Amores cinéfagos: Gena y John, por amor al arte

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John Cassavetes y Gena Rowlands. Foto: Crodon Press.
John Cassavetes y Gena Rowlands. Foto: Cordon Press.

Vivíamos para el cine. Fueron años intensos y apasionantes. Los mejores de mi vida. (Gena Rowlands)

Hablar de John Cassavetes comporta evitar las medias tintas. Todo en él fue puro carácter, determinación y pasión artísticas. Sí, Cassavetes era, por encima de todo, un artista. Sin embargo no cultivaba la pose plúmbea de los extravagantes con alma de vedette. Más bien se presentaba como un tipo cuya única misión consistía en trasmutar en cine su particular mirada sobre distintas esquirlas de la realidad. Su cine, por lo tanto, refleja una cosmovisión acendrada pero al mismo tiempo repleta de matices y contradicciones. A Cassavetes le importaba más transmitir autenticidad que regodearse en ejercicios estilísticos. La composición de los personajes pesaba más que la trama y sus reversos. Sus filmes responden en buena medida al temperamento del director: excesivo, atrabiliario, desmadejado, marginal y con el talento suficiente como para no dar nunca el brazo a torcer. Su terquedad y capacidad para (auto)venderse consolidaron una trayectoria cinematográfica vigorosa, personal e intransferible. Como buen hijo de inmigrantes, Cassavetes adoraba las fábulas felices de Frank Capra y su optimismo vital que tan bien se amoldaba al american way of life. Sin embargo, en la realización de su ópera prima Shadows, las nuevas oleadas provenientes básicamente de Europa marcan una manera de hacer cine que mantendrá a lo largo de tres décadas. El propio cineasta reconocía sus influencias en la autobiografía/entrevista Cassavetes por Cassavetes de Ray Carney:

Adoro a los neorrealistas por lo humano de su visión. Zavattini es sin duda alguna el guionista más grande que ha existido. Las películas que especialmente me inspiraron cuando hice Shadows fueron La tierra tiembla, Los inútiles, Umberto D y Bellissima. Los neorrealistas no le tenían miedo a la realidad; la miraban de frente. Siempre he admirado su valor y su disposición a mostrarnos cómo somos realmente. Lo mismo puede decirse de Godard, del primer Bergman, de Kurosawa, y del mejor director después de Capra, Carl Dreyer. Todas esas influencias neorrealistas están presentes en Shadows.

Así pues, con el bagaje cultural del clasicismo norteamericano y las renovadas corrientes europeas, Cassavetes se convirtió en pionero y alma mater del llamado cine independiente. No fue fácil. Y por ello pagó con una vida en la que el cine, su profesión, pocas veces cedió paso al ámbito familiar. De hecho, podría decirse que vivió en constante imbricación de ambas.

La dama y el vagabundo

Cassavetes, el equipo y los actores se pasaban las noches enteras sucios, muertos de sueño, exhaustos, gorroneándose cigarrillos; Gena, en cambio, llegaba fresca como una rosa, una auténtica dama, una gran estrella, enfundada en pieles y cargada de joyas. (Miembro del reparto de Shadows).

Desde los años de estudiante en la escuela de arte dramático AADA de Nueva York, Cassavetes se granjeó intencionadamente fama de estrafalario y chiflado. Una vez, estando en una cafetería con un colega de estudios, llegó a buscar bronca con un culturista que le pasaba cuatro palmos de largo y ancho —hecho tampoco insólito teniendo en cuenta la estatura exigua del director—. Tanto el culturista como el amigo de Cassavetes quedaron estupefactos ante la osadía gratuita, que respondía a una necesidad de ponerse a prueba como hombre, de demostrar que uno podía vencer sus miedos con audacia y determinación. Sin embargo, como apostilló el amigo años más tarde, esas muestras de gallardía de corral iban precedidas de unos buenos lingotazos furtivos a la petaca de whisky que Cassavetes acostumbraba a llevar encima.

No es de extrañar que a la sazón la joven aspirante a actriz Gena Rowlands se sumara a la opinión generalizada de que aquel estudiante bullas era un tipo raro. Aun así, según cuenta Cassavetes, con cierta tópica cantinela, en el mentado libro de Carney, lo suyo con Rowlands fue amor a primera vista:

Antes de conocer a Gena, yo era un soltero que iba por la vida torturando a la gente. Creo que eso está bien cuando uno es joven. Cuando la vi, ¡lo supe! La primera vez que la vi, yo estaba con un actor, John Ericson, y le dije: «Esa es la chica con la que me voy a casar».

Finalmente, Rowlands accedió a salir con Cassavetes, aunque las cosas no prometían demasiado. Carney abrevia:

Puede que Cassavetes hubiera tomado una decisión, pero hacerle la corte a Rowlands fue de todo menos fácil. Cassavetes entró con fuerza, pero Rowlands resistió sus avances. El primer problema con el que Cassavetes se enfrentó fue que Rowlands había decidido ser actriz profesional y no quería que un romance o el matrimonio la distrajeran. Otro problema fue la posesividad emocional de Cassavetes. La pareja estuvo a punto de romper más de una vez por los celos de él: bastaba con que ella mirase en dirección a otro hombre para despertarlos. Rowlands era tan ferozmente independiente como posesivo era Cassavetes; y, a su manera, era tan empecinada como él. Cassavetes era un seductor acostumbrado a hacer lo que quería con las mujeres, pero con Rowlands finalmente encontró la horma de su zapato.

Así pues, todo hacía presagiar el desastre. Aunque en esta ocasión fue Cassavetes quien, pese a su chulería superior al ocho, supo refrenar a tiempo sus actitudes de neandertal:

Desde mi punto de vista, si yo tenía que renunciar a mi precioso ego para brindárselo a una mujer, ella me tenía que amar incondicionalmente. Yo tenía a Gena bajo constante control, era terriblemente celoso, lleno de sospechas acerca de otros hombres y con el terror de que esas sospechas pudieran ser reales. Y ella no lo soportaba. Así que, al final, me relajé.

En cualquier caso, la relación nunca dejó de tener sus tensiones y sus momentos tormentosos entre dos personalidades con caracteres opuestos aunque igualmente marcados. Dama y vagabundo. Así lo testifica Carney:

Rowlands y Cassavetes eran todo lo diferentes que pueden ser dos personas, y sus personalidades y educación no se parecían en nada. Ella había crecido en el campo y era de un entorno económicamente holgado. Era artística y tenía «formación musical» (para decirlo con una expresión que aparece en un choque de personalidades comparable en Faces). Él era un chico de ciudad, de mucha labia, espabilado. Rowlands era socialmente desenvuelta y refinada; Cassavetes, tosco, impulsivo, apasionado. A ella le interesaba lo que la gente pensaba; él era mediterráneo, medio loco, ardiente. Saltaban las chispas.

John Cassavetes y Gena Rowlands en la serie Johnny Staccato. Imagen: NBC.
John Cassavetes y Gena Rowlands en la serie Johnny Staccato. Imagen: NBC.

La goma de borrar

Una de las grandes cosas de América es que cuando dos personas se enamoran todo el pasado se borra. El amor es la gran goma de borrar. (John Cassavetes).

Las chispas, no obstante, acabaron al cabo de escasos cuatro meses en matrimonio. A lo largo de los años de convivencia, Rowlands consiguió que el asilvestrado y desaliñado Cassavetes se encontrara cómodo vistiendo de esmoquin, mientras que ella acabó orquestando las concurridas y bulliciosas barbacoas a las que el marido era aficionado. De hecho, algunas de sus películas, como Husbands o Una mujer bajo la influencia, retratan esas comidas multitudinarias en las que la conversación se vuelve un pisarse las palabras a gritos. De alguna manera, la pareja consiguió crear un microcosmos muy semejante a su cine. Una apariencia de caos que íntimamente estaba ordenado por una sutil complicidad de opuestos. Cassavetes tenía claro que en su apuesta por la independencia artística había peajes ineludibles si quería mantener a una familia con las mínimas comodidades. Fue así como el director insobornable puso a disposición de los estudios al actor de alquiler. Aun así su temperamento ígneo le ocasionó no pocos problemas y broncas con productores y directores. Con el productor Stanley Kramer acabó a puñetazos en la fase de montaje de Ángeles sin paraíso y la relación con Roman Polanski durante el rodaje de La semilla del diablo fue un constante choque frontal de dos bajitos con mucho ego. De alguna forma, Cassavetes estaba condenado a hacer las cosas a su manera, con su equipo habitual y con los actores que él consideraba leales, como Ben Gazzara, Peter Falk o Seymour Cassel. También, claro está, creó para Rowlands personajes increíbles, de una solidez admirable, una mezcla de feminidad y dureza indelebles. A través de su cine regaló a su mujer todo aquello que su propio cine le había robado a la convivencia entre ambos. Cassavetes pretendía redimirse de sus traiciones como artista:

Yo he traicionado a Gena varias veces. No digo que lo hiciera a propósito, que lo planeara una y otra vez, pero he hecho cosas que pueden verse como una traición. Trabajar hasta la madrugada. Trabajar mucho. No mantener siempre los impulsos románticos que son la promesa que se hacen dos personas cuando se juntan. Enamorarme de otras cosas. Cosas que en el fondo, a mi entender, les ocurren a todos los matrimonios o a las parejas que llevan mucho tiempo juntas. En los últimos años he podido reconocer mis errores, mi egoísmo, mi falta de sensibilidad, pero, ojo, no estoy menoscabándolos, de ninguna manera. Desde el punto de vista de un actor, de un director, los sufrimientos y los problemas son maravillosos: su arte se forja precisamente con ellos.

Podría afirmarse que films como Gloria, la citada Una mujer bajo la influencia, Así habla el amor o Noche de estreno llenan un vacío que Cassavetes siempre pensó que había creado en su matrimonio. El cine, pues, sirvió de antídoto a su enfermiza pasión cinematográfica. Cabe decir que Rowlands respondió estando a la altura de las circunstancias y sus interpretaciones consiguieron que las mentadas películas se encuentren entre lo mejor de la filmografía de Cassavetes y entre lo más sobresaliente del cine contemporáneo. Pese a todo, los rodajes nunca fueron fáciles. Para lograr una composición auténtica de los personajes y una interacción espontánea entre ellos, el cineasta era capaz de manipular y torturar a los actores hasta el hartazgo más antipático. Las grandes broncas entre Cassavetes y Rowlands se producían en plató, aunque, en muchas ocasiones, se traían de casa el armamento dialéctico para zaherir al otro.

A simple vista puede pasar inadvertido, pero en buena parte del cine de Cassavetes hay elementos, detalles y situaciones de carácter autobiográfico y, concretamente, de su vida en común con Gena Rowlands. En Una mujer bajo la influencia, por ejemplo, retrata una comida en que el personaje de Rowlands sirve espagueti a un grupo de obreros invitados por Peter Falk, al igual que hacía la actriz con los miembros del rodaje en su casa de Laurel Canyon. Así habla el amor tiene mucho de sus inicios como pareja y la relación sentimental entre dos personas de caracteres opuestos. Pero tal vez sea en Corrientes de amor donde los tintes autobiográficos de la pareja se muestren sin tantos ambages. No tanto por su argumento como por la relación entre los protagonistas y su condición de seres atípicos y que no consiguen encajar en las convenciones sociales.

Corrientes de amor significó el último regalo de amor de John Cassavetes a Gena Rowlands. El director murió a los sesenta años a causa de una cirrosis. Sostenía que el alcohol y el tabaco eran peajes que un artista debía pagar en la creación de su obra. Puro bullshit que probablemente aceleró su muerte. Sin embargo, dejó una filmografía que es referente entre los cineastas que cuando cogen una cámara y salen a la calle todavía pretenden transmitir emociones verídicas en el encuadre de la realidad.

Por su parte, Gena Rowlands ha mantenido una carrera firme como actriz y ha ayudado a la de su hijo Nick Cassavetes, que, como su padre, se ha dedicado a la dirección aunque con resultados más discretos. Rowlands no es precisamente muy adorada por críticos e historiadores de la obra de Cassavetes, pues mantiene la promesa a su marido de no desvelar nada de su cine que no se pueda desentrañar en pantalla. Una manera de preservar la intimidad.

En una ocasión le preguntaron si en su casa revisionaba las películas de su marido:

—No tengo necesidad. Cuando quiero cierro los ojos y recreo todas y cada una de sus películas. Desde el primer al último fotograma.

Preciosa manera de seguir amando a un artista.

John Cassavetes y Gena Rowlands en Opening Night. Imagen: Faces Distribution.
John Cassavetes y Gena Rowlands en Opening Night. Imagen: Faces Distribution.

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