
Robert Lee Willie y Elmo Patrick Sonnier fueron llevados a la silla eléctrica en 1984 por haber asesinado a una pareja de jóvenes. Los dos crímenes eran parecidos: una violación que había terminado con dos jóvenes muertos. En el corredor de la muerte, ambos pidieron la asistencia espiritual de la hermana Helen Prejean, monja católica, que acabaría publicando en 1993 Dead Man Walking, un libro sobre estas experiencias con presos que esperaban su ejecución.
Puede que les suene esta historia por la película Pena de muerte (1995), donde Susan Sarandon hacía de monja y Sean Penn de reo. Acaba de estrenarse en Madrid la ópera que Jake Heggie (el libreto es de Terrence McNally) escribió sobre este mismo libro, porque nadie rentabiliza una gran historia como los americanos.
Se levanta el telón y suena el preludio, música ambiental que se interrumpe cuando empieza a sonar la radio de un coche y el cricrí de los grillos. Joseph de Rocher (el nombre que tiene aquí el criminal) se abalanza con su compinche sobre dos jóvenes desnudos, que estaban haciendo lo que hacen los jóvenes desnudos que van a los descampados. La cosa se tuerce. A él le pegan un tiro, a ella la cosen a puñaladas. Sobre la misma escena entran los niños que cuidan las monjas de San José, cantando alegremente una cancioncilla piadosa. El montaje pretende enfrentarnos, ya al principio, la crudeza del crimen a la vida inocente de la hermana Helen, aunque sea a través de recursos tan poco sutiles.
Y aquí comienza la hagiografía de la monja: su vida a contracorriente, desde que quiso casarse con Jesucristo («Él fue un exaltado, yo también lo soy: una pareja perfecta»), su decisión de ayudar a De Rocher a pesar de las reticencias de las otras monjas, del cura de la prisión, del alcaide, a veces del propio preso, de las familias de las víctimas. Todo el viaje que hace el personaje (el literal y el espiritual) están resaltados por un montaje efectista y un libreto convencido, que opone contrarios sin ningún rubor: la candidez de la hermana a la bestialidad de los reclusos, la libertad de su pequeña habitación a la vida entre rejas de De Rocher, el dolor de los padres de los chavales asesinados a la esperanza de la madre del preso. Y la hermana Helen en medio, entre duras tribulaciones, pero venciendo siempre al mal a fuerza de bien.
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