
Jot Down para Camper
Cuando tienes diez años quieres ser otra persona. A ver, en realidad dura toda la vida. El deseo de ser otro, de ser más alto o más guapo o con más pasta. De vivir las aventuras que no te atreves porque eres un cobarde y tu existencia es un coñazo supino. Lo hizo Jack a través de Tyler Durden en El club de la lucha porque lo hizo Chuck Palahniuk. Porque lo ha hecho cada escritor y cada guionista de ficción desde que existe la ficción. Porque lo hacemos todos cada día. Cuando tocamos un punteo en las cuerdas inexistentes de una air guitar, cuando nos ponemos delante de los fogones y nos creemos mejores que Ferran Adrià, o cuando vemos las fabulosas vidas de esos Españoles por el mundo que no somos nosotros.
Pero cuando tienes diez años quieres serlo de verdad. Como tu vida aún no es un coñazo y no pretendes que se convierta en un coñazo, quieres ser Indiana Jones o Han Solo o Dana Scully o Alaska sin necesidad de Pegamoides. Llámenme raro, pero cuando yo tenía diez años quería ser el Gordo de Minnesota. No es que tuviese una especial fascinación por Jackie Gleason —ni siquiera sabía que el actor que lo interpretaba se llamaba Jackie Gleason—, pero sabía que él era el único capaz de ganar al Chino. Porque el Chino era el rey de los billares.
Lo llamábamos «billares» aunque el cartel de fuera rezase «Salón Recreativo» y la mayoría de la sala estuviese ocupada por máquinas de marcianos. De hecho, había unos cuantos más salones recreativos en el barrio a los que también llamábamos «billares», aunque dentro solo hubiese máquinas de marcianos y alguna tragaperras. Los diferenciábamos por su localización: los billares del paseo, los de detrás del colegio, los de al lado del parque. También era la manera de distinguir al único que conservaba verdaderas mesas de billar y, por tanto, no necesitaba ninguna denominación topológica. Ese salón era los billares.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Hace mucho que el video mató a la estrella de la radio. Y los nuevos se criaron ajenos a extraviados códigos que nos habían socializado a los de otras generaciones. Ese fue, desde mi punto de vista, el verdadero drama de la muerte de los billares, casi paralela a la desaparición de la calle como espacio de convivencia: La extinción de los chavales de barrio que se alimentaban de su ecosistema.
Yo nunca me animé a jugar al billar, pero siempre EL BILLAR era (y es) el billar carambola=billar francés=billar a tres bolas=billar a tres bandas.
En una época lejana se pasaban (snif) los campeonatos por TV…
Todo se pierde… Nunca fui bueno al billar, lo mío era el futbolín que no tiene el glamour del primero, desde luego. Ahora que lo pienso, no tiene glamour alguno.
Todo va cambiando de forma a veces imperceptible porque ya me dirán cuál es el motivo de que no se encuentren películas porno en formato dvd en los video clubs, cuando antes ibas y en formato video, había hasta para aburrir.
… en los chinorris hay porno en chino de chinas y chinos para chinos y curiosos… digo por si te ves urgido.
Quizá me equivoque, pero. ¿El apodo de Felson no era Flash, y no Fast?
Hola,
El apodo de Felson era Fast Eddie. De hecho, Walter Tevis se basó en un jugador real de la época apodado Fast Eddie Parker para construír al protagonista de su novela.
Un saludo.