«Las fotografías con imágenes desagradables solo se publicarán cuando añadan información». Eso dice el libro de estilo del diario El País y, con pequeñas variantes, la inmensa mayoría de los libros de estilo de los medios de prensa internacionales. Es una preocupación moderna. En 1928, el libro del estilo del The Manchester Guardian (el predecesor de The Guardian) ni siquiera mencionaba la palabra fotografía. La llamada Edad de Oro del periodismo fotográfico no llegó hasta unos años después. Los años de Robert Capa, Dorothea Lange y Tony Vaccaro.
En realidad, la citada frase del libro de estilo de El País no dice nada. Como dijo el Conde de Romanones, «ustedes hagan la ley que yo haré el reglamento». ¿Qué es desagradable y qué no lo es? ¿Debe lo desagradable ser medido de acuerdo a criterios estéticos, ideológicos, humanitarios o religiosos? ¿Y cuándo consideramos que se está añadiendo información? ¿Añadiendo información a qué? ¿Al texto? ¿Al conocimiento medio del lector medio de las circunstancias que rodean la fotografía? ¿Existe acaso una sola fotografía sobre la faz del planeta Tierra que no pueda ser descrita con palabras?
«Un hombre cae de un edificio».

En una frase de seis palabras caben holgadamente más de seis mentiras. La fotografía The Falling Man se tomó quince segundos después de las 9:41 de la mañana del once de septiembre de 2001, hora de Nueva York. El hombre no cayó, se lanzó. Pero no se suicidó. La distinción es sutil pero importante: el suicida escoge entre vida y muerte, el hombre que cae solo escoge entre dos tipos de muerte. El hombre se lanzó al vacío porque la perspectiva de morir aplastado contra el asfalto fue más halagüeña para él que la de morir abrasado en el interior del edificio. El edificio estaba en llamas. Y no por accidente. Había sido blanco de un atentado terrorista. El hombre tenía familia. Es probable que mujer e hijos. No se lanzó solo. Había más como él, en su misma situación, cayendo a su lado o segundos después. El edificio no era uno cualquiera, sino uno de los símbolos del poder financiero de los EE. UU.
Pero la fotografía tampoco lo explica todo. El fotógrafo, Richard Drew, no conoce el nombre del hombre que cae en el momento de tomar la foto ni tampoco días después. Uno de los editores del Toronto Globe and Mail le encarga a uno de sus periodistas, Peter Cheney, que averigüe su identidad. Cheney manda la foto a un estudio fotográfico para que aclare y defina la imagen. El hombre que cae no es negro, pero su piel es oscura. Probablemente latino. No lleva camisa sino una especie de chaqueta blanca parecida a la de los camareros de algunos restaurantes. Tras estudiar las fotografías de todos aquellos que podrían encajar en la descripción, Cheney cree haber dado con un candidato: Norberto Hernández. Cheney se dirige a Queens y habla con Tino y Milagros, los hermanos de Norberto. Le dicen que el hombre de la foto es Norberto. Cheney intenta hablar con la mujer de Norberto y sus tres hijas, que le rechazan. El cadáver de Norberto tiene que ser identificado por su ADN pues solo queda de él un brazo y el torso. Cheney se presenta en el funeral de Norberto con la foto. Jacqueline, la hija mayor de Norberto, le contesta «ese trozo de mierda no es mi padre».
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Yo creo que somos muchos los que no tenemos nada en contra de ver cualquier tipo de fotografía. Pero lo que sí dudamos es de que una foto de ciertas características sea «información». Me explico: puede que un hombre, o que varios, se arrojasen al vacío el 11-M. La foto del hombre cayendo sólo cumple una función emocional: impacta como imagen. Todos sabemos, sin necesidad de verlo, cómo cae alguien que se tira desde un rascacielos. De hecho, que la foto no es «información» se demuestra en este mismo artículo, en donde se nos ha contado (con palabras, por supuesto) quién era el señor de la foto, por qué se tiró, y cómo le han identificado. Pero esa información es una glosa de la fotografía. La fotografía en sí no informa de nada.
Ocurre igual con los accidentes de tren, o los accidentes de coche. Nadie ignora cómo es un cuerpo sin brazos, o desmembrado. Las fotografías de un cadáver reventado contra un coche no informan. «Fernando Martín ha muerto en accidente de coche» ya aporta toda la información necesaria. Que en la foto, o en el vídeo, se vea un amasijo de hierro, que fuera de noche, que hubiera más o menos sangre… eso sólo interesa si uno es forense de la policía, a lo CSI, o perito de una aseguradora. Valga para todas las noticias en donde haya muertos, niños o no: la foto no informa. Todo cuanto ella pueda decir se puede decir con palabras.
«¿Qué tontería es esa? ¿No has escuchado nunca que una foto vale más que mil palabras? ¿Una foto no aporta nada?», podría replicárseme.
Pero es lo mismo: si se trata de información, de cosas que pueden contarse con palabras, no aporta nada. Lo que sí hace es impactarnos emocionalmente, y generar en nosotros todo tipo de sentimientos. Por eso rara vez olvidamos las imágenes más fuertes. Recuerden conmigo: la niña que huye del Napalm; el general Nguyen ejecutando a un miembro del partido rival a sangre fría; los soldaditos americanos izando la bandera en Iwo Jima; el Che mirando a su derecha con aire rebelde; un soldado besando a una enfermera al concluir la Segunda Guerra Mundial. Todas ellas pertenecen ya a la historia, y poseen algo en común: se recuerdan porque a uno le afectan emocional y estéticamente. Para bien o para mal, se ven y ya no pueden olvidarse.
Pero lo que no pueden las fotos es informar. «Ayer cien niños murieron a causa de un bombardeo con napalm» es una frase informativa. Incluso podrían añadirse diez páginas médicas que informen con todo detalle de cómo perece un cuerpo debido al napalm. Pero la foto de una sola niña corriendo mientras grita de dolor tiene más fuerza. Esa foto saldrá en la portada de un periódico; de miles; la gente dirá «¡qué horror!», porque lo ven y quieren quitar la mirada. Pero luego hablarán de ello. Algún lector sensible hasta llorará. Lo mismo pasó con el 11-M, cuando salieron las fotos y las grabaciones. Lo mismo con el tren de Galicia.
Pero eso no es informar, eso es crear símbolos. O sea, darle al consumidor una imagen en la que puedan condensar sus sentimientos, y asociarlos al hecho en sí. Hasta el punto de que pueden olvidarse de todo tipo de datos (información), con tal de que la imagen siga cumpliendo su función simbólica. «La foto debe conseguir que el lector se detenga, mire y, si es posible, reflexione.», dice Ramón Lobo. O sea: el texto en sí, el que informa, queda en nada. Es la foto la que hace reflexionar, pero precisamente porque primero ha impactado, porque apela al sentimiento inmediato.
Evidentemente, no todas las fotos son «no informativas». Si se dice que tenemos un nuevo Papa, las fotos indican quién es. Si se diseña un logotipo para presentarse a lo JJOO, será necesario verlo. Algunas son neutras: el Presidente del Gobierno da una rueda de prensa. Le hacen fotos, éstas se publican. No informan mucho, pero acompañan al texto.
Sin embargo, la función de las fotos «emocionales» NO es informativa (y es curioso que ninguno de los periodistas consultados lo vea así, o lo intuya siquiera).
Gracias.
Javier. C. ¿eres el mismo forero de la desaparecida página de La off off critica?
Querido Cristian:
En relación a lo que dicen otros periodistas de que las fotos han de aportar, no me queda claro.
Yo vendería mi colección de vinilos a cambio de una foto de Alarico entrando en Roma, de Hernán Cortés contemplando Tenochtitlán por vez primera o de un Sapiens matando a un Neandertal para quedarse con su territorio. Estamos habituados a que esos datos sean escritos sin ilustraciones. Parece que podemos conocer lo que ocurrió sin fotos y con la mera ayuda de un imaginativo ilustrador o pintor. Parece que una foto no aportaría nada. ¿Acaso no nos gustaría ver Tenochtitlán antes de ser destruido?
También los datos referidos a Auschwitz o Gettysburg pueden retenerse sin fotos. Se puede explicar con los mismos pelos y señales. El libro ‘La destrucción de los judíos europeos’ de Raul Hillberg va de eso: solo gráficas y enumeraciones. Ni una foto. Dudo de que el impacto de la barbarie nazi habría sido el mismo si la gente -en lugar de ver documentales con montañas de cadáveres o la foto del niño del gueto de Varsovia- hubiera tenido que leerse las 1,454 páginas del libro de Hillberg.
La foto, en este caso, es el niño que vocea la prensa en las viejas películas estadounidenses. La foto es el ‘extra, extra’ donde viene la foto truculenta junto al hecho.
Me pregunto si habría tanta gente que lleva camisetas de Lenin o el Che en caso de que nos hubiésemos hartado de ver fotos de pilas de cadáveres de los gulags rusos. Me da que no.
La foto bruta nos ha hecho a todos menos brutos y más sensibles. A pesar de los pudorosos.
Un abrazo.
Bien. Solo un apunte: Hay 15 opiniones de periodistas y solo una de un redactor jefe de fotografía de un medio. Aunque el periodismo es la unión de muchos esfuerzos no se debe menospreciar la importancia de la visión de quien crea las imágenes de las que estáis hablando. Me habría gustado encontrar las palabras de Eloy Alonso, Oscar Corral, Pablo Blazquez, Miguel Riopa hablando del accidente de Santiago. En el fatídico 11M muchos fuimos los que allí trabajamos, no solo el día del accidente, mas bien durante las siguientes semanas. La opinión de Gorka Legarcegui, Cristóbal Manuel, Uly Martín, Claudio Alvarez, Santi Burgos, Carlos Barajas, Jaime Villanueva, Javi Martinez, Jaime Garcia, Angel de Antonio, Ignacio Gil, Chema Barroso, Agustín catalán, David Castro, Juan M. Prats, Paul Hanna, Andrea Comas, Sergio Perez, Juan Medina, Paul Withe, Emilio Morenatti, Daniel Ochoa, Arturo Rodriguez, Pierre Philipe Marcou, Javier Soriano, Lluis Gene, Dominique Faget, Jose Ramon Ladra, Alberto di lolli, Jose Luis roca, Javier Barbancho, el que escribe y muchos otros profesionales que ya no nombro por no demorarme mas y ponerme aburrido. Es importante que el periodista acuda a las fuentes correctas y en este caso aunque perfectamente validas no están equilibradas por la temática del articulo. Por ultimo indicar que el articulo me ha gustado y no ha sido tratado como acostumbramos a leer. Relleno de palabras mil veces oídas. Muchas gracias y perdonad por la critica que mas que critica para mi es una puntualización. Saludos P.A
Amén a lo que comenta Pedro Armestre. El texto me dejó un regusto amargo por la misma razón. No veo el interés de algunos testimonios y echo de menos la opinión de algún fotógrafo y sobre todo de más editores de fotografía.
No existe la «Demasiada realidad». La realidad es la que es y punto.
Cosa distinta es que se trate de distorsionar, pues en contra de lo que el artículo mantiene, la imagen no siempre es un fiel reflejo de la realidad.
Así que si la imagen sí es un fiel reflejo de la realidad que se quiere mostrar y va en consonancia con una información veraz, para mí hay que mostrarla. Si en contra de ello, lo que hace es mostrar una realidad «parcial», «desenfocada», «engañosa»…., mejor no se muestra.
Muchos de los que defienden un trato «sensible» de la imagen, luego aplauden el uso de esas imágenes brutales. Por ejemplo, si se trata de una campaña animalista; buscando el momento visualmente más sangrante, más bestial….
Al final todo queda en la intención; si es para manipular o si es para informar de verdad.
Nunca se me olvidarán, -y a muchos de los que andan por aquí estoy seguro que tampoco-, las imágenes del atentado de Irene Villa, o las del Hipercor de Barcelona. De una tremenda brutalidad. Se podría abrir un debate sobre su emisión, como se hizo en su día, y unos defenderían la innecesariedad y otros precisamente lo contrario, lo necesaria de que se vea lo que es un atentado y el efecto sobre las víctimas, lo que pasa es que de esto último surge otro dilema: ¿con qué fines?, ¿sensibilizar a quienes?
Para mí, como en todo en la vida, hay una verdad detrás que es la que determina si algo es válido o no, lo difícil siempre es encontrarla, pues no siempre es una verdad física, como es este caso de las imágenes, en las que únicamente el que expone la imagen, sabe con certeza cual es el fin.
Creo que en este tipo de artículos al final recurrimos siempre a las mismas voces (Manuel Jabois, Ramón Lobo, Enric González…) y me hubiese gustado leer otros puntos de vista, sobre todo de fotógrafos q es lo q echo en falta. Un saludo!
Viejo e interesante debate. Sin embargo, creo que hay un detalle que se obvia, así que aquí vengo yo a pincharos la burbuja:
El autor parte de una pequeña falacia (no diría ingenua, pero deliberadamente naïve) al comenzar a hablar de manuales de estilo, como si cada foto que aparece en los medios viniese precedida de un enconado debate deontológico sobre la finalidad y responsabilidad del periodismo. Algunos de los periodistas citados también contribuyen a creer esto.
Luego vemos la fotogalería de La Voz de Galicia, a la que no precede ningún cartel advirtiendo de las imágenes. Son 46 fotos, 46. Algunas muy parecidas, algunas con más y otras con menos resolución. Lo cual me hace preguntarme: ¿qué selección previa ha habido ahí?
Por lo que conozco los medios digitales, puedo llegar a imaginarme cómo ocurrió todo. Accidente en Angrois. El medio manda a sus fotógrafos y reporteros y, un tiempo después, las fotos empiezan a llegar al servidor. Alguien encarga a un redactor (presumiblemente joven) montar la galería web con lo que vaya llegando. Y así, se suben a internet las 46 fotos, igual que uno se baja la discografía completa de Led Zeppelin, con los discos buenos y los malos. A cholón.
Si el periodismo es, o sigue siendo, elegir, esta fotogalería es al periodismo lo que la homeopatía es a la medicina. La fotografía del hombre cayendo del WTC es una aspirina de información deliberada, la fotogalería de es una olla de mejunje de hierbas que se supone hace el mismo efecto que la aspirina, pero no.
Lo que dice De Paco, hace falta una «reflexión previa». Cabe preguntarse -con toda la retórica del mundo- si aquí la hubo. Dice Müller «hay fotos que yo no habría escogido», pero la cosa es si alguien escogió algo en una fotogalería de 46 fotos.
Es complicado aplicar esos clichés del periodismo clásico (¡publicar todo! ¡sin cortapisas!) a 2013, donde el método y los filtros -sensible o insensible, sensacionalista o juicioso- han desaparecido de todos los medios digitales. Ya lo dijo el tío Ben de Spiderman, «grandes poderes conllevan grandes responsabilidades». Y se lo dijo a Peter Parker, otro reportero gráfico, curiosamente.
«El clamor contra la fotografía fue abrumador durante los días posteriores a los atentados del 11-S. Pero el debate no le correspondía a la muchedumbre sino a la prensa. »
A un periodista le interesa que se publique cualquier cosa, así que es la persona menos indicada para participar en un debate sobre si algo debe o no ser publicado en la prensa.
La sociedad en cualquier caso es la que debería darse cuenta de que no hace falta el morbo para darle a la información un sentido útil e incluso rompedor, así que no estoy muy de acuerdo con ese aspecto.
Un gran artículo sin duda, pero ese párrafo me ha sonado bastante tonto.
Buen artículo. Invita a una profunda reflexión. De todas las respuestas, me quedo con la de Santi Lyon en «boca» de Ramón Lobo. Certera, eficaz y al grano. Las contestaciones me han servido, además, para recordar porque aprecio tanto a Lobo y, por mucho que lo intente, no puedo con Espada. Va al estómago, pero provoca repulsión. Creo que podré con él el día que se cuelgue un cartel que diga «definitivamente me follaría a mí mismo» y se haga un foto en el espejo. Al menos me servirá para descubrir que, efectivamente, tiene sentido del humor. Muy buena la respuesta de Jabois también, aunque prefiero no dorarle mucho la píldora para que no se eche a perder. Con Lobo no hay miedo.
Resido en E.E.U.U. desde antes del 11 de setiembre de 2001. Ese día pasé horas observando las imágenes de diferentes cadenas de TV americanas ante la magnitud de la tragedia y para alcanzar a entenderla en toda su amplitud. Por ninguna de ellas se pasaron imágenes de personas cayendo o lanzándose al vacío desde los edificios en llamas; hubo una censura, se dice, para no herir la sensibilidad de la audiencia. En diciembre del mismo año estaba en España pasando las fiestas navideñas y tuve ocasión de ver un documental retrospectivo de los mismos atentados en TVE, con abundancia de imágenes de esas personas cayendo o lanzándose al vacío desde las torres gemelas. Mi sorpresa fue mayúscula por el contraste visual informativo. Todavía no tengo claro cual es la opción más correcta.
El 31 agosto de 2005, el huracán Katrina asoló la ciudad de Nueva Orleans. Los días previos, las autoridades locales habían dado orden de evacuar la ciudad ante la inminencia de la catástrofe, pero muchos ciudadanos no pudieron hacerlo por falta de medios y se quedaron atrapados en los barrios más desfavorecidos, que fueron precisamente los más afectados por las inundaciones, o en el gigantesco Super Dome en el centro de la ciudad, que funcionó como centro de acogida y refugio. Las imágenes de estas personas atrapadas y de otras que murieron ahogadas fueron retransmitadas por casi todas las cadenas de TV de todo el mundo, aunque parece que algunos canales optaron por no hacerlo. Muchos americanos de otros ciudades y estados se quedaron estupefactos al descubrir el nivel de pobreza en el que vivían algunos de sus conciudadanos, y admitían desconocer el grado de miseria que existía y existe en amplias áreas de su propio país, y no solo en ciudades como Nueva Orleans.
Estoy de acuerdo en que las imágenes de una tragedia deben respetar los derechos a la privacidad, a la intimidad y evitar más dolor a los propios afectados y/o a sus familiares cuando las imágenes permiten que sean reconocidos con claridad por la audiencia, pero en algunos casos como el del huracán Katrina, creo que deben ser retransmitidas por todos los canales y medios, respetando los derechos antes citados, para que todos conozcamos la cruda realidad social de unos hechos que, de otro modo, nunca hubieran sido conocidos.
En relación a que si hay fotos más horrendas, si, pero no son publicadas y simplemente la de la niña que va corriendo con fuego en la espalda, por cobardes militares gringos durante la guerra de Vietnam, acaso no es más horrenda?. Y les digo cobardes porque eso son, tanto miedo tenían que se desató una epidemia de adictos a la heroína que el gobierno de Washington temía la expansión de la epidemia cuando regresaran los «héroes» a la tierra profanada llamada Estados Unidos de Norteamérica. Pero cuando los cobardes se supieron a salvo desapareció la dichosa epidemia cuando regresaron a la tierra más sucia del planeta.
Ramón Lobo sobre esa fotografía en concreto:
«Sí, toda foto que respete a la víctima es publicable. Además no se ve su cara, y muestra una realidad y una tragedia. Estas imágenes salieron al principio y nunca más. La realidad es esta y a quien no le guste, que se joda.»
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Otra de doble filo, también del 9/11:
http://www.slate.com/articles/arts/culturebox/2006/09/i_took_that_911_photo.html
Muy interesante. Hay unas cuantas de este tipo. «El desinterés de occidente», «la insensibilidad contemporánea» y tal. Suelen recibir premios, estas fotos mentirosas. La de tu link es una de esas fotos que se desmontan con una simple pregunta a los protagonistas. Y ese es trabajo del fotógrafo. Si un fotógrafo hace esa foto y no pregunta, quizá pueda llamarse a sí mismo fotógrafo pero de ninguna manera se le puede considerar periodista.
Donde están las opiniones de los redactores gráficos? creo que este artículo, muy acertado por cierto, esta cojo, y es que falta la opinión de los que hacemos estas imágenes y sobre todo de los editores gráficos que deciden en un sentido u otro, al final pasa como en muchos medios españoles acaban opinando los periodistas porque la figura del editor gráfico no existe, no entiendo vuestra miopía
Interesante artículo, pero echo en falta más intervenciones de fotoperiodistas, editores gráficos y profesionales de la imagen. O de qué estamos hablando??
Muy acertado lo que dice Juan Pablo Arenas de Radio 5, pero… ¿a nadie le ha molestado lo de las becarias? A mí sí. Cito:
«En cambio, recuerda el tratamiento sentimental de las becarias de las televisiones cuando se cayó el avión de Spanair en Barajas. Vestiditas enseñando muslo. Me cuentan que muchas tuvieron que ir al psicólogo por ver muertos. Pobrecitas. Mi padre no le preguntó a nadie cómo se sentía. Por suerte.»
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Interesante debate deontológico. También me apunto a los que dicen que el límite de mostrar la cruda realidad lo ponen la información aportada y el morbo: si hay más información que morbo vale, si hay más morbo que información no vale. Generalmente, todo el mundo está de acuerdo con el enunciado; la diferencia surge en donde establece cada cual sus límites.
Además, está el problema de la banalización de este tipo de imágenes. Si se publican en exceso, cada vez las aceptaremos como algo más normal y nos impactarán menos y nos indignará menos que ocurran esas cosas y las imágenes cada vez tendrán que ser más crudas. Por eso creo que hay que reservarlas para cosas realmente excepcionales que requieran ser mostradas.
Un ejemplo muy reciente de lo que digo:
Hace unos días se encontró un cadáver en La Pedriza. elmundo.es publicó un plano medio de lo que quedaba del esqueleto: cráneo y torso. El abc.es publicaba esa misma imagen y otras dos: un plano general en el que se veían los restos entre las rocas y un gran general en el que se veía a alguno de los excursionistas en el lugar, pero sin que se viesen los restos.
De las tres imágenes disponibles, el plano medio que publicaron tanto Abc como El Mundo, es propia de forenses, puramente morbosa para el resto, un regodeo en el estado de los restos. El plano general con los restos los mostraba sin caer en el morbo y aportaba más información del lugar rocoso y escarpado. Y el gran general, si bien no muestra el cadáver, complementa a la anterior y nos muestra el lugar por el que podría haber caído.
En mi caso, habría publicado el plano general con los restos y el gran general como imagen adicional. Ahí estarían mis límites. ¿Dónde estarían los vuestros, publicaríais el plano medio para esta noticia?
La enlazo: http://www.abc.es/local-madrid/20131102/abci-esqueleto-pedriza-madrid-201311012122.html
Esto fue una pequeña decepción, Jot Down.
A mí me parece que el artículo cojea de cuatro patas a la vez, porque no veo opiniones de expertos en fotografía, salvo la de un editor.
Pero esta es una enfermedad que contrajimos hace mucho. Lo explica muy bien Pepe Baeza:
«La supuesta facilidad para valorar fotografías se convierte en un factor clave en este proceso: las intervenciones en decisiones fotográficas de periodistas dotados de nula cultura visual se basa precisamente en la creencia de muchos de ellos de que sí la tienen; la aparente simplicidad de la lectura de las fotografías parece no exigirles el conocimiento de los estilos, de la técnica, de la historia de su lenguaje y de sus usos habituales, y les ‘permite’ emitir opiniones y veredictos a partir de la consideración de elementos de denotación pura; todo eso, más el conocimiento estereotipado de una serie de recursos expresivos de la fotografía de prensa, la autorreferencialidad, lleva a muchos lectores a la consideración, íntima o de conveniencia, de que ante una fotografía una opinión vale tanto como cualquier otra».
(…)
«Si bien es cierto que el disfrute de un libro puede ser tan intenso en un simple aficionado como en un gran crítico literario, a ningún editor se le ocurriría encargar al aficionado la preparación de una colección literaria».
— Del libro «Por una función crítica de la fotografía de prensa»
Enhorabuena por el artículo y gracias por los comentarios, muy interesantes.
Un inciso, por si a alguien le resulta curioso: de los periodistas entrevistados, quince son hombres y dos mujeres. (y acabo de fijarme al releerlo). De todas las personas a las que se hace referencia en el texto, salvo las familiares de Norberto Hernández, solo una es una mujer: Dorothea Lange. Me llamó la atención el recuento sexual y quería compartirlo con ustedes.
Debemos tomar en cuenta, que la fotografía en sí, podría ser la representación de algún sentimiento: no es el sentimiento en sí mismo, repito, es sólo una REPRESENTACIÓN. En México tenemos al señor Enrique Metinides, el cual lleva una larga carrera como fotógrafo de «nota roja» y muchas de sus fotografías, van más allá del morbo… En cuanto al trabajo que tenía que hacer, claro que muchas de las fotografías muestran la muerte trágica tal y como es, pero por otro lado, el señor Metinides tiene imágenes que dicen más que fotografías explicitas de personas ensangrentadas. Siempre existirán personas más sensibles que otras, pero no por eso se cambiará la forma de capturar un instante de la vida.
MUY INTERESANTE EL ARTICULO: LA FOTOGRAFIA ES UN MEDIO DONDE SE PLAZMA UN MOMENTO Y JAMAS SE BORRA, MI PREGUNTA ES SOBRE LO QUE REALMENTE CONMUEVE A UN SER HUMANO SOBRE ALGO QUE ES INTANGIBLE PERO EN ALGUN MOMENTO FUE REAL, A MUCHOS NOS MUEVE QUIZAS LA CURIOSIDAD EL MORBO O SENCILLAMENTE EL GUSTO POR LO QUE SOLO PODEMOS VISUALIZAR, MAS SIN EMBARGO ME INQUIETA EL SABER SI UN VERDADERO FOTOGRAFO SE HACE CON EL PASO DEL TIEMPO O REALMENTE ES MERA CASUALIDAD EL MOMENTO QUE LE TOCO PLAZMAR DICHA IMAGEN; PORQUE COMO ES BIEN SABIDO, LAS MEJORES FOTOS SON HABECES LAS QUE SON EXPONTANEAS SIN PENSAR NI BUSCAR EL MOMENTO, EN FIN ME AGRADA ESTE ARTICULO
Como bien dice el refrán »Una imagen vale más que mil palabras», por esto, podemos decir que es mucho sencillo dirigir la conducta del receptor mediante las palabras que con fotografías (dejando a un lado el uso de photoshop y otras manipulaciones posibles). Ya que una imagen, tiene infinidad de interpretaciones, pero los hechos siempre serán los hechos. Por tanto, opino que no tendría que haber imágenes ni textos censurados puesto que indistintamente de que puedan ser innecesarios, y a veces demasiado explícitos, es la realidad. Y no por esconderla va a dejar de existir. Aunque por otro lado también observamos el mal uso de este tipo de contenido que se hace meramente para causar sensacionalismo y así atraer la atención de la gente. Desde mi punto de vista todo tendría que ser expuesto y mostrado tal y como es, para que así cada uno, según sus criterios pueda seleccionar aquello que quiera ver o creerse.
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