
En 1989, Sony canceló la producción de discos de vinilo cuando el reluciente compact disc, que llevaba siete años haciéndole ojitos al público y presumiendo de higiene sonora, se merendó por completo el mercado hasta convertir los surcos musicales en un soporte obsoleto.
En 2012, la banda The Flaming Lips publicó un disco en vinilo relleno con la sangre real de los músicos que participaron en él.
En 2018, Sony inauguró en Japón una fábrica de dos plantas para producir vinilos porque los LP llevaban cuatro años seguidos incrementando las ventas en aquel país, y la única factoría del lugar dedicada a planchar discos no era capaz de cubrir la demanda. En el resto del mundo sucedió algo parecido, las ventas de vinilos se dispararon durante 2016 hasta alcanzar cifras que el formato no reconocía desde principios de los noventa. Unos números que significaban ganancias ínfimas para unas compañías concentradas en recaudar con el streaming digital. Pero, al mismo tiempo, unas cifras que insinuaban que el vinilo se había convertido en el soporte preferente para coleccionar música. La cadena de tiendas Best Buy ha anunciado que dejará de vender CD en sus establecimientos durante el verano de 2018 porque ya no los compra ni dios. En Europa, las fábricas especializadas en prensar vinilos musicales (GZ Media en la República checa y Record Industry en los Países bajos) fabrican más de cien mil discos diarios y no cubren todas las peticiones del mercado.
La veneración por el disco de vinilo es comprensible: se trata de un artefacto fantástico, una aguja que navega a través de surcos microscópicos y cuyas vibraciones generan música. Un proceso que conlleva un ritual laborioso y físico donde es necesario hacer girar el objeto y depositar la aguja sobre su superficie. Lo icónico de su imagen supera en glamur tanto a los reflejos del compact disc como al clic en Spotify, y su encanto no solo parece un antojo de los nostálgicos, porque las nuevas generaciones dan la impresión de asumir la existencia del vinilo como el modo ideal de comprar música en formato físico, sobre todo teniendo en cuenta que muchos LP actuales incluyen una descarga digital del álbum para que ni siquiera sea necesario quemar el tocadiscos. Se trata de un revival que no parece disparatado en una sociedad amiga de chapotear en el síndrome de Diógenes: si existe gente dispuesta a pagar trescientos dólares por la edición de coleccionista de un videojuego, no resulta extraño que haya seres soltando un par de billetes por la música que les gusta en un formato que conserva tanto romanticismo.
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ojo a las ediciones de vagina dentata organ y a las producciones en cd (algunos imposibles) de maoc’esttoi.
Este artículo es la evidencia misma de que la estupidez humana no conoce límites.
Aparte del necio «retro-revival» que está experimentando el disco de vinilo, basado en afirmaciones tan sólidas como que suena más «cálido» (¿cuantos grados Celsius?) y «natural» (¿más ecológico y/o más campestre?) que el formato digital, hay que ser tonto de remate para pagar no ya miles de dólares, sino un sólo céntimo en un disco que contiene en su interior diversos fluidos orgánicos e inorgánicos. A lo mejor, es que esa circunstancia añade más calidad a la música grabada en ellos y/o a su sonido, pero lo dudo mucho… Es más: no lo dudo, sino que estoy absolutamente seguro de que no en ambos apartados.
Sigamos la gloriosa y estulta senda hacia atrás iniciada (no sin pingües beneficios) hacia atrás. Conseguiremos el nirvana sonoro de los discos de pizarra, el magnetofón de hilo de hierro y el gramófono de Edison.
¡Aquello sí que era Alta Fidelidad!
Endevéh la de tonterías que son capaces de valorar los seres humanos. Yo soy más de CD, y también los hay raros de collones, pero vamos, que no hay nada más fácil que sablear a un fan coleccionista de lo que sea con cualquier mamarrachada. Allá cada cual con sus cuartos. El artículo, curioso. Y espero que el CD no desaparezca. Malditas ganas de meter otro trasto en casa para poder seguir comprando música en formato físico.