Las astutas (y perversas) tretas de los inquisidores para lograr confesión

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Escena de El nombre de la rosa. Imagen: Constantin Film / France 3 / Les Films De Ariane / Cristaldi Film / RAI.
Escena de El nombre de la rosa. Imagen: Constantin Film / France 3 / Les Films De Ariane / Cristaldi Film / RAI.

Imagínese que está viviendo en torno a los siglos XIII a XVIII, año más año menos, se encuentra en su casa disfrutando de todas las comodidades que podría ofrecer una casa por aquella época, y entonces llegan unos agentes del Santo Oficio y lo acompañan de malas maneras ante un tribunal. Allí se le informa de que alguien le ha acusado de un delito de herejía, castigado con penitencia, cárcel o muerte. A continuación el inquisidor le menciona uno o dos nombres y le pregunta que si los conoce. Si responde que no, entonces de acuerdo a las leyes de tan peculiar tribunal usted ya no tendrá derecho a recusarlos alegando enemistad, pues no puede uno llevarse mal con quien no conoce. El testimonio de ellos será entonces considerado válido y ya lo sentimos, ahí acaba todo, posiblemente también su vida. Pero supongamos que hubiera dicho que sí. En tal caso el inquisidor le habría preguntado a continuación «si sabe que haya dicho el tal algo contra la fe». Si responde que no, entonces estaría liberando de sospecha a su acusador, lo cual sería francamente malo para sus intereses, de forma que en un rapto de lucidez opta por decir que sí. En ese momento viene la tercera pregunta: ¿Es amigo o enemigo suyo? Ahí a pesar del creciente nerviosismo tal vez intuyó que si decía que era enemigo entonces su acusación de que dijo «algo contra la fe» perdería credibilidad, así que afirma que no hay enemistad con él. Craso error. En tal caso ya no podrá recusar su testimonio. Así que recapitulemos: hay que responder afirmativamente a las dos primeras preguntas y «enemigo» en la tercera. Bien, de momento se ha librado, el problema es que el proceso contra usted solo acaba de empezar…

Un proceso que convertía a Kafka en realismo social y que tuvo una sofisticada metodología, unas motivaciones que le permitieron pervivir durante siglos y unos autores intelectuales. En torno al año 1376 el inquisidor general de Aragón Nicolao Eymerico redactó un libro que alcanzaría una notable influencia, el Directorium Inquisitorum, también conocido posteriormente como Manual de inquisidores, para uso de las inquisiciones de España y Portugal. Además de servir de inspiración para Malleus Maleficarum o Martillo de brujas, del que ya hablamos en su momento, su principal aportación fue convertirse en eso mismo que señalaba su título, siendo reimpreso en varias ocasiones a lo largo de los siglos. Un compendio que debía aleccionar a todos los inquisidores, mostrándoles no solo las normas legales a seguir sino también una serie de estratagemas, técnicas de manipulación y sofismas con los que consolidar su posición ante cualquier posible crítica y alcanzar la máxima eficiencia en salvar las almas —a costa de sus cuerpos, eso sí del mayor número posible de sospechosos. Dado que los bienes de los condenados por herejía eran requisados y pasaban a cubrir las necesidades y el sustento de los inquisidores, no era de extrañar que mostrasen tanto celo en su labor. ¿Y si con ello terminaban condenando a algún inocente? Eymerico se apresura a despejar cualquier asomo de mala conciencia en sus lectores:

El que se acusa, faltando a la verdad, comete a lo menos culpa venial contra la caridad que a sí propio se debe, y miente, confesando un delito que no ha hecho. Mentira que es más grave, siendo dicha a un juez que pregunta como tal, y así es pecado mortal.

«Aquellos polvos», de la serie Caprichos, de Francisco de Goya
«Aquellos polvos», de la serie Caprichos, de Francisco de Goya.

Curioso razonamiento sofístico: si algún inocente fuese condenado tras confesar delitos no cometidos debido a las artimañas y el tormento de sus inquisidores, sería igualmente merecedor de la condena por haber mentido. Además, añade el autor, «si sufre con paciencia el suplicio y la muerte, alcanzará la corona inmarcesible del martyrio». Hasta le hacen un favor y todo. Así que los jueces podrán ir a calzón quitado contra todo el que se les pongan por delante, pero no era desde luego el único sofisma que empleaban para blindar su posición. Como recordarán algunos lectores, en El nombre de la rosa el inquisidor Bernardo Gui (que realmente existió y escribió otro manual de inquisidores) comenzaba su exposición señalando que uno de los indicios de estar actuando al servicio del demonio era negar que se estuviera actuando al servicio del demonio, con lo que no dejaba muchas salidas a cualquiera a quien quisiera señalar… Pero siguiendo con Eymerico, nos advertía también de que una vez dictada la condena era peligroso mostrar cualquier tipo de clemencia:

Como lo acredita el caso siguiente, que presencié yo propio en Barcelona. Un clérigo condenado junto con otros dos hereges pertinaces, estando ya metido en las llamas, clamó que le sacasen, que se quería convertir, y en efecto le sacaron, quemado ya por un lado. No diré si hicieron bien o mal; lo que sé es que de allí a catorce años se supo que seguía predicando heregías, y que había pervertido mucha gente, y preso fue entregado al brazo seglar, y quemado.

La ejecución además debía ser pública, asegurándose de lograr el mayor número de asistentes, aunque se procuraba cortar antes la lengua del desdichado para que no escandalizase con sus juramentos:

Me tomaré con todo la libertad de decir que me parece muy acertado celebrar esta solemnidad los días festivos, siendo provechosísimo que presencie mucha gente el suplicio y los tormentos de los reos, para que el miedo los retrayga del delito. (…) Este espectáculo penetra de terror a los asistentes, presentándoles la tremenda imagen del Juicio Final, y dejando en los pechos un afecto saludable, el cual produce portentosos efectos.

Tipos de cargos y procedimiento

Así que como ha ocurrido tantas veces a lo largo de la historia, una vez decidido que determinado número de personas ha de ser castigada ya solo falta decidir por qué motivo. La invocación del demonio, la hechicería, la adivinación, la sodomía, la bigamia y el bestialismo eran buenas razones, aunque también podían ser causa de condena otras más aparentemente laxas como la blasfemia. En la que podía incurrirse por ejemplo expresando en voz alta el dicho «tan malo está el tiempo, que Dios mismo no puede ponerlo bueno». Hacer chistes sobre Dios, la fe y los santos tampoco era recomendable y luego estaba la grave cuestión de lo que se decía durante las borracheras: ahí nuestro autor distingue entre los «enteramente borrachos» y los que «no estén más que alegres», que ya no tendrían perdón. Así mismo consideraba condenable utilizar los textos de las Sagradas Escrituras en «galanteos para requebrar a una muger», un método de ligar del que hasta ahora no habíamos tenido noticia y que habrá que probar. Pero si achicharrar a alguien entre las llamas por lo anterior ya es un tanto cuestionable hay otro apartado que, francamente, no nos parece nada bien. Según afirmaba ufano «se conocen con mucha facilidad los que invocan al demonio por su mirar horroroso, y su facha espantable, que proviene de su continuo trato con el diablo». Es decir, lisa y llanamente, era capaz de enviarte a la hoguera por feo.

Una vez cometida la herejía, el Santo Oficio podía tener conocimiento de ella mediante tres vías: por acusación, por delación y por pesquisa. El primer caso es el que mencionábamos al comienzo, que se distingue porque el acusado puede conocer los nombres de sus acusadores. Pero esto podía dar lugar a represalias, así que la institución ofrecía la oportunidad de delatar a alguien desde el anonimato. Curiosamente en tal caso, explica Nicolao, «cuando la delación hecha no lleva viso ninguno de ser verdadera no por eso ha de cancelar el inquisidor el proceso». Respecto a las pesquisas, consistían en patrullas por todas las casas, aposentos y sótanos, para cerciorarse de que no hay en ellos herejes escondidos.

Los sospechosos de herejía eran según el caso citados ante el tribunal o capturados y llevados por la fuerza. En el caso por ejemplo de que el acusado huyera a otra población, el tribunal debía enviar un modelo de formulario a sus autoridades ordenando su captura, que detalla nuestro autor y que difiere bastante del tono burocrático y anodino de la prosa administrativa contemporánea. Era el siguiente:

Nos, inquisidores de la fe, a vos …, natural de tal país, tal obispado. Siempre ha sido nuestro más vivo deseo que ni el javalí del monte, esto es el herege, devorase, ni los abrojos de la heregía sofocasen, ni el ponzoñoso aliento de la sierpe enemiga envenenase la viña del Dios de Sabaoht (…) Este mal hombre cometiendo más y más delitos, arrastrado de su demencia, y engañado del diablo, que engañó al primer hombre, temeroso de los saludables remedios con que queríamos curar sus heridas, negándose a sufrir las penas temporales para rescatarse de la muerte eterna, se ha burlado de Nos, y de la Santa Madre Iglesia, escapándose de la cárcel. Pero Nos, deseando con más ardor que primero sanarle de las llagas que le ha hecho el enemigo, y anhelando con entrañable amor traerle a dicha cárcel, para ver si anda por el camino de las tinieblas o el de la luz, os ordenamos y exhortamos que le prendáis, y nos le envieis con suficiente escolta.

«No hubo remedio», de la serie Caprichos, Francisco de Goya.
«No hubo remedio», de la serie Caprichos, Francisco de Goya.

Una vez ante el tribunal se le hacían las preguntas citadas y se usaban contra los testimonios con los que se contase. Los testimonios de otros herejes eran válidos pero solo si incriminaban a alguien, no si lo exculpaban. Así mismo si algún testigo inicialmente había considerado inocente a alguien pero tras el debido tormento lo acusaba, solo se tenía en cuenta esa segunda deposición. ¿Cuál era entonces la reacción de los inculpados? Nicolao nos advierte contra las fingidas lágrimas fruto de su astucia, no de su inocencia. Por ello enumera diez prácticas de los acusados contra las que todo inquisidor debe estar prevenido:

– Usar el equívoco.
– La restricción mental.
– Retorcer la pregunta.
– Responder maravillados.
– Usar tergiversaciones.
– Eludir la contestación.
– Hacer su propia apología.
– Fingir vahídos.
– Fingirse locos.
– Afectar modestia.

Pero el juez tiene a su vez otras armas de la inteligencia con las que neutralizarlas que el maestro Eymerico nos proporciona en su manual. La primera es «apremiar con repetidas preguntas a que respondan sin ambages y categóricamente a las cuestiones que se le hicieren». La segunda es hablar con blandura, dando ya por cierta la acusación, haciendo ver al reo que ya lo sabe todo y que en realidad es una víctima engañada por otro, de manera que cuanto antes confiese antes podrá volverse a casa. Una estratagema que puede complementarse con la tercera, que consiste en hojear cualquier papel de interrogatorios anteriores mientras se afirma categóricamente «está claro que no declaráis verdad, no disimuléis más», haciéndole creer así que en ellos hay pruebas contra él. La cuarta es decirle al sospechoso que se tiene que hacer un viaje muy largo, por ello es mejor que confiese ahora, ya que si no tendrá que permanecer todo ese tiempo retenido en la cárcel hasta la vuelta del juez, y será peor. La quinta será multiplicar las preguntas hasta encontrar alguna contradicción. La sexta es ganarse la confianza del acusado ofreciéndole comida y bebida, visitas de familiares y amigos a su calabozo y prometiéndole reducir la pena si confiesa. En este punto considera lícito mentir y hacer promesas ilusorias. La séptima consiste en compincharse con alguien de confianza del reo para que le sonsaque la verdad con complicidad, incluso haciéndole creer que es de la misma secta. En este caso debe haber un escribano escondido tras la puerta que tome nota de la confesión del sospechoso, de producirse. Si todo lo anterior no funcionase, entonces se recurrirá a la cuestión del tormento. Para ello propone usar el instrumento de tortura llamado potro. De él había dos variantes, en una se ataban brazos y piernas tirando en direcciones contrarias hasta lograr el dislocamiento de los miembros, y en la otra atar el cuerpo y las extremidades tensando cada vez más la cuerda hasta que atravesase la piel y provocara desgarros en la carne. Aunque se muestra partidario de estas prácticas, Nicolao advierte de que deben usarse con cautela para no provocar la muerte del acusado. Al fin y al cabo ya está para eso la hoguera.

La confesión de culpabilidad acababa produciéndose tarde o temprano, en un punto u otro. No había escapatoria. Si una vez dictada la sentencia el culpable apelaba contra ella, nuestro severo inquisidor de Aragón nos regala otro razonamiento circular al respecto: la apelación se estableció en beneficio de la inocencia y no para ser apoyo del delito, un condenado no es inocente pues por algo ha sido condenado, y por lo tanto alguien que no es inocente no puede tener la oportunidad de apelar. Tal argumentación a él le convencía, así que punto final. Y si la lógica y la razón nos impiden darlo por cierto… ¿No serán entonces la lógica y la razón instrumentos del demonio?

Auto de fe de la Inquisición, de Francisco de Goya.
Auto de fe de la Inquisición, de Francisco de Goya.

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18 comentarios

  1. Pingback: Las astutas (y perversas) tretas de los inquisidores para lograr confesión

  2. Jesús Couto Fandiño

    Perversidad la veo por todos lados, pero astucia, francamente, poca. Básicamente, te torturo y te quemo porque me da la santa gana y tengo todo el poder y por encima puedo inventarme tonterias para justificarme porque total, si te quejas te quemo a ti también…

  3. Los alemanes tienen su vergüenza eterna, los españoles tenemos esta.

    • Ismael

      Pues no, la verdad es que las quemas de brujas centro europeas superaron en mucho a las ibericas. Hay mucho mito con la inquisición española, las hubo peores.

      • Elmer Homero

        Pues tampoco, no se si las hubo peores o mejores, pero parece ser que no estas tomando en cuenta la masacre que realizó la iglesia española en america

    • Manuel

      Aunque la leyenda negra propagada a los 4 vientos por el mundo anglosajón nos persigue siempre como país, lo cierto es que los tribunales inquisitorios de los países del norte de Europa (especialmente Alemania) dictaron bastantes, pero bastantes cientos más, de sentencias de muerte por herejía que los tribunales españoles (aún con todas las barbaridades que cometieron, una cosa no quita la otra). Aquí se llevaba más lo de confiscar bienes y recluir.
      Lo más curioso es que esos tribunales de países del norte de Europa estuvieron en vigor algunos cientos de años menos que los españoles. Es decir, en menos tiempo se cargaron a muchos más.
      Peeeeero, casualmente en la Edad Moderna eramos los más odiados del continente. Y como España no se ha distinguido a lo largo de su historia por sus grandes historiadores (salvo honrosas excepciones), han sido otros los que contaron la historia y la contaron a su manera. Tan bien que hasta nosotros mismos nos la acabamos creyendo.
      Esto no lo digo yo, animo a cualquiera con afición a la historia a que busque, se documente y compare fuentes.

    • Tribunales de la Inquisición los hubo por toda Europa, y por lo visto algunos funcionaban de forma más eficaz y cruel que los españoles.

  4. Estoy estudiando este tema a fondo por motivos personales y con rigor (no basándome en una novela con múltiples errores como la de U. Eco). La mayoría de los procesos inquisitoriales acababa con la absolución del sospechoso o con penas leves de carácter espiritual. Aproximadamente entre el 2 y el 5% de los procesos acababan con el relajamiento al brazo secular, que es quien castigaba la herejía con la hoguera. Siendo un tribunal incompatible por resultados con la fe y moral cristiana, está lejos de la brutalidad de la que normalmente se le acusa. Este artículo está trufado de insinuaciones y mitos largamente rebatidos por la investigación histórica. En un año la gloriosa revolución francesa mató a más gente que la I, y en juicios y procesos mucho peores desde el punto de vista del derecho procesal.

    • Alex, me gustaría que me documente, cuales son sus fuentes, me da la impresión que Usted es un católico que quiere ocultar la atrocidad de dicha inquisición.

  5. Dra. Stallaert

    Pedro, la vergüenza eterna es de los «españoles». En realidad, nazis e hispánicos buscaban la pureza (racial unos, de cristianismo viejo los otros, la misma mierda en envase diferente, odio común a los judíos, dicho sea de paso, Hitler admiraba a los Reyes Católicos y por muy nazis razones, que no interpretaciones, entendía muy bien cómo ejercieron el poder absoluto y cómo impusieron un modelo de pureza enfermiza a la sociedad), pero mientras los nazis fracasaron en sus políticas de limpieza étnica (si bien por ser derrotados), los poderes hispánicos sí alcanzaron la solución final: ningún judío, hereje, etc. quedó vivo donde el brazo imperial alcanzaba.

    Y no sólo eso, sino que esa política demencial y delirante perduró durante más de 400 años. Por todo el imperio.

    • minded

      La misma pureza que buscaban otros muchos países: religiosa (los calvinistas suizos, anglicanos ingleses y católicos franceses mataron herejes hasta indigestarse), racial (los pogromos antijudíos por antonomasia, antes del nazismo, se practicaban con gran jolgorio en la Rusia zarista), etc.

      Así que vergüenza eterna para todos, amigo. El único país supuestamente tolerante de la Edad Moderna eran los Países Bajos. Y digo «supuestamente» porque los católicos, por ejemplo, eran sospechosos de papismo e incluso hispanismo, y si bien no eran quemados sí acababan marginados.

    • kilgore

      Así que la inspiración de Hitler eran los Reyes Católicos…. Y supongo que los planes para la solución final los encontrasteis en algún viejo manuscrito imperial. No te jode.
      Que cada palo aguante su vela bonita. Un montón de muertos en el armario tenemos todos. Pero es muy gracioso que la leyenda negra sea española, y nuestras antiguas colonias estén llenas de indios y mestizos. En las de los otros, que son unos tolerantes del copón y hay cuatro y encerrados en reservas.

  6. Midnighter

    Como ya han dicho, la inquisición protestante fue mucho peor que la católica, que también fue mala. Lo curioso es que, a pesar de ello, los países europeos de raíz protestante derivaron en lugares con un mayor arraigo en materia de derechos sociales que los católicos.

  7. Carmen

    Pues las tretas de los interrogatorios me recuerdan mucho a las series americanas policiacas que veo en televisión. Eso, tretas y engaños por parte del interrogador para que el reo confiese :-(

  8. Isaías

    Buena descripción. Sólo que, por suerte para todos, sobre esto ya se puede hacer historia o, si se quiere, arqueología sin temor a que el Santo Oficio venga a llevársenos. Lo terrible es que el comunismo, en cualquiera de sus variantes (estalinismo, maoísmo, castrismo) he elevado los métodos del Santo Oficio a los más altos niveles de cinismo y refinamiento. Y hay muchísima gente que aún padece ese obsceno sistema de gobierno. Se habla del nazismo y de los procesos a los que sometieron a tantísima gente con los resultados que cabe esperar. Y está bien que se recuerde eso. Pero es que las purgas de Stalin o lo que significó la Revolución Cultural o el Gran Salto Adelante en China dejan todo eso en pañales. Y recordemos la farsa que significó en Cuba el juicio a Ochoa o el caso actual de Corea del Norte. Circulaba en su día el siguiente chiste en la URSS: dos que se encuentran y uno, que ve al otro con mala cara, le pregunta qué le pasa. «Pues que me han condenado 15 años al gulag». «¿Y eso por qué fue?» «No, por nada». «Uff, pues debe haber un error». «¿Tú crees?» «Y tanto: por nada son mínimo 25 años».

  9. Rafael

    Estas prácticas entran en el top 10 de «Grandes calamidades de la historia»

  10. Aquí es donde la pregunta más inquietante nos hace mella, ¿como se han sucedido estas cosas con la anuencia del silencio del cielo?.

  11. Muy de acuerdo con Alex y los que han señalado a la maldita leyenda negra sobre España. Yo también he estudiado a fondo la Inquisición Española, y ha sido muy muy desmitificador, de hecho hago visitas guiadas al Castillo de San Jorge, en Sevilla, la sede de la Inquisición en la ciudad( con Sevilla4Real) y resultan de lo más reveladoras para casi todos los asistentes, pues efectivamente, nos hemos creído la historia negra de España que los enemigos tan bien escribieron. Solo añado, que uno de los privilegios de ser Familiar de la Inquisición era que solo podías serjuzgado por el Santo Oficio, y que todo el que podia intentaba ser juzgado por otro tribunal que no fuera el de la Justicia del Reino, que era mil veces peor que la Inquisición: que horrible era el potro de cordel, desde luego, pero en la justicia ordinaria te cortaban la nariz, orejas, manos o pies por la meá de un gato , y las torturas eran más variadas y crueles, y te pdían sentenciar no solo a la hoguera , tambien a Galeras ( no se sobrevivía más de dos años) , a ser ahorcado y arrastrado, o incluso hecho cuartos, vamos, que te cortaran en cuatro… En fin, que hay que contextualizar siempre, para no juzgar desde nuestra supuesta superioridad de sociedad supuestamente avanzada.

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