1.
Panamá, hacia 1513-1515. El explorador Vasco Núñez de Balboa se abría paso por una selva húmeda, bochornosa, impenetrable. Lo acompañaban 190 hombres. Ellos no podían saberlo, pero más de un tercio morirían de enfermedades, de agotamiento o por enfrentamientos con los pueblos indígenas, para quienes ese encuentro con los europeos sería el comienzo del final.
En algún momento, en la actual Panamá, el conquistador se topó con la tribu del indio Comagre. Ninguno parecía, todavía, temerle al otro.
Comagre era un cacique con autoridad sobre un amplio y jerarquizado territorio. No pensaba en rendiciones o sometimientos. Por eso recibió a los españoles como a huéspedes no esperados e intercambió regalos para sellar una alianza que debía evitar un conflicto.
Vasco Núñez de Balboa y los suyos recibieron cautivos de guerra, que convirtieron enseguida en esclavos, y diferentes objetos de oro extraído de minas cercanas que lo concedían de manera generosa, apreciado por su resplandor.
Para Comagre, el oro era prestigio y ritual. Para los conquistadores, sería botín, riqueza, vida y muerte.
Maravillado, Núñez de Balboa quiso saber de dónde provenía el metal precioso. La ruta que le señalaron empujó a miles hacia una tierra repleta de tesoros, de caminos y edificios de oro. Una ciudad construida como si el sol se hubiera dejado caer ahí por descuido.
Comenzaba así la leyenda de El Dorado.
Pero El Dorado nunca fue un lugar y siempre fue un deseo.
2.
Bien lo sabía Indiana Jones.
Existe una pulsión de búsqueda, de exploración, de develar los misterios del mundo, de encontrar aquello que se cree mito, leyenda, aquello que nunca nadie logró hallar y que es capaz de enloquecer a los hombres como enloquecen el amor, la guerra, el poder.
Indiana era, en verdad, el nombre del perro de Henry Walton Jones Jr., nacido el 1 de julio de 1899 en Nueva Jersey, Estados Unidos. Doctorado en Arqueología, profesor universitario, en su personaje se fusionaron todos los grandes, pequeños, exitosos y desencantados exploradores del mundo. Personas que arrasaban lo que encontraran a su alrededor para lograr su objetivo. Personas como Núñez de Balboa y como el mismísimo Indiana, prearqueólogos, si existe esa nominación, aventureros pertenecientes a un linaje de saqueadores, muy poco interesados en el entorno, el método, el registro y el contexto de aquello que buscaban.
Es posible que en algún momento sus creadores, George Lucas, Steven Spielberg y Philip Kaufman, se hayan reunido para delinear al intrépido Indiana y preguntarse: en ese mundo en guerra en el que vivía el héroe, ¿con qué objeto soñaría? ¿Qué sería aquello que desea encontrar más que nada?
La respuesta: el Arca de la Alianza.
Un poder absoluto que, más que fuerza y riqueza, significaba conocimiento. Y el conocimiento siempre fue poder.
¿Existió el Arca?
¿Existió El Dorado?
El Arca de la Alianza fue un objeto textual. Se la nombra en libros sagrados del pueblo hebreo. Desaparece del registro histórico cuando el Primer Templo de Jerusalén es destruido por los babilonios, en 586 a. C.
No se nombra en inventarios. No reaparece en el Segundo Templo.
Entonces nació la leyenda: que fue destruida, que fue escondida, que fue trasladada.
El Arca se perdió en el tiempo, pero no se perdió la idea del Arca, de lo que contenía y de lo que significaba. Tampoco se perdió el deseo de encontrarla y lo que era texto e historia se convirtió en búsqueda real.
Entre 1900 y 1911, un aristócrata inglés sin ninguna formación arqueológica, pero con tiempo y dinero, Montagu Parker, junto a sus inversores y un experto que aseguraba poder leer claves ocultas en textos hebreos antiguos, decidieron ir por el Arca.
Este variopinto grupo de exploradores amateurs excavó túneles secretos bajo el Templo de Jerusalén, con permisos oficiales otomanos, siguiendo supuestas instrucciones cifradas, tal como lo haría Indiana muchos años después, en la pantalla de los cines.
Una noche de 1911 entraron al recinto de la Explanada del Templo. Alguien los vio y en instantes se corrió la voz de que el inglés había encontrado y robado el Arca de la Alianza.
Los pobladores no aceptaron la ofensa ni el saqueo y se desataron disturbios muy reales en la ciudad.
Parker y los suyos tuvieron que huir del país sin Arca, sin sueño, sin honor, sin dignidad.
3.
Pero volvamos a El Dorado.
Porque cuando se escribe sobre exploradores y búsquedas se hace necesario repasar también una hermosa serie de malentendidos, errores y engaños. Y todo tiene que ver con todo.
El Dorado nunca fue un lugar. Si los españoles hubieran escrito, en sus crónicas antiguas: él, el dorado, en vez de El Dorado, tal vez otra hubiera sido la historia.
Porque se trataba de «el dorado» como de «el rey». Una persona. Un título.
El ritual de coronación del pueblo muisca, que habitó la cordillera oriental de la actual Colombia, consistía en embardunar a su nuevo rey con una resina pegajosa, cubrirlo luego con polvo de oro (el hombre dorado) y enviarlo en una barca repleta de figuras de oro al centro de la laguna de Guatavita, en donde ese tesoro era arrojado como ofrenda a los dioses.
Un pequeño error histórico, tal vez de interpretación, tal vez de traducción entre lenguas.
Una persona por un lugar.
Dos mil años antes de El Dorado, otro malentendido dio lugar a una búsqueda similar.
Un texto que fue leído como un mapa.
Una alegoría que se convirtió en geografía literal.
La ciudad perdida apareció por primera vez en dos diálogos de un tal filósofo griego, Platón (Atenas, 427–347 a. C.), más precisamente en Timeo y en Critias: una civilización poderosa castigada por Zeus debido a su soberbia y tragada para siempre por el mar.
No era un mapa, no era una riqueza oculta ni perdida, era una advertencia moral, una enseñanza política, un mito.
Durante el Renacimiento y la Edad Moderna temprana (siglos XV–XVI), cuando se redescubrieron y se idolatraron a los clásicos, la literalidad le ganó a la metáfora y comenzó a crecer una idea: «algo de todo esto debe ser verdad».
Si se había descubierto un nuevo continente, si la ciencia avanzaba, si la Tierra giraba alrededor del Sol y no al revés, ¿por qué no podría haber existido una isla de riquezas incalculables?
En 1882, un congresista y escritor norteamericano, Ignatius Donnelly, desde la comodidad de su hogar, escribió un libro titulado Atlántida, el mundo antediluviano. Allí desarrolló la idea de que la Atlántida era el germen de todas las civilizaciones, el sitio primigenio del que había surgido todo lo que se sabía.
Exploradores de cada rincón del mundo salieron en su busca. La buscaron en el Mediterráneo oriental, en el mar del Norte cerca de Heligoland e incluso hubo quienes dijeron que América era en verdad la Atlántida.
La isla nunca apareció. Y Donnelly, que ansiaba la gloria y un lugar en los libros, fue considerado un precursor de las pseudociencias.
4.
Si existió un Indiana Jones, por supuesto debía existir una Lara Croft.
La versión femenina y moderna del explorador nació el 14 de febrero de 1968 en Surrey, Inglaterra, en el seno de una familia aristocrática.
Un accidente aéreo en el Himalaya marcó un quiebre en su historia. Sobrevivió sola, regresó transformada, abandonó estudios, familia, comodidad y se convirtió en exploradora independiente.
Así la creó Toby Gard en 1996, para protagonizar la franquicia de videojuegos Tomb Raider, películas y próxima serie. Inteligente, seductora, atlética, casi una superchica.
Como un homenaje a todos los grandes exploradores, Lara Croft sí encontró la Atlántida, sola.
Y como un homenaje a los grandes yerros de la historia de la arqueología, Croft arrasó con los lugares que halló y los dejó más inhabitables y perdidos que antes.
Quiénes habrán sido los Croft del pasado, que reutilizaban las piedras de los antiguos monumentos para levantar nuevos edificios, excavaban canales que inundaban ruinas o destruían construcciones antiquísimas como un modo de plantar bandera.
Ahora toca mirar hacia Egipto. Durante tres mil años la civilización egipcia se desarrolló alrededor del Nilo. Un imperio grandioso y unido levantó algunos de los monumentos más conocidos y estudiados por los exploradores del mundo.
Fueron muchos los que pudieron acceder a las pirámides, pero nadie, hasta el siglo XIX, fue capaz de adentrarse en la grandiosa historia de Egipto. Porque como niños que no saben aún leer, los jeroglíficos que abundaban en paredes y papiros les resultaban herméticos y misteriosos. Imposibles.
Y la «llave» para comprenderlos estaba tirada por ahí.
En el año 1799, en plena campaña de Bonaparte en Egipto, una piedra con ciertas marcas grabadas apareció entre una pila de escombros, en Rashid, en donde un grupo de soldados franceses debían reconstruir un fuerte en ruinas (con esa pila de escombros).
Los franceses, que llamaron «Rosetta» a «Rashid», aún no sospechaban que allí se realizaría uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de la historia.
Posiblemente haya sido algún soldado raso o un obrero egipcio el que apartó esa losa en particular del resto de las otras losas. Tal vez fue el mismo u otro quien preguntó al oficial a cargo, Pierre-François Bouchard, si esa piedra podía tener alguna importancia.
Pero Bouchard no era solo un soldado, también era un ingeniero y, al limpiar la piedra, reconoció tres tipos de inscripciones grabadas en ella: catorce líneas de jeroglíficos, treinta y dos líneas de una escritura desconocida (demótico, una escritura más rápida y simplificada del egipcio) y cincuenta y tres líneas en griego, legibles con cierta dificultad.
Tuvieron que pasar veintirés años, decenas de criptógrafos, lingüistas, historiadores y curiosos para que la losa que podría haber terminado siendo parte de una pared cualquiera develara sus secretos.
Jean-François Champollion, nacido en 1790 en Francia, ex niño prodigio del lenguaje, apasionado por la historia de Egipto, estudioso del copto (la lengua de los cristianos egipcios), cerró la búsqueda en 1822, al descubrir en esa piedra, que repetía un mensaje en tres lenguas distintas, que los jeroglíficos combinaban signos simbólicos y fonéticos.
Y por fin, la historia del antiguo Egipto pudo ser leída y preservada para siempre.
5.
Pero volvamos, una vez más, a El Dorado.
Porque allí comenzó, por lo menos en este artículo, esta historia de malentendidos, saqueos, errores y engaños.
Alrededor de 1530, un teniente español, integrante de una expedición en el norte de Sudamérica, llamado Juan Martínez, afirmó haber estado en la mítica ciudad dorada.
La historia la recopiló Gonzalo Fernández de Oviedo en sus crónicas.
¿Fábula para mantener el interés por la exploración? ¿Una broma de algún otro soldado cansado, agotado, picado por mosquitos en selvas imposibles? ¿Importa?
Martínez no era un hombre con suerte. El oficial de su expedición, Diego de Ordaz, lo había acusado de insubordinación y sentenciado a muerte. La pena, sin embargo, no resultó tan definitiva: el teniente fue abandonado en una canoa sin remos en las aguas del río Orinoco.
¿Murió, Martínez? Por supuesto que no.
Siete meses después, de regreso a la civilización, Martínez narró una historia maravillosa: había sido recogido por indígenas amistosos que lo llevaron a su ciudad para ser presentado al cacique, ya que nunca esa tribu había visto a un hombre blanco.
La ciudad se llamaba Manoa y se encontraba cerca del lago Parime, en la actual Guayana. Y era dorada, tal como se describía desde hacía años. En una sola calle trabajaban día y noche miles de orfebres y el oro era tan común como el aire.
Cuando el cacique se aburrió del hombre blanco, lo dejó ir, escoltado por los amistosos indígenas y con todo el oro que Martínez fue capaz de transportar. Lamentablemente y según las palabras del damnificado, la comitiva fue atacada en el camino por una tribu enemiga, los escoltas fueron asesinados y el metal robado.
Martínez fue el único sobreviviente, tal como lo había sido Lara Croft en el Himalaya.
Los españoles creyeron la historia de Juan Martínez y El Dorado fue cambiando de lugar, de forma, pero nunca dejó de brillar.
6.
Las ciudades míticas se iban moviendo por el mapa como se movía el deseo humano. Y a veces, incluso, esa pulsión de buscar se volcaba hacia adentro, hacia las preguntas sin respuesta que nunca dejarán de resonar en nuestras cabezas:
Quiénes somos.
Por qué estamos aquí.
También allí los exploradores intentaron hacer pie con sus malentendidos, sus yerros y sus malditas intenciones.
Entre los años 1938 y 1939, el zoólogo alemán Ernst Schäfer, miembro de las SS y bajo la protección de Heinrich Himmler, viajó al Tíbet a buscar el origen divino de la raza aria.
Se trató de una exploración organizada por la Ahnenerbe (asociación de la Alemania nazi para investigar el pasado de la raza aria), cuyo objetivo era, principalmente, confirmar las teorías imaginarias que darían lugar al mayor genocidio del siglo XX. Para ello cualquier resultado servía, las respuestas ya estaban escritas.
Los objetivos de Schäfer eran localizar el reino de Agartha (una civilización subterránea avanzada) y rastrear allí los orígenes remotos y espirituales de la raza aria. Es decir, en lo más antiguo del planeta: lo más puro; en lo más aislado del mundo: lo menos contaminado por otras razas.
El alemán, especialista en ornitología, se dedicó, en las tres expediciones que realizó al Tíbet, a medir cráneos, tomar fotografías etnográficas y reinterpretar mitos y símbolos. La esvástica tuvo bastante que ver.
En la Asia tibetana y en el hinduismo, el símbolo existe desde hace miles de años y está asociado a la buena fortuna, el ciclo lunar, el orden cósmico, la eternidad.
Los nazis se apropiaron de ella y la cargaron de ideas de muerte, porque si aquello significaba lo más puro y antiguo de la Tierra, como lo era la raza aria, aquello debía pertenecerles. Por eso mismo también buscaron el Arca de la Alianza, un objeto de poder simbólico y político.
No fueron ellos, sin embargo, los únicos que inventaron teorías basándose en huesos humanos.
El mayor fraude en la historia de las exploraciones estuvo justamente relacionado con un cráneo, un diente y una mandíbula.
En 1912, en Piltdown, Sussex, Inglaterra, en una cantera de grava, se hallaron fragmentos de un cráneo, una mandíbula de aspecto prehistórico y un diente.
Se trataba de una cantera generosa, cada nueva exploración confirmaba que la tierra tenía algo para ofrecer. ¿A quién? Se dice que fue una conspiración, se señaló al abogado y aficionado a la arqueología Charles Dawson, quien soñaba con hacer un gran descubrimiento. También se señaló a otros paleontólogos y hasta al escritor Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes.
Mucha gente para un pequeño cráneo destinado a cambiar la historia de la humanidad. Porque aquellos tenían que ser los restos del famoso eslabón perdido, bautizado Eoanthropus dawsonii o el Hombre de Piltdown.
Durante cuarenta años, la comunidad científica dio por válido el descubrimiento porque deseaban creer, y el Museo Británico exhibió, estudió y replicó los restos para que en todo el mundo pudiera enseñarse la evolución humana.
Finalmente, en 1953, distintos estudios con nuevas técnicas demostraron que el cráneo era de un Homo sapiens, que la mandíbula era de un orangután y el diente suelto de un mono. Y como si fuera poco, los restos habían sido plantados en la cantera.
7.
Lo sabemos, El Dorado, el Arca de la Alianza, la Atlántida, el eslabón perdido, el origen de la humanidad nunca van a dejar de buscarse y nunca van a desaparecer de la imaginación de los hombres.
Pero siempre van a estar un poco más allá de donde podemos alcanzarlos. Siempre llegaremos tarde o antes de tiempo.
Eso es lo que nos empuja: lo que sigue, lo que vendrá, lo que perdimos y nunca dejamos de anhelar.
Un momento, ¿y los tesoros del Guatavita?
Una vez en el siglo XVI y otra en el siglo XIX, en 1898, se intentó drenar las aguas del lago. La primera vez las aguas descendieron parcialmente y aparecieron pequeños objetos de oro en las orillas, confirmando la leyenda de El Dorado.
La segunda vez, utilizando los recursos de la ingeniería de la época, se logró excavar un canal profundo y subterráneo y el lago se vació completamente. Pero lo que había en el fondo era un lodo espeso que se solidificó bajo el sol, ocultando todos sus secretos.
Porque lo que no debe ser hallado, simplemente nunca aparece.








