Magda Donato: el gonzo antes del gonzo

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Una periodista duerme hoy en la cárcel. En España. Ha entrado allí por voluntad propia y —confiesa— por una cuestión de disciplina profesional. Su intención es informar del mundo carcelario, hablar de lo que sucede allí donde no llegan las cámaras y a las horas en las que ninguna otra persona que no sea una reclusa puede saber nada. Corre el año 1933. Aún faltan cuatro para que aparezca sobre la faz de la tierra Hunter S. Thompson, el creador del periodismo gonzo y su más famoso cultivador; treinta y dos años para que realice con los Hell’s Angels algo similar a lo que ha hecho esta periodista en la cárcel. Pero ha habido un antes de la cárcel porque desde 1931 la periodista española ya se ha infiltrado en diferentes ocasiones en ambientes espinosos y ha sabido narrarlos con una eficiencia de novelista experta. Es joven, culta, exquisita, sin embargo, hoy ejerce su papel de presa con galones y sin nadie a mano que la pueda proteger en esas circunstancias. Es de Madrid, tiene treinta y cuatro años. Su nombre es Carmen Eva Nelken; al pie de sus artículos firma: Magda Donato.

Magda Donato ha viajado y leído cuanto se puede viajar y leer a la altura de los años treinta, de modo que se mueve con soltura en el Madrid bien y cosmopolita de su tiempo. La gente del teatro la corteja —ha colaborado con el innovador Cipriano de Rivas Cherif, ha entrevistado a Margarita Xirgu y a María Guerrero y ha colaborado en la fundación del Teatro de la Escuela Nueva—, el mundo intelectual dedica atención a sus artículos en revistas como España —fundada por Ortega y Gasset, donde ha compartido espacio con Gregorio Martínez Sierra, Pío Baroja, Eugenio d’Ors y Manuel Azaña—, el mundo de la política le guarda respeto, desde sus primeros pasos en el feminismo —junto a María Lejárraga, la esposa y colaboradora del escritor Gregorio Martínez Sierra—, tal vez más aún desde que, siendo una veinteañera, pusiera en su sitio a un periodista y político mucho mayor que ella como Cristóbal de Castro, un tipo que, no olvidemos, había sido alabado como muy feminista por Carmen de Burgos y la inmensa Emilia Pardo Bazán. En los años felices que han visto eclosionar a los hombres y mujeres de la generación del 27 no hay nadie en Madrid que se permita ignorar a la joven —y polifacética— Magda Donato.

Periodismo vivido, pero ¿por qué?

«Cuando uno empieza, imita a los grandes; cuando ya es grande, directamente copia a quienes le gustan». Más o menos con esas palabras formulará Paco de Lucía la manera en que un artista evoluciona desde los primeros tanteos hasta la perfección, sin que sienta por ello que se resquebraja su condición de genio. Un planteamiento similar mueve a Magda Donato en su práctica como periodista, y no tiene reparos en señalar dónde está su modelo: Marie Laparcerie, una periodista francesa que, desde principios de siglo, entiende que el periodismo se ejerce manchándose el uniforme. De ella escribe Marga Donato: «María Laparcerie ha sido cochero cuando hubo en París el fracasado intento de adaptar a las mujeres a este oficio. María Laparcerie fue también corista de ópera: y ejerció así multitud de oficios, cada uno durante breves días; de esta manera sus artículos tienen el doble interés de ser exactos y de haber sido vividos».

Cuenta con otro ejemplo no muy lejano, el del americano Jack London en Gente del abismo. London, en 1902, cambió la selva por el West End londinense y durante meses languideció como uno más viviendo en las típicas workhouses inglesas cuando era posible y, en no pocas ocasiones, al raso. Tenga noticia o no de la obra de London, Magda Donato comparte ese mismo código de periodismo autoexigente, escrupuloso con el tratamiento de los datos, bizarro y adicto a vehicular la información a través del propio cuerpo. La experta en Donato Margherita Bernard lo explicará más tarde como un salto innovador, que le permite desdoblarse y penetrar en los hechos que investiga como sujeto activo. Ya domina el modus operandi de lo que los americanos llamarán en los sesenta Nuevo Periodismo, solo que no será nuevo cuando se pongan a practicarlo. Esa fórmula de trabajo es coherente con la función social que ella misma le atribuye a su oficio, porque ese periodismo epatante «debe tener algo más que esa parte pintoresca: su deber es hacer mucho bien». Y en ese aspecto es donde la llegada de la mujer significará un plus de calidad, según su propio diagnóstico: «Solo las mujeres tienen bastante corazón para poner en el periodismo la dosis de humanitarismo desinteresado del cual es susceptible; solo ellas tienen bastante constancia o testarudez para llevar su tarea a cabo, a través de todas las dificultades y de todas las amarguras».

De noche, cuando el tiempo accede a otro régimen menos acelerado, Magda Donato sopesa las impresiones del día, una a una, y comienza a entrever las posibles maneras de volcarlas sobre el papel. No es extraño que dude, o que se replantee la validez de su método; con todo, persiste. La memoria de otros reportajes anteriores le sirve de guía en la oscuridad. Recuerda que su primer «reportaje vivido» (abril de 1932) la llevó a permanecer todo un mes interna en un manicomio testando la calidad de la atención que se daba en un establecimiento de ese tipo. El elenco de compañeras y el muestrario de patologías le dieron infinidad de anécdotas que supo explotar para su público. Suerte que, entre una y otra escena disparatada, todavía tuviera algún momento de lucidez: «Esta aspiración ibseniana que todos abrigamos de «vivir nuestra vida» no la he encontrado nunca tan bien realizada como en el manicomio… sin duda porque aquí las vidas no son reales». Y todo lo demás cae dentro del periodismo, parece decir, ahora que media una cierta distancia con aquel reportaje.

Otros hitos de su labor de infiltración han sido igualmente complejos, cada uno con sus coordenadas y variables: ha sido actriz con un grupo de cómicos de la legua (enero de 1933); para poner al descubierto la artería de los adivinos y echadoras de cartas, se ha puesto a trabajar como secretaria de algunos de ellos, y siempre en barrios de distinta clase social (junio 1932). Lo que no sabe aún es que le quedan algunas experiencias más lacerantes que la de ser presa, por ejemplo, la de hacer cola esperando la sopa boba en los comedores sociales de Madrid (marzo de 1934); o la de vivir en un albergue de mendigas obligada por la policía tras ser hallada mendigando en la calle (diciembre de 1935); aunque tal vez en este momento ni siquiera pueda imaginar el desgaste humano que significará pasar al otro lado de la civilización sin desplazarse más que un par de kilómetros, hasta el Puente de Vallecas, en el que será su mejor reportaje (julio de 1936) y uno de los últimos que publicará en España.

Los textos de Magda Donato son acreedores de un reconocimiento de su pericia como narradora; ¿por qué, entonces, ha optado por el periodismo? Vive en el tiempo en que aparecen otras mujeres escritoras, que se ligan a la vanguardia y comparten mesa en los saraos de la generación del 27. Ahí están Josefina de la Torre, Concha Méndez, Rosa Chacel, María Teresa León, María Zambrano, acaparando flashes —o no—, buscando cada una su camino, su orientación estética. Magda Donato, por contra, se empeña en cultivar un género proteico como la crónica que, por más señas, es inviable para el glam. No sabe que tendrán que pasar noventa años para que un premio Nobel —en el caso de Svetlana Aleksiévich— y un Cervantes —en el caso de Elena Poniatowska— pongan ese género a la altura que se merece dentro de la Literatura con ele mayúscula. Tampoco sabe que es una adelantada a su tiempo y, por suerte para nosotros, se empeñará en seguir trabajando en este género que combina información, opinión y toda la utilería de la narrativa para dar forma a obras que dialogan con su tiempo más candente.

Lévi-Strauss formulará años más tarde aquello de «el viaje ha terminado», el apotegma con el que dará por finiquitado el tiempo de la aventura clásica. Contra él, Magda Donato ha abierto un mapa nuevo con viaje al abismo incluido y sin necesidad de aprender idiomas ni pertrecharse de los bártulos que se suponen en un aventurero. Luego vendrán otros y seguirán sus pasos, incluso, como hemos visto, lo denominarán Nuevo Periodismo, pero en puridad será viejo al lado de lo que esta noche, en una cama llena de chinches, Magda Donato está incubando. Porque después de ella todo nos habrá de parecer antiguo: la vanguardia, el periodismo, las futuras revoluciones sociales. Y la guerra. Sobre todo, la guerra.

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