El declive de los pintores dementes

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Utermohlen reflejó la evolución de la enfermedad de Alzheimer pintando autorretratos
Utermohlen reflejó la evolución de la enfermedad de Alzheimer pintando autorretratos desde que le fue diagnosticada en 1995. Fuente: Galerie Beckel Odille Boïcos.

En 2001 la banda galesa de los Manic Street Preachers publicaban la canción «His last painting» en su sexto álbum, Know your enemy. La pista estaba dedicada al proceso de demencia que sufría Willem de Kooning (1904-1997, alzhéimer multifactorial diagnosticado a los ochenta y cinco años). Este pintor de origen holandés y nacionalizado estadounidense ya se había convertido en uno de los maestros del expresionismo abstracto americano, junto con referentes como Mark Rothko o Jackson Pollock. El diagnóstico de la enfermedad de Alzheimer le llegó cumplidos los ochenta años, lo que produjo un cambio en su estilo pictórico que disparó las ventas de sus obras más antiguas. Su obra Interchange, de 1955, superó los veinte millones de dólares en la casa de subastas de Sotheby’s. Tras su diagnóstico, Willem pintó más de trescientas cuarenta obras que han sido enormemente valoradas por algunos críticos de arte. A la misma vez su capacidad cognitiva descendía a los infiernos, llegando a confundir a su esposa con su hermana y siendo finalmente declarado incapacitado de forma legal debido a su demencia, lo que otorgó la tutela de su patrimonio a su hija Lisa.

El caso de de Kooning generó varios artículos de la relación entre demencia y arte en prestigiosas revistas médicas, entre ellas la británica The Lancet. Sin embargo, tanto la pintura abstracta desarrollada por el pintor americano como los métodos de detección de la enfermedad de la época no permitieron establecer con precisión una asociación directa entre el trazo del artista y la degeneración irreversible de su cerebro enfermo.

El caso paradigmático de la asociación entre pintura y alzhéimer pudo establecerse en la siguiente década. Empezaban los noventa cuando la esposa de William Utermohlen (1933-2007, enfermedad de Alzheimer diagnosticada a los sesenta y un años), Patricia, empezó a tener sospechas de que algo no iba bien. Patricia Utermohlen, Pat, profesora de Historia del Arte, empezó a darse cuenta de que William comenzaba a tener problemas a la hora de hacerse el nudo de la corbata, de escribir o de llevar las pequeñas cuentas de las finanzas caseras. Por entonces, William ya era un pintor de cierto éxito tanto en Europa como en Estados Unidos. Sus ascendentes habían llegado en el siglo XIX a América, provenientes de Alemania. William, que nació allá por los años treinta del siglo pasado en el sur de Filadelfia, había destacado desde su más tierna infancia en el dibujo y la pintura, aficionándose especialmente a dibujar personas y retratos.

En 1995 William fue diagnosticado de enfermedad de Alzheimer «probable», que es como se diagnostica este proceso neurodegenerativo cuando el paciente está vivo. Tenía sesenta y un años y hasta entonces una salud de hierro, que solo se había visto alterada seis años antes, cuando sufrió un accidente de tráfico que le dejó más de media hora inconsciente. A partir de entonces, y parece ser que por petición de Ron Isaacs, un enfermero amante de su obra que le incitó a seguir pintando, y junto con la supervisión y empuje de Pat, William realizó una serie de quince autorretratos que se han convertido en un recorrido único e intimista de cómo brota la enfermedad de dentro a fuera, de cómo las capacidades artísticas se pierden mientras las neuronas se van atrofiando o muriendo, de cómo el cerebro pierde su capacidad espacial para generar trazos que definan un rostro, de cómo los colores se apagan pasando del verde al gris, de cómo la dura mirada del pintor refleja la sospecha de la temida enfermedad y de cómo los ojos se vuelven tristes, convirtiendo la nitidez de las facciones en ovillos de rayas y borrones que no permiten adivinar los rasgos faciales mínimos de la cara que quiere ser pintada.

Cuenta Pat que la última conexión que pudo establecer Utermohlen con otro artista fue con Francis Bacon, mientras escrutaba el retrato del papa Inocencio X que había pintado Diego Velázquez. Y por alguna razón que ya nadie recuerda, tras observar largamente el retrato del papa pintó su autorretrato con los rasgos célebres del pintor dublinés.

Si Utermohlen reflejó la evolución de la enfermedad de Alzheimer pintando autorretratos, el proceso neurodegenerativo de Carolus Horn (1921-1992, diagnóstico de alzhéimer a los sesenta y tres años) puede trazarse por las sucesivas pinturas del puente Rialto de Venecia. Carolus fue diagnosticado del mal de alzhéimer en 1984, y al menos pintó cinco veces el famoso puente entre los años 1978 y 1988. Tras su diagnóstico, Carolus siguió pintando a diario hasta su fallecimiento.

Fuente Universität Heidelberg
El puente de Rialto de Venecia pintado por Carolus Horn en distintas etapas de su enfermedad. Fuente: Universität Heidelberg.

Llama la atención que los tres pintores, de muy diferentes estilos y escuelas, mantuvieran la necesidad de seguir pintando casi hasta su muerte tras la terrible noticia de la aparición de la enfermedad. En el caso de Utermohlen, aunque murió en 2007, su esposa piensa que realmente desapareció en el año 2000, cuando ya no fue capaz de volver a pintar. En su ocaso, Utermohlen acabó acercándose al expresionismo alemán próximo a los pintores de Die Brücke y alejándose del arte más figurativo de su etapa previa a la enfermedad. Después de su muerte, cedió su cerebro a la investigación, a lo que se había comprometido dos años después de su diagnóstico. Dice Pat que tras aceptar la donación de su cerebro pintó aterrado su Autorretrato con sierra.

Durante el proceso pictórico posterior al diagnóstico resulta difícil saber hasta dónde llega la voluntad del artista en la realización de sus obras y hasta dónde influye la degeneración progresiva de su cerebro. Sea como fuere, los cuadros postdiagnóstico del mal transmiten tristeza en los rostros, reflejan la desestructuración del equilibrio en las proporciones, dibujan la desorganización en los trazos, marcan la ausencia de coherencia en el uso de colores y promueven la aparición de errores de composición. En definitiva, se puede realizar un recorrido de la pérdida de las capacidades cognitivas del artista a partir del momento del diagnóstico de la enfermedad.

Los cuadros de los pintores dementes acaban reflejando la soledad del artista frente al lienzo, la rabia en las expresiones faciales tras la noticia de la enfermedad, y la progresiva pérdida de habilidades manuales y cerebrales. Otra de las huellas significativas de las pinturas de los artistas durante el proceso de demencia es la regresión infantil de sus composiciones, que tienden al garabato, y en los que desaparece el uso de colores. Parece ser que el desuso de los tonos verde y azul es característico de los enfermos, ya que discriminan mejor el rojo y el amarillo. A pesar de todo ello, resulta casi imposible arrancarles la necesidad de crear, de seguir pintando, sugiriendo el uso de la pintura como un componente terapéutico que resulta ser el motor de la ejecución de sus obras artísticas.

Desde luego, la manera de entender la vida y el sombrío futuro próximo no les permite alterar la necesidad de la actividad artística, especialmente sabiendo que tienen al enemigo dentro. Y no hay como conocer al enemigo para mirarlo con amargura a la cara e intentar conjurarlo con las herramientas de la razón y el arte. Como decían The Manics, know your enemy.

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2 comentarios

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  2. Joseph

    Se que esta clase de demencia senil es terrible, y en otro orden de ideas, me ha recordado algunas pinturas de como el músico Luigi Russolo, parecía largar en ese proceso degenerativo.
    Por diferentes motivos, pero con una demencia muy puntual.

    http://luigi.russolo.free.fr/

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