En la eventualidad de que alguien le apunte con una Beretta 92 y le pregunte por qué es blanca la Casa Blanca, sepa que existen dos maneras de responder a eso. La que se enseña a los niños en la escuela («para cubrir las heridas del incendio provocado por los británicos en 1814»). Y la que se enseña a los estudiantes en las facultades de Historia («para proteger la piedra porosa durante las heladas»).
Ahora imagínese que se queda encerrado en el ascensor con varios desconocidos y, justo en ese incómodo momento en que nadie sabe qué decir, usted se ofrece a explicar cuándo llegó la electricidad a la Casa Blanca. Les recuerda que fue instalada en 1891 pero que tardó mucho más en utilizarse de manera regular porque Benjamin Harrison y su mujer, Caroline, preferían alumbrarse con lámparas de gas por miedo a electrocutarse o provocar un incendio. Pruébelo. Es complicado no salir airoso después de eso.
O piense que se encuentra semidesnudo en la sauna del gimnasio y ve entrar a un viejo compañero del colegio, que ahora trabaja en el servicio de posventa de El Corte Inglés y tiene una cicatriz rosácea a la altura del bazo. Puede tratar de evitar lo ineludible poniéndose a hablar del famoso piano de la East Room. Y para ello resulta conveniente saber que el instrumento llegó en algún momento de la mañana del 10 de diciembre de 1938, cuando Theodore Steinway se lo entregó en persona al presidente Franklin D. Roosevelt, poniéndole en conocimiento de que la madera era caoba hondureña.
Es una situación menos probable, pero también puede ocurrir que se encuentre usted en el parque consultando el e-mail desde su teléfono sin darse cuenta de que por detrás se aproxima su panadero, a quien además dejó a deber cincuenta céntimos de euro la semana pasada. Antes de darle tiempo a respirar, dispare. «¿A que no sabe quién donó una máquina de café para la sala de prensa?». Lo hizo Tom Hanks en 2004, en solidaridad con los periodistas del White House Press Corps, que hasta entonces bebían agua sucia. Hanks, puede añadir para ganar un poco más de tiempo, renovó su generosidad seis años después, cuando volvió a pasar por allí y vio en qué condiciones lamentables se encontraba la cafetera anterior. Sobre esto hay distintas versiones, pero es poco probable que su panadero esté al tanto de ello.
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