
Entre finales de los años cincuenta y principios de los setenta los trabajadores de los principales estudios de televisión norteamericanos se acostumbraron a ver circular por los pasillos de sus empresas a un hombre con gesto arisco empujando un carrito sobre el que reposaba una gran caja cerrada con un candado. Pero pocos sabían realmente que aquella persona era una de las figuras más importantes del entretenimiento televisivo de la época. Y que la culpa de todo recaía sobre esa caja misteriosa que acarreaba incansable. Un objeto cuyo contenido solo era conocido por el celoso propietario, sus familiares más cercanos y un par de personas más. Aquel hombre se llamaba Charley Douglass, y el contenido de aquella caja era algo asombroso: trescientas veinte carcajadas.
La risa
Existen venéreas que miran con envidia a la risa por su asombrosa capacidad de contagio. Y no solo por culpa de ese tipo de risotada cuya naturaleza es cómica por grotesca, esa que de tanto en tanto asoma entre el público de los concursos de televisión vespertinos emparentando el deshueve sonoro del ser humano con la alegría de la foca ante el pescado fresco, sino porque la risilla más plana y ordinaria tiene un incalculable poder para extenderse de manera pegajosa si el clima, el momento y el lugar son apropiados. Y muchas veces incluso se beneficia de que ni siquiera lo sean.
Entendamos la risa como un lenguaje universal, algo tan grande e increíble como para existir y hacerse comprender antes que cualquier otra lengua o dialecto del mundo. Un bebé comienza a reír sonoramente a las pocas semanas de vida y los amigos de la gelotología (la ciencia que estudia los efectos de la risa) aún están dudando si los gorgoritos que efectúa la criatura en pañales durante las semanas previas tienen realmente algo de risotada primigenia. Matthew Gervais y David Sloan Wilson aseguraban en «The evolution and functions of laughter and humor: a synthetic approach» que bebés sordos y ciegos de nacimiento conservaban intacta la capacidad de reír pese a la privación de sentidos. Y aunque los botones que activan en la psique la propia risa están condicionados por elementos culturales, heredados de la educación o del lenguaje, no esconden que también tienen una raíz cafre e imbécil que ha estado ahí desde el comienzo de toda existencia. Hoy en día cualquiera puede descacharrarse al ver en YouTube a un mono investigando su compuerta de descarga con el dedo y desmayándose al acercar la falange curiosa a la nariz, pero probablemente hace millones de años una persona, para la que una hoguera era un artículo de lujo, ya se había descojonado contemplando lo mismo en directo. La que resulta más inexplicable es la razón por la cual las carcajadas son tan contagiosas, influye el componente social y la necesaria función de integrar a la persona como parte de un grupo pero la mayoría de las veces, como ocurre con los bostezos, tiene mucho de energía extraña y pegajosa. En el fondo quizás son mecanismos contagiosos porque siempre lo han sido.
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Aunque también se deja caer en el artículo (cuando menciona el experimento con Big Bang Theory), se toma como algo secundario la que para mí es la verdadera razón para poner risas enlatadas: enmascarar lo poco graciosas que pueden llegar a ser algunas series.
Esa es la razón principal, en mi opinión, no indicar cuándo tiene que reír el espectador.
Y en ese caso, sí veo justificado su uso: si tienes un producto mediocre tienes que usar todo tu arsenal para intentar realzarlo y convertirlo en algo vendible.
Claro, que la desgraciada consecuencia es saltarse la selección natural y evitar que comedias malas fracasen.
Qué desfile de datos. El autor no debe querer que sus lectores se rían.
¡Si son todos inventados!
«It’s always sunny in Philadelphia» probablemente la sitcom más infravalorada de la última década. Sin risas enlatadas, por supuesto.
Pingback: No sabes cuándo tienes que reírte
En el caso de Big Bang Theory, el experimento es engañoso porque quita las risas enlatadas pero no los huecos donde van las risas.
No veo que sea «tan poco gracioso» como el experimento da a entender.
En efecto, el experimento de The big bang theory es engañoso, ya que las series tienen unos segundos sin diálogos detrás de cada chiste para encajar las risas enlatadas. A quitarlas, se consigue el efecto contrario: un silencio incómodo muy parecido al que se produce en una reunión de amigos cuando alguien cuenta un chiste malo.
Como curiosidad, la primera temporada de dos hombres y medio se emitió en España sin las risas enlatadas que sí venían en la versión original, y la serie directamente pasaba a ser un drama; era inquietante ver al eterno adolescente de Charlie Seen intentando hacer chistes ante el silencio preocupado de los que le rodeaban.
La última versión de esta lacra: los «oh, wait» que tanto se dejan ver en las comunicaciones escritas hoy en día. Mismo significado: acabo de soltar una ironía pero creo que mis lectores son gilipollas y no lo van a entender; mejor se lo explicito.
Vaya, gracias por el artículo; siempre me pregunté sobre la invención de este recurso.
O:
Jajaja. Vaya, jeje, gracias por el artículo, ¡ooohhh!; siempre me pregunté, jijijiji, sobre la invención, ¡juash, juash, juash!, de este recurso ¡yeeee… plas, plas, plas!.
JAJAJAJAJAJAJA: https://www.youtube.com/watch?v=4a0AaQF15rc
Big Bang en particular no lleva risas enlatadas, hay unas 200 personas de público en la grabación (yo mismo estuve en un episodio)
¿Insinuáis a caso que los aplausos del programa de Carlos Cuesta están coreografiados?
«La mayoría de las grabaciones de risas de la televisión se registraron a principios de los cincuenta. Hoy en día la mayoría de la gente a la que se oye reír está muerta.»
‘Nana’, de Chuck Palahniuk
¡BRRRR…! Me acabas de poner la piel de gallina. Aunque por otra parte, hay que asumir como buena noticia el hecho de que esa gente esté ya muerta. Otra cosa sería si se tratase aquí de animalitos, ¡pobrecitos!
Solo señalar que el comentario sobre Chespirito es absolutamente gratuito. ¿Disculparse por el programa? Como si Larry David se disculpara por haber incluido a Julia Louis-Dreyfus en Seinfeld por presión de los directivos de la cadena.
Es completamente gratuito y no sé si injusto, pero es cosa mía. Parte de lo pertubador que me resulta ver a gente adulta haciéndose pasar por niños y que el humor sea de vergüenza ajena para servidora.
El chavo del ocho nació vieja ya en su momento. Que al otro lado del charco no exista una casa en la que alguien no conozca a Chespirito porque se emitió hasta en el último rincón de terreno habitable, me parece estupendo. Pero creo que tiene demasiado peso esa nostalgia en las valoraciones. Vamos, que no le he visto la gracia nunca. Casi que todo lo contrario.
Siempre se puede grabar a un grupo de hienas y usarlas para las risas enlatadas.
No entiendo lo de Chespirito. Acaso el autor considera a la infumable Big bang Theory, en una categoría superior?.
Yo sí. No digo que The Big Bang Theory sea una de las mejores comedias (aunque en sus inicios era más interesante), pero muy por encima del Chavo de Ocho sí que está.
Curiosidad (con algo que ver con el tema)
Los hermanos Marx llevaban sus obras por muchos teatros de USA para probar la efectividad de los gags y medir la duración de las risas/carcajadas de la audiencia.
Luego, cuando las utilizaban en los guiones de sus películas, llenaban ese tiempo con texto ‘intrascendente’.
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