La vida pasada que se vuelve presente

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Fotografía: keiyac (CC).

Un año y medio antes de morir, María Zambrano publicó un artículo titulado «Amo mi exilio» en el diario ABC (1989). Cuando uno es expulsado de su patria, decía, «hay que juntar toda la vida pasada que se vuelve presente y sostenerla en vilo para que no se arrastre. No hay que arrastrar el pasado, ni el ahora; el día que acaba de pasar hay que llevarlo hacia arriba, juntarlo con todos los demás, sostenerlo. Hay que subir siempre…». El texto que sigue no tiene que ver con el exilio, pero sí con la vida pasada que se vuelve presente, con esa ascensión vital en la que «hay que mirar a todos partes, atender a todo como un centinela en el último confín de la tierra conocida». Si para Zambrano la cuesta era el destierro y el suyo duró cuarenta y cinco años, para nosotros será la existencia digital: un trayecto lastrado por el peso de cada acción, grande o pequeña, que se amplifica y distorsiona en las redes sociales. Una roca de Sísifo que rodará montaña abajo después de fracturarnos la memoria.

La tesis es la siguiente: en internet ya no hay pasado, sino un presente acumulado. Todo está ahí a la vez, en estratos digitales y al alcance de cualquiera. Los sucesos se amontonan como las capas de una imagen en Photoshop: las recientes ocultan las anteriores, pero no las destruyen; las antiguas esperan su turno hasta que alguien las rescata y turba la composición colocándolas en primer término. Propongo la metáfora a Carles Feixa, catedrático de Antropología Social de la Universidad de Lleida, y responde con otra distinta (citando al comunicólogo Jesús Martin-Barbero): «Más que las fotografías retocadas en Photoshop, la metáfora que me parece más apropiada es la del palimpsesto: los pergaminos antiguos reutilizados permanentemente, en los que se reescriben historias sin borrar del todo las anteriores. La red se renueva a cada instante nuestros muros de Facebook deben estar constantemente actualizados para tener likes, pero casi todo lo que ponemos en ella permanece, incluso después de muertos, aunque no seamos conscientes de ello. Eso también sucedía en el pasado con la documentación analógica, la diferencia es que ahora es más visible y accesible, y más difícil de borrar (aunque pagando todo es posible)». 

Los casos de Guillermo Zapata y Sergi Guardiola son dos de los más conocidos. El primero abandonó la concejalía de Cultura y Deportes del Ayuntamiento de Madrid después de que un tuitero desenterrase varios mensajes sobre el Holocausto, las niñas de Alcasser e Irene Villa escritos por Zapata cuando no ocupaba un cargo público. El segundo fue despedido horas después de firmar un contrato con el Barça por haberse zurrado en la madre patria, Cataluña, y haber jaleado al Real Madrid años atrás. Podríamos discutir sobre los límites del humor, el tono y contexto de los tuits y la libertad de expresión, aprovechando que la Audiencia Nacional acaba de absolver a Zapata del delito de «humillación a víctimas del terrorismo» tras considerar que sus «chistes macabros» sobre Irene Villa no tenían «ánimo injurioso». O mejor aún, sobre el interés de quien reflota mensajes antiguos para arremeter contra alguien con un cebo infalible: los residuos de uno mismo.

«Ya se ha condenado a gente por cuatro tuits fuera de contexto», señala Carlos Sánchez Almeida, abogado especialista en internet y nuevas tecnologías. Primero, no se tiene en cuenta el momento histórico: «En los años ochenta, los chistes sobre el “viaje por los cielos” de Carrero Blanco eran algo habitual, ahora si lo pones en Twitter te acusan de [apología del] terrorismo. Se ha criminalizado absolutamente todo, y el hilo conductor es menoscabar la libertad. Los derechos fundamentales que en teoría se iban a expandir con internet, como la libertad de expresión, se están restringiendo por vía legal». Se refiere, por ejemplo, a la intención del Gobierno de reformar la Ley Orgánica 1/1982 (protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen) para limitar el uso de los memes. Y segundo, no se tiene en cuenta quién era el usuario en el momento de compartir el mensaje: «Tres o cinco años después no eres la misma persona, no piensas lo mismo, no te comportas de la misma forma, tienes un trabajo distinto…».

«Los errores de juventud que nos persiguen de adultos responden a dos tipos de falta», explica Carles Feixa. «En primer lugar, la falta de netiqueta (etiqueta de la red), es decir, de unas normas de urbanidad en el espacio virtual que todavía están por construir; en segundo lugar, la falta de una legislación de protección de datos efectiva, que por ejemplo puede implicar una penalización con efectos retroactivos, que además se aplica a supuestas faltas cometidas durante la minoría de edad, los que es claramente abusivo y podría atentar contra derechos constitucionales. Cuando un club de fútbol que ha fichado a un futbolista lo despide al encontrar tuits insultante que envió durante su adolescencia, pone de manifiesto la ausencia de educación digital de los jóvenes, pero también la falta de educación de las instituciones, que olvidan que los menores no pueden ser tratados penalmente como los adultos y que los errores a esa edad siempre son reversibles».

En esta realidad híbrida en la que vivimos pueden pasar dos cosas: que el cebo sea digital y el escándalo analógico (como en el caso de Zapata, que ha llegado al tribunal encargado de juzgar delitos de terrorismo, crimen organizado y atentados contra la Corona), o que el gusano sea analógico y se difunda en el entorno digital (como el llamado «porno de la venganza», que añade un plus machista a la vejación: una lapidación de miradas por zorra). También entra en juego el carácter público o privado de las publicaciones (¿es legal difundir una fotografía compartida en Facebook si la cuenta está cerrada?), o si el ciudadano era anónimo cuando hizo algo embarazoso que sale a la luz después de alcanzar la fama. La parte buena quizá sea la rendición de cuentas y la fiscalización de la actividad pública. La mala, que nunca había sido tan fácil joderle la vida a alguien, aunque no sea (o fuese) usted nadie. Los arqueólogos del timeline son como el pescador que escarba en el barro buscando lombrices: los gusanos no son el menú, sino las truchas que pican pensando que las depredadoras son ellas. Piense en ello cada vez que participe en un linchamiento público.

Circula por la red un meme sobre la degradación de Twitter. Está compuesto por dos imágenes: la primera representa la plataforma en 2012 (un simpático recorte de ¿Dónde está Wally?) y la segunda, en 2016 (Cristo en el limbo, obra de un discípulo del Bosco). La primera es una playa de colores; la segunda, un festival de torturas y cuerpos despellejados. ¿Qué ha ocurrido en estos cuatro años? «Twitter y Facebook colaboraron a la explosión de libertad de los años 2010 y 2011: la Primavera Árabe, el 15-M, Occupy Wall Street… El poder tomó conciencia de la fuerza de estos movimientos, de su difusión en tiempo real, y la gente de los partidos políticos empezó a volcarse en las redes sociales. Entonces todo era distinto, éramos jóvenes e inocentes», bromea Almeida, «pero ha derivado en una lucha ideológica, un ambiente guerracivilista que se ha expandido a todo: hay más persecución, más linchamiento. Yo digo que es como un sarampión, pero las redes volverán a mutar».

Intimidad, memoria y arrepentimiento

En un artículo del año 2000, el fundador del bufete Almeida adelantaba que la intimidad era un derecho en crisis: el estreno de Gran Hermano inauguraba el ocaso de la privacidad, su devaluación y conversión en producto de consumo («al devaluar la intimidad es más fácil comprarla»). El abogado alertaba de que los gobiernos, las compañías telefónicas y los hackers del internet temprano se inmiscuirían cada vez más en la vida de los ciudadanos. «La intimidad es el último reducto del ser humano contra el sistema, la última barricada», decía en el artículo. Almeida sostiene que la sociedad se ha convertido en un panóptico, un modelo de cárcel ideado por Jeremy Bentham, cuya estructura permite controlar todas las celdas a la vez. «Somos transparentes para el poder», añade. «Hace unos años dijimos que estábamos regalando nuestra privacidad por un politono, ahora lo hemos asumido como algo cotidiano, la gente la entrega libremente».

Los nativos digitales han reformulado la idea de privacidad hasta hacerla «compatible» con el exhibicionismo. Cómplice incluso. La RAE la define como el «ámbito de la vida privada que se tiene derecho a proteger de cualquier intromisión», pero lo que antes se «ejecutaba a la vista de pocos» es el nuevo producto de moda. La intimidad compartida a destajo, impostada o no, es la gallina de los huevos de oro de Instagram, YouTube y Snapchat. La nueva realidad social es digital; la vida es un soporte publicitario; la apariencia de verdad es la última expresión del arte contemporáneo. Sobre la primera afirmación, un dato: el fracaso de público (físico) de un festival que reunió en Madrid a una decena de youtubers con millones de seguidores (virtuales). Sobre la segunda, esta viñeta del New Yorker: «Puede que no entendamos a los millennials, pero a Dios pongo por testigo que conseguiremos su dinero». Y sobre la tercera, un magnífico artículo de Rebeca Yanke sobre el ocaso del pudor en «la época de la transparencia», en la que «los dos grandes focos de recato son la frustración y la infelicidad».

La elaboración milimétrica de sus biografías entendidas como un mosaico visual, no manuscrito entronca con nuestra preocupación inicial: la presencia constante del pasado, que antes se medía en pasos a la espalda y ahora en teselas de Instagram. La construcción de su memoria es compartida y desde ese instante (share) empieza a ramificarse de forma imprevisible: remixes, copias, memes, fan pages. El fenómeno no es nuevo: se llama apropiacionismo y viene de lejos, pero las redes sociales le han dado un giro al contenido (la vida privada), al formato (inmaterial) y al valor de la «obra» (reputacional, aunque después se traduzca en dinero). «El medio ya no solo es el mensaje, sino que el medio amplifica y reinterpreta el mensaje, además de viralizarlo», señala Feixa. Y en ese entorno, en ese mundo que deviene escenario, como en Shakespeare, unos se adaptan mejor que otros: «En el mundo digital, o más bien en la web social (internet 2.0), el tiempo lineal, progresivo, de la sociedad industrial (el tiempo del reloj) se convierte en un tiempo virtual, pendular, propio de la sociedad informacional (más semejante a los relojes deformes de Dalí). No tengo claro que eso afecte más a los jóvenes: en realidad les afecta menos, pues tienen más defensas, al haber nacido y crecido en esa sociedad. Quienes más errores cometen al confundir espacios públicos, privados y semipúblicos en internet son los adultos». 

En la era de las capturas de pantalla, eliminar un «recuerdo» es imposible (y sacarlo de contexto, extremadamente sencillo). Una conocida consultora de comunicación política reconocía hace poco que lo primero que hace cuando «busca mierda» de algún candidato es revisar sus redes sociales: «Es mejor que cierren la cuenta directamente y se abran una nueva». Cambiar de opinión no es un síntoma de reflexión o madurez, sino de engaño o debilidad. Cualquier arrepentimiento es sospechoso y está sometido al juicio de la multitud: si intenta borrar sus huellas alguien le acusará de no ser coherente, de ocultar algo o de traicionar la confianza de sus seguidores. Además es inútil: es probable que Forocoches, los LET (liberales en Twitter) o los autodenominados «guardianes de la última frontera» tengan una copia de su historial. Un apunte sobre estos últimos: la línea entre civilización y barbarie nunca es demasiado gruesa.

En pintura, un arrepentimiento o pentimento es una «enmienda o corrección que se advierte en la composición de los cuadros». Un cambio de idea del artista que permaneció oculto durante siglos, hasta que el tiempo (por la degradación de la pintura) y la tecnología (rayos X e infrarrojos) desvelaron su pequeño secreto. La vida pasada que se vuelve presente. O mejor, que siempre ha estado presente, pero que ahora se vuelve visible. Los efectos a largo plazo están por ver. Dentro de unos años, cuando ocupe un escaño en el Congreso, o una cátedra universitaria, o un puesto en una cadena de montaje, una piedra lanzada al aire por usted mismo le golpeará con la violencia de mil días, cien troles y una cámara de Telecinco en la puerta de casa. Una roca impulsada desde el pasado por el viento de la envidia, del odio o del mero aburrimiento. Y tendrá que pedir disculpas por la persona que fue, y golpearse el pecho, y negarse a sí mismo tres veces antes de que cante el gallo. Porque cómo se le ocurrió hacer un chiste que no tenía ni puta gracia, o enseñar una teta en Instagram. Porque ya puestos, qué le costaba enseñar las dos.

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