Fotografía: Ricard García Vilanova

Clanes que luchan a orillas del mar Negro; un cliché postsoviético en sepia. Abjasia es también un país pequeño en el que todos se conocen, literalmente.
Imaginamos que Verne habría usado esas imágenes en sepia para ilustrar su viaje, pero es sabido que no llegó a pisar casi ninguno de aquellos lugares que tan escrupulosamente documentó a lo largo de su obra. Tampoco le hizo falta viajar a Abjasia, para eso estaban sus personajes. Como Keraban, al que llamaban «el testarudo»; ese rico comerciante de tabaco que rompe en cólera cuando, a orillas del Bósforo, descubre que tiene que pagar un impuesto para llegar hasta su casa en el lado asiático. A pesar del valor casi simbólico de la tasa, el tabaquero desafía al policía de aduanas con un insólito itinerario:
«Atravesaré Turquía, el Cáucaso y Anatolia y llegaré a Escútari sin haber pagado una sola moneda de vuestro impuesto». Así comienza una fantástica aventura alrededor del mar Negro. Tras dejar atrás los Balcanes y la península de Crimea, Kerabán llega a la misteriosa Abjasia, justo a mitad de travesía. Se presenta a sus ojos como una provincia aparte, situada en plena región caucásica donde, dice, el nativo permanece todavía en un estado casi salvaje, y su lengua carece de vocabulario suficiente para expresar las ideas más elementales. Como es habitual en toda su obra, Verne describe la Abjasia de hace cien años con gran minuciosidad: las distancias entre las aldeas y pueblos, indicadas siempre en leguas y verstas, los frescos de los templos ortodoxos, y alguna que otra comida «bañada en una sopa agria y sazonada con kéfir y azafrán».
Keraban pasó por allí a finales del xix, cuando la destrucción causada por los rusos durante la ocupación del Cáucaso era aún patente. Verne da cuenta de ello en su relato, pero resulta paradójico pensar que el bretón apenas habría encontrado diferencia alguna cien años más tarde. Son las huellas de otra guerra las que le habrían provocado esa sensación de déjà vu.
Al igual que en Moldavia o en Chechenia, el desmoronamiento de la Unión Soviética en 1991 trajo consigo el enfrentamiento entre sus antiguos inquilinos. Los abjasios pusieron sobre la mesa una propuesta confederal que les permitiera vivir junto a los georgianos, pero la respuesta de Tiflis fue clara: «Georgia para los georgianos», espetó orgulloso Zviad Gamsajurdia, el primer presidente de la Georgia independiente.
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