los comisarios políticos, quienes «oficialmente» se encargaban de mantener alta la moral de la tropa, pero también se dedicaban «pistola en mano» a detener las retiradas no autorizadas en los combates, que eran frecuentes. Porque el enemigo era superior, por un lado, y porque a, por ejemplo, un oficinista de vida sedentaria, como les describía Chaves Nogales, el fuego real le acojonaba notablemente por mucho fervor revolucionario que tenga. Por eso les consideramos héroes a ellos y no a los profesionales de la guerra.

Estos comisarios tenían un uniforme color chocolate con una «C» dorada en el cuello. Con el tiempo se lo cambiaron para no ser reconocidos por el enemigo. Hasta un punto en el que empezaron a ser ellos los amonestados por no llevar las distinciones que les distinguían como comisarios. El problema era que si los cogían los nacionales los ejecutaban en el acto. Pero en su defensa hay que decir que a menudo solían combatir en primera línea aunque solo fuera para controlar a los soldados y «evitar debilidades», dice el autor.

Aunque a la tropa como mejor le subían la moral no era con bravatas propagandísticas, sino echando mano del coñac. Así lo cuenta Manuel Márquez (Huelva, dieciocho de julio de 1918), un superviviente de la unidad entrevistado para el libro:

El coñac no faltaba. Cuando venían los furrieles con los mulos, traían dos cubas… y coñac, el que queríamos. Llevábamos nosotros unas jarritas y nos poníamos…. «¿Queréis más coñac?», nos decían. Y un trago y otro. No sé qué puñeta tenía aquel coñac, que lo echábamos al fuego y se encendía mucho, no sé si tenía pólvora o qué tenía, o quizás el mismo alcohol. Nos lo daban para animarnos, para en el momento de quitarnos el frío de encima, para ser más valientes.

Desde la batalla de Teruel, la 96 se batió en retirada. Lenta e inexorablemente iban cediendo sus posiciones, a veces víctimas del pánico, atacados por tanquetas y aviones. Les hostigaba un ejército bien pertrechado y armado, mientras que ellos no tenían ni pantalones. Muchas veces los soldados de esta unidad, a falta de botas u otro calzado, tenían que envolverse los pies en trapos y toallas.

En una de estas, el ABC de Sevilla, el que editaba el bando fascista, se echó unas risas a costa del Litri II y su condición de torero, en un ejemplo de periodismo muy actual, que parece que nunca pasa de moda:

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Pero era cierto. La actuación de la unidad en la batalla de Teruel fue tan lamentable que hasta fueron fusilados varios soldados. También se incorporaron a ella reclutas de la 84 Brigada Mixta que directamente fue disuelta por la insubordinación de dos de sus batallones. Y lo más sangriento aún estaba por llegar.

La ofensiva de los nacionales sobre Valencia también fue detenida en Teruel. Las tropas del Litri II se defendieron esta vez luchando por cada palmo de terreno. Tanques, artillería y aviación les caían encima sin piedad. En un avance de la 5ª de Navarra les envolvieron e hicieron prisioneros a doscientos noventa y tres soldados.

Allí tuve suerte de tener un casco español que llevaba, porque un trozo de metralla me pegó en la cabeza, pero el casco la escupió (…) En aquella posición el comandante y sus ayudantes estábamos a muy pocos metros de las compañías, casi tocando las trincheras, y disparábamos igual que todos, yo con mi fusil y el comandante y el comisario con sus pistolas (…) al final tuvimos que retirarnos por una especie de sendero, cuando disparaba la artillería nacional, que disparaba continuamente, lo menos había veinte baterías, no sé lo que había. Cuando veíamos el fogonazo, calculábamos y entonces salíamos en grupos. Los que llegaban a tiempo se salvaban, los que no, quedaban allí (…) hubo muchas bajas, dejamos compañías enteras o más (…) cada uno se salvó como pudo. (Manuel Márquez)

El único respiro que tuvieron fue diez días después, cuando la aviación franquista bombardeó a los suyos sin querer. En Formiche, Mora de Rubielos, Valbona, en todos estos pueblos de Teruel aún hoy se encuentran los restos de las trincheras y los bunkers de todas estas batallas.

La brigada de los toreros combatió durante cuarenta días seguidos. Algo fuera de lo normal hasta para el ejército de la República. El Estado Mayor les concedió el Distintito al Valor, pero también les dio una noticia inquietante, el anuncio de la llegada de los reclutas de la llamada «Quinta del Biberón». Eran los nacidos entre 1920 y 1921, tenían diecisiete años de media. Indicativo de que algo no iba bien en la retaguardia y en el conjunto de la guerra.

Fortificaron las montañas de Paraíso Alto, entre Manzanera, Torrijas y Abejuela. Y allí permanecieron durante meses, pero en penosas condiciones. Lo prueban las palabras del comisario político, Ernesto Rojas, plasmadas en el acta de una reunión:

Las necesidades de la Brigada son que a pesar de habernos dado ropa, la cantidad no es suficiente para las necesidades ¿Cómo es posible que a la 96 Brigada se le den nueve capotes? ¿para qué? ¿para hacer salir descontentos? Tiene todo un batallón con toallas cubriéndose los pies por carecer de calzado, los pantalones es una vestimenta que se deteriora por más que se diga que tengan cuidado (…) Muchos soldados están enseñando los testículos y no por descuido. La intendencia a veces sirve lo necesario, pero no comprendo cómo otros días dan cuatro garbanzos.

En esas condiciones tuvieron que enfrentarse a los rigores del invierno. La prensa republicana del momento cuenta que rechazaron al enemigo heroicamente, pero el testimonio del soldado Márquez habla de que para muchos de ellos aquello fue un verdadero infierno:

Terminamos la guerra en la sierra de Javalambre, cerca de los Cerezos de Manzanera. Allí llegamos a veiticuatro grados bajo cero (…) Sí, unas montañas que llegan a mil ochocientos metros de altura. Los que estaban más arriba, muchos se congelaban, pero nosotros tuvimos suerte porque estábamos al lado de un bosque de sabinas y las sabinas tienen mucha resina. Hacíamos fuego y nos calentábamos, hasta pudimos hacer alguna chabola y todo.

El uno de abril de 1939 recibieron la noticia de que la guerra iba a acabar. Los jefes destruyeron la documentación de la unidad los días previos y salieron rumbo a Cartagena para embarcar hacia Argelia, pero fueron detenidos. Los soldados, tras entregar las armas al enemigo que tenían enfrente, acabaron en el campo de concentración de Toro, en Castellón.

En su proceso sumarísimo, el Litri II se defendió, como se ha dicho, diciendo que promovió el alistamiento de los miembros de su asociación como un acto de «autodefensa exento de convicción política» para que no se tachara a los toreros de derechistas. Con ello también pretendía, argumentó, dar protección y documentación a los compañeros en situación comprometida.

En su defensa, los testigos alegaron que siempre fue una persona de orden. Le salvó una campaña que emprendió antes de la guerra llamada «el pleito de los toreros mexicanos» en la que exigían leyes proteccionistas para limitar las faenas de los diestros extranjeros en España. Fue condenado a 30 años, pero salió de prisión en verano de 1943. Siguió ejerciendo su profesión como subalterno. Su faena más memorable, sin embargo, siguió siendo una de antes del conflicto. Cuando, en Guijuelo, un toro se escapó de la plaza, causó el pánico por las calles, hasta que el Litri II fue tras el animal, lo citó en plena rúe y lo tumbó de una estocada.

Todos corrieron una suerte similar, aunque mientas el Litri II abrió dos bares en Madrid, otros tuvieron que marcharse de España. A veces no hace falta un destino macabro para entender lo injusta que fue la vida, y también la historia, con los soldados del bando republicano. El torero Fortuna Chico, que tuvo galones de mayor (comandante) en esta brigada, fue enjuiciado con los cargos de «adhesión a la rebelión» en aquello que se llamó «justicia pero al revés». Salió de la cárcel en libertad provisional en 1946. Su familia estaba destrozada tras la Guerra Civil. Su hermano mayor huyó a Tánger. El pequeño, se enroló en la División Azul y desapareció en el frente ruso. El Ejército español no les dio ninguna explicación. A Fortuna Chico le dieron la espalda en el mundo del toro por su pasado rojo, tuvo que recoger remolacha y trabajó de peón en la construcción hasta que el encargado de la obra lo reconoció y lo situó en un puesto administrativo. Nunca habló de la guerra, recuerda su hijo. En 1990, cuando el gobierno de Felipe González permitió que los militares republicanos solicitaran pensiones, no quiso hacerlo. No quería saber nada.

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Para más información:

Historia del «Batallón deportivo»

Ruta senderismo por las trincheras de Formiche.

Más trincheras en Teruel.

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