
Entonces una señora del público me pregunta qué estoy escribiendo ahora y yo le contesto que una novela que sucede en la segunda mitad del siglo XXI y que en mi mundo del futuro el poder es más bien chino y veo las sonrisas de placer de muchos de los que han venido esta tarde a la Biblioteca de Shanghái, y me molestan:
—Y no es un mundo donde quisiéramos vivir.
Les digo, sonriendo.
Yo soy alguien que sabe equivocarse.
Me equivoco: otra vez me equivoco. Olivia es chiquita, piel oliva, rasgos suaves. Olivia trabaja en la organización del Festival del Libro de Shanghái y se encarga de mí. En el almuerzo, para hacer conversación, le pregunto dónde nació y me nombra una ciudad mediana, sur de China. Le pregunto cuántos años tiene y me dice que treinta y tres, que nació en 1985. Le digo que entonces serán treinta y dos y me dice que no, que en el sur de China la edad empieza a contarse desde la concepción, no desde el nacimiento —o, también, que como tiene treinta y dos está en su trigesimotercer año de vida. Entonces le digo que no debe tener hermanos —en aquellos días la política del hijo único era tajante en China— y me dice que no, que sí, que tiene una, mayor, y me explica que cuando ella nació sus padres tuvieron que pagar una gran multa por quebrar esa ley. Entonces se me ocurre decirle que qué privilegio, que debió ser muy amada y me mira raro, con pregunta. Le digo que claro, que si no piensa que es un privilegio tener unos padres que la deseaban tanto que violaron la ley para tenerla y pagaron por tenerla y me mira más raro, casi triste —y recién entonces termino de entender: si sus padres se arriesgaron a un segundo parto fue porque querían un varón, un hombre que continuara el nombre, un sostén para sus años de retiro, y que ella no les trajo alegría sino la bruta decepción de saber que ya nunca tendrían ese hijo. Me callo: tarde, tan avergonzado. Olivia también se calla, comemos en silencio.
Viajar es equivocarse, vivir
es equivocarse.
Saber es saber
que uno se ha equivocado. Quién supiera
ignorar, saber en serio.
Y lo falsa que se ve esa pagoda con techos voladizos en medio de docenas y docenas de edificios cuadrados, flacos, altos, sus veinte o treinta pisos de cemento y vidrio, tan actuales. Lo auténtico, decíamos: lo auténtico.
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Es un país inexcrutable, entre el orgullo, el miedo y la mentira sistematizada. Gracias, Caparrós.
Joder, cojonudo artículo.
Cojonudísimo incluso.
Gracias!
Llevo un año viviendo en China y no puedo hacer otra cosa que aplaudir este artículo. Me identifico plenamente.
Uuuuuy! Muy bueno. Espero que entiendas que no es racismo y brutalidad: me alegra que seas argentino. Y como me alegro, no me importa lo de coño, una pavada.
Equivocarse, vivir, morirse, los chinos. Un chino. Me gustó mucho
Pero qué puta leyenda este argentino. Dadnos más, por dios y por la virgen