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Escribir desde la cárcel y el alcohol

Fotografía: Jason Farrar (CC)
Fotografía: Jason Farrar (CC)

Parecía que el pecado siempre iba a estar ahí. El pecado, ese concepto bíblico que obliga al arrepentimiento y, si tienes suerte, al perdón. Naciste pecadora, muchacha, querida Eva, y nada podrá salvarte.

Muchos años después de las faldas plisadas, los calcetines por la rodilla y el jersey azul marino de cuello de pico en las escuelas católicas, una se da cuenta de que hay mucho de farsa en esta machacona tesis judeocristiana, pese a que este convencimiento invite a la rabia. Y eso, el enfado, también podría verse como un pecado. Pero sí, te enfadas por tantos golpes en el pecho con el «yo pecador» por bandera, por haberte inoculado el virus del mal —¿qué mal?—, por haberte hecho sentir que a la mínima de cambio, eres culpable. ¿Estás aquí en este mundo? Pues apechuga porque te vas a tirar la vida expiando por ello. 

La epifanía, la iluminación, el golpe tras la caída del caballo como a San Pablo, llegó, en parte, con las lecturas de aquellos escritores que se habían dejado arrasar por el mal y lo habían contado en sus novelas. Si puedes narrarlo, igual no es tan vergonzoso. Menos aún si no lo haces como un intento de expiación. Y ya, infinitamente menos, si se argumentan otras causas, múltiples motivos. Fue ahí donde entendí el asunto de las superestructuras y eso de que LA SOCIEDAD, la organización de todo el asunto, igual algo tenía que ver con lo que, moralmente, concebimos como aquello que está mal y por lo que debes ser marginado. Las monjas se podían ir con su cantinela a otro lado.

Edward Bunker, el tierno

07 Oct 1997 --- Edward Bunker spent over twenty-five years in and out of U.S. penal institutions. He later turned to writing screenplays and novels and acting. --- Image by © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis
Edward Bunker. Fotografía: Corbis

El escritor que me abrió las puertas a este pensamiento fue Edward Bunker, nacido el último día del año de 1933 en Hollywood y fallecido en 2005 en un quirófano mientras le operaban por problemas circulatorios. Lástima acabar entre esas luces blancas después de una vida intensa a golpe de robo, años en prisión e incluso éxito como guionista y novelista.

A Bunker, extraordinariamente bien publicado en España en los últimos años por Sajalín Editores, le conocí con su novela más emblemática, No hay bestia tan feroz, publicada originalmente en 1973 y por estos lares en 2009. La cara del escritor, un rostro ceñudo con arrugas como tiralíneas y mirada de macarra de barrio, no me producía ningún tipo de candor. Y, sin embargo, poco a poco fui entrando en la historia de Max Dembo, un criminal que se ha pasado ocho años en la cárcel y quiere integrarse en la sociedad. Ja. Quiere. Porque se lo ponen muy difícil y ahí está el hombre, basculando entre volver a sacar la pistola u olvidarse para siempre del hampa. Y llegué a sentir ternura.

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2 comentarios

  1. «Solamente nos salen «lentas» desde que te fuiste» le dice el bajista del grupo al cantante. El batería, mirando hacia el suelo, asiente y cabecea. Un post muy interesante, compraré algunas de las novelas que en él se comentan. Lo mejor de leer a los villanos es que al final piensas que no son villanos. Lees a los héroes y te identificas con ellos, pero cuando vuelves a leer a uno de los «malos», piensas: «Solamente nos salen «lentas» desde que te fuiste».

  2. Pingback: Escribir desde la cárcel y el alcohol

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