Música que deberías conocer: The Mills Brothers

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Los únicos e incomparables Mills Brothers, en la época en que cantaban junto a su padre, recordando con un cuadro sus años jóvenes y a su hermano difunto. (Foto: Corbis)
Los únicos e incomparables Mills Brothers, en la época en que cantaban junto a su padre, recordando con un cuadro sus años jóvenes y a su hermano difunto. (Foto: Corbis)

En España casi nadie los tiene presentes. Es raro, porque otros grupos como The Platters o The Golden Gate Quartet gozaron de bastante popularidad en nuestro país y seguro que hay bastantes lectores que tienen discos de estas bandas en sus casas. Y sin embargo nuestros protagonistas fueron una de las mayores instituciones musicales de los Estados Unidos. Un ejemplo: entre los años treinta y cincuenta metieron una treintena de canciones en el Top Ten estadounidense, gozando durante algunas etapas de un nivel de éxito reservado  solamente a un reducido puñado de artistas durante el siglo XX. En sus días de gloria actuaron junto a los mayores nombres del negocio, que unánimemente les profesaban respeto y admiración porque eran capaces de cosas únicas. Estuvieron activos desde los años treinta hasta que, uno después de otro, fueron desgraciadamente abandonando este mundo en los años ochenta y noventa. Eran hermanos, empezaron a cantar juntos en la infancia y no se separaron hasta la muerte. Con toda seguridad tenían algunas de las mejores voces que el mundo haya conocido y difícilmente alguien podría alcanzar semejante grado de compenetración. Eran The Mills Brothers, tal vez el mejor grupo vocal en la historia de la música popular norteamericana y mundial.

Su descubrimiento parece escrito por guionistas de Hollywood. Un mediodía cualquiera de 1930, William S. Paley se disponía a abandonar su despacho —era el presidente de la poderosa cadena radiofónica CBS— cuando recibió una llamada telefónica de Ralph Wonders, responsable del departamento artístico de la compañía. Perceptiblemente excitado, Wonders reclamaba la presencia de su jefe en la sala de audiciones, donde se había presentado un grupo vocal formado por cuatro hermanos que al parecer habían llegado a Nueva York haciendo autostop desde Cincinnati, a unos seiscientos treinta kilómetros de distancia, y todo buscando una oportunidad para sonar en la radio. «Bill, tienes que escuchar esto», dijo Wonders. El jefe de CBS no parecía dispuesto a cambiar su agenda: «Lo siento, pero ya llego tarde para comer». Sin embargo, su empleado no le dejó colgar el teléfono; insistió e insistió en que debía dejarles cantar para él, aunque fuese «solamente una canción». Ante tanta determinación, Paley accedió y se dirigió hacia la sala de audiciones. Allí estaban los cuatro hermanos, apenas salidos de la adolescencia. Cantaron una canción. El presidente de CBS no pudo creer lo que estaba oyendo. Una hora después, Paley continuaba en la misma sala, pidiéndoles que interpretasen más y más canciones. Extasiado, terminó bajando las escaleras que llevaban a los estudios de radio e hizo que los técnicos pusieran inmediatamente en antena a «aquel cuarteto vocal que sonaba como una orquesta». Fue el primer contacto del gran público con los hermanos Mills. «Ese día no llegué a comer» —recordaría Paley en sus memorias— «pero los hermanos Mills y yo nos ganaríamos muchos más almuerzos a lo largo de los años». Al día siguiente, los Mill Brothers tenían un contrato firmado con la CBS; eran el primer grupo de raza negra que dispondría de un show radiofónico a nivel nacional.

John, Herbert, Harry y Donald, los cuatro hermanos Mills, eran hijos de un modesto barbero de Piqua, una pequeña localidad de Ohio (no me resisto a comentar que la página web de la ciudad, para mi sorpresa y deleite, está maravillosamente anticuada). Desde muy tierna edad causaron sensación por su manera de cantar. Fue su padre quien organizó sus primeras actuaciones en la esquina de la propia barbería familiar, como una manera de tenerlos entretenidos después de la escuela; además, los cuatro chavales cantaban asiduamente en la iglesia. Pronto ellos mismos se especializaron en diversos papeles dentro del cuarteto: John, el hermano mayor, cantaba con voz de bajo y tocaba la guitarra. Herbert y Donald cantaban como tenores. Harry era barítono y además tocaba el kazoo, ese instrumento popular de sonido vibrante que suele emplearse para ejecutar melodías casi a modo de parodia de una trompeta. La extraordinaria calidad de sus voces, su compenetración y el enorme talento para crear sorprendentes armonías dejaban atónitos a quienes los escuchaban. Pero el rasgo más característico del grupo en sus primeros años emergió por puro accidente justo el día en que se presentaban en un concurso local de jóvenes talentos. Nada más pisar el escenario, Harry descubrió aterrado que había olvidado su kazoo en casa. Y había que seguir con la actuación, así que ni corto ni perezoso, cuando llegó el momento de hacer sonar el inexistente kazoo juntó las manos ante la boca para imitar el sonido de una trompeta con sordina. Su imitación sonó tan bien y tuvo tanto éxito entre los asistentes, que sus tres hermanos terminarían aprendiendo a imitar otros instrumentos también con sus voces, desde el contrabajo hasta el trombón. Pronto serían capaces de reproducir fragmentos «instrumentales» sin instrumentos, habilidad que ayudaría a hacerlos famosos.

El lema de la ciudad de Piqua, «donde tus visiones se hacen realidad», difícilmente se antoja original y mucho menos fiel a la verdad, dadas las pocas expectativas que ofrecía el pueblo a sus habitantes. Pero empezó a cumplirse para los cuatro hermanos el día en que una feria ambulante llegó al pueblo. Allí actuaron como teloneros de espectáculos variopintos, tanto musicales como circenses, incluyendo la aparición del famoso perro y estrella del cine, Rin Tin Tin. Los Mills no pasaron desapercibidos, y la orquesta de jazz del espectáculo los contrató como coristas y se los llevó a Cincinnati, donde tenían programada una audición para intentar actuar en la radio local WLW. La emisora no quiso contratar a la orquesta… pero se quedó con los cuatro hermanos del coro. Durante los siguientes meses, los Mills trabajaron como cantantes residentes de la emisora, acompañando a los diversos artistas que pasaban por Cincinnati para actuar (recordemos que por entonces no existía la televisión y la música en directo era la norma en la radio). Aunque estuviesen cantando en una radio local, era solamente cuestión de tiempo que alguien los descubriera y les diese ánimos para aspirar a metas mayores. Eso sucedió cuando a la ciudad llegó nada menos que la orquesta de Duke Ellington. Los cuatro jóvenes acompañaron a Duke en su actuación y este quedó tan impresionado que telefoneó a su discográfica en Nueva York: «¡tenéis que contratar a estos chicos!».

Envalentonados por el entusiasmo y los ánimos del legendario Duke, los cuatro hermanos hicieron autostop hasta la Gran Manzana. Como decía antes, más de seiscientos kilómetros. Y como ya hemos visto, encandilaron al jefe de la CBS quien, entusiasmado, los puso en el aire a nivel nacional poco más de una hora después de haberlos conocido. No pasó mucho tiempo hasta que realizaron su primera grabación, una personalísima versión del popular standard de jazz «Tiger Rag». Era su debut discográfico… y todas las expectativas sobre sus posibilidades comerciales se quedaron cortas. Sencillamente explotaron. Fue su primer número uno en los Estados Unido, y no resulta extraño. La gente no había escuchado nada igual: ¡cuatro tipos sonando casi como una banda instrumental de swing! Increíble pero cierto.

En su siguiente grabación, «Nobody’s Heart», volvían a asombrar con su facilidad para sonar como grupo vocal y al mismo tiempo como improbable grupo instrumental. También fue un gran éxito. Con solamente dos canciones editadas, su popularidad creció tan rápidamente que llegaron a actuar nada menos que junto a Bing Crosby y las Boswell Sisters… eso, solamente unos meses después de haber llegado a Nueva York con lo puesto. Fue precisamente con el gran Bing Crosby con quien grabaron a medias su tercer single, «Dinah», que se convirtió en el segundo número uno de su carrera. La racha continuó. Durante los primeros dos años en el negocio discográfico de The Mills Brothers, editaron dieciséis canciones y colaron nada menos que ¡quince! en el Top Ten estadounidense. Para que nos hagamos una idea, una cadencia tan intensiva de éxitos ha sido alcanzado solamente por —atención a los ejemplos— artistas de la talla de Elvis Presley en la era 1956-57, los Beatles en 1964-65 o Michael Jackson en la época de Thriller. Además, durante aquel breve periodo los Mills Brothers aparecieron nada menos que en siete películas.

La técnica vocal de la que hacían gala era asombrosa para el público de su época. Quizá algunos recordéis que Rage Against the Machine incluían en sus discos una nota que decía «no se han utilizado sintetizadores», con el fin de que los compradores supieran que muchos de los efectos del disco eran realizados por la guitarra de Tom Morello. Pues bien, R.A.T.M. no fueron los primeros en hacerlo. En 1931, algunos discos de The Mills Brothers contenían una nota que decía así: «ningún instrumento se ha usado en esta grabación aparte de la guitarra». Algunos oyentes tenían sus dudas, especialmente cuando escuchaban aquella imitación de trompeta de Harry, que por momentos solamente un especialista podía distinguir de una trompeta verdadera, o algunas fantásticas reproducciones del colchón sonoro que aportaría una sección de dos o tres vientos. Pero los trucos vocales no lo eran todo. El público podría haberse aburrido rápidamente de ellos si los Mills no los hubiesen acompañado de un verdadero talento para realizar exquisitas (y difíciles) armonías a cuatro voces, como resulta fácil comprobar incluso en algunos de sus discos más tempranos, como «Baby, Won’t You Please Come Home», o las tres que pueden escuchar en el siguiente video: «I’ve found a new baby», «Lulu’s Back in Town» o la maravillosa «Miss Otis Regrets».

En aquella época, como durante el resto del siglo XX, la radio estadounidense marcaba la pauta de lo que se escuchaba en todo Occidente y sobre todo en Europa. El Reino Unido, particularmente, vivía permanentemente pendiente de las novedades que llegaban de América. La fama de los cuatro hermanos alcanzó allí tal magnitud que actuaron frente a los reyes de Inglaterra, George V y su esposa Mary. En el año 1934, el que las cabezas visibles del Imperio Británico se sentasen en el mismo corazón de Londres a escuchar cantar a cuatro afroamericanos era todo un acontecimiento. De hecho, nunca antes habían actuado artistas negros ante la realeza. The Mills Brothers estaban en lo más alto, en la absoluta cumbre del negocio y simplemente no podían aspirar a más. Desgraciadamente, el destino les tenía guardada una desagradable y cruel sorpresa.

John, el mayor de los cuatro hermanos, contaba solamente veinticuatro años cuando cayó repentinamente enfermo durante aquella primera visita a Inglaterra. Se le diagnosticó una neumonía y de vuelta en los Estados Unidos batalló con la enfermedad durante varios meses. Aquello, lógicamente, supuso un parón en la carrera del grupo, que no editó una sola canción durante 1935. Finalizando el año, no obstante, John parecía estar casi completamente recuperado así que regresaron a las Islas Británicas para cumplir otros compromisos. Pero al poco de volver a pisar suelo inglés John sufrió una inesperada recaída en su neumonía (hoy se piensa que probablemente sufría de una tuberculosis mal diagnosticada). Esta vez la gravedad de su estado no remitió: murió el 23 de enero de 1936, sin haber llegado a cumplir los veintiséis años.

Sus tres hermanos pequeños quedaron tan devastados que, además de no grabar ni una sola canción durante 1936, decidieron deshacer el grupo. No tenían ganas de continuar y se dispusieron a regresar a casa con sus padres. Pero precisamente de sus padres llegó el impulso para seguir en la música. La madre, Eathel, les dijo que su hermano mayor no hubiese querido verlos abandonar algo que habían logrado construir y que era verdaderamente grande. Otro apoyo fue el de su padre, John Mills Sr., que abandonó la barbería y se unió al grupo como sustituto de John Jr. en la voz grave. No pudieron encontrar a nadie mejor, porque su voz encajaba de maravilla. Pero sobre todo, después de haber perdido a un hermano, también era un más que evidente soporte moral tener con ellos a su padre durante las giras y grabaciones. Al contrario que su difunto primogénito, John padre no sabía tocar la guitarra, así que contrataron a un quinto miembro, el guitarrista Norman Brown.

Aquellos meses en el dique seco no hicieron que el público les olvidase; al contrario, la popularidad del grupo continuaba intacta como demuestra el que retornasen por todo lo alto grabando nada menos que con Ella Fitgerald o Louis Armstrong (¡inmejorables combinaciones! ¡Y la trompeta de Armstrong sonando frente a los vientos simulados de los Mills Brothers!). Todavía eran muy famosos a ambos lados del Atlántico y sus nuevos discos se convirtieron también en éxitos:

El comienzo de la Segunda Guerra Mundial estuvo marcado no obstante por un leve descenso en su nivel de ventas. Los Mills Brothers temieron estar perdiendo el favor del público, que durante años los había tenido como sus ojitos derechos y que lógicamente se había enternecido con la trágica pérdida de John Jr. y la entrada en la banda de John Sr. Su receso comercial tenía que ver con la aparición de otros grupos vocales como The Golden Gate Quartet o sobre todo, The Ink Spots, que empezaban a hacerles la competencia (en próximos artículos hablaré también de ellos). Entre los años 1937 y 1942, The Mills Brothers solamente colaron una canción en el Top Ten estadounidense. Aunque tampoco bajaron más allá del puesto 30 de las listas de ventas, podía considerarse una sequía. Sentían que habían entrado en una época de declive y a medida que muchos de sus antiguos fans estaban buscando sensaciones nuevas, los ejecutivos discográficos se ponían nerviosos y les presionaban para obtener un nuevo hit. Y eso que los Mills Brothers trataban de adaptarse a los tiempos, musicalmente hablando, pero nada parecía funcionar. Sus ventas eran aceptables, pero estaban al borde de la derrota: un nuevo descenso podía significar casi el fin de su carrera. Sin embargo se produjo un triunfante retorno a lo más alto que llegaría de manera completamente inesperada.

A finales de 1942 registraron una canción llamada «Paper Doll», una balada que se alejaba del swing y el jazz que acostumbraban a interpretar. Tanto, que entre los hermanos hubo incluso división de opiniones a la hora de grabarla: solamente el pequeño, Donald, parecía disfrutar con el tema. Sus dos hermanos mayores, Harry y Herbert, se negaron inicialmente a grabarla, aunque terminaron transigiendo a regañadientes. Cuando fue publicada a finales de 1942, la canción pasó relativamente desapercibida; vendió modestamente y no causó un gran impacto. Parecía destinada a convertirse en otro paso más en el largo pero inevitable descenso de los Mills Brothers hacia el ostracismo. Sin embargo, a veces las canciones tienen vida propia. Estaba siendo ignorada en América, pero algo sucedió el extranjero, donde la canción caló entre los soldados estadounidenses que luchaban en la Segunda Guerra Mundial. La letra de «Paper Doll» hablaba de un chico solitario que, cansado de los caprichos de alguna chica, decidía que iba a enamorarse de una «muñeca de papel»:

Voy a comprar una muñeca de papel a la que pueda llamar mía,
Una muñeca que otros tipos no puedan robarme,
Y entonces los chicos que van por ahí flirteando
Tendrán que flirtear con muñecas de verdad.
Cuando vuelva a casa por la noche ella me estará esperando,
Será la muñeca más leal del mundo,
Prefiero tener una muñeca de papel que sea mía
Que tener una caprichosa chica de verdad.

Los soldados se identificaron rápidamente con la soledad del protagonista. Muchos jóvenes reclutas habían dejado a sus novias en casa para combatir, así que además de los sinsabores de la guerra y el miedo a morir, vivían con la constante paranoia de perder a sus chicas (cosa que sucedía con relativa frecuencia). Otros nunca habían conocido mujer o se veían limitados a acudir a prostitutas europeas para no torturarse pensando que morirían siendo todavía vírgenes. Todos ellos eran chicos en la flor de la vida que se lo jugaban todo en el frente y buscaban cierto consuelo emocional en las pin ups, mujeres que salían en las revistas o postales, a las que reproducían en sus tanques o aviones y que ejercían básicamente como sus hadas madrinas. La letra de «Paper Doll» tocó aquella fibra tan sensible de los soldados y con el transcurso de los meses la canción casi olvidada en América empezó a revivir gracias al ejército; incluso la revista Time mencionó el fenómeno de «la canción que está sonando en todas partes», y achacaba su inesperado e incomprensible éxito tardío a los militares. A finales de 1943, «Paper Doll» se convirtió en número uno de las listas estadounidenses durante tres meses consecutivos y terminaría vendiendo la friolera de diez millones de ejemplares, convirtiéndose en una de las cuarenta canciones más exitosas de todo el siglo XX:

Fue precisamente entonces cuando Harry Mills fue llamado a filas para incorporarse al servicio de comunicaciones. MIentras Harry servía en la guerra, su padre y sus hermanos recurrieron a un sustituto, Gene Smith, el primer cantante en pasar por el grupo que no tenía el apellido Mills ni pertenecía al núcleo familiar. La voz de Smith no se parecía a la de Harry, pero se integró bien y les permitió seguir en marcha durante aquel periodo bélico.

Sea como fuere, el apoteósico éxito de «Paper Doll» los devolvió a la condición de grupo superventas, y entre 1943 y 1952 colaron trece canciones en el Top Ten, incluyendo dos nuevos números uno con «You always hurt the one you love» y «The Glow-Worm». Fue una década de éxito constante, en la que ninguno de sus singles bajó más allá del puesto 25 de las listas. A partir de 1953, sin embargo, el nivel de ventas volvió a decaer. El ascenso del rock & roll los hizo parecer repentinamente anticuados. Además, John Mills Sr., a punto de cumplir los setenta años, se retiró. Aunque sus hijos continuaron adelante como trío, los días de grandes hits habían terminado para ellos. Hubo alguna excepción: en 1959 abandonaron el swing y versionaron la curiosa «Get a Job» de The Silhouettes, introduciéndose en el mundo del doo wop, estilo que se consideraba más moderno de lo que solían hacer pero que —paradójicamente— ellos mismos habían contribuido a crear. Casi diez años pasarían antes de un nuevo éxito, que sería el último, la entrañable «Cab Driver», que contra todo pronóstico se coló en la listas durante 1968, un año después de la muerte de su padre (la madre, Eathel, había muerto en 1962).

Habiendo asumido ya que no volverían a copar las listas de ventas, los hermanos Mills continuaron actuando en shows nostálgicos y nunca dejaron de ir de gira, ni siquiera a una edad avanzada, cuando Harry se quedó ciego a causa de una diabetes. Sin embargo, sobre el escenario eran mucho más que un show nostálgico. Al contrario que otros grupos vocales como las Boswell Sisters, por citar un ejemplo, las voces de los hermanos Mills se mantenían en forma y jamás perdieron el respeto de sus compañeros de profesión o la capacidad de asombrar al público. Harry murió en 1982, sin dejar de pisar los escenarios. Lo mismo hizo Herbert, actuar hasta su muerte, en 1989. Donald continuó con ayuda de su propio hijo, John Mills III. Todo quedaba en casa. Murió en 1999, aunque tuvo tiempo de recoger un (tardío) Grammy honorífico por toda su carrera.

Nada mejor para despedirnos de ellos que una de las últimas actuaciones que Harry, Herbert y Donald hicieron juntos, en un especial televisivo emitido apenas unos meses antes de que Harry falleciese (y cincuenta años después de haberse presentado en la CBS neoyorquina tras hacer más de seiscientos kilómetros de autostop). Pueden ustedes prepararse: no hablamos de tres viejas glorias arrastrando su leyenda por el fango, sino de tres hermanos que llevaban décadas y décadas cantando juntos, cuyo nivel de compenetración iba más allá de lo humanamente comprensible, y cuyas voces se mantenían igual de bellas que de costumbre. Se trata de una interpretación del clásico del jazz «Basin Street Blues», que recrearon al estilo en que lo grabaron durante su juventud, incluyendo sus famosas imitaciones de instrumentos (¡ese escalofriante solo de falso trombón!). Nunca tanto como en su vejez quedó claro que estos tipos eran simple y llanamente imbatibles. Tres de las mejores voces del mundo juntas con un único micrófono, como de costumbre en ellos, durante casi cuatro minutos de belleza en estado puro (¡¡y ese final!!). Si esto no te pone los pelos como escarpias, amigo, te felicito: estás oficialmente hecho de granito.

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2 comentarios

  1. Genial reivindicación de unos olvidados. Personalmente, su versión del «Diga Diga Doo» acompañados por la banda de Ellington me parece un disco «de isla desierta».

  2. Neofito

    No todos los días tiene uno la oportunidad de cerciorarse de no ser de granito… gracias, los he disfrutado!

    Saludos,

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