
Un lío. Estaba a punto de irse con una beca postdoc a Alemania pero creía que se había enamorado. Y ella le pedía que se lo pensara. Que, sí, lo de Skype estaba bien y había unos españoles investigando con la realidad virtual para hacer manitas, pero que era una relación a distancia, por mucho vuelo low cost. Y la edad. No eran niños, aunque la treintena de algunos empezara a parecer un estallido de acné perpetuo. Decidió quedar con su director de tesis, a ver si le aclaraba algo. Y allí estaban los dos. En la cafetería de una facultad española, con las sillas con la publicidad de Coca-Cola, tan distintas a las que conocía en la universidad en la que le podrían esperar, con un departamento con mucha pasta para investigar sobre genética mitocondrial, si conseguía aclarar su vida amorosa. Dejaba hablar a su maestro, varios artículos en revistas de impacto, su nombre siempre como candidato a Nobel. Felizmente casado. Vida doméstica domesticada.
«En realidad, si hiciéramos caso a Epicuro, por ejemplo, deberíamos pasar de tener pareja. Son menos preocupaciones y más dedicación a la ciencia. Tampoco le vamos a hacer caso a Napoleón, que veía a la mujer una necesidad como de enfermera en la vejez. No es eso. Pero debes tener en cuenta ciertas cualidades, que no sé si has pensado sobre ellas», le decía, antes de darle un sorbo a una caña fría, en ese mes de julio tórrido, con las aulas vacías, no así los laboratorios. Él le explicó que la había conocido gracias a Meetic y, claro, había puesto cuidado en seleccionar alguien parecido. Era bióloga. Le gustaban los cómic de Miguelanxo Prado. E incluso la música de Tortoise. Pero su maestro le dijo que eso no era suficiente. No, no era eso, dijo con el gesto.
«Tienes que pensar si quiere tener una familia. Porque, cuando tienes varios hijos, cambia todo. Ya es más difícil consagrarse a la ciencia. Y la mujer empuja para tener cada vez más comodidades. Algunas incluso querrán veranear. Hasta los impulsos más nobles de las mujeres a veces son enemigos de la labor científica. Ellas se vuelcan con los hijos. Nosotros, no. Queremos publicar, por ejemplo. Los fastos de la gloria científica que ellas pueden no entender», soltaba el más mayor, con la sensación de que tenía muy meditado el asunto.
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Curiosamente ese modelo de mujer sigue existiendo en España, y siempre me ha llamado mucho la atención que, en su gran mayoría, sean esposas de médicos. Evidentemente las hay en todas las profesiones de los maridos, como es obvio, pero predominan en esa titulación. De hecho tengo varios amigos, en provincias muy distantes, cuyas esposas cumplen exactamente dicho perfil. Es decir, que 100 años no son nada.
Suscribo completamente el comentario, estoy seguro de que alguna explicación sociológica habrá para esto del perfil de «esposas de médicos»..
¿De verdad vamos a juzgar a Ramón y Cajal en 2016 por cosas que escribió hace 100 años?
Para nada pretendo juzgarle, de verdad. Y sobre lo de esposas de médicos tan es verdad como que podría ser mi propia madre a veces. Esposa de médico.