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Ramón Gaya, el pintor que se sostenía a sí mismo

En Roma, leyendo en el estudio del vicolo del Giglio, 1995. Fotografía cortesía de Museo Ramón Gaya.
En Roma, leyendo en el estudio del vicolo del Giglio, 1995. Fotografía cortesía de Museo Ramón Gaya.

Pues no, no he seguido el consejo de Oscar Wilde, que decía que nunca leía los libros que debía criticar para no sufrir su influencia. He sido muy imprudente. He leído el libro y me he dejado influir por él. Y debo decir que me ha gustado. Es más: lo único que no me ha gustado es lo que no sale en el libro, lo que falta. ¿Qué pasó entre 1936 y 1948? Pues muchas cosas, desde luego, y casi todas muy malas (algunas verdaderamente terribles, como la muerte de su esposa en la Guerra Civil, y otras muy penosas, como la pelea con Neruda y Diego Rivera y el intento de expulsarlo de México). Pero de todo esto no hay ni una sola carta en el libro. Nada de nada. Desde esa extraña postal a Juan Ramón Jiménez, en agosto del 36, hasta otra postal, esta vez con Juan Gil-Albert como destinatario, no tenemos nada que nos permita saber cómo se las apañó Ramón Gaya. Y llegado a este punto del libro, uno ya está tan metido en su vida y sus cartas que de repente se queda desconcertado, decepcionado, muy preocupado. Por suerte los editores del libro han introducido una gran cantidad de notas y comentarios a pie de página, además de reseñas y recortes de artículos de periódicos, fotos y otras ilustraciones, hasta poemas de Gaya (porque Gaya además de pintor era escritor) y toda esa información nos va contando lo que las cartas no cuentan, y va rellenando las grandes lagunas con las que tropezamos imprevistamente.

Y por suerte también tenemos el estupendo prólogo de Andrés Trapiello, que nos sirve de perfecta puerta de entrada a la vida de un personaje tan desconocido y tan intenso, tan terriblemente lúcido y exacto como Ramón Gaya. Y cuando digo «intenso» lo hago con cierto reparo: en sus cartas hay mucha intensidad, mucha hondura, pero es una escritura reposada, tranquila, y es una vida modesta y sacrificada.

Maquetaci—n 1En la primera parte vemos a un Gaya muy joven pero muy seguro de sí mismo. Un chaval que se va a París pero pronto se vuelve a España. Que rechaza todo el mercantilismo del mundo del arte, del mundo de los marchantes y del mundo de «las señoras que compran cuadros con cara de comprar alfombras». Que tiene muy claro quiénes van a ser sus amigos (Cernuda, por decir uno) y a quienes conviene ignorar en la medida de lo posible —«De esas dos niñas tontas se puede esperar lo más estúpido», dice refiriéndose a Dalí y a Buñuel—. Que tiene muy claro lo que quiere hacer con su vida. Puede parecer soberbio, y él mismo lo dice, pero en realidad lo único que quiere es pintar, porque pintar «me centra y me equilibra». Y escribir, escribir «para defenderme de todo lo desagradable que me proporciona mi vida». Lo demás sobra. En sus cartas hay mucha sinceridad, muy pocas quejas y mucho amor por su oficio. La historia de España pasa sin rozarlo. Llega la República y no hay la menor alusión en sus cartas. Sabemos que participa en las Misiones Pedagógicas. Pero casi no se habla de ello. Y luego llega el silencio, el gran silencio.

Cuando retomamos la lectura ya estamos en México, Gaya es un exiliado. Retomamos el libro y vemos que quiere volver a Europa, a Italia. Pero por lo demás, a pesar de los grandes y terribles cambios, sus cartas continúan con el mismo tono de siempre. Se habla de pintura, de amigos, de proyectos. Se habla muy poco de uno mismo y mucho de lo que le gusta: los cuadros que ve, los libros que lee, o las ciudades que visita, algunas viejas conocidas como París y otras recién descubiertas, como las que encontramos en sus magníficas descripciones de sus viajes por Italia (y ahí vemos aflorar una veta de humor que acompaña todo el libro de modo subterráneo, pero que cuando emerge de pronto produce una gran sonrisa en el lector, como cuando dice que «Venecia se ha llenado de turistas pero no me molesta porque veo como los italianos les quitan todo el dinero»). Se nota un cierto e inevitable desencanto, pero no quejas, muy pocas quejas. Gaya se siente solo e incomprendido, pero lo dice muy de pasada, sin darle ninguna importancia, y con la misma seguridad y determinación de su juventud:

Ya sabes que no soy nada débil y que tengo una seguridad (fundada o no, eso no viene al caso) que me permite ir tirando sin mucha desesperación, pero la verdad es que se cansa uno de sostenerse solo, y desde dentro siempre. Ya sabes que no soy dado al éxito, al gran banquete del éxito, pero parecen estar empeñados en negarme hasta el pan, el alimento necesario, mínimo, verdadero.

Estamos en 1952, esta carta está dirigida a su amigo Salvador Moreno. Poco después Gaya volverá a Europa, ya con pasaporte mexicano (y se agradece mucho esa fotografía: ¡todo el dolor del exilio contenido en un documento burocrático!). Y seguirá «sosteniéndose solo» toda su vida. ¿Por qué? «En el fondo les caigo antipático. Tener razón es lo más antipático que hay», decía Unamuno. Sí, Gaya tenía que caer antipático, porque tenía razón y porque encima lo decía a las bravas, sin miedo, sin ninguna intención de «quedar bien», como él mismo confiesa. Y claro, con esa actitud y con esos principios estéticos (y éticos), era difícil no ganarse enemigos. Pero él sigue, él siempre sigue a lo suyo. Porque «el arte tiene que ser vencido y la realidad salvada». Porque «todo lo que se ha dicho de válido se ha dicho siempre y se volverá decir siempre». Porque cuando uno contempla un Tiziano, perdido en una pequeña iglesia de Venecia, con mala luz, colocado en un lugar que casi ni se puede ver, olvidado e ignorado por todos, y se sobrecoge al pensar que «es magnífico y al mismo tiempo desesperante que, después de varios siglos, las cosas sigan ahí, completamente inéditas, desconocidas, intactas», ¿qué más se puede hacer?

«Aquí tienes, lector, lectora, lo que el siglo no quiso escuchar», nos dice Trapiello. Sí. Aquí está todo. Incluso cuando no está.

Ramón Gaya, Cartas a sus amigos. Editorial Pre-Textos, Valencia, 2016.

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Un comentario

  1. neverland

    El mundo del arte está lleno de incomprendidos, pero los incomprendidos casi nunca pasan a la historia del mundo del arte. O pasan tarde.

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