Sociedad

Orgullo y prepucio

Domingo 29 Echo and Narcissus
Eco y Narciso, John William Waterhouse, 1903.

No deja de haber cierta ironía en que del libro Masturbación del poeta Ibn-ash-Shah at-Tahiri solo nos haya llegado hasta hoy el título. Tal vez únicamente su autor llegó a conocer el contenido de la obra antes de que resultara destruida por un incendio, inundación o cualquiera que fuese el desastre que se llevó para siempre unas páginas que imaginamos muy inspiradas y sentidas. Ese libro que nadie pudo leer dedicado al vicio solitario se convirtió así de forma inesperada en un acto de onanismo intelectual, el mejor homenaje que pueda concebirse al tema abordado. Y decimos inesperada, pero sospechamos que de haberlo previsto lo habría escrito igualmente. ¿Cuántos discos duros y cajones de escritorios tendrán su novela, cuento, carta o artículo inédito de alguien que encontró en la escritura una forma de alivio y después no necesitó o no se atrevió a compartirla? ¿No son los diarios personales al fin y al cabo una forma de tocarse el ego en la intimidad? ¿Habrá ojeado el propio César Vidal los veinte libros que publicó solo durante 2005 para ver de qué tratan o estamos ante el insólito caso del escritor que ni siquiera es leído por él mismo? Suman legión los autores que destruyeron parte de su obra o, a la manera de Kafka, solicitaron a alguien de confianza que lo hiciera tras su muerte (solo nos queda constancia de aquellos que no cumplieron su promesa, qué se habrá perdido…). ¿Pero lo hicieron por autodesprecio o por considerar a la humanidad indigna de su obra? Esa pretensión de destruir la propia creación para escapar así de la posteridad a la que están convencidos que les condenaría tiene algo en común con la paradójica firma que empleaba el dictador Obiang Nguema: «Mi Humilde Persona». Así con mayúsculas, que él no merecía menos.

Decía el Eclesiastés que todo es vanidad y en aquella película en la que Al Pacino se gustaba especialmente como encarnación del diablo, este concluía su última escena diciendo que la vanidad era su pecado favorito. Quizá por ser el más frecuente. Ahora bien, ¿el vanidoso se deleita con su propia mismidad o, por el contrario, lo suyo es consecuencia de cierta insatisfacción personal con lo que realmente es? Decía Nietzsche que «la vanidad es el temor de parecer original; denota por lo tanto una falta de orgullo, pero no necesariamente una falta de originalidad». Una distinción entre orgullo y vanidad que también encontramos en Jane Austen, para quien el primero sería la opinión que tenemos de nosotros mismos mientras que la segunda consistiría en la opinión que nos gustaría que los demás tuvieran de nosotros. La vanidad sería la escalera entre lo que somos y lo establecido socialmente como ideal, entre ser un preso drogadicto de permiso y vestir Emidio Tucci. La escritora Candida McWilliam por su parte daba esta definición:

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Un comentario

  1. ¿Y si lo que sentía Orígenes era culpabilidad y no vanidad? Quizás ser el más puro de los hombres le depararía una sensación mayúscula de alivio… y, por qué no, una pizca de vanidad. Es que, si nos engolfamos en interpretar, podemos acabar viendo conejitos dónde sólo hay nubes…

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