
Si se combinan los factores suficientes se pueden catalizar reacciones catastróficas. Episodios que se incorporan al imaginario colectivo y se perfunden, como la sangre entre las vísceras, amamantando nuestros miedos ancestrales e imbricando con ellos muchos pasajes de nuestra historia. Como si de vez en cuando el Apocalipsis hiciera ensayos recordándonos su vigor. Eso fue lo que sucedió en los años treinta en el corazón mismo de los Estados Unidos de América.
Cuando, en 1862, los congresistas presididos por el eximio Abraham Lincoln promovieron las Homestead Acts (Leyes de Asentamientos Rurales) no podían atisbar algunas de las consecuencias que generarían al retar, ilusamente, los principios complejos que rigen el caos. En confluencia con otros elementos desatarían una de las mayores catástrofes ecológicas, y por ende sociales, que ha conocido el ser humano en tiempos cercanos.
Como en un mantra histórico la población mundial continuaba creciendo. Estados Unidos había pasado de treinta y ocho millones de habitantes en 1870 a ciento treinta y dos millones en 1940. Todas esas personas tenían algo en común, necesitaban alimentarse. El cereal era el oro agrícola y se demandaban nuevas tierras para cultivar trigo, maíz o cebada. Si algo tenía esa nación feraz, esa tierra prometida, era superficie, tanta que pareciera no acabarse nunca. Si eras un varón mayor de veintiún años con una familia que mantener, y no habías levantado las armas contra el país, por pobre que fueras, podías invocar las leyes de asentamientos rurales para comenzar a cumplir tus sueños y poseer tu propia homestead (propiedad familiar). Gracias a la generosidad de papá Estado se cedieron unos 270 millones de acres (más de un millón de kilómetros cuadrados). Si la magnitud no resulta muy representativa en una imagen mental, imagínese el diez por ciento de la superficie total de los Estados Unidos de América; o si lo prefiere, dos veces la superficie de España. Eso fue lo que se repartió entre 1,6 millones de colonos llegados en varias décadas de casi todos los rincones del mundo. Los mejores terrenos volaron. En pocos años prosperaron formidables granjas en ellos. Granjas que producían buenas y valiosas cosechas. Cosechas que se usaban como reclamo para seducir a nuevos colonos, porque se necesitaba más y más. Era el capitalismo, era el hombre.
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¡Se rompió, bebé enfermo y problemas con el automóvil!
Esta mal traducido, el nombre original es «Broke, baby sick, and car trouble!» que seria «¡Arruinada, bebé enfermo y problemas con el automóvil!»
¡¡Gracias Guillermo!! Tomamos nota.
No quiero repetirme en halagos, pero muchas gracias nuevamente a DJ y en especial manera al autor. Además de libros obligatorios, también deberían ser obligatorias estas impresionantes fotos que despiertan un sin fín de reflexiones. De los EEUU solo conocíamos su potencia militar y económica, la carrera del oro, Hollywood, y Wall Street, pero de estos desastres ambientales bien poco. Recuerdo todavía aquella escena de ciencia ficción en la cual unos viajantes en el tiempo llegaban al pasado sin todavía la raza humana, y por un descuido matan a una mariposa: cuando vuelven el presente ya no era el mismo. Sabíamos perfectamente la relación que existe entre el espesor de la atmosfera y el diámetro de nuestro planeta: infimo, casi imposible, pero sólo con las imágenes desde las estaciones orbitales hemos tomado nota de lo frágil que es el ecosistema de esta esfera vagabunda que nos acoge. Si no veo no creo, decía san Tomás. Esta leyenda no es que realce la condición ética del hombre, pero así somos. Esperemos no llegar tarde a un despierte universal. Gracias nuevamente.
El sonido de un trueno, de Ray Bradbury.
Saludos desde Chile!
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Fantástico. Enhorabuena a ANTONIO CUESTA. Me hace rememorar el devenir personal reflejado en el transcurso de la historia.
Muy buen artículo, tratando un tema mucho más importante de lo que aparenta y que en la actualidad sigue siendo un problema: la pérdida de suelo fértil. Al respecto recomiendo escuchar las charlas de Eugenio Gras y Jairo Restrepo sobre las soluciones al callejón sin salida que supone la agricultura convencional actual. Supone una Revolución en la manera de hacer las cosas.
Un maravilloso relato de una atroz página de la historia de la Humanidad, llena de lecciones que deberíamos aprender.
Gracias por
Muy buena reflexion para la epoca del ”fracking y del shale gas”. Que consecuencias ecologicas traera esta por verse…
El ente humano – en su fase negativa – es el mayo depredador y no tiene madurez para proteger, preservar, meno amar a natura. Peor aun en masificacion, es invasor de los espacios que natura brinda. completamos al homo predatorio con la codicia; Entonces no somos creacion prima del cosmos y natura, sino simplemente invasores y activamos resortes aun desconocidos que a la larga o a la corta recaen sobre la humanidad y el planeta Tierra. Aqui. en el Brasil (en donde resido muchos años), nadie puede controlar las quemadas que extinguen grandes masas de floresta amazonica y atlantica, para la cria de ganado o para la explotacion de la madera que da oxigeno al mundo. Los llamados «pecuaristas» tienen sus lobies politicos en la mal llamada «democracia». Seguramente que habràn reacciones naturales o efectos colaterales.
Ese error sigue cometiéndose hoy en muchos lugares, con poca conciencia de su gravedad. Estuve trabajando en la Patagonia chilena hace unos años y la preparación de suelos para empastadas se hace a principios de la primavera (septiembre-octubre) y los vientos se llevan toneladas de suelo fértil por hectárea. La disponibilidad de máquinas más potentes y específicas para triturar el suelo (no arados, sino una especie de licuadoras) ha agravado el daño. Más cuando no se trata de los suelos fértiles de las Grandes Llanuras, sino de capas muy delgadas de suelo ya dañado por los incendios de la colonización en los 30 y 40 y el pastoreo con ovejas de las décadas siguientes. Por supuesto, ni «Las uvas de la ira» ni «Dust Bowl» son cosas que se conozcan en esa orilla del mundo.