John Gotti (II): «Huevos, cerebro y carisma»

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Foto: Corbis.
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Viene de la primera parte

Revolución en la familia Gambino

El 2 de diciembre de 1985 moría de cáncer Aniello Dellacroce, segundo al mando en la familia mafiosa de los Gambino. Era una muerte anunciada desde meses atrás pero, aun así, causó cierta conmoción. El jefe de la familia, Paul Castellano, no acudió al funeral. Tampoco había visitado a Dellacroce en el hospital, ni una sola vez. Esto no gustó nada a sus subordinados. Castellano puso como pretexto la vigilancia policial, siguiendo su costumbre de no dejarse ver junto a sus hombres. Pero aquello no convenció a nadie. Era bien sabido que nunca había existido una relación fluida entre ambos y que Castellano lo había nombrado lugarteniente para contentar al sector más callejero de los Gambino. Así pues, su ausencia en el funeral fue considerada insultante por muchos subordinados, entre ellos el más ambicioso de los capitanes de la familia, John Gotti. El «Gran Paul» sabía moverse en los despachos y era hábil llevando los negocios; de hecho, los ingresos de la familia habían crecido mucho bajo su mandato, hasta alcanzar los 500 millones de dólares anuales. Pero carecía completamente de psicología cuando se trataba de relacionarse con los capitanes de la familia, que no lograban entender su actitud distante y altiva. John Gotti aprovechó la ocasión para ganarse un buen número de aliados.

La tirantez entre Paul Castellano y John Gotti venía de lejos por razones que ya narramos en la primera parte. Pero Gotti no era el único con motivos de queja. Sammy «el Toro» Gravano, metido en el lucrativo negocio de la construcción neoyorquina, dirigía una importante sociedad junto a Louie DiBono, otro mafioso de la familia. Surgieron problemas entre ambos cuando Gravano pensó que DiBono le estaba estafando y presentó una queja ante los jefes. Paul Castellano y el difunto Aniello Dellacroce organizaron una reunión para dilucidar el asunto. Pero Castellano, con su mentalidad de hombre de negocios, no parecía muy receptivo a sus quejas y prefería que los rentables asuntos inmobiliarios se mantuviesen exactamente como estaban. Gravano, muy enfadado, incluso amenazó con matar a DiBono. Finalmente, solo la intervención de Dellacroce en favor de Gravano hizo que Castellano se decidiese a tomar medidas, disolviendo la sociedad. El prestigio interno de Dellacroce creció mucho a raíz de aquella reunión —Gotti, por ejemplo, estaba muy impresionado— pero Castellano se sintió menoscabado después de que su segundo le corrigiese públicamente en asuntos de negocios, en los que él mismo se consideraba un especialista. No lo olvidó. Incluso después de muerto Dellacroce, el jefe tenía atravesado a Sammy Gravano. Este era bien consciente de ello y no en vano llevaba ya tiempo involucrado en los planes de John Gotti para asesinar a Paul Castellano.

La falta de mano izquierda de Castellano le hizo seguir cometiendo gruesos errores. Tras la muerte de Dellacroce decidió que su nuevo lugarteniente no sería el que todos en la familia esperaban, Frank DeCicco, sino Thomas Bilotti, quien llevaba mucho tiempo ejerciendo como el principal confidente, guardaespaldas y chofer de Castellano. Una vez más, esto causó conmoción en la familia. A ojos de los demás, Bilotti no acumulaba méritos para hacerse con un puesto tan importante. Los capitanes no le respetaban, considerándolo el perrito faldero del jefe. Quienes se sintieron desplazados, como Frank DeCicco o el consigliere Joseph Gallo, terminaron uniéndose también a la conspiración secreta de Gotti.

Así, Gotti se había ido haciendo con importantes apoyos dentro de la familia, pero su plan de matar a Castellano todavía tenía que superar serios inconvenientes. Para asesinar a un jefe mafioso se necesitaba la aprobación de la Comisión, el máximo órgano de gobierno de la Cosa Nostra estadounidense, donde estaban los jefes de las principales familias. Y no era fácil que en la Comisión autorizaran algo semejante: si los jefes daban por buenas las sucesiones violentas, sus propios subordinados podían terminar sintiéndose tentados de intentarlo también y rebelarse. Gotti tenía la difícil misión de conseguir el visto bueno de las otras grandes familias de Nueva York, pero algo así había sucedido muy pocas veces y en circunstancias muy distintas. En 1957, por ejemplo, Carlo Gambino ascendió al poder tras eliminar a su jefe Albert Anastasia, pero entonces habían existido muy buenos motivos para que las otras familias le apoyasen, porque el carácter impulsivo y violento de Anastasia había sido un motivo de preocupación generalizado y a ojos de la Comisión Carlo Gambino iba a actuar en beneficio de todos. En 1985, no obstante, las cosas eran muy distintas. No existían motivos de peso para que la Comisión aceptase el asesinato de Castellano. Sí, puede que cayese mal a los mandos intermedios. Sí, puede que fuese altivo y poco dado a colaborar. Sí, puede que hubiese faltado al funeral de su lugarteniente. Pero nada de ello justificaba la necesidad de acabar con él sin quebrantar unas reglas que llevaban aplicándose desde los años treinta. Si John Gotti se presentaba ante los jefes de las grandes familias pidiendo apoyos para matar su jefe, estaría básicamente confesando una traición y obligando a que lo entregasen a Castellano para que este lo ejecutase a su manera preferida. Pero si Gotti cometía el asesinato sin obtener el apoyo de las otras familias, estas le declararían una guerra total por haber roto las reglas y sobre todo para evitar que sus propios capitanes quisieran seguir sus pasos.

¿Qué hacer? La situación parecía complicada. Pero la enfermedad de Dellacroce le había dado varios meses para pensar y en un arranque de inspiración encontró una solución cuya astucia estratégica parecía casi impropia de él (aunque la decisión y ambición con que lo llevó a cabo sí eran característicamente suyas).

Gotti sabía perfectamente que Castellano tampoco caía bien a la mayoría de capitanes mafiosos de las demás familias neoyorquinas, quienes también abominaban de sus aires de superioridad. Aquella fue la rendija por la que buscó nuevas alianzas. En vez de solicitar ayuda directamente a los jefes, sondeó la opinión de los mandos intermedios de las otras familias, que generalmente eran tipos como él, matones a quienes agradaría ver caer al presuntuoso Gran Paul. Estos capitanes no solamente le dieron su apoyo moral sino que le proporcionaron información acerca de cómo reaccionarían sus propios jefes. De esta manera Gotti evitó involucrar a las cúpulas pero supo que al menos tres jefes de las cuatro restantes familias estarían dispuestos a hacer la vista gorda. Así, con sinuosa astucia, John Gotti obtuvo la aprobación tácita de las familias Bonanno, Lucchese y Colombo. La única familia a la que no sondeó fue la de los Genovese, cuyo jefe Vincent Gigante era amigo personal de Castellano. Se sabía de antemano que Gigante nunca aprobaría el golpe y que probablemente haría matar a Gotti si se enterase, así que Gotti no se acercó a ninguno de sus subordinados.

Pero Gigante no le preocupaba en exceso ya que estaba poco dispuesto a arrugarse: una vez muerto Dellacroce, pensaba Gotti, ya no había más tiempo. Tenía que actuar con prontitud. Hizo números: si tres de las grandes familias neoyorquinas aprobaban el asesinato y saludaban al nuevo jefe de la familia Gambino —que además era la más poderosa—, Vicent Gigante se encontraría en franca inferioridad. Pese a su previsible disgusto, tendría que terminar rindiéndose ante el fait accompli. Así que Gotti, por una vez, fue no solamente ambicioso y temerario, sino también estratégicamente brillante. Su partida de ajedrez entre familias iba a funcionar casi a la perfección (en adelante veremos por qué «casi»).

El ascenso a la cumbre

Solamente dos semanas después de la muerte de Aniello Dellacroce, el 16 de diciembre de 1985, la concurrida calle 46 de Nueva York iba a ser sacudida por un acontecimiento que daría la vuelta al mundo. Faltaba poco para la Navidad y Manhattan estaba repleto de transeúntes. Un lujoso automóvil se detuvo frente al restaurante Sparks Steak House, situado en el mismo corazón de Manhattan. Sus dos ocupantes abrieron la puerta para salir pero apenas habían puesto el pie sobre el asfalto cuando se les acercaron cuatro pistoleros ataviados con abrigos y gorros de invierno al estilo ruso. Los dos hombres fueron acribillados a balazos. Al escuchar los disparos, los viandantes empezaron a correr aterrorizados buscando algún lugar donde ponerse a salvo. La confusión reinaba en el lugar mientras un automóvil aparcado en la acera de enfrente encendió el motor y, sin apresurar la marcha, abandonó la calle lentamente. El conductor de aquel coche era John Gotti y su copiloto era Sammy «el Toro» Gravano. Ambos habían observado el tiroteo a escasos metros de distancia, una decisión innecesariamente arriesgada pero muy propia de su bagaje callejero. Habían querido verlo todo con sus propios ojos porque los dos hombres asesinados eran Paul Castellano y Thomas Bilotti. El golpe fue como la seda: los testigos no lograron recordar el rostro de los cuatro asesinos, cuyos atuendos idénticos los confundían en su recuerdo. Tampoco se habían fijado en John Gotti, que todavía estaba a pocas horas de dar el salto a la fama. La noticia saltó a las primeras páginas de los periódicos y los titulares de los noticiarios de medio mundo. La secuencia parecía directamente salida de la película El Padrino, ya que desde los años treinta apenas se habían visto en los Estados Unidos asesinatos de mafiosos importantes en un lugar público y tan concurrido.

Con Castellano metido en un ataúd llegaba el momento de decidir quién iba a ser el nuevo jefe de la familia Gambino. Puesto que Castellano no había dejado sucesor designado —y si lo hubiese dejado a nadie le hubiese importado, obviamente— se planeó una reunión donde se votaría el nombramiento de un nuevo «Don». Para evitar un desgobierno temporal en la familia surgió un triunvirato directivo formado por los tres hombres que tenían más papeletas para heredar la jefatura: Frank DeCicco, Joe Gallo y John Gotti. Cada uno de ellos tenía sus propios méritos. Gallo había sido el consigliere de la familia y conocía bien su funcionamiento. Gotti, evidentemente, estaba allí porque el plan para asesinar a Castellano había sido casi enteramente suyo. Pero el hombre mejor colocado desde hacía tiempo era Frank DeCicco, el mismo al que muchos habían querido ver ascender en lugar de Bilotti y el mismo que ahora esperaban ver convertido en el nuevo boss. De hecho, había no pocos capitanes que estaban dispuestos a apoyar la candidatura de DeCicco. Por ejemplo Sammy «el Toro» Gravano, quien se acercó a él un día para expresarle su apoyo. Pero DeCicco no se hacía ilusiones al respecto y le sorprendió con una respuesta resignadamente realista con la que daba a entender que el ascenso de John Gotti a lo más alto de la familia le parecía inevitable:

El puto ego de John es demasiado grande. Yo podría ser su lugarteniente, pero él nunca querría ser el mío. Mira: John tiene huevos, tiene cerebro y tiene carisma. Si conseguimos controlarle, si conseguimos acabar con su adicción al juego y sus estupideces extravagantes, podría ser un buen jefe. Te diré qué haremos: le daremos una oportunidad. Dejemos que sea el jefe. Si en un año no funciona, lo matamos: yo me convertiré en jefe, tú serás mi lugarteniente y manejaremos la familia como Dios manda.

El que alguien tan importante en la familia como DeCicco se hiciese prudentemente a un lado sin oponer resistencia alguna hizo que nadie en los Gambino dudase ya de la fiera ambición de John Gotti. A sus colegas se les quitaron las ganas de disputarle el puesto y arriesgarse a enfrentarse abiertamente con él. El propio Gotti había empezado a comportarse como el jefe de facto desde la muerte de Castellano, cuando ni siquiera se había procedido a la votación, así que todos asumieron que el puesto iba a ser suyo. Todo esto se materializó cuando los veinte principales miembros de la organización se reunieron finalmente para votar y fue el propio DeCicco quien propuso en voz alta el nombre de John Gotti. Salió elegido por unanimidad. Eso sí, Gotti demostró que entendía perfectamente los requerimientos de la situación y eligió a Frank DeCicco como lugarteniente, una manera de contentar al «perdedor» de la sucesión. Al contrario que Paul Castellano, John Gotti tenía un mínimo de mano izquierda.

Foto: Corbis.
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Pero, ¿cómo reaccionaron los jefes de las otras cuatro grandes familias neoyorquinas al conocer del asesinato de Castellano y el repentino ascenso de John Gotti? Tal y como Gotti había calculado, no hicieron nada excepto limitarse a saludar su nombramiento. Los Colombo y los Bonnano le enviaron sus bendiciones. Los Lucchese, más comedidos, se limitaron a dar el visto bueno. El jefe de los Genovese, Vincent Gigante, estaba previsiblemente furioso, pero viéndose en minoría no se encontraba en situación de iniciar una guerra, así que dio también su visto bueno a regañadientes. Muy a regañadientes, hay que decir, porque no se privó de recordar que Gotti había actuado sin el dictamen de la Comisión y que por lo tanto había cometido una grave transgresión que usualmente se pagaba con la vida. Aunque oficialmente diese por buena la sucesión, en el mensaje de Gigante podía leerse casi una amenaza velada. Muchos, sin embargo, lo tomaron como una especie de rabieta o expresión de frustración que no iría a más. Por entonces las familias estaban demasiado ocupadas con sus problemas judiciales como para buscarse más metiéndose en una guerra. Teniendo encima al FBI, a la fiscalía y a la prensa, ponerse a pelear a causa de un Paul Castellano que no había caído bien a casi nadie parecía tirar piedras sobre sus propios tejados. Sin embargo, quienes pensaron así subestimaron la rabia que Vincent Gigante había acumulado a raíz de todo el asunto.

Caos en los tribunales

El salto a la fama de John Gotti se produjo de manera automática. El asesinato de Castellano devolvió la Cosa Nostra estadounidense a la primera línea de la actualidad informativa y dio la casualidad de que Gotti era la figura idónea para fascinar a prensa y público por igual, despertando una excitación desconocida desde los tiempos de Al Capone. Él era muy consciente del papel que jugaba su imagen de mafioso peliculero y como Capone, con quien se lo comparaba a menudo, también adoraba ser el centro de atención. Con el tiempo había cambiado su forma de vestir y aunque en tiempos pasados sí se había vestido como cualquier matón italoamericano de barriada, ahora solamente se dejaba ver con imponentes trajes hechos a medida que le valieron el sobrenombre de Dapper Don, «el Don apuesto». El manejo que hacía de su persona pública era extremadamente hábil. En cuanto veía una cámara, sonreía. Se mostraba al mismo tiempo cordial y distante con el público o la prensa, a la manera de Capone: parecía un tipo simpático, y realmente era simpático, pero usaba su aura de peligro para imponer respeto y dar la sensación de que con él había que guardar ciertas distancias. Trataba muy bien a los periodistas, sobre todo si eran del sexo femenino, en cuyo caso incluso las invitaba a desayunar o comer con él. No solía tener inconveniente en responder algunas preguntas, aunque fuese de manera oblicua y breve, y cuando lo hacía era generalmente sin dejar de sonreír. Fue así, desplegando todo su carisma de gánster cinematográfico, como se convirtió en una gran estrella. La «Gottimanía» se apoderó del país. La obsesión por el personaje llegaba a extremos verdaderamente surrealistas: por ejemplo, la sección de moda de un periódico dedicaba una página diaria a analizar la vestimenta con la que Gotti se presentaba ante los tribunales. Se había convertido en uno de los tipos más elegantes de América y literalmente en un icono de la moda, aunque nadie que lo hubiese conocido años atrás hubiese llegado a imaginar algo semejante.

Pero las sonrisas y los trajes elegantes que tanto gustaban a los periodistas y a muchos observadores casuales no iban a impedir que los jueces y fiscales continuasen con su trabajo. Recordemos que cuando Gotti ascendió a la jefatura de los Gambino tenía varios juicios pendientes: el primero por la agresión al técnico de neveras Romual Piecyk, en que quedó absuelto. Apenas unas semanas después tenía que volver a sentarse en el banquillo y esta vez el asunto era bastante más serio. Varios miembros de la familia Gambino habían sido encausados gracias a la ley RICO, un mecanismo legal que permitía utilizar la jerarquía de un mafioso en su organización para acusarle de aquellos delitos que, aun sin haber sido cometidos personalmente por él o aun sin que constara con pruebas que los hubiese instigado, podían considerarse el resultado de sus órdenes directas dado su lugar en la jerarquía. Esto atacaba la línea de flotación del principal sistema de defensa legal de los mafiosos: la estructura piramidal de la Cosa Nostra, que hacía muy difícil encontrar pruebas directas que relacionasen a un mafioso de la cúpula con los crímenes que se cometían en la calle. Una estructura perfeccionada en su día por Al Capone, a quien, recordemos, el FBI solamente pudo encarcelar por evasión de impuestos… mientras que no se probó ninguno de los demás crímenes que todos sabían que había cometido u ordenado. Los mafiosos copiaron sus tácticas, pero la ley RICO, implantada en los años setenta, estaba pensada para combatir esta impunidad. Cuando las autoridades reunían suficiente información demostrable sobre la estructura interna de una familia mafiosa, podían hacer estragos. En el caso de la familia Gambino, acribillada por escuchas telefónicas y micrófonos desde varios años atrás, los investigadores tenían información más que suficiente. En este nuevo juicio John Gotti se enfrentaba a una posible pena de veinte años de prisión, incluyendo por ejemplo la complicidad en un asesinato cometido en 1977. Las perspectivas no resultaban nada halagüeñas. Sobre el papel parecía que no podría evitar la cárcel.

Gotti, previendo la dificultad de este proceso judicial, había empezado a tomar medidas desde el mismo momento de su ascenso. Prohibió terminantemente que los miembros de su organización llegasen a acuerdos con las autoridades para acortar o evitar sus condenas, ni siquiera cuando estos acuerdos no implicasen delatar a otros. No quería que nadie se declarase culpable de nada: dado que la ley RICO trataba la organización criminal como una red, aquello equivalía casi a reconocer que los demás acusados podían ser culpables también. En general, sus hombres obedecieron. Pero se produjo un serio traspiés cuando Armond Dellacroce, hijo del difunto Aniello Dellacroce y además bebedor compulsivo, decidió aceptar una sentencia de culpabilidad. Profundamente afectado por la muerte de su padre y falto de ganas de afrontar su propia defensa, se declaró culpable de acusaciones bajo las que también se estaba juzgando a John Gotti. El hijo de Aniello Dellacroce no delató a nadie, pero eso no evitó que Gotti se enfureciese. Sin embargo, poco podía hacer. De hecho ni siquiera intentó hacérselo pagar con una vendetta: Armond Dellacroce se retiró de la Mafia y no murió asesinado sino como consecuencia de cirrosis alcohólica un par de años después.

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No sería el único tropiezo de Gotti en los inicios del nuevo juicio. Envalentonado porque la intimidación del testigo principal le había librado de la condena en el anterior juicio contra Piecyk, quiso volver a probar suerte intimidando a un importante testigo de la nueva causa. Su intento fracasó y el asunto llegó a oídos del fiscal, que lo aireó todo en la misma sala. El juez encargado del caso, Eugene Nickerson, amenazó con retirarle a Gotti la fianza y enviarlo directamente a la cárcel si cualquier otro testigo o miembro del jurado era contactado por alguien del círculo de los Gambino, incluyendo a sus abogados. De repente, Gotti se encontraba atado de pies y manos. Le habían pillado con las manos en la masa y sabía que se redoblaría la vigilancia sobre los suyos.

Entre tanto, la prensa realizaba una cobertura cada vez más desmesurada del juicio, que poco a poco iba transformándose en un espectáculo hollywoodiense. Toda aquella repercusión era como un círculo vicioso que se retroalimentaba: cuanto más hablaba la prensa del juicio, más cosas raras pasaban. Y cuantas más cosas raras pasaban, más interesaba el juicio a la prensa. Todo llegó al clímax el día en que el tribunal tuvo que ser desalojado después de recibir el aviso telefónico de la colocación de una bomba. John Gotti, completamente atónito, supo que el aviso ¡se le atribuía directamente a él! Lógicamente, no había ningún jefe mafioso tan estúpido como para amenazar públicamente a un tribunal estadounidense utilizando su propio nombre y Gotti se escandalizó cuando la prensa dio pábulo a la hipótesis de que él era responsable: «Esto es una puta mentira, se lo están inventando todo». Por una vez, decía la verdad. La policía no tardó en averiguar que no había bomba alguna y que el autor de la amenaza había sido un enfermo mental que creía ser Gotti. Probablemente pocas anécdotas como esta ilustren la enorme popularidad de John Gotti en aquellos tiempos: ya había gente que creía ser él. Como sucede con Napoleón.

Por si no se había producido suficiente caos en torno al proceso judicial, cuatro días después del desalojo del tribunal todo el país fue sacudido por un nuevo suceso truculento destinado a acaparar los titulares: otra bomba, esta vez de verdad, estalló en las calles de Nueva York.

Frank DeCicco y Sammy Gravano estaban en un restaurante de Brooklyn, asistiendo a una reunión a la que se suponía debía acudir también John Gotti. El coche de DeCicco estaba aparcado en la puerta. Ninguno de los mafiosos asistentes vio a un individuo que pasó por la acera y colocó bajo la carrocería una bolsa que parecía basura de la calle pero que en realidad contenía un potente explosivo que se detonaba a distancia. Cuando terminó la reunión, DeCicco y Gravano salieron a la calle, mientras el sicario que había colocado la bomba los observaba de lejos con el detonador en la mano. Mientras DeCicco y Gravano caminaban hacia el automóvil se les acercó un mafioso al que conocían, Frankie Bellino. Miembro de la familia Lucchese, Bellino estaba pendiente de juicio a sus casi setenta años y quería pedirle a DeCicco el número de su abogado. Este recordó que casualmente tenía una tarjeta con el número de teléfono en la guantera del coche, así que ambos, DeCicco y Bellino, se acercaron al vehículo para recogerla. Antes de abrir la puerta DeCicco llegó a ver la bolsa bajo el automóvil pero, ironía del destino, la tomó por basura y bromeó: «Mirad, me han puesto una bomba». Los tres hombres rieron.

El sicario que los vigilaba vio cómo se acercaban al automóvil. Allí estaban dos de los tres altos mandos de la familia Gambino. Pero cuando vio el cabello canoso de Bellino, lo confundió con John Gotti, que era su objetivo principal. Apretó el botón de su detonador. La explosión hizo que los tres hombres volaran por el aire, levantados por la onda expansiva. Sammy Gravano, algo más alejado, fue el único que no resultó herido de consideración. Frankie Bellino sufrió varias quemaduras y heridas internas por las que tuvo que ser operado de urgencia, además de perder los dedos de los pies. Frank DeCicco era quien estaba más cerca de la bomba y quien recibió de lleno la explosión. Gravano recordaría después que vio su cuerpo tendido y que, preocupado porque el depósito de gasolina no hubiese estallado aún entre las llamas, lo agarró para intentar arrastrarlo más lejos del coche: «Tiré de su pierna, pero el resto de su cuerpo no vino con ella». El cuerpo de DeCicco estaba partido en dos. Naturalmente, había muerto en el acto. Tras ver aquella carnicería, Gravano se sorprendió al comprobar que la sangre de DeCicco no lo había salpicado: «Miré mi camiseta, asombrado. No había una gota de sangre en ella. La fuerza de la onda expansiva hizo desaparecer todos sus fluidos. No quedaba sangre en su cuerpo. Ni una onza». Con todo, el asesino a sueldo había fallado el verdadero objetivo, porque John Gotti había anulado su presencia en la reunión a última hora, librándose por muy poco del atentado.

El atentado con bomba estaba pensado para intentar confundir a los Gambino sobre su autoría. Colocar explosivos en lugares públicos, con el riesgo de matar a inocentes y desencadenar una campaña policial a gran escala, era algo que estaba estrictamente vetado  en la mafia estadounidense. Únicamente los mafiosos sicilianos inmigrados —a quienes sus colegas estadounidenses llamaban despectivamente Zips— podían llegar a emplear ese sistema, que sí era de uso común en Italia. Aun así, era poco probable que Gotti no cayese en la cuenta de que el golpe no provenía de los sicilianos y que realmente los principales sospechosos eran los Genovese. Efectivamente, la prensa no tardó en airear informaciones que un confidente había proporcionado a la policía, señalando a Vincent Gigante como principal promotor del atentado. El jefe de los Genovese había querido vengar el asesinato de Castellano y aprovechó la temporal debilidad de Gotti, que estaba demasiado ocupado en un peliagudo juicio como para embarcarse en una guerra de represalia. Gigante había buscado aliados: presionando al jefe de los Lucchese para hacer valer su alianza formal involucró también a esa familia en el golpe (aunque el hospitalizado Frankie Bellino, presente en el momento de la explosión y miembro de los Lucchese, no sabía nada al respecto).

Gotti, claro, se puso furioso. Además, una total confusión se había apoderado de los Gambino, cuyos miembros no sabían si se había desatado una guerra contra ellos y debían esconderse lo antes posible. Gotti organizó el funeral de DeCicco y para evitar que sus subordinados se escabullesen, decretó que la asistencia era obligatoria. Después les dijo que no se vengaría mientras el grueso de la familia estuviese sub iudice, pero que en cuanto terminase el juicio habría guerra contra los Genovese. Por su parte la prensa y la televisión se recrearon en el suceso como quien asiste a una escenificación real de El Padrino. Sin embargo, para las autoridades la cosa tenía poco de espectáculo. La policía y el juez estaban más preocupados por el caos que una guerra entre los Gambino y los Genovese-Lucchese podría desatar en las calles justo cuando se estaba juzgando a varios capos de los Gambino. Viendo además que la atención mediática amenazaba con transformar el proceso judicial en una farsa y que Gotti, habiendo escapado por muy poco de la muerte, estaba alcanzando la categoría de héroe popular, el juez Nickerson decidió aplazar el juicio imponiendo una moratoria de cuatro meses. Revocó la fianza de Gotti, que tendría que esperar a la reanudación del juicio en una celda.

John Gotti, pues, aplazó su venganza y fue a prisión preventiva… aunque sin dejar de sonreír ante las cámaras. Periodistas y espectadores estaban atónitos por su imperturbabilidad. No parecía importarle lo más mínimo estar sometido a graves acusaciones. Era como si la historia no fuese con él. Transmitía una apabullante seguridad en sí mismo. Y nadie podía sospecharlo entonces, pero Gotti ya sabía que seguramente no iba a ser condenado. Una vez más, los hilos de los poderosos Gambino habían comenzado a moverse entre bastidores. Estaba a punto de nacer la leyenda de «the Teflon Don», el Don de teflón, el hombre sobre el que resbalaban todas las acusaciones como si fuese una sartén antiadherente. John Gotti iba a convertirse en la pesadilla de la justicia estadounidense, en el nuevo Al Capone, en el gánster que parecía imposible de encarcelar ni aunque todos los esfuerzos de las instituciones estadounidenses se volcasen sobre él.

(Continua aquí)

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16 Comentarios

  1. Un texto fabuloso, como siempre. Es un verdadero placer. Espero que cuando acabe la serie sobre Gotti haya otra ocupándose de Al Capone.

    Que por cierto hay una errata evidente en una fecha teniendo en cuenta que Castellano murió un año antes: «En 1986, no obstante, las cosas eran muy distintas. No existían motivos de peso para que la Comisión aceptase el asesinato de Castellano.»

  2. Siempre interesante cualquier historia o anecdota sobre la mafia, especialmente la estadounidense. Muy bien relatada.

  3. Usted tiene un don para la construcción de relatos. Me sumo a todos aquellos que le felicitan. Tengo que reconocerle que me ha entusiasmado el aumento de la tensión en la historia, y lo fácil que ha sido relacionar a todas las familias y protagonistas. Y desde luego voy a buscar como continua la historia de John Gotti. Gracias.

  4. ¿Puedo preguntarle si va usted a continuar la historia? Le digo de antemano que si es así, la espera desde este instante es estimulante. Tomese su tiempo, el talento lo requiere.

  5. Al hilo del artículo, hace unos años escribí un relato en el que aparecía el personaje en cuestión. Lo titulé PALABRA DE JOHN GOTTI

    A sus treinta y ocho años Michael Berrotta era un soldado de la familia Gambino de Nueva York que en la tarde del 16 de marzo de 1987 se dirigía al Ravenite social club, en Little Italy, la sede de John Gotti, el boss de la familia. Michael Berrotta estaba bajo el mando directo de Angelo Ruggiero, uno de los capitanes de la familia. Ruggiero, viejo compinche de Gotti, había participado en el asesinato del anterior jefe, Paul Castellano, y su número dos, Tommy Bilotti, en diciembre de 1985.
    Michael regresaba de Brooklyn del entierro de Faustino Mendoza, joven boxeador que había conquistado recientemente el campeonato del mundo del peso welter de la Federación Internacional de boxeo. Dos días antes Faustino había sufrido un accidente con su Harley. Había ido a New Jersey a pasar el día con su novia, y a la vuelta, una mancha de aceite en el asfalto y la excesiva velocidad provocaron que perdiera el control de la moto. Salió despedido contra una valla protectora y se mató en el acto. Imprudente, montaba sin casco.

    De camino a la calle Mulberry, Michael Berrotta no podía dejar de pensar en Faustino. Había cogido afecto al chaval. Más que eso. No olvidaba que en el pasado mes de enero, gracias a él había ganado quince de los grandes. Su combate de aquella noche ya era considerado como una de las mayores sorpresas del pugilismo en los últimos tiempos, y como tal se había pagado en las apuestas. Tras la pelea, algunos periodistas deportivos habían visto en Faustino al sucesor de otros grandes campeones boricuas como Alfredo Escalera (Faustino también era negro) o los dos Wilfredos. Con los cerca de 150000 dólares que iba a cobrar en concepto de bolsa, Faustino esperaba que su vieja ya no tuviera que trabajar de asistenta en casa de nadie nunca más. Michael había conocido al boxeador en casa de su hermanastra en Brooklyn, donde la madre iba tres días a la semana.

    En su quehacer diario Michael Berrotta se dedicaba principalmente a la gestión de apuestas deportivas ilegales y a la venta al por menor de droga; tampoco le hacía ascos a otros trabajos, bien fueran los robos (de joyas, de ropa, de coches, etcétera, que posteriormente revendía), bien la extorsión a comerciantes y pequeños empresarios, bien el asesinato con distintos colaboradores a su servicio, muchos de los cuales ni siquiera eran de la familia.
    En esta ocasión Berrotta apostó un dinero que había obtenido de un trapicheo con heroína y acabó ganando una cantidad nada desdeñable. La suerte le había sonreído, para variar; además, había sabido jugar muy bien sus bazas. Asiduo de las noticias del deporte, Michael Berrotta estaba al tanto de las informaciones que le interesaban, de los comentarios y soplos que le llegaban de vez en cuando. Semanas antes del combate le habían contado que el campeón, al saber que iba a pelear con una joven promesa con escasa experiencia, apenas si estaba entrenándose.
    Michael conocía al campeón de haberlo visto hacía tres años en Atlantic City, cuando conquistó el cinturón de los superligeros dentro de una velada en la que Marvin Hagler defendía su título de los medios, y en algún combate más por la tele. Siete años mayor que Faustino, había sido campeón del mundo en tres categorías diferentes y, tras una treintena de peleas como profesional, nadie había logrado vencerlo. Era un negro sureño, engreído y bocazas, que no gozaba de las simpatías de Michael a pesar de sus rércords y de su espectacular boxeo. El muy cretino se creía una especie de Muhammad Ali de los pesos livianos. Estaba previsto que se enfrentara con el corajudo Mauricio Tapias, el también imbatido campeón mejicano del peso welter en versión del Consejo Mundial, con el fin de unificar las coronas, pero una lesión en la mano izquierda de Tapias en uno de sus entrenamientos dejó pospuesta la pelea del año, de la que Don King era el promotor. Para cubrir la vacante, la Federación dio una oportunidad a Faustino Mendoza, un boxeador de veintiún años con un palmarés incólume en el campo profesional de 14 victorias, 11 de ellas antes del límite, aunque debido a un problema físico había pasado por ciertos apuros para ganar a los puntos su último combate. Quizá por eso el campeón incurrió en un error imperdonable: subestimó a Faustino, descuidó su preparación y por primera vez en su carrera tuvo problemas en dar el peso establecido para la categoría en la báscula.
    Todo lo contrario del joven púgil boricua, como Michael comprobó, pues fue hasta su gimnasio para verle entrenar, darle ánimos y desearle buena suerte. Habló también con su entrenador, quien se mostró convencido de que su pupilo contaba con opciones reales de derrotar al campeón y hacerse con el título. Observando a Faustino sobre el cuadrilátero con un sparring, a Michael le convenció lo que contempló: un boxeador con una deslumbrante rapidez de manos, variedad en sus golpes, felino en la esquiva, magnífico juego de piernas y físicamente pletórico.
    Así que cuando llegó la noche del combate en el Hotel Casino Caesars Palace de las Vegas, aquella memorable noche del 24 de enero, en la que Michael cenó un plato de pasta en el restaurante de otro soldado de la familia mientras veía por la televisión cómo un vendaval sobre el ring llamado Faustino Mendoza vencía por k’o técnico al campeón en el noveno asalto, él fue de los pocos a quienes no pilló por sorpresa el resultado de la pelea. Al finalizar la cena en sus bolsillos había diez mil dólares más y otros cinco mil para su capitán. Fue un negocio redondo, de los mejores que había hecho en los últimos años. Michael estuvo como unas castañuelas durante una buena temporada, y días más tarde se acercó a felicitar al nuevo campeón a casa de su madre.

    Después de convertirse en el quinto jefe en la historia de la familia tras el asesinato de Paul Castellano, John Gotti cambió en algunos aspectos de forma radical. La más evidente fue su imagen. Pasó a vestir de punta en blanco, con un estilo ostentoso y llamativo que incluía costosos abrigos de piel de camello, trajes de mil dólares de chaqueta cruzada, camisas de seda, corbatas chillonas y zapatos italianos de marca. Poco o nada tenía que ver con el John Gotti de los inicios, cuando sólo era un matón más en la familia.
    Como sabía enrollarse muy bien con la prensa, con algunos periodistas del Post, del Times o del Daily News mantenía una relación especial, por lo que ellos solían corresponderle escribiendo favorablemente sobre su persona. Para un periodista alguien como el pulcro Gotti, que se movía por la ciudad en Cadillac cuando no conducía él mismo su Mercedes, era un verdadero filón. Curiosamente, convinieron en verlo como un hombre afable, ingenioso y considerado, presto siempre a proporcionar un titular para los noticiarios, tabloides y revistas. Le dieron coba hasta el punto de compararlo con un galán cinematográfico. (Ya puestos, un articulista del Post lo hizo con George Raft, un actor que cayó en desgracia para los principales estudios hollywoodienses por su presunta amistad con otro famoso gánster de la época, Ben Siegel, futuro hacedor de Las Vegas.) Con su figura atildada, su pelo repeinado, su brillante dentadura, su manicura impecable, su extremada coquetería, en fin, John Gotti suponía algo inusual hasta entonces para el capo de una de las familias mafiosas más poderosas del país.
    Lógico, pues, que tanto halago hubiera terminado subiéndosele un poco a la cabeza, comentaban entre sí algunos de sus hombres, incluido el propio Michael. John Gotti aún no había cumplido los cincuenta años y era ya el jefe de la familia mafiosa más relevante de la Gran Manzana. Lo que ya no les parecía tan correcto ni sensato (y tampoco a los capitostes de las otras cuatro familias neoyorquinas) era que se hubiese convertido en una figura habitual de los medios de comunicación desde principios del 86, que se expusiera indecorosamente a los focos de la prensa, y más teniendo en cuenta que para la fiscalía él era el principal sospechoso de los crímenes de Castellano y Bilotti.

    Cuando Berrotta entró en la sala de reuniones del club que en los últimos tiempos usaba el boss para tratar de sus asuntos, se sentaban a la amplia mesa principal el propio Gotti, dos de sus capitanes, Angelo Ruggiero y Sammy Gravano, y dos soldados de éste. La sala, iluminada con luz artificial porque carecía de ventanas, estaba templada por la calefacción encendida. Todos tenían una copa ante sí, fumaban cigarrillos, se los veía relajados y risueños. Michael les saludó uno por uno con besos y abrazos y luego fue a servirse un bourbon con hielo en una de las mesas del fondo.
    Gotti tenía buenos motivos para mostrar un excelente humor ya que días antes había sido absuelto de todos los cargos que le habían imputado en marzo del año anterior. John Gotti y otros seis miembros de la familia Gambino habían sido acusados por un tribunal federal de Nueva York de conspiración para el crimen, asesinato, juego ilegal, asalto a mano armada y secuestro. El país había seguido el juicio con atención durante casi un año. Un juicio que a la postre había derivado en una auténtica comedia, aunque los componentes del jurado estuvieron deliberando una semana para finalmente declararle no culpable.
    Aquella tarde su jefe vestía con un traje gris marengo, camisa de seda negra y corbata gris, a juego con el picudo pañuelo que asomaba por el bolsillo de la chaqueta. Michael había pillado a Gotti contando una de sus historias. Le gustaba contar chismes, chascarrillos, sucesos de la familia de tiempos pretéritos o del presente. Sí, a Gotti le encantaba el palique, y a veces, pensaba Michael, creía que hablaba sólo por el placer de escucharse a sí mismo.
    “El caso”, continuó diciendo el boss mientras Michael se acercaba con su copa a la mesa, “es que tomamos el ascensor en el decimocuarto piso, y en él iba un tipo más o menos de mi edad, un retaco con una pinta de palurdo que no veáis. Me debió de reconocer nada más entrar en el ascensor por la expresión de su cara. Seguro que iba a hacer turismo porque le colgaba del cuello una cámara de fotos. Pero, chicos, en cuanto nos vio a mi hermano Gene, a mí y al perro (se estaba refiriendo a Sugar, el fiero pitbull terrier de su hijo), la jeta se le puso más blanca que esa pared. Me da que faltó poco para que no se lo hiciera encima… Respondió a nuestro saludo con un gruñido y retrocedió hasta quedar encajonado en la esquina, al fondo del ascensor, y era un ascensor grande. Sugar estaba inquieto, no tenía la correa puesta, la llevaba Gene en el bolsillo de la chaqueta, y olisqueaba a nuestro amigo mientras yo hablaba distraído con mi hermano. Me doy cuenta de lo que estaba haciendo y voy y le digo: “Siéntate”… Está bien enseñado, es un perro obediente, ya lo conocéis, así que le digo: “Siéntate”, le ordeno que se siente, que se coloque a mi lado y deje ya de incordiar. ¿Y qué es lo que ocurre?… Miro por el rabillo del ojo a mi espalda y no os lo perdáis, chicos, nuestro acompañante se había sentado en el suelo, con su espalda contra la pared… ¡Creyó que se lo estaba diciendo a él!… ¿Cómo podía ser tan jodidamente idiota?”.
    Casi al mismo tiempo todos prorrumpieron en escandalosas carcajadas, que Angelo acompañó con palmadas de su mano derecha sobre la mesa.
    “No sé lo que pudo pensar”, prosiguió Gotti, “pero cuando el ascensor se detuvo en el vestíbulo del hotel, Gene y yo nos despedimos, salimos con Sugar y aún dejamos al pobre tipo atrás, agachado y más pálido que al principio.”
    Angelo Ruggiero seguía riéndose a mandíbula batiente, el rostro cárdeno y a punto de saltársele las lágrimas, al igual que los soldados de Gravano. Todos participaban de la hilarante anécdota de su pistonudo jefe; todos menos Michael, que se mantenía de pie, a unos metros de la mesa, con una sonrisa tímida en los labios.
    Repantigado en su silla, Jonh Gotti bebió el último sorbo de su copa y chasqueó la lengua, saboreándolo; después dejó el vaso encima de la mesa y al lado, reposando extendida, su mano izquierda con el meñique ensortijado. Se quedó observando a Michael, su semblante mohíno. Le preguntó a qué venía aquella cara tan larga. Michael le dijo:
    -¿Recordáis al boxeador con el que ganamos quince de los grandes el pasado enero?
    -Cómo coño olvidarlo-dijo Angelo Ruggiero sonriendo.
    -Pues acaban de enterrarlo en Brooklyn. Precisamente ahora vengo de allí. Se mató el pasado sábado en un accidente con su moto… Una moto que le regalé yo poco después de que consiguiera el título…
    Aquella noticia luctuosa, como epílogo del torrente de carcajadas, les dejó cortados. Se hizo un silencio en el que se miraron serios unos a otros con un arqueo de cejas, y Tony Palombo, uno de los soldados, se santiguó. Al cabo, fue John Gotti el que dijo:
    -Bueno, descanse en paz.

    John Gotti falleció el 10 de junio de 2002, a los sesenta y un años de edad, víctima de un cáncer de garganta. Cumplía cadena perpetua desde 1992 en la prisión de Springfield, Misuri.
    Michael Berrotta fue condenado en 1996 a quince años de prisión por tráfico de drogas.

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