La precariedad no te hace más creativo

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Fotografía: Petras Gagilas (CC)

«La crisis dispara la capacidad de ser creativos». «En tiempos de crisis la creatividad es el factor clave». «En tiempos de crisis estalla la creatividad». «La crisis económica favorece a la creatividad». «La precariedad nos ha empujado a ser más creativos». Estos titulares han sido publicados en los últimos meses en distintos medios. Todos se pueden encontrar en internet y hay muchísimos más. Tantos que si uno sigue buceando por la red se topa con blogs llamados «creatividad en tiempos de crisis» y demás expresiones peregrinas. Y, ojo, porque si se tira del hilo no es difícil acabar embrollado en una maraña de proverbios chinos e indios. Eso por no contar el mantra de tantas webs sobre start-ups y emprendedores. En tiempos malos, sé un genio, saca ese don que llevas dentro. ¿Es que no te has dado cuenta?

Pero cuando un mensaje se repite tantas veces es necesario ponerlo en cuarentena. ¿Es cierto que un Picasso, que el dadaísmo, que la teoría de la relatividad proceden de momentos en los que artistas, creadores, teóricos, físicos, etc., no tenían ni para pagar la luz? La perspectiva siempre es engañosa y todo depende del ángulo en el que uno se coloque para ver tal o cual cosa, por lo que es posible que debamos de cambiar la mirada para observar que no estamos más que ante otro mito. Un machacante discurso casi de autoayuda que, por qué no decirlo, seguro que le está trayendo buenos dividendos a más de uno.

Vamos a retroceder cuatro siglos hasta llegar al XVII, el llamado Siglo de Oro español. Veamos el contexto político, económico y social: crisis climática (las hemerotecas hablan de mucho frío, sobre todo hacia 1650), crisis económica (bajada de precios, devaluación en toda Europa), conflictos sociales y políticos (en España, últimos años de la casa de los Austrias), y crisis demográfica (la miseria y las enfermedades despoblaron al continente europeo).

Ahora bien, aquellos años de penurias y espadachines a sueldo, como tanto le gusta recordar a Arturo Pérez-Reverte, también alumbraron a Lope de Vega, Quevedo, Tirso de Molina, Luis de Góngora, Cervantes, Calderón de la Barca o Diego Velázquez. La flor y nata de las artes que supuso una transformación brutal en la literatura, el teatro, la pintura y demás disciplinas artísticas. Y aunque es bien cierto que las arcas del país agonizaban y el pueblo pasaba hambre, si se rasca un poco es posible afirmar que, con la excepción de Cervantes, ninguno tuvo demasiados problemas con sus facturas.

Lope de Vega, mujeriego impenitente, supo arrimarse a hombres acaudalados a través de sus matrimonios y se codeó con la corte; Quevedo había nacido en cuna cortesana y si luego las pasó canutas fue por sus intrigas y versos envenenados; el buen Tirso era sacerdote, arropado por la Iglesia; el padre de Góngora era hijo de un juez de bienes confiscados por el Santo Oficio; Calderón también se había mecido entre la nobleza y Velázquez pronto despegó como pintor de la corte. No había sido su precariedad la que les convirtió en genios. Tenían el talento dentro y alguien dispuesto a mantenérselo.

Sin embargo, fue este siglo marcado por la sangre, por la peste y por la ruina una de las bases para hacernos creer que cuanto peor, mejor, y así es como calificamos etapas de bonanzas y de carencias o de crisis institucional con una explosión de creatividad y su contrario. Pero ni todo está siempre tan mal ni tan bien. ¿Qué sucedió en el siglo XV? Fue un momento vigoroso y también tuvimos nuestros genios: Jorge Manrique, Fernando de Rojas o el marqués de Santillana. El pueblo seguía viviendo las mismas miserias, pero la creatividad, rodeada de riqueza, no bajó ni un solo peldaño.

Otro aspecto que ha sustentado el mito se puede leer en clave geopolítica. Vayamos a la Italia del Renacimiento. Era un país desmembrado y acosado por las potencias, pero vivió una explosión artística gracias a las cortes de las numerosas repúblicas y el Papado romano. La lucha entre naciones por conseguir más poder no se daba solo en el campo de batalla sino también en el arte. De ahí que cada ciudad financiara a sus pintores, arquitectos o escultores para conseguir la catedral más grande y más bella, los cuadros más hermosos o las esculturas más impresionantes. Si Florencia erigía la cúpula de Santa María del Fiore, Siena hacía lo propio con Nuestra Señora de la Asunción y Venecia se subía al carro con la Basílica de San Marcos. ¿Fue un tiempo de crisis? Sí, pero un hubo un esplendor artístico gigantesco debido a una apuesta gubernamental.

El Romanticismo fue otro período que podríamos calificar de hacedor de mitos, sobre todo, estéticos. Buena parte de lo cool de hoy, de lo moderno, encontraría su acomodo en esa bohemia y retrato del vagabundo que escribe en un café. Hay multitud de libros sobre este período que ayudan a creernos lo imperiosamente alucinante que es vivir en un cuarto de diez metros cuadrados sin luz. Una exaltación sentimental, que no es más que el motor del liberalismo, y cuyo cuadro tiene poco que ver con la realidad. Románticos fueron muchos alemanes como Goethe, Schiller o E. T. A. Hoffmann, que no procedían precisamente de familias paupérrimas. Románticos fueron José de Espronceda o Mariano José de Larra, hombres apasionados hasta la médula, progresistas y liberales, cuya creatividad, no obstante, no vino marcada por su filiación política, sino porque tuvieron la capacidad artística de convertir sus textos en obras maestras. Hacer hipótesis siempre es una quimera, pero, ¿sabríamos hoy algo si nadie hubiera apostado por ellos?

Centrémonos ya en el siglo XX y concretamente en la década de los felices años veinte, que si tiene este apelativo no se debe a una depresión mundial. Europa salía de una cruenta guerra con millones de muertos y Estados Unidos empezaba a hincar el diente como principal potencia global. Fue en ese enjambre en el que apareció lo que después se denominó Generación Perdida: John Dos Passos, Ezra Pound, Erskine Caldwell, William Faulkner, Ernest Hemingway, John Steinbeck y Francis Scott Fitzgerald. Libros como Fiesta, de Hemingway, no aluden a un mal momento y París era para bebérselo. Y por allí revoloteaba, además, Gertrude Stein como una mamma siciliana para arropar a estos escritores imberbes que querían comerse el mundo.

Pongamos el punto en los Fiztgerald, en Scott y en Zelda. Jóvenes privilegiados no obstante conscientes de la desesperación que les rodeaba y que mostraron en títulos como El gran Gatsby, Suave es la noche o Hermosos y malditos. «Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia», llegó a decir Scott, sabedor de que cuanto más alto suba uno, más dura será la caída. Y ellos estaban ahí arriba, en el pedestal, en el que enfoca hacia abajo y puede ver la miseria. Lo único que hay que tener es talento para contarlo y ellos lo tenían. Es decir, el foco no estaba puesto en el barro, solo había que acercarse a él y relatarlo.

Ahí queda ese párrafo de El gran Gatsby:

En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas. Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien —me dijo— ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas. No añadió más, pero ambos no hemos sido nunca muy comunicativos dentro de nuestra habitual reserva, por lo cual comprendí que, con sus palabras, quería decir mucho más.

La valía de la Generación Perdida no estriba, por tanto, en que vivieran en la más pura miseria y eso les hiciera conscientes de su precariedad, sino que en vez de acomodarse en las facilidades que les otorgaba su clase supieron captar la esencia de la humanidad. Y por ello, es probable que no haya comienzo más bonito que el que hizo Hemingway en Por quién doblan las campanas al recordar el poema de John Donne: «Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti».

Otro movimiento que alimenta el mito de la decadencia y el pesimismo asociado con la creatividad es el de la Generación Beat, si bien este llegó años después de su obra literaria, ya entrados los sesenta y los setenta con el movimiento hippy. En realidad, William Burroughs, Allen Ginsberg, Neal Cassady y Jack Kerouac son una exaltación del vitalismo que procede de la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Viva la libertad, los viajes, las drogas y el sexo desenfrenado. Y a la mierda las estructuras políticas. El poema «Aullido» y las novelas En el camino y El almuerzo desnudo, por citar solo tres títulos, son una obcecación por dejar que la mente fluya, por quitarse todas las ataduras posibles y por pasarlo bien. Por sentir el cuerpo, aquel que había sido aniquilado a balazos en un conflicto bélico para una generación anterior y por un torturante discurso conservador. El inicio del poema de Ginsberg ya es un arma de destrucción masiva de todo lo anterior: «He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura».

A pesar de que es cierto que Cassady no procedía de una familia acomodada —el resto venía de clase media o media-alta—, la fuerza de su obra no está marcada por la pesadumbre, sino por la rabia. No es un alegato a la decadencia, sino todo lo contrario: sirve de catapulta para seguir viviendo. Su magnetismo y el poder de identificación de sus personajes están plasmados en las ganas de vivir. No se acomodan y lloran sobre una crisis, porque tampoco ellos sufrieron los años oscuros de la depresión de la posguerra. Los beat crecen al albur de un mundo que cambia hacia el tecnicolor, hacia la publicidad y la televisión. Y en ese nuevo universo quieren ejercer su libertad, no la moral de Eisenhower. No sería hasta años más tarde, con la catástrofe de Vietnam, con los estallidos de conflictos raciales, con la crisis del petróleo, cuando los hippies harían de ellos una bandera.

Y llegamos a otro momento mítico, otra explosión creativa que hay que coger con pinzas: la Movida. Década de los ochenta en España, fin de la Transición, apertura democrática y todas las etiquetas que queramos ponerle desde la distancia de los treinta años que han pasado desde entonces. Hay periodistas como Patricia Godes y Grace Morales que han escrito excelentes libros y artículos sobre una época que conocieron de primera mano, y que tal y como vamos sabiendo ahora, tampoco poseía ese haz de bola de discoteca que estuvo presente durante tanto tiempo. Una cosa es evidente: surgieron grupos musicales, pintores, cineastas, fotógrafos, pintores, diseñadores que transformaron la cultura existente. No se trata ahora de juzgar si fue bueno, malo o regular; se trata de analizar qué llevó a esa explosión. Y de nuevo chocamos con el mito. Con la excepción siempre como regla, ¿eran músicos, cineastas, escritores que tenían problemas para llegar a fin de mes? Hoy sabemos que muchos de ellos procedían de familias burguesas, incluso algunas de ellas cercanas al régimen franquista, con lo que parece cristalino que no hubo mucha miseria que aplacar para escribir esas canciones. Otra cuestión puede ser la del rock y punk vasco que también creció en aquellas fechas, aunque en este sentido habría que empollarse más libros de historia y política para entender aquel movimiento en los ochenta.

Finalizamos con la pregunta del millón que concierne a los titulares con los que comienza este artículo: ¿es posible afirmar que la precariedad conlleva más creatividad? La historia demuestra que existen otros múltiples factores que avivan el ser creativo, desde las ayudas gubernamentales al mecenazgo pasando por el optimismo y la vitalidad. No queda demasiado claro que sean la podredumbre, la depresión y la vida paupérrima las que hagan florecer la novedad por sí sola.

De hecho, de ahí surgen otros interrogantes que atañen a la actualidad: ¿Es el microteatro una nueva creatividad o es simplemente una adaptación al medio? ¿Es la necesidad hecha virtud? ¿Hay algo del teatro de Tadeusz Kantori, de Darío Fo, de Antonin Artaud? ¿Estamos viendo un nuevo modelo teatral? ¿Son las películas low cost como Stockholm algo nuevo y creativo solo porque se hayan financiado por medios artesanales? ¿Es Hirsch una revolución? ¿Hay algún sustituto de Jeff Koons? ¿Existe un modelo arquitectónico que se haya adaptado a los momentos de crisis? ¿Ha surgido algún movimiento desde el grunge o el brit pop? ¿Algo que tenga mucha más fuerza que el totum revolutum actual?

La cultura nace de la posibilidad de crear cultura. Por mucho proverbio chino o indio, por mucho eslogan en una página web, la creación y las facturas de la luz son hoy en día una simbiosis incompatible. La riqueza no es dueña del talento y de ahí que haya casos como el del poeta Miguel Hernández, pero Miguel Ángel no hubiera sido Miguel Ángel si nadie le hubiera podido pagar el mármol.

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5 comentarios

  1. Isobel

    ¡Si ya he disho yo siempre que lo de pisar mierda trae buena suerte era un camello como una catedrá!

  2. Pingback: La precariedad no te hace más creativo – Jot Down Cultural Magazine | BRASIL S.A

  3. Esta idea y otras más, como que habíamos gastado por encima de nuestras posibilidades, son el pan de cada día de los medios de comunicación de la «alta sociedad». Sin embargo, me alegra saber que cada vez algunos críticos logran contradecir estas mentiras, que intentan consolarnos en estos años de crisis.

  4. m.mortera

    Me interesa el tema de la creatividad y las crisis o auges economicos. Toda la bibliografia es bienvenida.

  5. el comentario de El gran Gatsby perfecto :)

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