
Los payasos representan el mayor fallo de marketing de la historia. De Ronald McDonald a Krusty, del Joker a Pogo, la imagen del clown en la cultura pop dista mucho de sus objetivos originales: lejos de identificarse con una figura benévola, con la risa y la felicidad, los payasos han llegado a poblar las pesadillas de varias generaciones de niños y adultos. Y, si seguimos el procedimiento policial de buscar a los usual suspects, en esto de las pesadillas es muy probable que siempre se encuentre a Stephen King en el primer puesto de la lista de responsables.
En 1986, el escritor de Maine publicó It, una de sus novelas más monumentales en todos los sentidos. A lo largo de sus mil y pico páginas, King construyó una radiografía de Estados Unidos a partir del alma más oscura del país. A caballo entre dos épocas (la infancia de los protagonistas y su edad adulta), la miseria americana se desplegaba ante los ojos de un lector que, quizá, solo había acudido allí buscando una buena ración de sustos. Es algo por lo que la historia de la literatura habrá de juzgar a King en el futuro: su insistente manía de salirse de los cauces del bestseller intrascendente (¡a quién se le ocurre!) para diseccionar su país con un bisturí tan afilado como lleno de sangre. En It lo hizo situando como antagonista a Pennywise, un payaso sobrenatural que pocos años más tarde llegaría a la pantalla con los inquietantes rasgos de Tim Curry. Aquella adaptación televisiva habría resultado bastante poco memorable de no ser por la fuerza icónica que Curry supo darle al monstruo: una figura que, como en la novela, representaba (entre otras cosas) el lado oscuro del sueño americano, como una especie de doppleganger siniestro del payaso de McDonald’s o del amistoso Bozo, dos símbolos netamente yanquis.
Una de las primeras cosas que llaman la atención de la nueva adaptación de It, dirigida por Andrés Muschietti, es la manera de alejarse de esa iconografía moderna del «payaso asesino» para hundir las raíces visuales de su Pennywise en un clown de tradición mucho más antigua: con su traje de influencias isabelinas, victorianas y renacentistas, el Mal absoluto que se presenta en el film sugiere un origen mucho más arcaico, y que los niños protagonistas rastrean hasta la propia fundación de la ciudad por los colonos. O dicho de otro modo: hasta el mismo génesis (transnacional) de la identidad americana. La película establece así lazos con un terror más cercano al de obras como La bruja (Robert Eggers, 2015) o American Horror Story, la serie de Ryan Murphy que, sobre todo en sus temporadas dedicadas a la brujería o al enigma de los colonos de Roanoke, también mira hacia atrás en busca del germen del horror hasta trazar una siniestra equivalencia entre el nacimiento del mal y el nacimiento de la nación.
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Gran articulo, he de admitir que me ha invadido la nostalgia y me he emocionado al final.
En «El desencanto» Leopoldo María Panero dice una frase rotunda «En la infancia se vive, el resto de la vida se sobrevive»
En su sensibilidad para retratar la infancia, sobre todo esa edad tan especial que va desde los diez a los doce años, el inicio del pasaje a la adolescencia, King es el mejor. El único a su nivel es otro gigante: Mark Twain, del cual considero a King como su legítimo heredero.
La película me pareció pésima, una película se supone que de terror que no da miedo. Lo mejor: la caracterización de Pennywise y la chica, posible estrella en ciernes.
Una película fallida, dividida, incoherente visual y narrativamente, y que apuesta todo su peso por la fórmula nostálgica de moda porque es incapaz de hacer lo que hace la novela, construir una amalgana en que el terror y lo cotidiano se transfieren el uno al otro.
Cierto, en eso King es un maestro.
Es una pelicula fallida, pero vaya, estamos en eso de la glorificacion de la nostalgia. Pierde fuelle hacia el final. Hay cositas interesantes, pero bueno, cositas. Concuerdo, la niña pinta para actriz.