
Nota del autor: esto empieza con un elogio de la arcada, así que cuidado con los estómagos sensibles. Si tú lo tienes, para ya de leer esto, aunque últimamente por aquí gusta bastante el tema. Miedo y asco en Jot Down.
En el cine, la arcada, la náusea, el espasmo, verbalizada exitosamente como devolver, potar, reglotear en Navarra y echar la pela en español universal, ha sido bastante mal representada históricamente, de manera algo pudibunda, como los besos y morreos, especialmente en el cine clásico. Por supuesto, si no había lengua, tampoco había arcada ni su premio, manantial estomacal, agua bendita de fluidos. Dicho lo cual, tampoco es que el cine moderno se explaye mucho con la vomitona, apenas un hilillo medio transparente, melifluo y poco creíble, o su extremo, el hype regurgitado, como el de aquel cuento, ficción sobre ficción, del concurso de comer tartas en la iniciática Cuenta conmigo, una cascada tan falsa como humorística.
En cambio, en esta El drama, la pota más potente que nos ha arrojado el último enfant terrible de las distribuidoras —y productoras— de Hollywood, la intocable A24, la vomitona tanto real como figurada se plasma a la perfección. De hecho, su representación es, probablemente, lo mejor de esta ¿comedia dramática?
Por un lado, los protagonistas, una pareja a las puertas de su boda, vomitan varias veces con profusión de sustancia, alcohol mediante, con la contracción estomacal que corresponde. Ver ejecutar este acto volitivo —al menos un par de veces— a una de las mujeres más bellas del último cine, Zendaya, es casi extasiante. Algo menos a su partenaire, Robert Pattinson, precioso mármol igual, pero al que la actriz de Oakland se lo bebe artísticamente hablando. Ni punto de comparación entre el talento de una y el del otro, y no porque ella eche más la pela.
La otra vomitona, en cambio, la de su director y guionista, Kristoffer Borgli, no resulta tan satisfactoria, por estomagante. Nunca mejor dicho. Hace unos días, presentando el sutil y complejo segundo largo del director Javier Marco, A la cara, me confesaba que él y su habitual coguionista, Belén Sánchez-Arévalo, tuvieron que «decapar» el guion hasta en diecisiete versiones distintas, quitándole frases, subrayados y redundancias, hasta dejar una película alusiva, que escala poco a poco en el espectador y que te la llevas puesta a casa para que siga creciendo en tu interior.
Por supuesto, nada de esto sucede en El drama, que representa de una manera algo intelectual el relato predominante en el estándar de Hollywood, por mucho A24 que la mueva: mostrar y no sugerir, cine explícito y apuntalado, recursos de la gramática audiovisual al servicio de lo evidente. Pensamientos, impresiones, sentimientos, todo se proyecta en la pantalla, todo lo ves, todo está negro sobre blanco desde el libreto, no vaya a ser que no te enteres de nada. Y, claro, ante tanto apabullamiento visual y dialéctico sales impactado y con la historia sellada en la frente, como una vaca con dueño. Porque si lo que el noruego Borgli busca es desasosegarte, incomodarte y que todas las secuencias te hagan sentir como si estuvieras sentado sobre cristales, lo consigue para bien, pero únicamente mientras estás hipnotizado en la sala oscura. Eso sí, en cuanto sales a la luz, lo potas como Emma y Charlie sus vinos. ¿Hondura? ¿Metáfora? ¿Simbolismo? ¿Eso qué es?
«Esto parece una película de Louis Malle», le dice Charlie a su prometida al poco de estallar el gran punto de giro y lo que rompe y provoca el drama.
Nada más lejos de la realidad —lo de la comparación con el maestro francés, digo—, todo delicadeza, finura y poesía, hasta retratando las más bajas pasiones humanas.
Y hasta ahí, todo correcto: un planteamiento que bebe del cine de los setenta, pareja idílica, carismática —más ella—, a punto de casarse y con las fricciones habituales; hasta que llega un acontecimiento no necesariamente actual y algo forzado que hace que la trama se abandone a lo obvio y sea incapaz de dotar de aristas a una narración plana, simple: lo que hay es lo que ves y, si lo verbalizo, te lo muestro en imágenes, como todos esos absurdos flashbacks autoexplicativos, blaxploitation urbanita.
Y cuando crees que el director se redime en ese antológico tercer acto, magníficamente rodado, por otra parte, y piensas que va a optar por la alusión y la elipsis, otra vez los malditos flashbacks, repetitivos, tutoriales baratos, fogonazos reales o figurados que subrayan una historia que, con una lectura más madura, podría haber desembocado en una película referente del estándar actual, algo cínica, pero real, sobre los eternos conflictos de pareja, la amistad y la lealtad.
Y es verdad que Kristoffer Borgli propone desde la puesta en escena un interesante juego metacinematográfico, un ejercicio de estilo que se apropia de códigos narrativos contrapuestos a los de la comedia, como los del más puro horror movie, incluidos los esquinados slasher y gore, desde la cámara al hombro y close-ups en lo que se supone que es una conversación de comedia romántica, pasando por la utilización de largos movimientos de cámara con teleobjetivo y una banda sonora de chirriantes cuerdas y vientos, tan típica del género de terror. Es una lástima que esto solo interese a cuatro críticos y que su potente planteamiento se diluya como una lágrima en la lluvia.
El drama se queda en una exhibición interpretativa de Zendaya, menos da una piedra, y algún hallazgo visual como el arranque de la parte final, travelling histérico como de remake de El resplandor, que rompe con el aparente tono festivo del evento, pero que se queda en simple evidencia, como si Jack Torrance explicara a cámara lo que significa «All work and no play makes Jack a dull boy».
Y luego, claro, ese epílogo a la manera de gran estudio de Hollywood, pegado como un apéndice amorfo al tono de la historia, feo colgajo, muy lejos de la ironía, incluso vitriolo, que se medio vislumbra detrás del guion. Como siempre, el cierre tendría que echarse mucho antes y, como pasa en otro final similar, fallido, el de su paisano Joachim Trier en su Valor sentimental, se vuelve a percutir sobre la misma idea. Y es una lástima, lo digo otra vez, porque se trata de un filme tan impactante en su visionado como efímero en su recuerdo.
Eso sí, vomitonas hay unas cuantas.







