Obras perdidas por fin encontradas

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Fotografía: DP.

La historia de la literatura está jalonada de casos de obras destruidas, censuradas o extraviadas. Por ejemplo, Huckleberry Finn, de Mark Twain, fue y ha sido objeto de repetidas prohibiciones en las escuelas debido al uso de la palabra nigger (negrata), vocablo que en Estados Unidos ha adquirido un peso específico similar al que en España tiene el enaltecimiento del terrorismo. Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling, fue censurada en los Emiratos Árabes Unidos porque incitaba a la brujería.

Piras enormes han sido alimentadas por miles de libros, a lo Fahrenheit 451. Y, finalmente, otra lista enorme de obras jamás se publicaron porque se extraviaron accidental o conscientemente.

Estoy bastante de acuerdo con la sentencia de Margaret Atwood de que «interesarse por un escritor porque nos gusta su libro es como interesarse por los patos porque nos gusta el foie», pero la pérdida de un libro, cualquiera que sea, es un tragedia, porque con ella estamos destruyendo un puñado de ideas que quizá no vuelvan a alumbrarse nunca más. Síntesis de cerebros conservados en formaldehído. Eso son los libros. Incluso los libros que reflejan muy malas ideas son necesarios para no olvidarnos de qué es lo que no debemos hacer o pensar.

Por ello, debemos encender nuestras bengalas y dibujar figuras bonitas en el aire cuando aparece la noticia del hallazgo de una obra extraviada.

La novela perdida de Walt Whitman

El padre de la poesía moderna, Walt Whitman, consiguió que su Hojas de hierba se convirtiera en un libro fetiche de varias generaciones. ¿Quién no se ha sostenido en pie sobre el pupitre de clase para declamar «¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!», el homenaje de Whitman a Abraham Lincoln que popularizó Robin Williams en El club de los poetas muertos?

Ahora, ciento sesenta y cinco años después, un licenciado de la Universidad de Houston, Zachary Turpin, hizo de Sherlock Holmes hasta localizar otra obra de Whitman que había permanecido en la oscuridad, Vida y aventuras de Jack Engle. El libro, un folletín dickensiano, solo lo pudieron disfrutar en 1852, y por entregas, algunos de los lectores de The New York Daily Times, pero posteriormente nunca llegó a adquirir el rango de libro, ni se conoció reedición alguna.

Las pesquisas de Turpin, de todo punto literarias y dignas de otro folletín, se resumen en la localización de un cuaderno de notas del poeta, en el que se reflejaba un boceto de Vida y aventuras de Jack Engle. A continuación, usó la información para localizar los ejemplares del periódico donde Whitman había publicado anónimamente la obra. Unos ejemplares no digitalizados que se conservaban en la Biblioteca Nacional. Turpin vio que los datos de aquella obra encajaban con las notas de Whitman, así que, indudablemente, se hallaba frente a su folletín. Una obra escrita en la misma época que Hojas de hierba y con la que guarda diversas conexiones.

Tras su recuperación ha sido editada en papel por la Universidad de Iowa, en versión digital por The Walt Whitman Quarterly Review y en español ha sido ahora coeditada por West Indies Publishing Company & Jot Down Books.

Otros casos de obras extraviadas (y encontradas o no)

Muchas de las obras jamás han sido publicadas por deseo expreso de sus autores, como es el caso del de Vida y aventuras de Jack Engle, que siempre renegó de sus obras en prosa. La obra de Kafka, por ejemplo, tampoco hubiera visto la luz si el editor, Max Brod, no hubiese desoído sus deseos. Y Mark Twain dejó a su muerte más de cinco mil páginas de autobiografía, con instrucciones precisas para que no se publicasen antes de cien años.

Otros casos, la pérdida se debe a hechos fortuitos. Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, extravió una de sus obras al enviársela a su editor. Después quiso reescribirla de memoria, pero solo llegó al capítulo sexto. Ciento treinta años después, vio la luz gracias a la British Library, bajo el título de The Narrative of John Smith.

Julio Verne también tenía una obra guardada en una caja fuerte, que fue descubierta por su nieto décadas después. En la obra, Paris in the Twentieth Century, aparece descrito el «telégrafo fotográfico», el cual «permite enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a diez mil kilómetros de distancia».

Suite francesa, de Irene Némirovsky, es quizá el caso de obra perdida y posteriormente encontrada más emocionante, que la autora concluyó parcialmente antes de ser recluida en un campo de exterminio nazi.

El número de obras extraviadas y jamás halladas, por contrapartida, es inabarcable. De Lope de Vega, por ejemplo, solo han sobrevivido una cuarta parte de sus dos mil obras catalogadas. De Shakespeare también otro puñado, como El paje de Playmouth, La ira caliente se enfría pronto o Trabajos de amor recompensados. También se perdieron libros de Lord Byron, Edmund Spencer, Thomas Carlyle o Sylvia Plath, cuyo diario fue destruido por Ted Hughes, tal y como leemos en The book of lost books, un libro sobre libros perdidos publicado por Stuart Kelly en el año 2005.

Afortunadamente, las pesquisas de los amantes de los libros, esos cerebros sintetizados en manchas de tinta, continuamente nos permitirán ir recuperando algunas de ellas. Conjuntos de ideas que de otra forma habrían desaparecido quizá para siempre.

Fotografía: DP.

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4 comentarios

  1. Pingback: Obras perdidas por fin encontradas – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Rmingo

    Donde dejamos a los libros de la antiguedad clasica?

  3. Pingback: Obras perdidas por fin encontradas

  4. Un caso famoso de un libro encontrado es el “Contra Sainte-Beuve” de Proust, cuyo manuscrito apareció por casualidad en un escritorio, 30 años después de su muerte. Es una obra que mezcla teoría literaria, críticas de grandes escritores y novela. Se puede considerar como un borrador de La Recherche ya que aborda los mismos temas, pero es de por sí un texto que roza a veces lo sublime.

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