
Jot Down para Instax
La idea de un museo inacabado suena poco atractiva y probablemente invoca la presuposición de una sala con los cuadros a medio pintar, una tropa de guías que divagan y tartamudean, salas sin el techo en su sitio y un montón de elegantes cordones de soga roja engarzados en soportes dorados que prohíben el paso a la mayoría de las exposiciones. Una apreciación que cambia por completo al descubrir que esa colección inconclusa de piezas de arte en realidad pretende evocar todo lo contrario: un museo en crecimiento constante que ha descubierto la importancia de reinventarse y renovarse a sí mismo para volver a emocionar. Un concepto hermanado con la idea romántica que ofrecía el título del libro La historia interminable, aquella fantasía para un lector hambriento donde se prometían historias que no se acababan nunca, un imposible convertido aquí en una galería de arte cuyo pasillo no tiene fin. Un lugar que, en este caso concreto, tampoco tiene techo.
Reinventar tu mundo

En la provincia de Castellón, en el interior de un valle a los pies del río Mijares, a noventa kilómetros de Valencia y embalado entre bosques, se encuentra Fanzara, un pequeño municipio habitado por trescientas veintitrés personas, con una media de edad envejecida y un núcleo urbano que solo dispone de cuatro locales comerciales. El pueblo, al igual que otros tantos a lo largo de los montes del país, encaraba hasta hace poco un destino incierto, la posibilidad de acabar relegado al olvido al existir en una época en la que la gente tiene puestos los ojos y los pies sobre las urbes de mayor tamaño, aquellas de vidas más artificiales y supuestamente más importantes. Hasta que un par seres muy inquietos llamados Javier López y Rafa Gascó decidieron propulsar una ocurrencia maravillosa que en principio parecía una locura: reinventar el pueblo como un museo al aire libre. Un emplazamiento que recibiría a cualquier artista que quisiera exponer su obra, siempre y cuando llegase a la localidad cargando ganas e ideas además de brochas, espráis, rodillos y pinturas.

Se decidió que marco de cada obra expuesta en Fanzara fuese el propio paisaje, la población y su entorno. Y que los lienzos sobre los que trabajarían los artistas serían las paredes de las casas que formaban la villa. Fanzara es un pueblo que se ha reinventado a sí mismo en forma de museo, una galería de arte, de grafitis, de pinturas que embellecen unas paredes transformadas en escaparates. El lugar donde se empezaron a colocar los cimientos de un proyecto con nombre de ronroneo felino: el M.I.A.U. un Museo Inacabado de Arte Urbano.
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Joder, qué maravilla.
¡Quiero una instax!
No sabía que esas cámaras hacían fotos de calidad… qué pasada el museo y las fotos.
Excelente, señores. Para darse una vuelta y ver, y sentir, y hablar.
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