101 recetas para practicar el canibalismo

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Grabado Amerikaner de Johan Froschauer, para el libro El nuevo mundo, de Americo Vespucio, en 1505.
Grabado «Amerikaner» de Johan Froschauer, para el libro El nuevo mundo, de Americo Vespucio, en 1505.

Verdadera historia y descripción de un país de salvajes desnudos, feroces y caníbales situado en el nuevo mundo América, desconocido en la comarca de Hesse antes y después del nacimiento de Cristo, hasta que hace dos años, Hans Staden de Homberg en Hesse, lo conoció por experiencia propia y cuyas características revela ahora por medio de la imprenta, ese fue el título —descriptivo aunque no muy escueto— del libro en el que Hans Staden narró su experiencia con los caníbales de América a mediados del siglo XVI. Como podemos deducir a él no lo devoraron, pero le faltó muy poco.

Pero antes pongámonos en antecedentes. La llegada de Colón a América supuso el primer contacto de los europeos con los taínos, que fue considerada una tribu pacífica y hospitalaria en oposición a sus enemigos los caribes. De estos feroces guerreros hostiles a los visitantes se decía que incluso se alimentaban de otros seres humanos y como el término «caribe» evolucionó por el uso de la lengua hasta pronunciarse «caníbal», dicha práctica que se les atribuía pasó a llamarse «canibalismo». En el año 1503 la reina Isabel la Católica dictó en relación a sus nuevas posesiones en el Nuevo Mundo que quedaba prohibida la esclavitud… salvo en relación con estos ingratos caribes, autorizando que «los puedan cabtivar e cabtiven, para llevar a las partes e islas donde quysieren, e porque los puedan vender e aprovecharse dellos sin que por ello caigan nin incurran en pena alguna».

Hecha la ley hecha la trampa, así que quién hubiera imaginado que entonces comenzasen a proliferar los testimonios y noticias acerca de la abundancia y peligrosidad de tales gentes. Algo que llevó a Bartolomé de las Casas a señalar precisamente que las denuncias de canibalismo solían darse en las áreas en las que los nativos ofrecían más resistencia a la colonización. Aunque si bien pudieron ser exageradas o utilizadas interesadamente para justificar la esclavitud y promover la cristianización, tales descripciones no eran meramente fantásticas y la antropofagia fue una práctica ritual relativamente común. Con ella a menudo lo que se pretendía era o buscar venganza, o bien apropiarse de cualidades (más adelante veremos que ha sido una idea recurrente en todas partes) como la valentía o la inteligencia de los enemigos. En ese sentido el antropólogo Claude Lévi-Strauss sostenía que la antropofagia es «el medio más simple de identificar a otro como uno mismo». Pero además de todas las interpretaciones simbólicas y culturales que podamos elaborar al respecto de esta en principio no muy respetable costumbre, la pregunta que inevitablemente se nos viene a la cabeza es: ¿sabe rica una persona?

La intuición nos sugiere que, pongamos por caso, Bar Refaeli debe de estar deliciosa, aunque en este punto cada uno tiene su particular ejemplo de hombre o mujer a quien devoraría hasta no dejar ni un meñique. Sin embargo los testimonios existentes respecto al canibalismo no son tan categóricos. El monje franciscano Claude d’Abbeville recorrió como misionero las tierras del actual Brasil en el siglo XVI, dejándonos escrito:

No es por parecerles delicioso comer esta carne humana que su apetito sensual les hace propensos a semejantes manjares. Pues me acuerdo que algunos de ellos me confesaron que después de haberlos comido, a veces tenían que vomitarles, porque sus estómagos no tenían la capacidad de digerirlos. Si ingieren tal comida es solo para vengar la muerte de sus antecesores y para satisfacer la rabia insaciable que va más allá de lo diabólico, que tienen en contra de sus enemigos.

Por su parte el célebre explorador Americo Vespucio indicaba lo contrario:

De la carne, la humana es entre ellos alimento común. Esta es cosa verdaderamente cierta, pues se ha visto al padre comerse a los hijos y a las mujeres, y yo he conocido a un hombre, con el cual he hablado, del que se decía que había comido más de trescientos cuerpos humanos, y aún estuve veintisiete días en una cierta ciudad, donde vi en las casas la carne humana salada y colgada de las vigas, como entre nosotros se usa colgar el tocino y la carne de cerdo. Digo mucho más: que ellos se maravillan porque nosotros no matamos a nuestros enemigos y no usamos su carne en las comidas, la cual dicen es sabrosísima.

Atlas de Johannes Schoner (1520) mostrando la «Canibalor terra».
Atlas de Johannes Schoner (1520) mostrando la «Canibalor terra».

A otro misionero, muy posterior en el tiempo y esta vez en África, W. Holman Bentley, le dijeron al respecto: «los blancos consideráis la carne de cerdo como la más exquisita, pero no puede compararse con la carne humana» e incluso el hijo de un jefe local fue más lejos aún al decirle «desearía poder comerme a todas las personas del mundo». Dado que el propio misionero entraba en tal categoría no sabemos qué le respondió, pero cabe imaginar que no se sentiría muy cómodo. En ese sentido hay un testimonio particularmente interesante que mencionábamos al comienzo, el de Hans Staden. Pues estamos acostumbrados a leer comentarios acerca de gente que come y luego nos lo cuenta, ¿pero qué hay acerca del punto de vista del propio alimento? ¿Y si el que nos habla no es el gourmet sino su delicatessen?

Hans nació en la localidad alemana de Homberg en 1525 y a la edad de veintidós años quiso probar suerte en el Nuevo Mundo, partiendo desde Portugal. Tras un primer viaje a Brasil que acabó mal debido a varios enfrentamientos tanto con nativos americanos como con barcos franceses, al año siguiente lo intentó de nuevo esta vez desde Sevilla. Su barco naufragó cerca de la isla de Santa Catalina pero tuvo suerte y logró ser contratado para custodiar un pequeño fuerte portugués en Bertioga, en plena selva. Allí pasó una temporada hasta que cierto día, durante una expedición de caza, fue capturado por los tupinambá. Como estaban enemistados con los portugueses y él formaba parte de uno de sus fuertes su destino no era muy halagüeño. El hecho de que le hicieran gritar al llegar al poblado «yo, vuestra comida, llegué», tampoco invitaba al optimismo. Pero logró convencerlos de que en realidad era francés y así retrasar la ejecución. Así mismo, mientras se acercaba el día de la ceremonia también logró comunicarles que adoraba a un dios de inmenso poder, que montaría en cólera si veía que un inocente era sacrificado y por casualidades de la vida en ese momento se produjo una epidemia en la aldea. Fue entonces cuando comenzó a ganarse el respeto de sus captores, que aumentó al expresarles que rezaría por de su jefe, que también había caído enfermo y quien afortunadamente volvió a recuperar la salud unos días más tarde. Un tiempo después consiguió que los tripulantes de un barco francés pagasen un rescate por él y regresó a Europa, donde escribió sus memorias logrando un formidable éxito editorial, al que también contribuyeron las cuidadas ilustraciones que lo acompañaron. De esa manera quedó fijado en la mentalidad europea el estereotipo acerca de las tribus de caníbales. Pues si bien él mismo no fue devorado, sí que tuvo la oportunidad de contemplar durante su cautiverio cómo se desarrollaba el ritual con otros menos afortunados.

Tenía lugar durante una fiesta en la que se invitaba a miembros de localidades vecinas, se bebía en abundancia y se practicaban diversos juegos y burlas con la víctima, hasta que el jefe local tomaba un palo llamado Iwera Pemme y lo pasaba por debajo de las piernas de quien eligiera: él tendría el honor de ejecutar al prisionero de un garrotazo en la nuca. Una vez muerto se le introducía un palo en el ano y era desollado. A continuación se le cortaban los brazos y las piernas y se troceaba el tronco, con cuyos intestinos se hacía un caldo llamado Mingau. Los restos eran repartidos para que cada uno se llevase un trozo a su casa y el ejecutor era marcado en el brazo con el diente de un animal, lo que incrementaba su estatus.

El martirio de San Juan Evangelista, de Stephan Lochner.
El martirio de San Juan Evangelista, de Stephan Lochner.

Otras tradiciones

Ritos con más o menos variaciones se repetían a lo largo del continente, como en el caso de los méxicas, que preparaban un plato llamado tlacatlaolli consistente en maíz y carne humana. En otros lugares como la Polinesia eran más exquisitos y solo se comían el ojo izquierdo, que es donde suponían que se alojaba la inteligencia. Y entre los cafres de Madagascar al parecer se comía el ombligo, pues ahí estaba la sede del coraje. Igual hacían chistes como nosotros con los donuts, sobre que lo más rico era el agujero, quién sabe. En Nueva Guinea lo aprovechaban todo, aunque tenían especial inclinación por los penes, que asaban sobre cenizas. En las islas Tonga se extraían los intestinos y se rellenaban los cuerpos de piedras calientes para asar la carne, mientras que los guaica del Orinoco seguían una tradición común a otros lugares, consistente en carbonizar un cadáver y luego molerlo, ese polvo era posteriormente mezclado con una pasta de plátanos y agua y se bebía durante alguna celebración.

Otras veces lo relevante no está en el proceso de elaboración sino en el propio alimento. El navegante James Cook terminó sus días en el estómago de otros y exploradores y aventureros occidentales en África como Henry Morton Stanley o Byron Khun de Prorok no desaprovechaban la ocasión de incluir cada pocas páginas en sus memorias algún enfrentamiento con tribus caníbales, un peligro más vistoso aunque en realidad menos frecuente en aquellos tiempos que caer enfermo por beber agua en mal estado o sufrir la picadura de algún insecto venenoso. Tampoco faltaron las ocasiones en que se produjo el caso inverso, como en la expedición de Juan de la Cosa de 1505, cuando a falta de más alimentos capturaron a un indio para comérselo hervido. Y el cristianismo por su parte tiene una sólida tradición en lo que a cocción de santos se refiere, desde San Lorenzo a San Juan Evangelista. Por no mencionar los dulces como los llamados huesos de santo o las tetas de Santa Águeda. Pero todo ello no es casualidad, pues al fin y al cabo el rito más característico del cristianismo, la eucaristía, es una forma de canibalismo simbólico: «tomad y comed, este es mi cuerpo» y «tomad y bebed todos de él, porque esta es mi sangre».

Las diversas tradiciones culturales al respecto de la antropofagia son infinitas interpretaciones de una misma melodía. También tienen su interés los episodios históricos de grupos aislados por diversos motivos que tuvieron que comer carne humana para no morir de hambre, desde poblaciones sitiadas, náufragos que se comían a algún compañero cuando ya no quedaban más opciones según la llamada «costumbre del mar» o el célebre suceso de los supervivientes del accidente aéreo de los Andes. También tenemos abundante información sobre los casos de los asesinos en serie recogidos por los medios de comunicación durante las últimas décadas y recreados en películas y novelas. Pero quizá todo ello no sean más que leves aproximaciones, mordisqueos en los bordes, en comparación con un hallazgo relativamente reciente que va al meollo del asunto y que explica el médico Manuel Moros Peña en su muy recomendable y rigurosa Historia natural del canibalismo. Según cuenta, la tribu fore de Nueva Guinea se vio afectada por una extraña enfermedad neurológica que los investigadores comenzaron a tomarse en serio a mediados de los años cincuenta. Tras varios años de estudio descubrieron que estaba vinculada al «mal de las vacas locas» y que se debía a sus costumbres caníbales. Lo interesante es que aquellos miembros que participaron en rituales antropófagos pero no fueron infectados tenían una mutación que fue bautizada como M129V. Era muy antigua, de en torno a medio millón de años, y debió ser favorecida por la selección natural como protección frente a las consecuencias de la antropofagia. Más tarde se descubrió que una mutación similar es compartida por el 63% de la población mundial. Es decir, buena parte de los seres humanos descendemos de antepasados que debieron practicar el canibalismo con mayor o menor frecuencia.

En conclusión, según indican algunas noticias, esta ancestral práctica no ha llegado a extinguirse por completo mientras esperamos el futuro prometido en Soylent Green. Si somos lo que comemos, tal como suele decirse, entonces quizá no fuera mala idea y así comprobásemos de una vez por todas si esta carne es sabrosa o no. Aunque algunos son incapaces de esperar y periódicamente adquieren protagonismo en los medios por sus proezas culinarias,  aquí encontrarán las recetas que faltan para llegar a las ciento una prometidas a cargo del Ferran Adrià del canibalismo.

Canibalismo en Brasil en 1557, grabado de Theodor de Bry.
Canibalismo en Brasil en 1557, grabado de Theodor de Bry.

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10 comentarios

  1. Pingback: 101 recetas para practicar el canibalismo

  2. Me ha recordado a este relato extraordinario que leí hace algún tiempo también sobre canibalismo.

    http://hyperbole.es/2012/06/un-alegato/

    “Hace ya años que descubrí el canibalismo. De pequeña rechazaba los alimentos que mi madre me ofrecía porque en ninguno de ellos hallaba ese sabor particular que, sin conocerlo aún, es el único de mi agrado. Una textura tierna, casi viscosa, con un regusto ácido que no todos aprecian pero por el cual yo enloquezco (…)”

  3. Pegaso

    Delicioso artículo, pero me vais a permitir un pequeño apunte muy de Gordopilo: la iconografía de San Juan siendo hervido procede de una mala traducción de los evangelios, y dónde aparecía el “martirio en Porta Latina” se tradujo sencillamente como el “martirio en la tina” (lo de echarle agua caliente y hervir hasta que esté blandito ya tuvo que deberse a la imaginación de los autores medievales). Otro caso común de iconografía errónea es el de Moisés y los cuernos (hasta en el de Miguel Ángel aparecen), que una vez más es producto de un latín mediocre y no de que Doña Séfora hubiese aprovechado la afición de su marido a la escalada para otros menesteres.

  4. Manuel Moros Peña

    Estimado Javier: muy honrado por tu apreciación de mi libro. Un abrazo

  5. Joseph

    Sin hablar propiamente de canibalismo, Freud en “Tótem y Tabú” concluye que en un estadio primigenio las tribus adquieren las propiedades que buscan o desean del otro, usando pieles de animales por ejemplo.
    La teoría de Strauss guarda mucha similitud con la de Freud.

    “O bien apropiarse de cualidades como la valentía o la inteligencia de los enemigos”…
    El Dr Lecter si que estaba jodido entonces eH!.

    • Manuel Moros Peña

      Estimado Joseph: En Totem y Tabú, Freud sí habla directamente del canibalismo, como de una práctica mágica llevada a cabo para apropiarse de las cualidades del enemigo; una de las variedades más frecuentes de la antropofagia. Un saludo

      • Joseph

        Saludos Manuel, hace años que no re-leo el libro y no tengo porqué no creerte, ya decía yo.

        • Manuel Moros Peña

          Y aunque no he venido aquí a hablar de mi libro, aprovecho para recomendaros mi última obra, tampoco apta para estómagos delicados: Los médicos de Hitler (Nowtilus). Un abrazo a todos

  6. Isaías

    Aparte de las explicaciones ritualizadas que se apuntan aquí, recuerdo que el antropólogo Thomas Harris, puede que en Bueno para comer (no estoy seguro), apunta a que, en realidad, el canibalismo, rituales y significaciones mágicas al margen, tendría que ver, en realidad, con la escasez de fuentes de proteina animal en determinadas zonas. Viene a decir, y no sé, ojo, si lo que dice es un disparate, que no es casual que en todas o la mayoría de zonas en las que hay evidencias claras de práctica sistemática del canibalismo escaseen las presas de mediano y gran tamaño para el consumo humano. Visto así, la carne humana no sería sino una fuente proteínas especialmente valiosa y las razzias para capturar desdichados pertenecientes a tribus y pueblos vecinos no sería sino una particular forma de salir de caza. Insisto, puede no ser más que una disparatada interpretación de Harris pero reconozco que, al menos cuando la leí, no me pareció una locura… Who knows…

    • Isaías

      Rectificación: el autor al que me refiero es Marvin Harris. A saber con quién andaré mezclando…

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