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Estas son mis últimas palabras

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Junto al lecho de muerte, Edvard Munch, 1893. Imagen: Museo Munch (DP).

«Un bel morir tutta una vita onora», escribió Petrarca y aun así es una majadería. Es curioso: hay muchas expectativas puestas en la muerte. Existe, supongo, una justificación literaria: si nos figuramos la vida como un relato (que la metáfora sea manida no la hace menos cierta), hay que poner cuidado en el desenlace. Todo debe tener un toque grandilocuente. Terminar en alto, que se dice. Lo sabía hasta aquel militar cretino de Senderos de gloria: «Sus hombres han muerto muy bien».

Hubo un tiempo, cuando todo simbolizaba algo, en que la buena muerte era un síntoma de bienaventuranza. Si uno recuerda, Manrique escribe que su padre («Aquel de buenos abrigos, amado por virtuoso de la gente, el maestre don Rodrigo Manrique, tan famoso y tan valiente») muere con gallardía («Vuestro corazón de acero muestre su esfuerzo famoso en este trago»), cuerdo («Todos sentidos humanos conservados») y rodeado de los suyos («Cercado de su mujer, de sus hijos, hermanos y criados»). Ahora, un crápula: al final del Don Giovanni, cuando el seductor acaba de ser arrastrado a los infiernos por el fantasma del Comendador (conste que al padre de Manrique la muerte casi le pide perdón), el grupito de damnificados que lo estaba persiguiendo canta, la mar de feliz, l’antichissima canzon: «Este es el fin del que obra mal; y, de los pérfidos, la muerte siempre es igual a la vida».

Mucho del encanto de morirse se ha quedado demodé: aquellas grandes misas (la anécdota de que el emperador Carlos escogía personalmente a los cantores de Yuste para sus exequias es apócrifa, pero ojalá no lo fuese), el miserere, los lutos. La sospecha de que el alma puede no ser inmortal tiene todo tipo de inconvenientes. Ha perdurado la costumbre más profana: las últimas palabras. Genio y figura hasta la sepultura. Total, si Dios no existe, al menos que te recuerden en un sobrecito de azúcar. La frase contundente goza de muy buena salud en nuestros días: hace tiempo que no leo en los culturales sobre algún nuevo tratado more geometrico demonstrato, pero sí tengo noticias de una enormidad de breves apuntes. ¡Otra ventaja!: son fáciles de memorizar. «¡Luz, más luz!», «Aplaudid amigos, la comedia ha terminado», etc. Sabiéndote tres o cuatro puedes pasar por culto.

Esperar que un moribundo sea ingenioso puede conducir a terribles decepciones. Se me ocurre, así de primeras, una dificultad fisiológica. Yo estoy escribiendo este texto con un poco de fiebre y tiritera, y no me siento particularmente perspicaz. No sé cómo es morirse, porque no me he muerto nunca (a efectos literarios sería muy ventajoso. Escribes «Yo me morí una vez» y es muy difícil que ese texto no gane un Pulitzer), pero no encuentro ningún argumento médico que justifique esta idea. También hay una complicación cronológica: imagine a un moribundo solemne, bien aposentado en cama, hablando trabajosamente pero con gravedad, explicando a sus nietos el sentido de la vida. Y ahora suponga que en un momento concreto dice algo tan sumamente genial, algo de una sabiduría tan concentrada que no puede ser mejorado. ¿Qué hacer? Sería muy desconcertante que el agonizante se callase entonces. Imaginen al señor apretando fuerte los labios y negando violentamente con la cabeza, mientras sus allegados intentan averiguar qué pasa. Pero ¡aún hay una opción más ridícula! Conjeturemos por un momento que uno de los asistentes a la agonía (un hijo, por ejemplo) gritase con un ímpetu inesperado: «Papá, ¡calla!». Debería hacerlo, además, con precisión y con contundencia: si el viejo dice «¿Qué?», todo se va a hacer gárgaras.

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2 comentarios

  1. Pingback: Estas son mis últimas palabras – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Os recomiendo la lectura de ‘Al pie de la sepultura. 500 frases lapidarias de personajes célebres en la hora de su muerte’, de Laura Manzanera. Aquí http://bit.ly/2nNwnlC algunas de las últimas frases de escritores famosos, que, como escribe Joaquín, tienen una mezcla de declaración para la posteridad y locura. Un saludo cordial.

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