Pero ¿qué son las favelas?

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Favela de Complexo do Alemao en Río de Janeiro. Fotografía: Cordon Press.

«Neumáticos incendiados, disparos y una protesta que terminó con al menos un muerto se registraron esta noche, a cincuenta días del Mundial, en varias calles de Copacabana, una de las zonas más turísticas de Río de Janeiro, tras la muerte violenta de un habitante de una favela cercana». El teletipo de agencia escupía el otro día una ducha de realidad en cuatro líneas sobre la delicada situación por la que pasa la ciudad-escaparate de Brasil. De todas las palabras hay una sola en portugués, pero es tan familiar que no merece cursiva. También es cierto que lleva incorporado un barniz de connotaciones negativas asociadas incluso por omisión: fuego, disparos, violencia, muerte, favela. Al leer la noticia en la prensa, en algún punto del planeta habrá algún turista futbolero con el billete en la mano que se habrá pensado dos veces el viaje al Mundial. Craso error. Al menos sin saber antes qué son las favelas. Y ya de paso cuándo, cómo, dónde y por qué.

En rigor, una favela es una comunidad de vecinos —oficialmente, de más de veinte casas— ubicada en un terreno informal y con servicios deficientes. En definitiva, un barrio precario. En total hay mil setenta y una favelas en Río de Janeiro, según el censo de 2010, pero hoy ya hay varias decenas más: una favela se forma con suma rapidez, como ocurrió de manera notoria recientemente en Río y Sao Paulo. Si existen las favelas es por pura y simple supervivencia, dado el desnivel económico de un país donde rige como patrón un salario mínimo que alcanza a duras penas los doscientos euros y que tiene de siempre un déficit habitacional y un pésimo planeamiento urbano, sumado al aluvión cíclico de emigrantes rurales a las grandes ciudades. Estos barrios han pasado por muchas etapas, pero las secuencias se repiten históricamente, echando más y más humo sobre un tema capital: la propiedad y el uso de la tierra.

Como todo lo desconocido, las favelas —o comunidades, uno de sus sinónimos eufemísticos— provocan temor y atracción, miedo y curiosidad al mismo tiempo en quien no las ha pisado. En el caso de Río de Janeiro, impresionan por su avasalladora presencia. Lo que para el planeta es fascinante, en el sentido lato de la palabra, para Río de Janeiro es rutinario, pues forma parte inextricable de su ser. Basta ver un mapa de la enorme ciudad carioca señalizado para entenderlo. O simplemente mirar para arriba, a las montañas. La favela, que para el neófito puede llegar a ser un averno tropical, es el lugar donde habita, atención, uno de cada cinco cariocas. O sea, casi un millón y medio de personas. La aplastante mayoría, sonroja tener que decirlo, es gente del común que se levanta para trabajar cada mañana y que antes de acostarse hace exactamente lo mismo que el brasileño millonario o que el de clase media: ver la telenovela y el fútbol, medicina diaria. Que tiene menos poder adquisitivo y menos garantías sociales y políticas, pero que forma parte del sistema, sobre todo cuando baja de su casa. Los porteros de edificio, cajeras de supermercado, peluqueras, albañiles, conductores de autobús, taxistas, pero también, cada vez más, estudiantes de Derecho, personal trainers, fotógrafos e informáticos habitan en favelas. También, es verdad, hay más desempleo, familias disfuncionales, población en situación de riesgo. Y en la mayoría de las favelas aún rige un poder paralelo al Estado, dominado por grupos fuera de la ley. Por todo ello decir favela inspira sospecha, cuando no terror, para quien no las conoce. Y facilita la recreación de estereotipos ampliamente difundidos por el cine y la televisión, del Zé Pequeno de Ciudad de Dios al capitán Nascimento de Tropa de élite, modelos que no sacan de dudas al que llega a Río. Ese que ve las moles de ladrillo sin revestir dominando las montañas y se sigue preguntando: pero, ¿qué diablos son las favelas?

La primera favela se llamó… Favela

La favela de Morro do Pinto en 1912. Fotografía: Anónimo (DP).

Río cumple en unos meses cuatrocientos cincuenta años. Las favelas, poco más de ciento quince. Pero a estas alturas no se entiende una cosa sin la otra. En 1896 estalló la guerra de Canudos, en realidad una rebelión popular con trasfondo religioso en el estado de Bahía, recreada, entre otros, por Mario Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo, y aplastada por el ejército en menos de un año. Los soldados, una vez terminada la contienda, volvieron a Río a cobrar el salario y la recompensa del Gobierno. De tanto esperar por la burocracia, acabaron instalándose en una de las colinas más céntricas de la ciudad. Se llamaba Morro (cerro) da Providencia, pero lo rebautizaron Morro da Favela, según la mayoría de historiadores, en honor a la planta homónima que crecía en el monte donde acampaban durante la guerra. La soldada jamás llegó y en consecuencia los veteranos de guerra formaron el primer barrio de chabolas carioca. Y a partir de entonces el nombre se usó para denominar a los muy similares lugares que empezaron a brotar como setas. Las comunidades precarias empezaron a conformar una realidad que contrastaba en la idílica postal de la aristocrática sociedad de la capital de una república heredera de un imperio que acababa de abolir la esclavitud nueve años antes, o sea anteayer. Es probable que existiesen otras favelas antes que la Favela, pero ya quedó para siempre establecido el precedente, en contraposición al asfalto o ciudad formal.

Con el avance del nuevo siglo llegó una oleada de inmigrantes a las grandes ciudades, especialmente desde el humildísimo nordeste del país, para construir literalmente una nueva nación, el famoso País del futuro del archicitado ensayo de Stefan Zweig. Ocurrió, por ejemplo, con Bernardino y Aurora, una pareja de jóvenes que en 1942 emigraron desde el estado de Pernambuco casi sin saberlo, atraídos por el trabajo en la entonces floreciente capital del país, y terminaron ocupando un lote mínimo de tierra fangosa en la ladera del cerro llamado Providencia —antes Favela—, y teniendo hijos casi por camada: doce. Ellos no lo sabrían, pero varias generaciones después, Roberto, uno de sus muchos nietos, contaría a través de su familia la historia transversal de Río de Janeiro, y de paso, la de un término ya convertido en universal.

Mis abuelos llegaron aquí sin nada de nada y levantaron su casa para sacar adelante a una familia enorme, sin luz ni cloacas. Aquella época era complicadísima y criar hijos una cosa tremenda. Mis abuelos dirigieron la casa y formaron parte de un barrio orgulloso de su historia. Ahora en su casa, que empezó siendo una barraca, vivimos siete familias. Tenemos un sitio donde vivir gracias a ellos, y esa es una historia que se repite en casi todas las favelas de la ciudad.

Samba, fútbol y guerra

Favela de Morro dos Prazeres. Fotografía Dany13 (CC).

La mezcla de procedencias y razas —con predominancia de descendientes de los africanos traídos durante la esclavitud, solo abolida en 1888— sumada a un excepcional cruce de factores geográficos y sociales, convirtieron a la favela en el centro de una cultura emergente, un vivero donde floreció la tríada fundamental de la identidad carioca del siglo XX: samba, carnaval y fútbol. Ninguno nació específicamente allí, e incluso el tercero fue cosa de élites blancas durante décadas, pero los tres se reinventaron en los morros hasta darle a la ciudad, al país, una fertilidad mágica de la que se felicita el planeta entero. En ese paraje en continua efervescencia, además, los índices de criminalidad eran residuales en comparación con lo que vendría después. Lo que no quiere decir que vivir en la favela en los años veinte, treinta, cuarenta fuese Disney, precisamente. Lo supieron Bernardino y Aurora, que a duras penas pudieron criar a sus hijos redoblando esfuerzos y trabajos, y todos los que vinieron después hasta Roberto, que como él nacieron, crecieron y se reprodujeron en un lugar expuesto a la discriminación de los de abajo. Que son los de arriba, recordemos.

Yo iba al colegio y me decían: ¿de dónde vienes? Del morro de Providencia. ¡No vayas con ese, que es un ladrón y un bandido! Siempre hemos llevado encima el estigma de ser favelado. ¿Cómo es eso de que un kilo pese menos aquí que abajo? Aquí la presunción de inocencia es al revés, hasta que no se demuestre lo contrario soy culpable.

Roberto, hoy treinta y ocho años, a diferencia de otros muchos, pudo estudiar y desarrollarse como si fuese un niño del asfalto durante la década en que cambió por completo la historia de las favelas y por tanto de la ciudad de Río de Janeiro, los años ochenta. Por aquel entonces pequeñas organizaciones criminales sin matriz de cartel ni planificación aparente pero con el olfato del tiburón que huele la sangre empezaron a tomar el control de los barrios. Enseguida fueron espoleados por el tráfico de drogas, que multiplicó la entrada de dinero en las comunidades. La violencia se hizo presente como rutina de un patrón criminal que enseguida se enquistó como poder atomizado y paralelo al del Estado, a través de diferentes facciones dispersas en las cientos de comunidades de la ciudad, algunas agrupadas en siglas tristemente célebres (CV, ADA, TCP) y con un modelo vertical. No es casualidad que al jefe del cotarro le llamen dono (dueño) del morro, en una jerarquía que continúa con los gerentes de las bocas de fumo, o puntos de venta de droga, los endoladores —soldados que empaquetan y dejan lista la mercadoría— los vaporeiros (vendedores) y los fogueteiros u olheiros, vigías del tráfico y primer escalafón que avisan si se aproxima la policía o una facción enemiga. De arriba abajo hasta llegar al punto más cercano de la ciudad formal, casi siempre ajena a un mundo adyacente pero no mezclado, donde jóvenes en bermudas y sandalias y armados hasta los dientes dominaban —dominan— la vida de miles de personas. Así vivió ese Río durante décadas: tiroteos, balas perdidas, torturas, muerte. Y con un modelo de sociedad diferente al resto, combatido por el Estado de forma errática e igualmente violenta durante treinta años hasta que se abrió camino una nueva política emparentada —demasiado, en opinión de los críticos— con el nuevo Río del Mundial y los Juegos Olímpicos.

Una pacificación demasiado cara

Presencia policial en la favela de Pavao-Pavaozinho, en Río de Janeiro, el pasado 23 de abril. Fotografía: Cordon Press.

Lo que ven Roberto y sus dos hijos desde la terraza común a las otras seis familias de primos y hermanos es un privilegio al alcance de muy pocos: a sus pies está el barrio portuario de Río, la bahía de Guanabara y ahí, flotando, como esperando algo, los grandes cruceros que atracan cada día repletos de turistas. La Providencia, aquella favela inaugural, ha terminado por convertirse en pieza codiciada. Tiene una vista de trescientos sesenta grados de toda la ciudad desde el centro mismo de la urbe, específicamente desde una zona que estaba —está aún— degradada por décadas de abandono pero que ahora es el centro del programa de revitalización llamado Porto Maravilha. En realidad es un emprendimiento urbanístico, por no decir inmobiliario, que se ha hecho con la concesión de un barrio que, prometen, nada tendrá que envidiar a Barcelona —su gran referencia— en la nueva fachada al mar de Río. Para ello recalificaron terrenos donde agonizaban viejas construcciones portuarias, devenidas esqueletos de un tiempo mejor, con la idea de revitalizar una zona que parece sacada de una película de zombis, una gentrification en toda regla que incluía el desplazamiento de buena parte de los cuatro mil habitantes de la favela más antigua de la ciudad. La lucha de los vecinos y, también, la titubeante Administración, han hecho que de momento los planes no hayan salido del papel.

Para el año pasado tenían prevista la inauguración de un teleférico que comunicaría la Estación Central de Brasil hasta aquí mismo, hasta la entrada de la comunidad. Y al mismo tiempo, desde la entrada querían hacer un funicular para que los turistas pudieran subir hasta la cima, para hacer la película de los pobres con vista, todo muy bonito. Pero todo está parado. Por suerte, estamos en 2014 y de momento solo han salido ciento noventa y seis personas, y el resto seguimos aquí, sabiendo los planes del Ayuntamiento, pero dispuestos a luchar y resistir. Todo lo que construyó mi familia ahora lo quieren tirar. Nos quejamos, claro, porque nosotros nos sentimos parte de un negocio del que no formamos parte.

Lo que les ocurre a Roberto y al resto es, en su opinión, consecuencia directa de la política de seguridad desarrollada por el Estado de Río de Janeiro desde 2008, positiva en muchas cosas, no tanto en otras. El nuevo modelo, a mitad de camino entre lo planeado y lo improvisado, que prometía el cambio más radical de la historia reciente de la ciudad: la pacificación de las favelas, así, en cursiva, esta vez al menos, porque no todos los implicados están de acuerdo en la nomenclatura. Se trataba de la toma por parte del Estado de determinadas comunidades dominadas por el narcotráfico con el fin de reducir los índices de criminalidad letal de Río, según el arquitecto del plan, el secretario de Seguridad Pública, José Mariano Beltrame:

Queríamos que la población recuperase su derecho de ir y venir en esas comunidades donde ahora también reciben servicios públicos y privados que antes no llegaban por el miedo al narcotráfico. Aunque no todo llegue a la velocidad que deseemos, tan solo el hecho de abrir las puertas de las comunidades para la entrada de iniciativas de cualquier tipo ya representa una disminución en las disparidades sociales.

Y de momento salió a medias: después de cinco años y medio, hay casi cuarenta Unidades de Policía Pacificadora (UPP) que dan servicio a más de cien comunidades, en su mayoría del arco turístico de las playas y el centro. He ahí una de las críticas, pues la mayoría de las comunidades están en zonas mucho menos visibles para el turismo y la clase media y alta, en favelas en muchos casos apartadas de la vida real de la ciudad, mal comunicadas y peor atendidas por los servicios públicos. Un mundo paralelo en una ciudad que presume de ser el decorado natural urbano más bonito del mundo.

La experiencia piloto de la pacificación se llevó a cabo en la comunidad de Santa Marta, en la acaudalada zona sur de la ciudad. Allí se creó la primera UPP. Dos años después, el proceso tuvo su mayor momento de gloria cuando la policía reconquistó el entonces bastión más importante del tráfico de drogas, el complejo del Alemao, en 2010, y otros dos años después, la favela Rocinha, de más de cien mil habitantes, en 2012. Pero lo que parecía la panacea, un Río en paz, se reveló problemático justo cuando se llegaba a los cinco años de proyecto, en parte por la reactivación del crimen, que nunca había salido del todo, en parte por la endémica corrupción de la Policía Militar y por su larga lista de víctimas: primero se encarceló a los responsables policiales de la favela Rocinha por la desaparición de un albañil llamado Amarildo, convertido en mártir civil de la población de las favelas. Luego, en el episodio narrado al principio, cientos de personas se echaron contra la policía en plena Copacabana en protesta por la muerte de un joven bailarín de la comunidad Pavão-Pavãozinho. Y en el medio quedan mil y una historias sin contar en los medios locales sobre las actuaciones policiales que, por primera vez, empiezan a ser contestadas sin miedo por la población de las comunidades. Cada semana se reproducen protestas violentas en favelas pacificadas en una espiral que mantiene desconcertada a la seguridad pública de la ciudad. Y en medio de eso, el narcotráfico ha contraatacado, con ofensivas a las unidades de pacificación en un aparente plan coordinado desde las cárceles por los líderes de los grupos criminales. Hablamos, claro, de las favelas visibles, las ocupadas, que son minoría. Enfilando hacia la zona oeste, se pueden hacer kilómetros y kilómetros circundando favelas sin parar. Y sin pacificar. De hecho, son más de la mitad de la ciudad, que en muchos casos además ni siquiera están dominadas por narcotráfico y mucho menos se espera a la policía: quienes mandan son milicias, grupos de expolicías y exmilitares (o incluso en activo), bomberos y otros servidores públicos que funcionan como un grupo mafioso que extorsiona a la población a cambio de supuesta protección y a la que le venden electricidad, internet o televisión, clásico de un régimen de terror, y que gana terreno cada año. Según los últimos cálculos, cuatro de diez favelas de Río están dominadas por la milicia, otras cinco por el narcotráfico y la que resta, por la policía.

Favelas chic

Una favela en el centro de Río de Janeiro. Fotografía: Dany13 (CC).

La comunidad donde vive Roberto es un promontorio que parece hecho a medida para construir una vista alternativa a los tradicionales miradores del Pan de Azúcar o el Cristo. Aunque de momento están paradas las obras del plano inclinado y el teleférico, sabe que llegarán: están en un lugar incomparable. Eso mismo ocurre en las comunidades con balcón al Atlántico. Orográficamente, Río de Janeiro es única: con un espectacular paisaje que conjuga montaña, selva y mar, el decorado es el de una ciudad formal en el asfalto trufado de morros repletos de vegetación y favelas. Y eso se multiplica en la zona sur: a cada barrio rico, una o varias favelas. Tienen vidas separadas pero votan en los mismos colegios electorales, se bañan en la misma playa y bailan en los mismos blocos de carnaval. Hasta el experimento de Santa Marta, aun así, les separaba la barrera de fuego que por primera vez empezó a borrarse. Hay quien vio un futuro en estas comunidades, como Edgar Costa, catalán, treintañero, que se apresuró a comprar una casa en la favela Vidigal, la más fotografiada de Río porque es la que crece a las faldas del morro Dois Irmãos, en la punta del imbatible combo que forman las playas de Ipanema y Leblon. De siempre se ha dicho que Vidigal tiene las mejores vistas, pero pocos extranjeros se aventuraban a vivir de forma permanente pensando que aún había balas perdidas y una ley que no se ajustaba a lo que habían vivido en su país. En cuanto fue pacificada, en 2011, Costa ni se lo pensó: visitó la inmobiliaria que funciona en la favela, en una oficina de cuatro metros cuadrados, y le ofrecieron varias opciones. Una de ellas, con título público de propiedad y por veinticinco mil dólares.

No lo hice por especulación, aunque está claro que si yo me voy antes de los Juegos Olímpicos el valor se multiplicará. A mí me atrae la favela por su forma de vida, pero sin tiros. La pacificación no es perfecta, pero las ventajas en muchos sentidos son obvias. El hecho de que Vidigal forme parte de la zona sur hace que haya gente que venda su casa y el mercado se encarga solito de que entren extranjeros como yo, pero creo que el vecino de la favela se beneficia.

A estas alturas no solo hay extranjeros, sino albergues, hoteles boutique y nuevos emprendimientos cada semana, con servicios propios de barrios ricos en medio de una comunidad. Una favela chic. Mientras, el creciente mercado inmobiliario en las favelas de la fachada litoral sur de la ciudad hace que los precios aumenten como la espuma con la pertinente razón de la demanda, en definitiva una lógica que siguieron los países del norte del mundo, al menos hasta que la burbuja les estalló en la cara.

Y después del Mundial y los Juegos, ¿qué?

Con todo el puzle sobre la mesa, todos se preguntan qué le espera a la ciudad después de los eventos. Todos son la policía, el narcotráfico, los analistas, los habitantes del asfalto y los políticos, pero también sobre todo, los habitantes de favelas como las que componen el complejo de Maré, dieciséis barrios, ciento treinta mil personas. A principios de abril fue ocupado primero por la denostada policía militar, luego por el ejército. Hoy, y al menos hasta que deje de rodar el balón el 12 de julio, pasean tanques, jeeps y sobrevuelan helicópteros verde oliva con soldados pertrechados con fusiles automáticos. Para los vecinos cambia la estampa de forma notoria —uniformados en vez de chavales en bermudas vendiendo droga en la calle— pero el efecto psicológico es muy parecido. Lo dice Eliana Sousa, directora de la ONG Redes da Maré.

Aquí siempre hubo vida cotidiana, trabajamos, estudiamos, tenemos proyectos sociales, militamos, reivindicamos, y la verdad, muchos derechos llegaron (basura, luz, agua) a pesar de los grupos que regulaban la vida cotidiana. No puede ser que en una ciudad la gente vaya armada. Merecemos una experiencia republicana, más que estar solo controlados por otro grupo, aunque se llame policía. Hemos visto toda la vida cómo la policía nos estigmatiza por ser de una favela, y sufrimos por eso, y por eso a veces nos hemos sentido mejor tratados por el narcotraficante que por el policía. Eso tiene que cambiar.

Es tan complicado el presente como aterrador el escenario que ocupa: hay lugares de Maré donde los edificios surgen como coladores al paso de los tanques. En la llamada calle Divisa, las dos principales facciones del narcotráfico de la zona dirimían hasta anteayer sus diferencias a tiros de fusil y mortero, dejando una escena más propia de Oriente Medio que de Brasil. Pero no está a la vista del visitante, ni siquiera ahora que está ocupada por el ejército. Esas favelas, ubicadas en un territorio privilegiado entre las dos principales vías que unen el aeropuerto de Río con el centro, están ocultas tras grandes paneles de metacrilato dispuestos a lo largo de las autopistas hacia la zona noble de la ciudad, lo que sugiere una comparación con la situación general de Río: ¿la pacificación tapa pero no soluciona los problemas? Más adelante Roberto mira el puerto desde su casa y ve un futuro barrio hecho a medida de turistas y gente con recursos pero sin sus pobladores de más de un siglo. ¿Es esto el progreso para toda la sociedad? Él, como tantos afectados, cree que las favelas se desplazan pero no desaparecen, más bien al contrario. Y eso es difícil que lo equilibren un Mundial y unos Juegos Olímpicos.

Una pintada de protesta en la Favela da Paz, una de las más cercana al Estadio Maracaná. Fotografía: Cordon Press.

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8 comentarios

  1. Pingback: Pero ¿qué son las favelas?

  2. João Carlos

    Descreve com cores fracas o coração deste pobre país.
    Ao estrangeiro que vier à copa será impossível retornar sem ter a alma contrita, e sentir-se cúmplice e algoz da favéla, ainda que se exponha, pessoalmente como vítima em potencial.
    Armas, aqui, só as tem o governo e os bandidos. O povo honesto e trabalhador está à mercê de ambos, e nenhum tem piedade. a realidade «deles» é a sobrevivência a qualquer custo. Em resumo, a copa trará (trouxe) oportunidades de ganancia à empreiteiras e construtoras vinculadas ao governo, corrupto e corruptor, demagogo, que dá e engana aos pobres tirando do trabalhador, pagador de impostos e arrimo do país.
    Corrupção, assalto, roubo, violência é o que espera o turista nos aeroportos, táxis, hotéis, restaurantes, e em todos seus passos.
    Gostaria que fossem todos os povos ben-vindos, recebidos fraternalmente, mas não levarão boas lembranças daqui.
    Lamento.

  3. Yo que he tenido la suerte de poder trabajar y convivir en algunas de esas favelas cariocas como puede ser la de Jacareziho o las de la vecina ciudad de Niterói, o si nos vamos mucho más lejos Jardim Nordeste en la ciudad paulista lo que más me ha sorprendido ha sido la normalidad con la que la gente vive en esas ciudades a espaldas de la ciudad. No puedo olvidar la segunda vez que entré a Jacarezinho con el coche y unos chavales de 14 años me pusieron una pistola en la cabeza, todavía no estaba pacificada, no puedo olvidar ese armazón de un helicoptero de policia en el suelo, derribado por el lanzamisiles de algún habitante de la favela y que allí permanecía como un trofeo, como un perenne aviso de que esto no es Copacabana, aquí no mandáis vosotros. No puedo olvidar lo dura que fue esa pacificación, como muchos niños no volvieron a sus casas durante días «refugiados» en el Colegio Salesiano que se encuentra justo en la frontera que divide su ley de la ley del Estado. Y hoy, para ser más precisos ayer, me llegó ese mail que tanto esperaba para poder echar una mano a unos compañeros de prensa que querían rodar en la «pacificada» favela, la respuesta es clara: «No lo vemos prudente, aunque todo el mundo diga que esta favela está pacificada los problemas persisten allá por donde pasa la policia, los problemas se ven menos, están más ocultos, pero son los mismos de hace años. La pacificación no es real, pasará la copa, pasarán los juegos y la policia se marchará. En las favelas más visibles han creado instalaciones deportivas para los jóvenes, han pintado, han limpiado, aquí no, aquí simplemente han impuesto la ley de que no se vea lo que haces».

    Curiosamente, en esa misma favela, hace apenas cinco meses, yo me sorprendía al encontrarme tres ópticas, tiendas de videojuegos y sobre todo una agencia de viajes que anunciaba viajes a DisneyWorld y cruceros por el Caribe, la respuesta de Adriana fue clara: «No todos somos narcos aquí, aquí casi todos trabajamos, el terreno donde tenemos nuestra casa no es nuestro, por eso los servicios de limpieza municipales no pasan por aquí, sin embargo, somos trabajadores, somos ciudadanos, Jacarezinho es una ciudad dentro de otra ciudad, es una ciudad olvidada».

  4. Pingback: Reportaje: ¿Qué son las favelas? | Latinoamericano Revista digital

  5. Pingback: Antimundial en el país del fútbol | Mediavelada

  6. Patricia Angela Diez González

    Que impotencia no poder ayudar a todas esas familias,con trabajo Educación y ojalá que nunca les faltara el apoyo de muchos personajes que tienen los medios para darles lo que más necesitan,trabajos para todos los que aún estan atados de manos,teniendo su profesión y en muchos casos con hijos.Dios está y está con todos ustedes,jamás pierdan la Fe y Esperanza.Soy chilena.

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