Jaume Balagueró: «Todas las subculturas se han convertido en mayoritarias»

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Cuán rico es el tapiz de la experiencia humana. De todo hay en la proverbial viña del Señor: en las últimas semanas he entrevistado a un ufólogo harto excéntrico, a una articulada pornstar pelirroja, a diez adúlteras anónimas (y por separado; no es broma), a un célebre escritor anglo-pakistaní, a unas superestrellas pop inglesas (tengo que soltarlo: ¡eran Spandau Ballet!), a un escritor pulp barcelonés, a un musicólogo yanqui asaz borde, y un día incluso estuve a punto de entrevistar a Raúl Cimas (pero el muy canalla me dio plantón en la puerta del teatro Coliseum).

Hoy vengo al bar Canigó, en el centro del barrio-villa de Gràcia (Barcelona), para conversar con Jaume Balagueró (Lleida, 1968), nuestro director de cine más fan, y fan #1 convertido en exitoso cineasta. Ustedes ya lo conocen, así que en cierto modo se antoja ocioso listar su filmografía. Pero sí, en efecto: Balagueró es el autor (e ideólogo, y creador original) de tres de los cuatro [REC], también de Darkness, Frágiles y Mientras duermes, entre otras. Y de la película sobre OT (más sobre este curioso dato algo más abajo). En esta fascinante charla, sin embargo, casi no hablaremos sobre [REC] (un acto heroico en sí mismo, y un enfoque de entrevista más laborioso de lo que parece), sino sobre iluminaciones, pasiones, bagaje y familia. Sobre darse de baja de lo friki, sobre fantasmas y su explicación clínica, sobre aquel ansiado disco de Led Zeppelin, sobre no entender aún qué es un fuera de juego en fútbol, y sobre esos tres cortometrajes que Balagueró se inventó, el muy tunante, para ser admitido en cierto festival de prestigio. Como diría Bill Hicks: it’s a ride.

¿Cómo fue tu infancia?

Es una infancia muy estándar. Nací en Lleida capital, pero a los cinco años vinimos hacia Barcelona por cuestiones de trabajo de mi padre, que es médico, igual que lo era mi abuelo. Vengo de una familia de médicos: tíos, padre, abuelo, cuñados… No todos lo son, pero sí muchos de ellos. Todo apuntaba a que yo sería médico, pero enseguida se vio que no. Lo que sí era, era un niño muy inquieto. Familia de clase media, muy aficionado a los cómics, a las pelis, a las historias… Desde muy pequeño estaba obsesionado con contar historias, que me inventaba y escribía, y eso marcó mi carácter. Ya se vio que mi futuro no iba a estar en la medicina, pero mis padres me apoyaron siempre.

¿Cómo te llevabas con tu familia? ¿Eras un rebelde sin causa o te gustaba ir a colegio?

Un dato interesante es que uno de mis abuelos, que era ingeniero de caminos, fue uno de los pioneros del Super-8 en España. Muchas de sus películas han sido recuperadas recientemente por el Ayuntamiento de Lleida.

¿Eran películas técnicas, asumo, de topografía y cosas así?

Había de todo. Visita de Franco a Lérida, por ejemplo. Y de esas visitas no hay más documentación que las películas de mi abuelo. Tienen un gran valor histórico. Y también películas familiares, claro. Navidades del 73, y tal.

Y tú lo veías en acción filmando todas esas cosas.

Sí, y lo que sobre todo veía en casa de mi abuelo era un universo muy de cine. Que si el Super-8, que si la moviola… Probablemente ha tenido cierta influencia sobre mí, o eso afirma mi familia. A mí me gusta creer que sí. Y creo que mi otro abuelo también tuvo cierta influencia. Era ginecólogo, científico, pero tenía aficiones cercanas a lo que yo luego he desarrollado.

¿Lo fantástico y la ciencia ficción?

Bueno, sí. Cosas que descubrí yo en la biblioteca que él tenía en casa: libros de ufología, de brujería, de mitos y leyendas, mucha historia y criptohistoria… Supongo que son cosas que se me han quedado, como si fuera algo genético.

Hay una cierta inclinación que sí es puramente genética, creo yo, y después está la que tú mismo vas forjando, como en el caso de los cómics y tu cosmos personal.

De adolescente desarrollé inquietudes más de friki. Pero respecto a lo que me preguntabas antes sobre mi relación con mi familia, fue muy buena. Tenía muy buena relación con mis padres. Tengo dos hermanas, y yo soy el hermano del medio. Tenía la rebeldía propia de la adolescencia, pero era una rebeldía muy asumida, no era dramática, y por añadidura estaba muy bien vista por parte de mi familia. Mi padre siempre decía que la rebeldía estaba bien porque era la época para la rebeldía. Que con el paso de los años esa rebeldía se transformaría en otras cosas, y que ya estaba bien que fuera de ese modo. Que él también había sido un rebelde, y que ahora ya no lo era tanto. Y en eso tenía toda la razón, mi padre. Me he dado cuenta con los años.

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Esa es una parte crucial del aprendizaje, del orden natural de las cosas: tienes que rebelarte contra tus padres. Pero hablabas de tus aficiones frikis. ¿Cómo ves la transformación de la visión social que se tiene respecto a lo friki? Los frikis antes éramos los apedreados de la clase, no era un fenómeno que estuviese bien visto ni te ayudara a ganar amistades más allá de tu círculo primigenio.

El concepto freak se ha ampliado mucho, ahora hay muchos más elementos y hay mucho más acceso a ellos. Internet lo ha transformado todo, claro, y en estos momentos todo el mundo, en una rama o en otra, es un freak de algo. El que no está obsesionado con las series de televisión lo está con los cómics, y el que no con los videojuegos, etcétera. Antes esto era algo más alternativo y marginal, y ahora ya no. Hoy en día todo eso se ha vuelto mainstream. Absolutamente todas esas subculturas se han convertido en mayoritarias. El mismo concepto de «friki» se ha masificado.

¿No te da un poco de pena que se haya perdido el romanticismo del secreto compartido entre unos pocos? Antes era algo así como una sociedad secreta. Un club subterráneo.

Pero es que se ha transformado todo. Una de las cosas buenas de antes que se han perdido es que las cosas tenían valor. Ahora ya nada tiene valor.

¿Quieres decir en cuanto a adquirir un cierto conocimiento arcano?

Adquirir un conocimiento o adquirir una razón de gozo. Antes todo eso tenía un valor. Quiero decir: yo ahorraba para comprarme aquel disco de Led Zeppelin. Tenía el ritual de ir a la tienda, mirarlo, decidirme a comprarlo, escucharlo al llegar a casa… Todo aquello revalorizaba el acto y lo magnificaba, en cierto modo. Hoy en día nada tiene valor, porque con apretar un botón lo tienes todo, abarcas todo. De alguna forma, la vida ha perdido interés. En general.

Estoy muy de acuerdo, pero estas frases nos hacen sonar a Cuando los dinosaurios dominaban la Tierra.

[Sonríe] Claro. Pero que conste que yo me estoy adaptando a los nuevos tiempos. Soy un usuario de internet actual, y hago un uso responsable de él. Eso sí, noto que las cosas ya no tienen el valor que tenían.

Existía una mitificación de cosas a las que no tenías acceso. Quizá en tu caso fuera una película de la que te habían hablado muy bien, pero que tú aún no habías podido ver. A mí me sucedía con los discos. Sabía que un grupo había hecho algo excitante, pero ese grupo no me llegaba hasta al cabo de cinco años. Y ese periodo de imaginación y fantasía de entreguerras me parece muy interesante. Eso ya no existe.

Efectivamente. No, eso ya no existe. La cabeza ya no trabaja, solo consume. Eso es una pena, una verdadera pena. Como sugerías, yo esperé años para ver Alien: el octavo pasajero. Mis padres la vieron cuando se estrenó y me la explicaban, y yo se la hacía repetir una y otra vez, y de ese modo yo iba cultivando una mitología sobre esa película. Después, finalmente, la vi.

Yo estoy haciendo eso mismo. Se la estoy explicando a mis hijos, Alien, porque me temo que aún no tienen edad para verla y me angustia que les pegue un susto mortal prematuro.

¿Qué edades tienen?

Siete y cinco. Quiero esperar un año más.

Yo tengo uno de cinco, y aún no he llegado allí. Pero también se la he explicado, claro, y está completamente fascinado con el tema.

¿Te decepcionó cuando al fin la viste?

Sí, me decepcionó, pero en este sentido concreto. Yo me esperaba una experiencia brutal, y lo fue, pero no la que yo me esperaba. Porque es una película espléndida, evidentemente, y luego la he revisitado muchas veces, valorando todo lo que tiene. Pero esto siempre pasa, es inevitable.

¿Fue en la adolescencia cuando desarrollaste el ansia y el anhelo de saber más de cine?

Yo quería saber más de todo, soy un consumidor compulsivo de todo: música, cómics, cine… Pero en la adolescencia tenía una inquietud mucho más acentuada que la que tengo ahora. Desarrollé un interés muy intenso por el cine marginal y de autor. En aquella época me interesaba mucho Tarkovski, por ejemplo. Ahora me interesa, pero menos. Pero en aquella época ir a la Filmoteca y descubrir cosas era fascinante.

Hablar de Casavettes en bares…

[Sonríe]. Sí, todo eso. Con el cine de vanguardia me había llegado a estar una hora ante una pantalla en blanco, alguna película americana de algún ciclo de películas de vanguardia de los ochenta; aquello me fascinaba. Ahora no lo haría, evidentemente. Y sin embargo, estas cosas ayudan a formar un determinado carácter al llegar a la adolescencia. Y para nuestra generación fue fundamental el VHS, ayudó a desarrollar nuestros gustos y nuestra manera de ser como queríamos, de algún modo, porque podíamos buscar y elegir lo que deseábamos. Yo tenía carnets de videoclub en la cartera, me cogía el autobús y me iba a la caza de películas. Eso me permitía disfrutar tanto una película de Ingmar Bergman, de Wim Wenders o de Alain Tanner (que me encantaba) en una sola sesión en casa, y luego poner una italiana de zombis, y disfrutar igual de las dos cosas. Y eso sí que marca tu personalidad.

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¿Era algo privado o te acompañaba una pandilla de nerds?

No, era algo bastante privado. Siempre fui un niño bastante introvertido y casero. Pero no en el sentido enfermizo, ni mucho menos. Tenía amigos, pero también tenía este punto de gustarme estar en casa y hacer mis cosas y desarrollar lo mío. Era mi mundo.

Es un cliché, pero, ¿como buen nerd, te repugnaban los deportes?

No me repugnaban, pero me eran indiferentes. No practicaba ningún deporte, ni sentía el menor interés por ello, ni me gustaba el fútbol ni sabía nada sobre fútbol. Y eso hace que desarrolles una sensación de marginalidad, te sientes outsider. Tu siempre estás fuera de esas conversaciones, quieras o no.

En nuestra adolescencia los vínculos de masculinidad eran muy futbolísticos y físicos.

Pero eso determina bastante el tipo de amigos que tendrás. Alguien a quien no le guste el fútbol acabará, por inercia, por juntarse con ese otro a quien no le guste el fútbol, y descubrirán que les gusta mucho el cine. Y eso marcó la configuración de mis amistades. Ahora que soy mayor me gusta algo más, veo algún partido y me llega a gustar ver un Barça-Madrid o una final… si la juega el Barça, evidentemente. Sin ser futbolero, me siento del Barça. Pero solo hasta cierto punto, porque si me empiezan a hablar del fuera de juego me pierdo. Vuelvo a estar fuera.

Lo triste no es que no sepamos qué es un fuera de juego, sino que nos lo hayan explicado mil veces.

[Sonríe] Es que no nos interesa, y punto.

Lo bueno del mundo nerd actual es que incluye a mujeres. En nuestra época era algo solo de tíos con problemas de acné.

Supongo que es por la masificación, ahora las mujeres se sientes con más facilidades para acceder a este mundo.

Estudiaste Periodismo, según tengo entendido. El cine, en ese punto, te interesaba solo como pasión personal.

Cuando me planteé los estudios universitarios tenía claro que quería hacer cine, pero no existía una carrera de cine como la que hay ahora. Y una de las alternativas era el Periodismo, que tenía ciertas conexiones: había sala de cine, de televisión, sala de radio… Además tenía algunos aspectos que me interesaban, como la semiótica. Así que decidí estudiar Periodismo, porque sí tenía claro que quería estudiar una carrera. No me preguntes por qué, pero lo tenía claro. Y mientras estudiaba empecé a trabajar en la radio, y estuve dos años allí.

En La espuma de los días.

Sí, en Ràdio L’Hospitalet. Pero mientras trabajaba en la radio ya estaba preparando mi primer cortometraje.

¿En la radio tratabas los temas que te gustaban?

Era un programa nocturno muy libre, con muchas llamadas telefónicas, un magacín en el que hablaba de mis cosas. Ràdio L’Hospitalet era una emisora muy particular que tenía una gran audiencia nocturna, que venía sobre todo de un programa legendario que había entonces. Yo hacía de viernes a domingo, pero de lunes a jueves, desde las doce hasta las seis de la mañana, estaba el programa Sábanas con chinchetas, que tenía unas audiencias brutales. Y de alguna manera esta audiencia nocturna se trasladaba a mi programa el fin de semana. Había mucha participación de la gente y era un programa muy libre, muy loco en este sentido.

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¿Recuerdas el momento en que te iluminaste y decidiste que ibas a hacer cine?

Es algo que se iba fraguando mientras hacía la carrera, pero en aquellos momentos no era fácil.

No había escuelas, como decías.

Ni escuelas ni la tecnología para poder rodar algo. En esos momentos rodabas en cine o en vídeo. Ahora puedes rodar hasta con un teléfono, si quieres. En aquella época si querías hacer algo que tuviera alguna posibilidad de verse tenías que rodar en 35 mm, y era muy difícil acceder a eso. Así que yo esperaba el momento, iba ahorrando…

¿Ya ahorrabas entonces?

Sí. Y tras la carrera entro en contacto con una serie de gente, los de la Fàbrica de Cinema Alternatiu, que supongo que todavía continúan en ello. Tampoco tenía un vínculo de inquietudes con esta gente, pero me pusieron en contacto con Joan Guinart, que fue el productor de mi segundo cortometraje. Al mismo tiempo estábamos editando un fanzine que se llamaba Cineshock, «la revista de cine oscuro y brutal» [sonríe], donde tratábamos pornografía marginal, terror, gore… Todo muy raro, muy de adolescentes. Todo esto iba fraguando el momento de hacer el primer cortometraje.

Cuando uno empieza con algo así normalmente tiene unos referentes a los que intenta imitar. En tus primeros cortos, ¿tenías claro a quién te querías parecer o era algo mucho más difuso?

Era difuso. Sobre todo por lo ecléctico de mis gustos. Eran tantas cosas distintas que no tenía claro a quién me quería parecer. Pero también es cierto que viendo mi primer cortometraje ya es fácil identificar algunas cosas.

¿Qué le ves?

A David Lynch, por ejemplo. Eraserhead. Ese tipo de cosas, pero también más cosas. Pero esto lo ves a posteriori, en aquellos momentos no buscas parecerte a Eraserhead.

Había leído que te gustaba mucho Lynch y hasta que no has dicho esto no veía qué conexión había. Dicen que de lo que se come se cría; estas cosas acaban apareciendo.

Es que no es tan fácil identificar algunas de estas referencias. Me gusta mucho Lynch. Pero también me gusta mucho David Cronenberg. Y Wim Wenders. Y Polanski. Y Alain Tannier. Y Kieslowski. No es tan fácil identificarlos, pero seguramente están allí.

Además del cine, has dicho que te gustaba mucho la música. ¿Cuáles eran tus pasiones musicales de juventud?

Muchas cosas. A los catorce años empecé a tocar la guitarra eléctrica y acústica, tenía un vecino que era guitarrista profesional y me dio clases. Y eso me empezó a despertar un interés por determinado tipo de música. Mis gustos se orientaron en seguida hacia el rock duro y el heavy metal, pero a la vez me ha gustado mucho siempre el jazz. Esto es algo que mamé en casa. A mi pareja le gusta mucho el jazz, pero le gusta desde fuera. Yo he llegado a desarrollar una pasión por el jazz de una forma más profunda. También me gusta la música clásica, que en mi casa se escuchaba mucho. Y además tengo gustos muy marcados, heredados de lo que teníamos en casa, donde no se escuchaban las cosas más habituales, sino a Mahler, por ejemplo. Todo esto lo he conservado. Jazz, rock, heavy, clásica y mucho pop, por supuesto.

¿Quizá al empezar a tocar la guitarra te diste cuenta de que podías crear algo tú, o son cosas independientes?

Pues sí. El hecho de tocar la guitarra abrió una vía creativa, en efecto, y empecé a componer y cantar. Y a grabar en casa con casetes, y tal. Grababas algo en un casete y después lo hacías sonar tocando encima otra cosa, y todo eso lo grababas junto, haciendo grabación por pistas. Era muy divertido. También estuve en algunos grupos en el instituto, y en el pueblo donde veraneaba tuve un grupo heavy [sonríe].

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¿Cómo fue el paso del cortometraje al largometraje? Hubo un aumento de ambición, supongo.

Es un paso abrupto. Aunque has de tener un cierto dinero, el corto es asequible, pero el paso al largometraje es dramático. Por dos razones. Primero, porque implica una financiación que se escapa totalmente de las posibilidades de control que tienes. Incluso se escapaba de las posibilidades de control del productor con quien hice mis cortometrajes. Así que teníamos que buscar una productora potente que pudiera financiarla. Tardamos dos años en poder financiar la peli, pese a que ya teníamos una opción sobre los derechos de la novela sobre la que se basó Los sin nombre. Y en segundo lugar, el paso es dramático porque cuando haces cortometrajes haces lo que quieres. Experimentas, pruebas… No tiene una salida comercial, nadie pagará por ello, en todo caso tiene una salida de festivales y premios. Que es importante. Y eso nos había ido muy bien, pero el largometraje es distinto: la industria está en un mercado y tienes que hacer una película que guste a unos espectadores y que esté explicada para ellos, y que la sigan durante hora y media. Es otro concepto y mercado. Ahí está el gran peligro de este salto mortal.

En el cine la industria tiene un peso muy importante. ¿No os desespera toda la parte de financiación y producción que está fuera de vuestras manos? ¿No se te acaban pasando las ganas de hacer películas tras tantas etapas de amontonar monedas?

Sí, sí, es bastante desesperante. Pero por suerte no lo llevo yo, lo lleva el productor.

Pero supongo que al principio sí lo llevabas tú, no podrías delegar demasiado.

Con los cortometrajes sí lo llevaba yo, evidentemente. El productor ponía una productora oficial que permitía tener subvenciones, con lo cual podía recuperar algo de lo que había puesto. Pero para un largometraje la financiación es algo que se me escapa. Mi primer cortometraje me costó un millón de pesetas (6000 €), pero el largometraje ya eran más de cien millones. Ya es otra cosa, y eso sí se me escapa. Son ya otros los que lo hacen. No puedo estar encima de ello porque ni sé ni puedo hacerlo; porque quien produce la peli es otra empresa y es la que sabe qué hay que hacer.

Sobre tus películas te han entrevistado y reentrevistado, no sé si hay algo que no te preguntan nunca y te gustaría decir, cosas que has incluido en las películas y la gente no ha sabido hallar.

Hombre, de [REC] se ha dicho todo [sonríe]. Todo, todo, todo. En las otras pelis quizá sí hay cosas que no se han visto. Frágiles, por ejemplo, es una peli que profundizaba mucho en un mundo que a mí me parecía apasionante, y mucha gente se quedó con que era una película de terror y ya está. Cuando había una mirada hacia la mitología de los fantasmas desde un punto de vista emocional —parecido al que desarrolló Bayona en El orfanato—. El fantasma como elemento emocional. Y además es cierto. Existe una explicación clínica a los fantasmas: son una proyección que hace durante el duelo la persona que sufre la muerte de otra. Para combatir el duelo creas la ilusión de la presencia de esa persona. Es algo habitual, y establecido psiquiátricamente. Mi abuela, por ejemplo. Cuando mi abuela aún vivía, mi padre y yo dormíamos en su casa cuando íbamos a Lleida. Una noche, cuando mi abuelo había muerto hacía un mes, recuerdo que mi abuela se despertó y fue a su despacho. De esto me enteré luego. Resulta que mi padre lo vio y le preguntó qué hacía allí en mitad de la noche, y mi abuela dijo que su marido estaba allí hacía un momento. Antes de morir de derrame cerebral mi abuelo utilizaba unos aparatos de gimnasia, y mi abuela dijo que su marido estaba allí haciendo ejercicios. Y es que ella realmente lo había visto, porque su cerebro estaba combatiendo el duelo. Este es el origen de la mitología del fantasma. El fantasma es una cosa puramente emocional.

La mayoría de fenomenología que ha acabado en tus filmes, ¿crees en algo de ello o ya lo has descartado todo?

Nunca he creído en nada de eso. Siempre he sido muy escéptico, científico y racional, nunca he creído en nada. Creo en la mente y en sus posibilidades. No en el poder, que seguramente también tiene, sino en las posibilidades y variaciones que el cerebro puede producir. Muchas veces se habla del déjà vu, como si fuese algo inexplicable. En realidad es muy fácil de explicar. La mente funciona con sustancias químicas que se transmiten. Me lo invento un poco, pero hay unas neuronas que perciben lo que el ojo o el oído recogen y estas neuronas, mediante unas sustancias químicas, lo trasladan a otras neuronas que lo interpretarán, etc. Y aquí es donde puede haber desajustes. Si mi ojo ve una imagen que, al ser transmitida, encaja con otra que ya está en la memoria, segregará unas sustancias que producirán esa sensación de déjà vu. Pero estas sustancias también se pueden segregar de forma accidental. Yo creeré que ya he estado aquí, pero será porque antes se han segregado esas sustancias de forma accidental, por un mal funcionamiento puntual. Es como si sudas y no hace calor. Algo ha fallado. Pues es lo mismo, recibes la sensación de que ya has estado ahí porque se ha segregado una sustancia que no debería haberse segregado, y de algún modo lo ha hecho. Al final todo es química. Y esto es en lo que sí creo. Puedes ver lo que quieras.

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A mí de niño siempre me echaban de las ouijas y las sesiones de espiritismo, porque intuían que no me lo creía y que iba a terminar haciendo mofa. Me vetaban preventivamente, vamos.

Pero a mí me fascinaba, y lo sigue haciendo. Yo nunca me mofaba, era el primero que estaba allí participando y deseando que pasara algo. Rezo para que algún día me suceda algo paranormal. Ojalá, pero no me pasa. El resultado es que no creo, soy muy racional, pero participo y me encantaría que sucediese algo.

Lo que me sucede mucho a mí son coincidencias. Como estar pensando en alguien de quien hace mucho tiempo que no sabes nada, y de repente recibir una llamada suya.

Yo tengo una teoría: se trata de ilusión. Y es que si te encuentras a alguien a quien hace tiempo que no veías, la sorpresa de este encuentro hace que tu cerebro genere la ilusión de que cinco minutos antes estabas pensando en él. No es cierto, no estabas pensando en él; pero estás convencido de ello porque tu cerebro lo cree. Es una teoría, pero a mí me ha pasado. Y me ha pasado también otra cosa que no tiene explicación y que es espectacular. Te la cuento: aquí cerca, en la calle Verdi, había un videoclub que cerró y, antes de hacerlo, acabó vendiendo las películas. Un día mi mujer estaba ayudando a ordenar las películas del videoclub, porque eran muy amigas con la dueña, y, de repente, coge una y me pregunta: «¿Y esta?». Era una película francesa llamada La haine. Yo le contesté que era muy buena, que a mí me había gustado mucho, y nos pusimos a hablar de ella. Es una película que no era muy conocida ni tampoco estaba de actualidad, una película que en este bar no conocería nadie. Entonces, mientras hablábamos de ella, de repente se abrió la puerta y entraron una pareja de adolescentes. Él era de Barcelona, ella de Madrid, se habían conocido a través de internet. Y el chico llevaba una camiseta de… La haine [pone cara de shock]. Esto es muy bestia, porque no estamos hablando de E.T., sino de La haine, una película de la que nunca habríamos hablado hasta que apareció entre nuestras manos aquel día. Y un adolescente de quince años la llevaba en la camiseta.

Nosotros lo interpretamos como una mera casualidad, pero hay quien querrá ver otras cosas. Es el viejo deseo de encontrar significado en este mundo caótico.

Bueno, es que si ahora viene una persona que cree en las apariciones divinas, aquí verá [señala la mesa] la mirada de Jesús, pero nosotros interpretaremos que es solo una mancha en el mármol.

Hablemos de fanatismo. Una amiga común, Desirée de Fez, ilustrada crítica de cine en una porrada de sitios, me ha comentado que eres un fan tremebundo de lo que te apasiona.

Sí. Es cierto. La saga Alien, por ejemplo, es fundamental. Me gusta mucho cómo se va reinventando, que precisamente es una de las cosas que hemos intentado con [REC]. La primera era una cosa y la segunda era algo completamente distinto. Podrían haber alargado el concepto de la primera pero no, hicieron un cambio de género supercoherente, y eso me gusta mucho. Si es un género que no te gusta hay un problema, pero si el nuevo género también te gusta, funciona muy bien. Lo intentamos con [REC]: que cada peli fuera otra historia, otro género, otra cosa.

Pero siempre que alguien cambia la fórmula aparece la decepción de la turba fan. La revuelta de los seguidores airados.

Ya. Es lo de siempre: no se puede contentar a todo el mundo. Si haces lo mismo sería «Más de lo mismo, ya basta»; si haces algo diferente es «¿Pero esto qué es? Esto no es lo que era». Al final has de decidir por dónde tiras y ya está, sin escuchar a nadie.

[REC] ha gestado un tipo de fan obsesivo, que incluso visita el 34 de Rambla Catalunya en plan tour operator. ¿Te ves reflejado en ese fan?

No mucho, la verdad, porque yo nunca he sido un fan de este tipo. Yo no pedía autógrafos, por ejemplo. A ver, el fanzine que te he comentado antes sí que se lo había regalado a Álex de la Iglesia, con cierta admiración, pero nunca he sido fan como lo que se entiende cuando se dice «fan». Y sin embargo me gusta mucho ver que [REC] despierta esta pasión. Alguien apasionado por algo merece respeto y admiración. Alguien a quien no le apasiona nada tiene un problema.

Es una ameba.

Sí. Una ameba, eso es. Por eso me encanta ver a la gente que está apasionada por alguna cosa. Me encanta.

Dicho esto, ahora todo el mundo tiene pasiones. Ver una serie por la televisión ya no es nada, has de ser un fan medio loco que ha dejado de comer hasta que emiten el nuevo capítulo de House of cards, o algo así.

Yo siempre había sido un friki, y ahora a veces me siento un antifriki. Por ejemplo, no veo demasiadas series de televisión, porque no tengo tiempo. No estoy al día, ni mucho menos. Me habré visto tres series enteras, todas las temporadas. Y cuando oigo a la gente hablar de que si Homeland esto o aquello, me digo: «Hostia, ya no soy freak» [risas]. He dejado de ser un freak, me he normalizado.

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Hablando de friki-fans, un chisme curioso: tengo entendido que, para poder entrar a participar en un festival, mencionaste unos cortos que no habías hecho, y que ahora hay gente buscándolos como si existieran de veras. Están incluso en Wikipedia, y en la mayoría de tus filmografías en internet.

Es verdad. El primer corto que hice, Alicia, fue preseleccionado para el festival de Clermont-Ferran de Francia, el certamen de cortos más importante del mundo. Ir allá era muy importante, porque el festival es mítico. Me dieron un documento que tenía que rellenar para ser aceptado. Y si no está bien completada esa entry form te dejan fuera, ni siquiera te dirán que hay un error, porque hay mucha gente que quiere entrar. Rellené todo: duración, formato… hasta que llegué a «Filmografía». Yo no tenía. Pensé que si veían algún campo en blanco lo tirarían a la basura, así que me inventé tres cortos.

¿Recuerdas cómo se titulaban?

Destrucción de un ojo, El niño bubónico y La invención de la leche. Me parece que son títulos que tomé de fotografías de Joel-Peter Witkin, un fotógrafo actual americano que hace una fotografía muy artística pero muy mórbida. Usa partes de cadáveres y muertos reales; es un tío importante, legendario.

Joroba. ¿Y crees que los títulos los sacaste de él?

Creo que sí. Yo tenía un libro suyo que me compré en una galería. Son unas fotografías muy duras. La más famosa es El beso, que es la cabeza de un hombre abierta de manera que media cara besa la otra media cara. Y saqué los títulos de ahí. El niño bubónico y La invención de la leche seguro, Destrucción de un ojo creo que no. Y de ese formulario de inscripción al festival pasaron a un catálogo, de aquí pasa allá y la cosa empieza a difundirse.

Te quería preguntar sobre la peli de Operación Triunfo, pero no sabía si lo tomarías como algo ofensivo.

[Sonriente pero suspicaz] ¿Por qué debería ser ofensivo?

Porque es algo muy alejado de lo que haces normalmente y porque es un programa de calidad cuestionable. Y porque imagino que era un encargo, no algo que tú pediste hacer.

No pedí hacerlo, eso es cierto. En aquel momento se daba el fenómeno Operación Triunfo, que era mastodóntico, y el productor que me había producido Los sin nombre y la película que yo estaba posproduciendo, que era Darkness, coincidía en el palco del Camp Nou con Toni Cruz. De Gestmusic, La Trinca y tal. Un día hablaron de que podrían hacer la película. Y Julio Fernández, de Filmax, me lo dijo. Me preguntó si yo la podría hacer. Me dijo que sería un documental de la gira, y me apasionó la idea. Dije que la haría, pero no yo solo, sino con Paco Plaza. Y es que se trataba de un fenómeno social de envergadura, y por tanto era documentable. Se tenía que hacer un documental sobre esos dieciséis chavales que de repente eran las superestrellas del país y hacían una gira a través de un país que había enloquecido. Me gustaba mucho la idea de hacerlo e ir de gira con ellos. El resultado fueron dos cosas: nos lo pasamos muy bien e hicimos una peli que nos gusta mucho. Que defendemos y que es muy guay. De hecho, cada dos años me reúno con Paco y Pablo —el operador que nos acompañó— y la miramos.

Eso es algo que no hacen muchos artistas: reescuchar sus discos, leer sus propios libros, ver sus películas…

Pues esta es muy chula y se puede volver a ver, porque es un espectáculo. Tiene un punto muy guay porque combina el documental-espectáculo para los fans —que es lo que queríamos en un principio— con el documental crepuscular sobre la fama y la felicidad. Tiene un poso triste que nos gusta mucho.

¿Eres de hablar de los proyectos que tienes en mente? Tom Zé decía que «una idea es un secreto». Que si la explicas antes de ponerla en práctica se desvanecerá, como si la energía se te escapara por la boca.

Yo tengo una tendencia a explicar. Si a mí no se me aguanta acabaré explicando la peli que estoy preparando de pe a pa, porque lo que me gusta de verdad es explicar historias. Muchas veces me tengo que callar porque aún no debería explicarlo, pero es lo que de verdad me hace disfrutar. Y además es interesante, porque vas viendo si funciona o no. Siempre tengo que ir con mucho cuidado con esto. Ahora estamos con varios proyectos: una peli de terror y otra cosa que no tiene nada que ver con el terror. Uno es la adaptación de La dama número trece, la novela de José Carlos Somoza, y lo otro es un guion que me enviaron y me gustó.

¿Por qué no has ido nunca a trabajar a Estados Unidos? Es un camino que muchos otros paisanos (mayormente actores) han tomado.

Son varias cosas. Lo primero es que no mitifico este viaje a Ítaca de Hollywood. Me parece interesante, pero no lo mitifico. Me gustaría, quizás, pero no es el objetivo de mi vida. Si hubiera un proyecto que me apasionara, iría. Luego también está el tema de los dragones [sonríe]. Con eso quiero decir que aquí controlo el entorno y puedo vencer a los dragones.

¿Dragones?

Para mí Hollywood es una tierra de dragones, no la controlo. Soy una persona muy insegura, y me da miedo. Es el miedo a enfrentarte a según qué cosas. Y aquí controlo a los dragones.

Aquí son dragoncitos.

Son dragoncitos, y como los conozco sé cómo vencerlos. Pero allí no, y da miedo. Y luego está el tema personal: vivo aquí, tengo a mi familia aquí, un niño de cinco años… y separarme de la familia es muy dramático. Me la podría llevar, pero es un jaleo importante. Sería un lío.

Jaume Balagueró para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo

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  3. No creo que las cosas hayan perdido valor. Como máximo, antes CREÍAMOS que tenían valor, pero en realidad tenían tan poco como ahora.

  4. «Todas las subculturas se han convertido en mayoritarias»

    No es cierto. Que parece que lo que no conocemos no existe.

  5. Argonauta

    Kiko, dónde se puede leer la entrevista a las adúlteras?

  6. condealmasy

    Le has sacado poco Kiko. Da la impresión de que tenía mucho todavía por exprimir.

  7. Todas las pornstars son «articuladas», en cuanto tienen articulaciones. Me imagino que el autor quiere decir que se expresaba de manera correcta y elegante.

  8. ¿Una «articulada pornstar»? Me gustaría saber cómo es una pornstar desarticulada…

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