La guerra de Yugurta (I): el peor amigo de Roma

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SPQR, acrónimo de la frase latina Senātus Populusque Rōmānus, en referencia al gobierno de la antigua República romana. Fotografía: Marco / Zak (CC).

Escribió Pascal que de haber tenido la reina Cleopatra una nariz distinta la faz del mundo hubiese cambiado para siempre. Porque la legendaria belleza de la reina de Egipto se interpuso en los planes de los líderes romanos envalentonados por su superioridad militar, pero subyugados en cuanto se encontraban frente a ella. Así, la más famosa nariz de todos los tiempos se convirtió en el emblema del personalismo en el análisis de la Historia; los cronistas antiguos tendían a pensar que un único individuo podía desviar el curso de las cosas tanto como lo puede la conjunción de otros muchos factores, por lo que concebían la Historia como un tejido hecho de nombres propios. Hoy creemos que para llegar al momento en que un único individuo marque la diferencia han debido producirse antes muchos otros acontecimientos que no siempre tienen que ver con él. Los historiadores modernos juegan con un sinnúmero de circunstancias y estudian desde los sistemas culturales y religiosos hasta la economía y el clima. Pero nada de esto, en el fondo, desmiente a Pascal. Por qué no, Cleopatra pudo hacer uso de su atractivo; quizá, unida a su astucia, su nariz sí tuvo influencia sobre la política romana.

Varias décadas antes que Cleopatra, hubo otro rey africano que  había marcado su nombre a fuego en la memoria de Roma. Generaciones enteras de romanos recordarían a este rey extranjero como el demonio que contribuyó a acelerar el declive de la República, sistema político que había perdurado durante siglos. Yugurta (en latín Iugurta y, por lo general, transcrito como Jugurta en la historiografía española tradicional) fue el tercer rey de Numidia y una figura desconcertante, combinación de aliado y enemigo, que convirtió su reino en un Vietnam para los romanos. No porque los derrotase —al contrario, fue Yugurta quien salió peor parado de aquella guerra—, sino porque su hábil juego de espionaje causó varios escándalos de enorme magnitud que sacudieron la política republicana hasta los cimientos. Para intentar salirse con la suya, Yugurta recurrió a sobornos y asesinatos, desestabilizando una corrupta estructura de poder que estaba ya muy desprestigiada. Al conocerse sus manejos entre bastidores, los ciudadanos romanos empezaron a perder la paciencia con sus líderes. Como aliado de Roma, que lo fue, Yugurta resultó molesto y poco digno de confianza. Después, como enemigo, nunca causó un gran daño militar porque no podía soñar con vencer a los romanos sobre el campo de batalla como sí hacían los bárbaros del norte, que estuvieron cerca de acabar con la República. Pero, aunque Yugurta se limitó a defenderse en su propio territorio y nunca intentó invadir territorio romano, el daño que causó fue más duradero, porque no fue un daño físico, sino moral.

El texto canónico que narra el conflicto entre Yugurta y Roma fue escrito varias décadas después de los hechos por el político e historiador romano Cayo Salustio Crispo. Titulado Bellum Iugurthinum (La guerra Jugurtina), es un relato muy revelador que nos habla, más que de batallas, de los destrozos que Yugurta consiguió causar en la percepción que los romanos tenían de su propio sistema político. Salustio no deja de subrayar la maldad y falta de escrúpulos del rey númida, pero también describe las instituciones republicanas con tintes muy oscuros. Es verdad que Salustio estaba muy preocupado por la deriva de Roma en su propio tiempo —murió apenas diez años antes de que la República desapareciera para siempre—, así que insistía en que los males del sistema eran antiguos y provenían desde varias generaciones atrás. Si Salustio era un «indignado» de su generación, la guerra de Yugurta le sirvió para ejemplificar todos los males que él percibía en Roma. Pese a lo evidente de las intenciones moralizantes de Salustio, su relato es consistente en la descripción de cómo los dirigentes romanos permitieron los desmanes de Yugurta en el reino satélite de Numidia, dejándose comprar sin disimulo alguno hasta que Yugurta empezó a incurrir en provocaciones que Roma ya no pudo tolerar (y aun así, todavía los hubo que accedieron a ser sobornados). Salustio describió a un Yugurta que había sido un hueso duro de roer en el campo de batalla, pero sobre todo fuera de él. Apresado en el año 106 antes de nuestra era, Yugurta fue cargado de cadenas, exhibido como trofeo en un grandioso desfile triunfal y ejecutado en una mazmorra. Pero su venganza póstuma fue proverbial: unos veinte años después de su ejecución, los dos dirigentes romanos que se habían atribuido su captura se enfrentaron en una guerra civil que desembocó en un reinado de terror. Tiempo después, una segunda guerra civil terminó imponiendo la dictadura de Julio César, hecho que marcó el final de la democracia romana y abrió las puertas al establecimiento del despotismo imperial. La República, como sistema, ya había estado en declive antes de la llamada «guerra de Yugurta», pero aquel ambicioso y astuto númida puso mucho de su parte para acelerar su final.

Yugurta, el amigo de los romanos

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Une moneda argelina emitida en 1994 donde se representa la efigie de Yugurta y una balanza que equilibra los símbolos de Roma (izq.) y Cartago (dcha.) sobre un mapa de Numidia. Imagen cortesía de Anabases.

¡Oh Roma, ciudad en venta! ¡Cuán breve sería tu existencia si hallases un comprador! (Yugurta).

No se puede entender la peculiar relación que existió entre Yugurta y sus aliados romanos sin explicar el importante papel que jugó Numidia en la consolidación de Roma como primera potencia europea. En el año 218 a.C. estalló la segunda de las «Guerras Púnicas» entre Roma y Cartago. Ambas potencias llevaban tiempo disputándose el dominio del Mediterráneo, pues el mar era clave para la consolidación de un poder que hoy llamaríamos internacional. Los númidas ocupaban un territorio (la actual Argelia) que podía ser clave en la guerra, pues era contiguo a los dominios centrales de Cartago (en la actual Túnez). Numidia ni siquiera era un reino cuando empezó la Segunda Guerra Púnica, sino una pléyade de tribus guerreras cuyos líderes peleaban entre sí con ahínco; varios de ellos simpatizaban con los cartagineses por lógicos motivos de afinidad geográfica y cultural, pero fue uno, Masinisa, quien demostró mejor olfato político cuando decidió apostar por el bando latino (un olfato hereditario, pues era el abuelo de Yugurta). Masinisa unificó las tribus númidas bajo una única corona y después decidió combatir junto a los romanos. Participó en la importantísima batalla de Zama, donde Publio Cornelio Escipión venció al por entonces principal enemigo de la República romana, Aníbal, consiguiendo que los cartagineses firmasen una paz humillante. Gracias a esta hazaña, Escipión se ganó el honorable sobrenombre de «el Africano» y la gloria eterna. Los cartagineses tuvieron que posponer sus planes expansionistas y durante bastantes años estuvieron ocupados lamiéndose las heridas. Mientras tanto, Masinisa dispuso de tiempo y tranquilidad para terminar de organizar su nuevo reino, sabiendo que una reforzada Roma le garantizaba protección contra cualquier enemigo exterior.

La paz duró dos generaciones. No hubiese podido prolongarse mucho más. Cartago y Roma eran incapaces de conciliar sus respectivas ambiciones. Aunque los cartagineses fundaban su poder en la navegación y Roma era una potencia terrestre que mostraba poco interés por el agua, ambos necesitaban dominar la cuenca mediterránea y ninguno estaba dispuesto a tolerar la existencia del otro. En el año 149 volvieron a enfrentarse en la tercera y última Guerra Púnica. Un anciano Masinisa que todavía se sentaba en el trono hizo honor a su condición de fiel aliado de Roma y se unió a la guerra. Murió poco después sin llegar a conocer el resultado; su hijo Micipsa heredó la corona y continuó la misma política de alianza con Roma. La guerra se encaminó a su final cuando las legiones romanas consiguieron asaltar Cartago. Tardaron toda una semana en controlar la ciudad y tuvieron que hacer frente a una feroz resistencia. Pelearon casa por casa. Cuando vencieron, no mostraron piedad alguna. La poderosa ciudad de Cartago fue arrasada. Los romanos perpetraron una matanza casi sin precedentes: del millón de habitantes que tenía la capital cartaginesa antes de ser capturada, apenas sobrevivieron cincuenta mil que fueron convertidos en esclavos. En cuanto a la arquitectura , casi todo lo que todavía permanecía en pie fue destruido. Incluso se decía que los legionarios habían arrojado sal sobre los terrenos circundantes a la ciudad para que no pudiesen ser cultivados de nuevo, aunque esto parece una exageración producto de la leyenda, sobre todo porque ¡ya no quedaban cartagineses que pudiesen cultivar aquellos terrenos! Cartago fue, pues, literalmente borrada del mapa, cumpliendo el famoso reclamo del político Catón el ViejoDelenda est Carthago!, «¡Cartago debe ser destruida!». Roma se erigió, por fin, como la potencia hegemónica del Mediterráneo occidental. El territorio cartaginés de Túnez fue convertido en una nueva provincia a la que llamaron Africa Proconsularis. Allí, los romanos reconstruyeron y repoblaron la ciudad de Cartago como una base propia, estableciendo un contingente militar y edificios para las diversas instituciones del gobierno provincial. Al otro lado de la frontera, en la actual Argelia, la fiel Numidia continuó estando bajo protección romana, casi como un Estado satélite. Aunque sobre el papel Numidia era independiente, su política exterior quedaba subordinada a la política exterior de la República. Los romanos no tenían ningún interés en que Numidia dejase de ser un reino independiente mientras pudiesen comerciar con libertad y contar con su apoyo militar. Además se consideraban legitimados para intervenir si había problemas internos en Numidia, algo que los númidas sabían y aceptaban no con resignación, sino con una realista aceptación del statu quo. Dicho de otro modo: la romanización de Numidia avanzaba con rapidez, sobre todo en el aspecto cultural.

El rey Micipsa tenía dos hijos pequeños, Hiempsal Aderbal, que eran los herederos legales del trono. Sin embargo, el príncipe favorito de los númidas era su sobrino Yugurta. Apenas entrado en la adolescencia, ya destacaba como jinete y arquero, y esa desenvoltura en los deportes guerreros le confería una enorme popularidad entre un pueblo que no hacía mucho estaba dividido en tribus guerreras. Yugurta era hijo ilegítimo de un hermano de Micipsa, por lo que no contaba en la línea sucesoria; aun así, al rey le inquietó que su sobrino fuese tan querido (y más cercano a la mayoría de edad) que sus propios hijos. Debió de sospechar que si moría y Yugurta reclamaba el trono anteponiéndose a los dos herederos legítimos, el pueblo lo aprobaría con entusiasmo. Así, en lo que parece un intento de apartar a Yugurta de las ambiciones dinásticas, pero podía ser interpretado como un paso conveniente en su formación militar, Micipsa lo envió a la península ibérica para que combatiese junto a los aliados romanos. Quizá albergaba la esperanza de que Yugurta decidiese seguir una carrera militar en las legiones, o que incluso decidiese mudarse a Roma para llevar la vida cómoda de un dignatario aliado.

Si esas eran las intenciones de Micipsa, se equivocó. Enviar a Yugurta a Hispania fue un serio error de cálculo. Los años que pasó sirviendo junto al alto mando del ejército romano le sirvieron para aprender muchas lecciones valiosas que emplearía en el futuro. Primero se empapó de la organización militar y la estrategia de las legiones, ya que participó en muy instructivos episodios bélicos. Por ejemplo, cuando tenía veintiséis años estuvo en el famoso sitio de Numancia comandando tropas auxiliares enviadas por Micipsa. Y no solo aprendió de los romanos; también observó que los celtíberos, pese a enfrentarse a un ejército más avanzado y disciplinado que el suyo, se estaban mostrando muy capaces de oponer una férrea resistencia. Eran quizá inferiores en tecnología y organización, pero usaban el terreno en su favor, evitando combatir en campo abierto, donde nadie podía esperar vencer a la máquina bélica romana sin tener una gran superioridad numérica. Los celtíberos se internaban en bosques y montañas, atrayendo a los legionarios para tenderles emboscadas. Atacaban de manera inesperada a las columnas y se dispersaban rápidamente, huyendo por una orografía que hacía muy difícil cualquier intento de persecución. Aquella fue de hecho una de las primeras guerras de guerrillas de la Historia y una dura prueba para los romanos, que no estaban tan preparados para las escaramuzas en terreno difícil como para la batalla convencional. La guerrilla, de hecho, exasperaba a los generales romanos. Afectaba a la moral de los legionarios e incrementaba mucho los costes económicos de las operaciones militares. Yugurta tomó buena nota de todo esto.

Con todo, la lección fundamental que aprendió en su trato directo con los romanos fue la de poder conocer de cerca su mentalidad. Como oficial y príncipe de una nación aliada, hizo muchos amigos importantes entre los líderes romanos de Hispania y pudo entender cómo funcionaban las cosas en aquella sociedad que todavía era tan distinta de la sociedad númida. Yugurta procedía de un reino donde imperaba una monarquía que mantenía rasgos de caudillaje tribal; en Numidia, el poder vertical de un único individuo no era discutido. Roma era una sociedad mucho más compleja, cuyo sistema político había sido construido a lo largo de siglos para evitar precisamente un retorno a ese tipo de monarquía vertical. Los romanos de aquella época, en su mayoría, abominaban del despotismo. Su democracia, aunque muy imperfecta, estaba basada en propósitos nobles y lógicos. Su mentalidad, muy pragmática, subdividía las funciones del Estado de manera muy similar a como hacemos hoy, con un sistema de check and balance, en el que los distintos poderes se vigilaban unos a otros. Sin embargo, toda aquella complejidad institucional tenía su punto débil: la República era una telaraña de intereses personales donde cualquier decisión importante era susceptible de generar manejos ilícitos. El soborno y el cohecho eran habituales. El cultivar amistades importantes y el llenar los bolsillos indicados eran las dos principales armas para influir en el devenir político. Yugurta entendió que, pese a la elaborada legislación, en Roma no había mecanismo más rápido para abrirse camino que un buen cofre de oro. De esto también tomó buena nota. En el futuro, ese conocimiento se convertiría en su más peligroso arma.

Juego de tronos

Algunos de los reyes más significativos de Numidia. Imagen cortesía de Mythologie Berbère.
Algunos de los reyes más significativos de Numidia. Imagen cortesía de Mythologie Berbère.

Yugurta, además de inteligencia, hacía gala de un carácter combativo que, junto a su sólido entrenamiento militar, le permitió hacerse un nombre durante las campañas de Iberia. Combatió de manera distinguida junto al general romano Publio Cornelio Escipión Emiliano, también llamado Escipión el Joven, que era nieto adoptivo del legendario Publio Cornelio Escipión el Africano (en la historia de Roma se da con mucha frecuencia esta coincidencia de nombres dentro de una misma dinastía, lo cual se presta a confusión entre personajes cuando leemos las antiguas crónicas). Escipión el Joven envió una carta a Micipsa en la que elogiaba la valentía de Yugurta, prometiendo que hablaría de sus virtudes ante el Senado con el fin de reforzar la simpatía de los ciudadanos romanos hacia Numidia. Esta carta, sin duda, ayudó a cambiar el concepto que Micipsa tenía de su sobrino. No podía subestimar el hecho de que los romanos tenían a Yugurta en tan alta estima, así que decidió adoptarlo como hijo y lo incluyó en su testamento. Esto equivalía a sancionar su condición de posible aspirante al trono, así que para evitar conflictos entre sus tres herederos Micipsa decretó que a su muerte deberían dividir el reino en tres partes. En el año 118, cuando Yugurta había cumplido cuarenta y dos, el anciano Micipsa murió. Según Salustio, el rey agonizante les habló a sus dos hijos biológicos sobre las virtudes de Yugurta, el príncipe amado por Roma, a quien debían tratar como a un hermano mayor y un ejemplo a seguir. Micipsa murió tranquilo porque, sobre el papel, la división de Numidia parecía la mejor manera de evitar una lucha por la sucesión. Sin embargo, Micipsa había subestimado la ambición de Yugurta.

Muerto el rey, los tres herederos programaron una reunión para acordar los detalles prácticos en la aplicación del testamento. Había muchos asuntos que discutir, como el reparto del tesoro real y el trazado de las fronteras entre los tres nuevos reinos. Yugurta empezó la reunión sorprendiendo a sus dos hermanos adoptivos al proponer la anulación de los decretos que el difunto Micipsa había promulgado en los últimos cinco años de su reinado. Según Yugurta, esos decretos habían sido dictados cuando el rey estaba ya senil. Sus hermanos adoptivos asintieron con entusiasmo porque entre aquellas decisiones «seniles» se contaba la de nombrar heredero al propio Yugurta. Es posible que Yugurta notase que sus dos hermanos adoptivos lo consideraban un advenedizo; al menos según Salustio, lo trataron con una altivez rayana en el insulto. Pero incluso en caso de que eso no sucediese, es fácil entender que surgieran tensiones entre los dos príncipes por línea biológica que habían esperado heredar la totalidad del territorio númida y el adoptado Yugurta que iba a quedarse con una tercera parte solo porque era el mejor amigo de los romanos. Aun así,  consiguieron llegar a un acuerdo preliminar sobre la división del tesoro, con lo que las negociaciones parecían bien encaminadas. Los tres príncipes tenían buenos motivos para hacer las cosas de manera civilizada pues al otro lado de la frontera, en el África Proconsular, los romanos observaban con mucho interés el proceso de sucesión del que era su aliado más importante en África.

El primer día de la negociación había transcurrido de manera prometedora, pero Yugurta tenía sus propios planes. Durante aquella misma noche decidió de manera unilateral que la negociación había terminado. Aprovechando que sus dos hermanos adoptivos dormían en la misma ciudad, reunió a sus soldados y los envió a capturarlos. Los hombres de Yugurta se dirigieron a la mansión donde dormía Hiempsal; registraron todo el edificio y no lo encontraron, pero masacraron a casi todo su séquito. Después supieron que Hiempsal se había ocultado en la choza de una esclava, donde lo localizaron, lo asesinaron y le cortaron la cabeza como prueba de que habían cumplido su misión. El alboroto no tardó en extenderse y el otro hermano, Aderbal, supo lo que estaba pasando. Entendió que él iba a ser el siguiente. Consiguió salir de la ciudad y se dispuso a reunir tropas para lo que parecía una guerra civil inminente. Así, Numidia quedó dividida en dos mitades y sumida en una guerra civil. Aderbal tenía un ejército mayor en número, pero Yugurta disponía de los mejores soldados, quienes además respetaban su amplia experiencia militar, así que tenía serias posibilidades de victoria. Aderbal, aterrorizado, apeló a Roma mediante mensajes urgentes donde solicitaba ayuda recordando que tenía la ley de su lado. No hubo tiempo para que llegase una respuesta romana. Yugurta, pese a la inferioridad numérica de su ejército, atacó de inmediato, sorprendiendo a su hermano adoptivo y derrotándolo de manera instantánea. Aderbal pudo huir por segunda vez, esta vez al África Proconsular, provincia romana donde Yugurta jamás se atrevería a entrar para darle caza.

En un abrir y cerrar de ojos, Yugurta se había convertido de facto en el rey de toda Numidia. Sin embargo, eso no significaba que podía dormirse en los laureles. El siguiente paso era intentar evitar que los romanos lo echasen del trono; no es que les preocupase quién reinaba en Numidia, ya que tanto Yugurta como Aderbal eran prorromanos y asumían que el suyo era un reino tutelado. Sin embargo, parecía inconveniente que hubiese tanta inestabilidad en un territorio donde los negocios prosperaban para la cada vez mayor afluencia de comerciantes italianos. Así pues, aunque Yugurta fuese famoso y respetado en Roma, la República debía salvar la cara manteniendo, como mínimo, un simulacro de neutralidad. No solamente ofrecieron refugio a Aderbal, sino que le permitieron hablar ante el Senado. El desesperado alegato del exiliado príncipe númida es quizá el momento más intenso y emotivo en La guerra de Yugurta de Salustio, quien quizá pudo reconstruir el espíritu del discurso con ayuda de anotaciones de los archivos senatoriales a los que tuvo acceso, pero que también puso mucho de su prosa, la cual ganaba enteros precisamente cuando recreaba los discursos de otros. Según Salustio, Aderbal recordó a los senadores que él era legítimo heredero del trono y subrayó la magnitud de la traición de Yugurta y su carácter criminal por haber ordenado el frío asesinato de su propio hermano adoptivo. También recordó que Numidia era la mejor compañera de Roma, aunque eso le hubiese granjeado a los númidas adversarios por todo el Mediterráneo, así que los romanos tenían una responsabilidad para con su aliado. Aderbal llegó tan lejos como para admitir que la dinastía númida se limitaba a administrar un territorio que en realidad «os pertenece a vosotros». Todo aquel discurso de Aderbal, aunque bello y extenso, puede resumirse en unas pocas palabras: soy vuestro amigo, soy casi vuestro siervo, y, si os queda algo de honor, debéis ayudarme a recuperar el trono.

Las palabras de Aderbal provocaron conmoción en el Senado, donde fueron la causa de un acalorado debate. Algunos senadores pedían que Yugurta fuese castigado por sus crímenes, como exigía el honorable papel que se le suponía a Roma como amiga y tutora de Numidia. Otros, en cambio, defendían a Yugurta y recordaban su larga lista de méritos, entre los que se contaban importantes servicios en las campañas españolas. Al final, estos últimos se impusieron y el Senado se negó a enviar una expedición de castigo contra Yugurta como Aderbal había anhelado. ¿Por qué el Senado decidió en favor de Yugurta? Por dos motivos. Uno, que los romanos eran demasiado pragmáticos como para embarcarse en una guerra dinástica que parecía tener poca trascendencia con respecto a sus intereses.Y dos, que Yugurta había enviado mensajeros bien provistos de oro para agasajar a varios de sus amigos importantes en el Senado y otros ámbitos del poder. Con todo, los romanos se tomaban demasiado en serio su condición de garantes de la justicia como para no hacer nada. Incluso los amigos de Yugurta debían admitir en público que Aderbal era un rey legítimo, pues así lo decía le testamento del difunto Micipsa. Roma optó por una solución salomónica: en el año 116, una comisión de senadores viajó a África para acabar con el conflicto dividiendo el reino de Numidia en dos partes que adjudicaron a los dos contendientes. Resulta muy significativo que la mitad más fértil y rica del país fuese para Yugurta, pero podía decirse que el reparto respondía a las circunstancias. Es muy posible que Yugurta hubiese recurrido a nuevos sobornos para quedarse con la mejor mitad del país, pero tampoco hay que olvidar que se había impuesto sobre el campo de batalla, lo cual le situaba en una posición superior a ojos de los romanos. Aderbal había sido derrotado y dos veces había salvado la vida por muy poco, así que bien podía considerarse afortunado al poder recuperar su trono para gobernar en la otra parte del reino. Con esta decisión, los romanos consideraron resuelto un asunto que para ellos resultaba más molesto que trascendente. El problema residía, claro, en el hecho de que el carácter ambicioso ºde Yugurta no había cambiado en lo más mínimo.

Avispero en África

Detalle de un mapa de las provincias romanas de Mauritania Tingitana, Mauritania Cesariense y parte de Numidia. Imagen: H.Kiepert, Atlas antiquus (DP).
Mapa de las provincias romanas de Mauritania Tingitana, Mauritania Cesariense y parte de Numidia. Imagen: H.Kiepert, Atlas antiquus (DP).

La paz impuesta por el Senado duró poco más de tres años. Yugurta iba perdiendo la paciencia ante el molesto hecho de que únicamente reinaba sobre la mitad de Numidia. No le gustaba la idea de hacer una declaración de guerra contra Aderbal porque eso podía molestar a los romanos, así que buscó formas más subrepticias de desencadenar un conflicto. En el 113 empezó a incurrir en toda clase de provocaciones para intentar que fuese Aderbal quien le declarase la guerra a él. La caballería de Yugurta entraba en la otra mitad de Numidia para someter las zonas fronterizas al pillaje. Sus soldados mataban, robaban y violaban con total impunidad, incendiando poblados enteros. Después volvían a cruzar la frontera y retornaban a sus campamentos. Aderbal manifestó su indignación, pero no respondió a las provocaciones. Volvió a recurrir a lo que consideraba la opción más sensata y envió una petición de socorro a los romanos. Estos, sin embargo, continuaban con una actitud de laissez faire militar porque pensaban que las intervenciones militares con fines pacificadores eran honorables, pero demasiado caras. Además, estaba surgiendo una nueva amenaza que los tenía más entretenidos: los bárbaros del norte, que llegaban en enorme cantidad, pues sus ejércitos superaban en número a las legiones que les hacían frente. Los bárbaros sí constituían una auténtica amenaza, mientras que Yugurta era un pequeño problema de opinión pública.

Aderbal seguía evitando iniciar una nueva guerra, pero los romanos parecían más preocupados mirando a los bárbaros y el impaciente Yugurta consideró que aquella era su gran ocasión. Lanzó a un ataque abierto contra su hermano adoptivo. Aderbal perdió la batalla y por tercera vez consiguió escapar in extremis de las garras de Yugurta, refugiándose junto a sus hombres tras los muros de la ciudad de Cirta. Allí estaría seguro durante un tiempo, dado que la ciudad era muy difícil de tomar por asalto. La única manera de obtener una rendición de la ciudad parecía la victoria por hambre, algo factible pero que requería mucho tiempo. Yugurta sabía que podría pasarse meses y meses sitiando Cirta antes de que esta se rindiese. Lo cual presentaba una grave contraindicación: en Cirta vivían o estaban de visita unos cuantos comerciantes procedentes de Italia, entre los que había no pocos ciudadanos romanos (por entonces, recordemos, no todos los italianos tenían la ciudadanía republicana). Aquello complicaba mucho los planes de Yugurta, quien sin duda temía provocar la intervención de las legiones. Cómo no, volvió a su táctica favorita: enviar a Roma emisarios cargados de oro para intentar evitar una posible intervención. Mientras tanto, necesitaba encontrar la manea de capturar Cirta con rapidez.

En el Senado continuaba imperando la indecisión. Los partidarios de Yugurta no cejaban en su defensa; si había algo que el revoltoso rey númida tenía en abundancia, era oro para sobornarlos. Pero tampoco esta vez podía el Senado optar por la inacción. Como medida preliminar para evitar males mayores se envió una embajada a Cirta con el fin de exigir a ambos contendientes que cesaran las hostilidades. Los embajadores se embarcaron y fueron hasta el cerco de Cirta, pero solo pudieron hablar con Yugurta. Este les recordó su completa fidelidad al pueblo y el Senado romanos, acusó a Aderbal de conspiraciones varias contra su persona y presentó aquella guerra civil númida como un mal que no se había podido evitar. Pese a recibir el mandato senatorial de levantar el sitio de Cirta, Yugurta se negó. Ni siquiera permitió que los embajadores romanos pudiesen hablar con Aderbal. Ante todas estas insolencias, los emisarios del Senado hubiesen tenido motivos más que suficientes para quejarse en Roma, pero no lo hicieron, puesto que Yugurta los untó a conveniencia. Retornaron a Roma con la versión de la historia que les había dado Yugurta y con los bolsillos más llenos.

Yugurta parecía haberse salido con la suya una vez más, aunque surgió un inesperado inconveniente. Aderbal, atrapado entre las murallas de Cirta, consiguió que dos de sus hombres atravesaran el cerco portando una misiva para el pueblo romano, que fue leída en el Senado, donde provocó un nuevo y fogoso debate. Algunos senadores ya no tenían duda de que Yugurta era un insurrecto peligroso que ahora, para colmo, tenía sitiados a algunos ciudadanos romanos, lo cual les parecía inadmisible por pura cuestión de principio. Otros senadores, en cambio, insistían en desdeñar el asunto como una cuestión dinástica en la que no merecía la pena inmiscuirse.

Donde ya no había tanto debate era en la opinión pública de Roma. Fuera de la Curia, la gente común estaba muy inquieta por la situación. Había ciudadanos romanos que tenían parientes o amigos entre los sitiados en Cirta, y hasta quienes no los tenían se sentían escandalizados. ¿De qué servía la estrecha alianza con Numidia si los propios romanos no podían confiar en hacer negocios allí sin arriesgarse a quedar encerrados tras unos muros? ¿Acaso iba a permitir el Senado que los comerciantes sitiados pasaran hambre y privaciones? La gente de la calle pensaba que la única solución aceptable era forzar que Yugurta deshiciera el cerco. O, como mínimo, que dejase salir a todos los romanos e italianos que estaban prisioneros en la ciudad. El Senado terminó captando el sentir popular y envió una nueva comisión hacia África. Esta vez viajaban algunos nombres muy ilustres y famosos de la sociedad romana con la esperanza de que Yugurta entendiese de una buena vez que la cuestión estaba adquiriendo mayor importancia y que había líneas que no se podían cruzar. Así pues, la situación de Yugurta se complicaba por momentos. Pero él seguía en sus trece. Todavía pensaba que el problema se solucionaría por sí solo en cuanto consiguiera matar a Aderbal.

Cuando la nueva comisión senatorial llegó a Numidia, Yugurta volvió a desplegar el mayor de sus encantos: su dadivosidad con el oro. Sobornó a los enviados para que estos autorizasen in situ un asalto violento de Cirta. Lo autorizaron. La noticia de que una invasión era inminente y contaba con la aquiescencia de los embajadores traspasó los muros y llegó a oídos de Aderbal quien, como es lógico, se sintió perdido. Los comerciantes italianos atrapados en la ciudad parecían convencidos de que Yugurta se comportaría de forma magnánima debido a la creciente presión del Senado y consiguieron que Aderbal superara su más que comprensible recelo y aceptara rendirse.

Aderbal se rindió. La ciudad abrió sus puertas. Pero si Aderbal había esperado que Yugurta tuviese piedad, había cometido un grueso error. Yugurta no tuvo ninguna piedad y asesinó a Aderbal después, según parece, de haberle sometido a crueles torturas. Así se aseguraba de que Numidia entera quedaba bajo su mando. Pero también Yugurta cometió un gran error o, lo que es lo mismo, permitió por omisión que lo cometiesen sus hombres. Sediento de venganza y como castigo a la ciudad por haberse resistido, Yugurta hizo degollar a todos los varones mayores de trece años. Esta matanza, aunque terrible, no hubiese bastado para provocar una reacción de Roma, pero los soldados de Yugurta no hicieron distinciones y también pasaron a cuchillo a los varones romanos e italianos. Es verdad que los italianos habían participado en la defensa de la ciudad, pero, aun así, resulta difícil explicar por qué Yugurta cometió semejante error de cálculo. Matar a ciudadanos romanos (o a sus aliados de la confederación italiana) no encajaba bajo ninguna lógica en sus planes y era algo que iba contra sus propios intereses. Quizá el error se debió a la fogosidad homicida de sus hombres, es muy probable, pero parece extraño que Yugurta no hubiese tomado alguna precaución de antemano. También es posible que sobrestimase el pragmatismo de los romanos sabiendo lo muy ocupados que estaban con los bárbaros, o que confundiese el carácter de los dirigentes republicanos con el del pueblo romano y creyese que, si compraba a los dirigentes, los ciudadanos callarían. En cualquiera de estos casos, Yugurta acababa de traspasar una línea roja. La matanza de italianos en Cirta levantó una tremenda polvareda en Roma, agravada cuando algunos políticos realizaron acusaciones públicas sobre la recepción de sobornos en el Senado. La tensión en las calles llegó a tal punto que el Senado no tuvo más remedio que declarar la guerra a Yugurta. El rey númida pasó de famoso héroe militar y apreciado aliado a ser un enemigo de la República. Sin embargo, quienes pensaban que con una guerra se iba a obtener por fin una solución rápida al problema estaban condenados a sufrir una amarga decepción. Aquella guerra africana no iba a conllevar los desastres militares que ya había empezado a producir la invasión de cimbrios y teutones por el norte, pero sí tenía el potencial para dinamitar los cimientos de la credibilidad de la República. Los escándalos que Yugurta ya había provocado eran un juego de niños en comparación con los que estaban por venir. La República romana ganaría la guerra sobre el campo de batalla, pero las consecuencias fuera de él iban a ser catastróficas.

(Continúa aquí)

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10 Comentarios

  1. La Segunda Guerra Púnica no estalló en 202 a.C, sino que acabó ese año.

    “Aunque los cartagineses fundaban su poder en la navegación y Roma era una potencia terrestre con escaso interés por el agua”

    El autor debería informarse mejor. Esas son las circunstancias anteriores a la Primera Guerra Púnica, la cual acabó, por cierto, con una decisiva victoria naval de los romanos.

    Desde ese momento, el Mediterráneo occidental fue dominio de la Armada romana, y los cartagineses apenas podían navegar sin ser detectados. Justamente, una de las razones del fracaso de Aníbal fue debido a que sus paisanos no podían enviar refuerzos a Italia, debido al bloqueo naval romano.

  2. Muy interesante el artículo, espero la segunda parte, y mientras tanto, ya me averigüé el librito de Salustio “La Guerra de Jugurta”.

  3. Es curioso que citen ahora a Salustio, efectivamente un “indignado” de su tiempo. El problema con Salustio es que su historia está al servicio de su crítica, por lo que cabe desconfiar de él como historiador. Y como “activista político” fue aún peor: los críticos contra la república (podrida como estaba, es cierto), sólo consiguieron convertirla en tiranía. Para que aprendamos de la historia… el que quiera y pueda.

  4. El término “español” más que licencioso es anacrónico. Le propongo sustituirlo por “hispánico” o “ibérico”, que son mucho más coherentes con el tiempo en el que se desarrolla la historia.

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