
Revolución en la familia Gambino
El 2 de diciembre de 1985 moría de cáncer Aniello Dellacroce, segundo al mando en la familia mafiosa de los Gambino. Era una muerte anunciada desde meses atrás pero, aun así, causó cierta conmoción. El jefe de la familia, Paul Castellano, no acudió al funeral. Tampoco había visitado a Dellacroce en el hospital, ni una sola vez. Esto no gustó nada a sus subordinados. Castellano puso como pretexto la vigilancia policial, siguiendo su costumbre de no dejarse ver junto a sus hombres. Pero aquello no convenció a nadie. Era bien sabido que nunca había existido una relación fluida entre ambos y que Castellano lo había nombrado lugarteniente para contentar al sector más callejero de los Gambino. Así pues, su ausencia en el funeral fue considerada insultante por muchos subordinados, entre ellos el más ambicioso de los capitanes de la familia, John Gotti. El «Gran Paul» sabía moverse en los despachos y era hábil llevando los negocios; de hecho, los ingresos de la familia habían crecido mucho bajo su mandato, hasta alcanzar los 500 millones de dólares anuales. Pero carecía completamente de psicología cuando se trataba de relacionarse con los capitanes de la familia, que no lograban entender su actitud distante y altiva. John Gotti aprovechó la ocasión para ganarse un buen número de aliados.
La tirantez entre Paul Castellano y John Gotti venía de lejos por razones que ya narramos en la primera parte. Pero Gotti no era el único con motivos de queja. Sammy «el Toro» Gravano, metido en el lucrativo negocio de la construcción neoyorquina, dirigía una importante sociedad junto a Louie DiBono, otro mafioso de la familia. Surgieron problemas entre ambos cuando Gravano pensó que DiBono le estaba estafando y presentó una queja ante los jefes. Paul Castellano y el difunto Aniello Dellacroce organizaron una reunión para dilucidar el asunto. Pero Castellano, con su mentalidad de hombre de negocios, no parecía muy receptivo a sus quejas y prefería que los rentables asuntos inmobiliarios se mantuviesen exactamente como estaban. Gravano, muy enfadado, incluso amenazó con matar a DiBono. Finalmente, solo la intervención de Dellacroce en favor de Gravano hizo que Castellano se decidiese a tomar medidas, disolviendo la sociedad. El prestigio interno de Dellacroce creció mucho a raíz de aquella reunión —Gotti, por ejemplo, estaba muy impresionado— pero Castellano se sintió menoscabado después de que su segundo le corrigiese públicamente en asuntos de negocios, en los que él mismo se consideraba un especialista. No lo olvidó. Incluso después de muerto Dellacroce, el jefe tenía atravesado a Sammy Gravano. Este era bien consciente de ello y no en vano llevaba ya tiempo involucrado en los planes de John Gotti para asesinar a Paul Castellano.
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Un texto fabuloso, como siempre. Es un verdadero placer. Espero que cuando acabe la serie sobre Gotti haya otra ocupándose de Al Capone.
Que por cierto hay una errata evidente en una fecha teniendo en cuenta que Castellano murió un año antes: «En 1986, no obstante, las cosas eran muy distintas. No existían motivos de peso para que la Comisión aceptase el asesinato de Castellano.»
Excelente!
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Gracias por el artículo. Muy bien escrito, como siempre.
Muy bueno, un gran relato igual que el anterior.
Excelente. A la espera de la próxima entrada.
Magnífica continuación, espero ansioso el desenlace.
Que bueno!
Esperando con muchas ganas el capítulo III.
Siempre interesante cualquier historia o anecdota sobre la mafia, especialmente la estadounidense. Muy bien relatada.
Usted tiene un don para la construcción de relatos. Me sumo a todos aquellos que le felicitan. Tengo que reconocerle que me ha entusiasmado el aumento de la tensión en la historia, y lo fácil que ha sido relacionar a todas las familias y protagonistas. Y desde luego voy a buscar como continua la historia de John Gotti. Gracias.
¿Puedo preguntarle si va usted a continuar la historia? Le digo de antemano que si es así, la espera desde este instante es estimulante. Tomese su tiempo, el talento lo requiere.
Al hilo del artículo, hace unos años escribí un relato en el que aparecía el personaje en cuestión. Lo titulé PALABRA DE JOHN GOTTI
A sus treinta y ocho años Michael Berrotta era un soldado de la familia Gambino de Nueva York que en la tarde del 16 de marzo de 1987 se dirigía al Ravenite social club, en Little Italy, la sede de John Gotti, el boss de la familia. Michael Berrotta estaba bajo el mando directo de Angelo Ruggiero, uno de los capitanes de la familia. Ruggiero, viejo compinche de Gotti, había participado en el asesinato del anterior jefe, Paul Castellano, y su número dos, Tommy Bilotti, en diciembre de 1985.
Michael regresaba de Brooklyn del entierro de Faustino Mendoza, joven boxeador que había conquistado recientemente el campeonato del mundo del peso welter de la Federación Internacional de boxeo. Dos días antes Faustino había sufrido un accidente con su Harley. Había ido a New Jersey a pasar el día con su novia, y a la vuelta, una mancha de aceite en el asfalto y la excesiva velocidad provocaron que perdiera el control de la moto. Salió despedido contra una valla protectora y se mató en el acto. Imprudente, montaba sin casco.
De camino a la calle Mulberry, Michael Berrotta no podía dejar de pensar en Faustino. Había cogido afecto al chaval. Más que eso. No olvidaba que en el pasado mes de enero, gracias a él había ganado quince de los grandes. Su combate de aquella noche ya era considerado como una de las mayores sorpresas del pugilismo en los últimos tiempos, y como tal se había pagado en las apuestas. Tras la pelea, algunos periodistas deportivos habían visto en Faustino al sucesor de otros grandes campeones boricuas como Alfredo Escalera (Faustino también era negro) o los dos Wilfredos. Con los cerca de 150000 dólares que iba a cobrar en concepto de bolsa, Faustino esperaba que su vieja ya no tuviera que trabajar de asistenta en casa de nadie nunca más. Michael había conocido al boxeador en casa de su hermanastra en Brooklyn, donde la madre iba tres días a la semana.
En su quehacer diario Michael Berrotta se dedicaba principalmente a la gestión de apuestas deportivas ilegales y a la venta al por menor de droga; tampoco le hacía ascos a otros trabajos, bien fueran los robos (de joyas, de ropa, de coches, etcétera, que posteriormente revendía), bien la extorsión a comerciantes y pequeños empresarios, bien el asesinato con distintos colaboradores a su servicio, muchos de los cuales ni siquiera eran de la familia.
En esta ocasión Berrotta apostó un dinero que había obtenido de un trapicheo con heroína y acabó ganando una cantidad nada desdeñable. La suerte le había sonreído, para variar; además, había sabido jugar muy bien sus bazas. Asiduo de las noticias del deporte, Michael Berrotta estaba al tanto de las informaciones que le interesaban, de los comentarios y soplos que le llegaban de vez en cuando. Semanas antes del combate le habían contado que el campeón, al saber que iba a pelear con una joven promesa con escasa experiencia, apenas si estaba entrenándose.
Michael conocía al campeón de haberlo visto hacía tres años en Atlantic City, cuando conquistó el cinturón de los superligeros dentro de una velada en la que Marvin Hagler defendía su título de los medios, y en algún combate más por la tele. Siete años mayor que Faustino, había sido campeón del mundo en tres categorías diferentes y, tras una treintena de peleas como profesional, nadie había logrado vencerlo. Era un negro sureño, engreído y bocazas, que no gozaba de las simpatías de Michael a pesar de sus rércords y de su espectacular boxeo. El muy cretino se creía una especie de Muhammad Ali de los pesos livianos. Estaba previsto que se enfrentara con el corajudo Mauricio Tapias, el también imbatido campeón mejicano del peso welter en versión del Consejo Mundial, con el fin de unificar las coronas, pero una lesión en la mano izquierda de Tapias en uno de sus entrenamientos dejó pospuesta la pelea del año, de la que Don King era el promotor. Para cubrir la vacante, la Federación dio una oportunidad a Faustino Mendoza, un boxeador de veintiún años con un palmarés incólume en el campo profesional de 14 victorias, 11 de ellas antes del límite, aunque debido a un problema físico había pasado por ciertos apuros para ganar a los puntos su último combate. Quizá por eso el campeón incurrió en un error imperdonable: subestimó a Faustino, descuidó su preparación y por primera vez en su carrera tuvo problemas en dar el peso establecido para la categoría en la báscula.
Todo lo contrario del joven púgil boricua, como Michael comprobó, pues fue hasta su gimnasio para verle entrenar, darle ánimos y desearle buena suerte. Habló también con su entrenador, quien se mostró convencido de que su pupilo contaba con opciones reales de derrotar al campeón y hacerse con el título. Observando a Faustino sobre el cuadrilátero con un sparring, a Michael le convenció lo que contempló: un boxeador con una deslumbrante rapidez de manos, variedad en sus golpes, felino en la esquiva, magnífico juego de piernas y físicamente pletórico.
Así que cuando llegó la noche del combate en el Hotel Casino Caesars Palace de las Vegas, aquella memorable noche del 24 de enero, en la que Michael cenó un plato de pasta en el restaurante de otro soldado de la familia mientras veía por la televisión cómo un vendaval sobre el ring llamado Faustino Mendoza vencía por k’o técnico al campeón en el noveno asalto, él fue de los pocos a quienes no pilló por sorpresa el resultado de la pelea. Al finalizar la cena en sus bolsillos había diez mil dólares más y otros cinco mil para su capitán. Fue un negocio redondo, de los mejores que había hecho en los últimos años. Michael estuvo como unas castañuelas durante una buena temporada, y días más tarde se acercó a felicitar al nuevo campeón a casa de su madre.
Después de convertirse en el quinto jefe en la historia de la familia tras el asesinato de Paul Castellano, John Gotti cambió en algunos aspectos de forma radical. La más evidente fue su imagen. Pasó a vestir de punta en blanco, con un estilo ostentoso y llamativo que incluía costosos abrigos de piel de camello, trajes de mil dólares de chaqueta cruzada, camisas de seda, corbatas chillonas y zapatos italianos de marca. Poco o nada tenía que ver con el John Gotti de los inicios, cuando sólo era un matón más en la familia.
Como sabía enrollarse muy bien con la prensa, con algunos periodistas del Post, del Times o del Daily News mantenía una relación especial, por lo que ellos solían corresponderle escribiendo favorablemente sobre su persona. Para un periodista alguien como el pulcro Gotti, que se movía por la ciudad en Cadillac cuando no conducía él mismo su Mercedes, era un verdadero filón. Curiosamente, convinieron en verlo como un hombre afable, ingenioso y considerado, presto siempre a proporcionar un titular para los noticiarios, tabloides y revistas. Le dieron coba hasta el punto de compararlo con un galán cinematográfico. (Ya puestos, un articulista del Post lo hizo con George Raft, un actor que cayó en desgracia para los principales estudios hollywoodienses por su presunta amistad con otro famoso gánster de la época, Ben Siegel, futuro hacedor de Las Vegas.) Con su figura atildada, su pelo repeinado, su brillante dentadura, su manicura impecable, su extremada coquetería, en fin, John Gotti suponía algo inusual hasta entonces para el capo de una de las familias mafiosas más poderosas del país.
Lógico, pues, que tanto halago hubiera terminado subiéndosele un poco a la cabeza, comentaban entre sí algunos de sus hombres, incluido el propio Michael. John Gotti aún no había cumplido los cincuenta años y era ya el jefe de la familia mafiosa más relevante de la Gran Manzana. Lo que ya no les parecía tan correcto ni sensato (y tampoco a los capitostes de las otras cuatro familias neoyorquinas) era que se hubiese convertido en una figura habitual de los medios de comunicación desde principios del 86, que se expusiera indecorosamente a los focos de la prensa, y más teniendo en cuenta que para la fiscalía él era el principal sospechoso de los crímenes de Castellano y Bilotti.
Cuando Berrotta entró en la sala de reuniones del club que en los últimos tiempos usaba el boss para tratar de sus asuntos, se sentaban a la amplia mesa principal el propio Gotti, dos de sus capitanes, Angelo Ruggiero y Sammy Gravano, y dos soldados de éste. La sala, iluminada con luz artificial porque carecía de ventanas, estaba templada por la calefacción encendida. Todos tenían una copa ante sí, fumaban cigarrillos, se los veía relajados y risueños. Michael les saludó uno por uno con besos y abrazos y luego fue a servirse un bourbon con hielo en una de las mesas del fondo.
Gotti tenía buenos motivos para mostrar un excelente humor ya que días antes había sido absuelto de todos los cargos que le habían imputado en marzo del año anterior. John Gotti y otros seis miembros de la familia Gambino habían sido acusados por un tribunal federal de Nueva York de conspiración para el crimen, asesinato, juego ilegal, asalto a mano armada y secuestro. El país había seguido el juicio con atención durante casi un año. Un juicio que a la postre había derivado en una auténtica comedia, aunque los componentes del jurado estuvieron deliberando una semana para finalmente declararle no culpable.
Aquella tarde su jefe vestía con un traje gris marengo, camisa de seda negra y corbata gris, a juego con el picudo pañuelo que asomaba por el bolsillo de la chaqueta. Michael había pillado a Gotti contando una de sus historias. Le gustaba contar chismes, chascarrillos, sucesos de la familia de tiempos pretéritos o del presente. Sí, a Gotti le encantaba el palique, y a veces, pensaba Michael, creía que hablaba sólo por el placer de escucharse a sí mismo.
“El caso”, continuó diciendo el boss mientras Michael se acercaba con su copa a la mesa, “es que tomamos el ascensor en el decimocuarto piso, y en él iba un tipo más o menos de mi edad, un retaco con una pinta de palurdo que no veáis. Me debió de reconocer nada más entrar en el ascensor por la expresión de su cara. Seguro que iba a hacer turismo porque le colgaba del cuello una cámara de fotos. Pero, chicos, en cuanto nos vio a mi hermano Gene, a mí y al perro (se estaba refiriendo a Sugar, el fiero pitbull terrier de su hijo), la jeta se le puso más blanca que esa pared. Me da que faltó poco para que no se lo hiciera encima… Respondió a nuestro saludo con un gruñido y retrocedió hasta quedar encajonado en la esquina, al fondo del ascensor, y era un ascensor grande. Sugar estaba inquieto, no tenía la correa puesta, la llevaba Gene en el bolsillo de la chaqueta, y olisqueaba a nuestro amigo mientras yo hablaba distraído con mi hermano. Me doy cuenta de lo que estaba haciendo y voy y le digo: “Siéntate”… Está bien enseñado, es un perro obediente, ya lo conocéis, así que le digo: “Siéntate”, le ordeno que se siente, que se coloque a mi lado y deje ya de incordiar. ¿Y qué es lo que ocurre?… Miro por el rabillo del ojo a mi espalda y no os lo perdáis, chicos, nuestro acompañante se había sentado en el suelo, con su espalda contra la pared… ¡Creyó que se lo estaba diciendo a él!… ¿Cómo podía ser tan jodidamente idiota?”.
Casi al mismo tiempo todos prorrumpieron en escandalosas carcajadas, que Angelo acompañó con palmadas de su mano derecha sobre la mesa.
“No sé lo que pudo pensar”, prosiguió Gotti, “pero cuando el ascensor se detuvo en el vestíbulo del hotel, Gene y yo nos despedimos, salimos con Sugar y aún dejamos al pobre tipo atrás, agachado y más pálido que al principio.”
Angelo Ruggiero seguía riéndose a mandíbula batiente, el rostro cárdeno y a punto de saltársele las lágrimas, al igual que los soldados de Gravano. Todos participaban de la hilarante anécdota de su pistonudo jefe; todos menos Michael, que se mantenía de pie, a unos metros de la mesa, con una sonrisa tímida en los labios.
Repantigado en su silla, Jonh Gotti bebió el último sorbo de su copa y chasqueó la lengua, saboreándolo; después dejó el vaso encima de la mesa y al lado, reposando extendida, su mano izquierda con el meñique ensortijado. Se quedó observando a Michael, su semblante mohíno. Le preguntó a qué venía aquella cara tan larga. Michael le dijo:
-¿Recordáis al boxeador con el que ganamos quince de los grandes el pasado enero?
-Cómo coño olvidarlo-dijo Angelo Ruggiero sonriendo.
-Pues acaban de enterrarlo en Brooklyn. Precisamente ahora vengo de allí. Se mató el pasado sábado en un accidente con su moto… Una moto que le regalé yo poco después de que consiguiera el título…
Aquella noticia luctuosa, como epílogo del torrente de carcajadas, les dejó cortados. Se hizo un silencio en el que se miraron serios unos a otros con un arqueo de cejas, y Tony Palombo, uno de los soldados, se santiguó. Al cabo, fue John Gotti el que dijo:
-Bueno, descanse en paz.
John Gotti falleció el 10 de junio de 2002, a los sesenta y un años de edad, víctima de un cáncer de garganta. Cumplía cadena perpetua desde 1992 en la prisión de Springfield, Misuri.
Michael Berrotta fue condenado en 1996 a quince años de prisión por tráfico de drogas.
Tercera parte! Cohoneh ya!.
Señoría, secundo la moción de «Tercera parte ya!»…
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