Gastronomía Ocio y Vicio

Gastronomía en viñetas

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El gourmet solitario.

La comida, y la versión civilizada de la misma, la cocina, es algo tan básico en la vida de las personas que resulta sencillamente imposible que no aparezca en obras de ficción, ya sea como protagonista o como un elemento más de la narración. Yuval Noah Harari señala en su libro Sapiens que la nuestra es una raza de cocineros y que, según algunas teorías, el descubrimiento de la cocción provocó una disminución del tamaño de los dientes y del intestino, lo que ayudó al aumento del cerebro (temas de energía, al parecer). Al poco de esto, si no a la vez, el ser humano empezó a hacer algunas otras cosas extrañas, como pintar lo que creemos que son historias en las paredes de cuevas y tallar en madera y huesos formas reconocibles de animales, de humanos e incluso mezcla de ambas. No sería demasiado atrevido decir que cocina y arte surgieron al mismo tiempo.

La cocina ha estado siempre presente en la ficción y el arte. La afición por la comida de Cervantes se filtra en el Quijote (la olla podrida aparece no pocas veces), el bodegón en la pintura supone un género en sí mismo. Ya sea como excusa o elemento narrativo (el Quijote) o como absoluto protagonista (el bodegón), la cocina siempre ha estado ahí cuando el ser humano ha buscado expresarse artísticamente. Y en el cómic, obviamente, ocurre lo mismo. A principios del siglo XX, en plena eclosión de la historieta moderna, en la genial creación del norteamericano Winsor McCay, Little Nemo in Slumberland, ante el hambre que sufría en una de sus aventuras oníricas, Nemo devoraba las propias letras del título del cómic. Pocos años antes McCay había creado otro cómic, Dreams of a Rarebit Fiend, donde narraba las pesadillas que el exceso de fondue de queso provocaba en el protagonista.

Pero ha sido en los últimos años cuando ha habido una eclosión de tebeos en los que la cocina ha tomado el protagonismo de las viñetas. No es que antes no hubiera relación, ya se ha comentado el caso de McCay y en nuestro país basta recordar la mítica creación de Josep Escobar, Carpanta, y su eterna e infructuosa búsqueda de alimento, pero con el auge que la gastronomía («el arte de preparar una buena comida», según la RAE) está viviendo desde el encumbramiento de Ferran Adrià, los cómics han ido dando cada vez un mayor protagonismo a los fogones. Por cierto, y ya que sale a colación Adrià, no viene mal recordar, como curiosidad si se quiere, que en Cala Montjoi, donde se situaba El Bulli, descansan las cenizas de Manuel Vázquez Montalbán, que además de dar vida al detective gastrónomo Pepe Carvalho, dio carta pública de validez intelectual (junto a Terenci Moix) a la Escuela Bruguera, donde Carpanta era uno de sus principales personajes.

Este artículo no trata de hacer un repaso exhaustivo a todos los títulos que en los últimos tiempos han dado cobijo en sus viñetas a las cocinas, pretende más bien dar un paseo por una serie de obras que reflejan cómo el cómic ha tratado el apasionante mundo del buen comer y también del buen beber, reflejando tanto la cocina de autor más vanguardista como la más tradicional, la española y la de países como Japón o Francia. Un jugoso recorrido repleto de delicatessen, dibujadas y cocinadas.

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Un buen título por el que empezar es ya un clásico indiscutible, El gourmet solitario, de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi, cuyas dos partes han sido editadas en España por Astiberri. En este tebeo, bajo la excusa de los viajes de trabajo del protagonista, un joven autónomo, los autores realizan un espectacular recorrido por la gastronomía japonesa. Son historias cortas en las que el protagonista se va encontrando en diversos lugares de Japón buscando un lugar donde comer. A partir de esta excusa argumental tan básica y efectiva en este caso, los autores despliegan toda la riqueza de la cocina japonesa. Van desde a bares de barrio, donde degustar un salteado de cerdo con arroz junto a berenjenas encurtidas y un caldo tonjiru, a la comida preparada, como un jetbox de shumai, que se calienta solo, para comer en el tren bala, pasando por el menú de la casa de un restaurante de comida ecológica compuesto de sopa de miso con hojas de nabo y tofu frito, zanahoria y setas shiitake, y una especie de plato combinado de espinacas cocidas con aliño de salsa de soja, nabo adobado en salvado de arroz, algas hijiki cocidas, sardinas al estilo europeo con salsa y ensalada de patatas, y ya de postre, por ejemplo, un mamekan, a base de judías negras y grandes, sirope de azúcar moreno y gelatina de agar. Y esto solo es un pequeño ejemplo de los menús que se despliegan en el cómic. Todo un repaso a la cocina real japonesa, muy alejada del concepto típico que en Europa tenemos de la misma. El gourmet solitario es un magnífico tebeo de lectura más que agradecida y que provoca unas irresistibles ganas de abalanzarse sobre algún buen restaurante japonés, especialmente si pertenece a la nueva cocina japonesa que se está desarrollando en nuestro país en restaurantes como los Kabuki de Ricardo Sanz en Madrid o el Koy Shunka en Barcelona. Es además, para los afortunados que visiten Japón, una guía impagable de su comida.

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En la cocina con Alain Passard es otra obra maestra, que esta ocasión llega de la mano del imprescindible autor francés Christophe Blain, editado, también, por Astiberri. En esta ocasión se salta a la cocina francesa de vanguardia y los dibujos de Blain se meten de lleno en el parisino restaurante del chef Alain Passard, L’Arpège, con tres estrellas Michelín. Blain realiza un documental en viñetas sobre la filosofía culinaria del cocinero y su fascinación y trabajo con las verduras. El cómic tiene dos tipos de contenidos, por un lado representa en viñetas algunas de las recetas que propone Passard y por otro retrata la filosofía del cocinero francés, su trabajo con sus colaboradores en el restaurante, e incluye un viaje a cada uno de los dos huertos que posee el cocinero, uno en Normandía y otro en el Sarthe. Al finalizar el álbum, que Blain tardó tres años en dibujar, Passard había comprado un tercer huerto, en la bahía del monte Saint Michel. Blain consigue magistralmente transmitir la filosofía de la cocina de Passard, especialmente a través de las conversaciones que ambos mantienen, tanto en el restaurante como en el huerto de Normandía, y de las recetas, en las que muestra al chef en pleno proceso creativo. Vemos al cocinero componiendo sus platos, montando sabores, formas y colores, jugando con las materias primas y las diferentes técnicas de elaboración como un pintor juega con los pinceles y los colores. Blain se recrea en las elaboraciones mostrando el juego que propone el chef, como en el «cogollo de repollo crudo al parmesano» o en la «fondue de cebollas blancas a la acedera», «habitas de queso de cabra fresco», «chutney de ruibarbo rojo», el «carpaccio de langostino al cebollino» o la «piña en aceite de oliva, miel y limón». La lectura de este cómic, además de abrir el apetito y ser un magnífico reclamo para el L’Arpège, es una delicia en sí misma y un ejemplo de la complejidad de temas que con habilidad y oficio se pueden tratar desde la historieta. Es también una explicación clara y concisa de qué es la cocina de autor, donde la maestría y la creatividad conviven en unos platos irresistibles. Como postre se puede ver el episodio dedicado a Passard en la serie documental de Netfilx The Chef´s Table France, en el que aparece, además del propio Passard, Cristophe Blain.

Solo con estos dos ejemplos, El gourmet solitario y En la cocina con Alain Passard, queda constatada la capacidad del cómic para adentrarse en terrenos culinarios. Una extraña mezcla esta de viñetas y cocina, que, sin embargo, funciona con la misma enjundia que el pan con tomate. Las historietas que se comentan a continuación no hacen sino reforzar esto mismo, ofreciendo además otras visiones sobre la cocina, enriqueciendo el guiso, que diría alguno.

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Mención especial merece el cómic publicado por la editorial 3 Pintamonas, tanto en versión digital como en papel, Abastos, basado en una idea de Raúl Marinho, escrito por Francisco José Abelleira y dibujado por Pedro J. Colombo, Víctor Rivas, Beatriz Iglesias y Sagar Forniés. La singularidad de este cómic respecto al resto de los aquí comentados está en que la cocina no es la protagonista absoluta, sino que está totalmente integrada en la historia, forma parte del paisaje y de la vida de los personajes de esta obra coral; un pescadero del mercado de abastos de Santiago, una estudiante que entra a trabajar de friegaplatos en un restaurante, los dueños y cocineros del mismo y clientes del pescadero, su mujer y su hijo… Una historia que habla de los efectos de la crisis, de la solidaridad y también de comida. Los autores integran los platos y la cocina dentro de la historia, como un elemento más de la narración, encajándolo ya sea en la vida cotidiana de los personajes, como en el caso del pescadero, que se ve obligado a aprender a cocinar tras sufrir su mujer un ictus, como en la faceta más profesional, donde los chefs explican a su nueva friegaplatos su filosofía culinaria, basada en los productos de calidad y de proximidad. Además, al final del cómic se incluyen las recetas de los platos que van apareciendo por sus páginas, como el sashimi de sargo, el tartar de vaca, los choquitos con gallo asado o la sardina con higos. Y, por si fuera poco, cuenta además con un texto que cierra el cómic del gran Diego Guerrero. Abastos es en cierto sentido el contrapunto a El gourmet solitario y a En la cocina con Alain Passard: si en estos dos la cocina ostenta el protagonismo absoluto, en Abastos en cambio es una pieza más, de las más importantes, eso sí, de la historia.

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Cambiando totalmente de registro, A comer y a beber, del también francés Guillaume Long, editado por Sinsentido primero y por Salamandra después, resume y demuestra la versatilidad del cómic a la hora de tratar el mundo gastronómico. En los dos volúmenes que componen hasta el día de hoy esta obra se incluyen las entradas, todas en forma de cómic, que el autor desarrolla en el blog que gestiona en la versión digital del diario francés Le Monde. Ambos volúmenes tienen la misma estructura, bloques de historietas enmarcadas en las cuatro estaciones, más historietas intercaladas sobre viajes o anécdotas culinarias. Sin llegar a la maestría de Blain y teniendo en cuenta que no es un volumen único, sino una recopilación de entradas de un blog (el conjunto adquiere una cierta sensación de batiburrillo), Guillaume Long consigue ofrecer un tebeo divertido, entretenido y además útil para los amantes de cocinar. Entre receta y receta Long intercala algunas de sus obsesiones gastronómicas, el buen café o los rábanos negros, por ejemplo, además de detallar los descubrimientos gastronómicos de sus viajes por Estocolmo, Venecia o Budapest. Y, para los que dominen el francés o simplemente quieran ver el blog de este autor, aquí lo tienen.

En una línea más tradicional, tanto desde el punto de vista del cómic como de la cocina que representa, está La cocina de Naneta, de Nob, editado por Dibbuks. Un tebeo entrañable en el que la encantadora anciana Naneta ofrece una serie de recetas más o menos tradicionales aderezadas con bastante humor. La serie de Naneta en la que Nob narra las peripecias de esta adorable anciana está dirigida a un público familiar y posee un tono dulce que hace de la lectura de estos tebeos una experiencia sutilmente naíf. Y este tomo dedicado a la cocina no se queda atrás. Las recetas que Nob, a través de Naneta, ofrece en viñetas invitan a cocinar en familia o con amigos, muestran una cocina divertida en la que se comparten no solo alimentos y platos, sino experiencias. El cómic, con los dulces como principales —aunque no únicos— protagonistas, se abre con una receta de arroz con leche y se cierra con un tronco de Navidad; por el medio destacan el ratatouille, la tarta de tomate, la crema de calabacín o el trinxat de la Cerdanya. La cocina de Naneta es un tebeo donde perderse entre platos.

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Mención aparte y destacada merece Los bajos de la alta cocina, divertido y gamberro tebeo que Álvarez Rabo realizó «por culpa» de Andoni Luis Aduriz para celebrar los diez años de su restaurante Mugaritz y que fue editado en 2008 por Gourmandia. Este cómic es, como lo define el propio autor, un ensayo crítico-patético sobre la alta cocina en el que, además de contar con un jocoso prólogo «del» Ferran Adrià, Rabo repasa algunos tópicos de la cocina vanguardista, como la «tontolaba family», parodia de los seguidores de las sugerencias del semanario de moda del momento y que, además de pedir también el menú degustación para los niños, se llevan todo el papel higiénico y toallas de los aseos para compensar la elevada cuenta. O la historieta en la que el crítico que primero pone a parir el restaurante, tras entrar este en la lista de los cincuenta mejores del mundo, lo sitúa como el epítome del futuro de la cocina; y no podía faltar la ya típica mesa redonda mediática sobre cocina. Tampoco podía faltar como personaje el propio Aduriz, que en una delirante historia llega a cocinar una pierna amputada de Ferran Adrià. Un compendio de historietas locas, casi surrealistas, que le sirven al autor para ofrecer una visión paródica y crítica de la moda de la cocina de vanguardia que nos inunda, para separar el grano de la paja y dejar claro que, al final, lo importante es comer y trabajar bien y con honestidad.

Como contraste a Los bajos de la alta cocina, está el cómic de Javi Royo, Martín Berasategui y David de Jorge: aventuras, desventuras y recetas de un 7 estrellas Michelín y del cocinero que pilota ese programa de TV que se llama «Robin Food», editado por Debate de Penguin Random House. Un particular paseo por la historia personal y profesional y el concepto de la cocina de Berasategui y De Jorge de la mano de un Royo en estado de gracia narrativo. Un tebeo casi biográfico de los dos cocineros lleno de humor y de jugosas reflexiones en torno al oficio de cocinar.

Con esta selección, cualquier aficionado al buen comer podrá acercarse al cómic culinario sin ninguna precaución. Hay lecturas entretenidas y originales con las que aventurarse por visiones diferentes y complejas de la cocina, desde la más tradicional a la de autor, realizadas con conocimiento y maestría. E incluso se pueden seguir algunas de las recetas incluidas en varios de los títulos. En resumen, un manojo de buenos tebeos que llevarse a los ojos.

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