Sociedad

Más allá de los muros: la prisión

Foto Luis Argerich CC
Foto: Luis Argerich (CC)

El manicomio, la prisión y el viaje de novios tienen algo en común: son espacios heterotópicos. Así lo afirmaba Michel Foucault en El cuerpo utópico, un breve ensayo en el que definía las heterotopías como «lugares reales fuera de todos los lugares», como «contraespacios» que, a modo de paréntesis espaciales y temporales, funcionan como espacios circunscritos ajenos al «espacio de zonas claras y oscuras» que habitamos. Si bien las heterotopías comparten el ser paréntesis espaciales y temporales dentro —y a la vez ajenos a— de ese espacio de zonas claras y oscuras habitado, cada una de ellas «tiene su propio funcionamiento preciso y estipulado en el interior de la sociedad, y la misma heterotopía, según la sincronía de la cultura en la que se encuentra, puede tener uno u otro funcionamiento». Si el viaje de novios respondía a la necesidad de que «la desfloración de la joven no tuviera lugar en la misma casa donde había nacido» y a la voluntad social de que la desfloración, sujeta al tabú moral y religioso de la pérdida de la virginidad, «tuviera lugar de algún modo en ninguna parte», la prisión se define todavía hoy por la necesidad socio-legislativa de poseer un «espacio de castigo» donde «el aislamiento constituye un «choque terrible» a partir del cual el condenado, al escapar a las malas influencias, puede reflexionar y descubrir en el fondo de su conciencia la voz del bien». La prisión, resumía Foucault, es «un espacio entre dos mundos», entre el del delito y el de la legalidad, es un mundo aparte que como trató de demostrar la novela criminal folletinesca del XVII y del XVIII es «totalmente distinto, sin relación con la existencia cotidiana y familiar».

Un mundo aparte

«No sabemos nada de las cárceles», sostiene Inma López Silva, autora de Los días iguales de cuando fuimos malas (Lumen), una novela en la que la escritora gallega se adentra entre los muros de una cárcel femenina de Galicia para retratar la historia de cuatro mujeres que, por distintas vicisitudes, han terminado por ser condenadas a años de reclusión. Alejadas hoy día de la ciudad —caso extraño es el de la Modelo, situada en el céntrico distrito del Eixample de Barcelona y cuya promesa de cierre se ha ido pasando de gobierno en gobierno, de Trias a Colau, sin cumplirse todavía—, las cárceles responden perfectamente a la definición de Foucault: son un espacio ajeno a la sociedad ante el cual, comenta López Silva, «corremos una tupida cortina, y seguimos con nuestras vidas, mirando para otro lado» porque ni sabemos ni queremos saber nada acerca de su realidad: «Depositamos ahí nuestros errores como sociedad, en las personas a las que entre todos marginamos, nuestras ocultas pulsiones malignas que detestamos…». Sin embargo, por paradójico que resulte, la marginación viene acompañada de la curiosidad, de un morbo rodeado de mitos y de tópicos que han favorecido a que desde la ficción y desde un periodismo tendiente al amarillismo se haya tratado de penetrar los muros de las prisiones y observar la realidad que se vive tras los muros.

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3 comentarios

  1. Pingback: Más allá de los muros: la prisión

  2. Agustín Serrano

    Muy bueno, con grandes verdades que, curiosamente, no dejan de martillearme con dudas.

    Compraré el libro de Inma López Silva.

    Muchas gracias.

  3. ¡Gracias!

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