
Los cementerios están muy vivos. No solo porque son parques y la vegetación crece entre sus lápidas y los pájaros anidan en sus árboles y los trabajadores se cansan o se enfadan o aman o sufren o hacen huelga, esas cosas; sino porque los funerales tienen la manía de suceder, qué le vamos a hacer, de modo que un espacio que podría ser siempre casi idéntico a sí mismo experimenta —en cambio—alteraciones en su topografía física y en su orden simbólico.
Sobre todo si se trata de un cementerio de artistas. Porque en ellos los nuevos escritores o fotógrafos o pintores muertos son como las nuevas obras adquiridas por los museos: pasan a competir con las viejas glorias, con los cuadros estrellas que siempre estuvieron allí. Por eso merece la pena visitar ahora el Cimetière du Montparnasse de París en clave hispanoamericana: para ver cómo ha sido alterado por la llegada de la traductora Aurora Bernárdez y del escritor Carlos Fuentes. O si todo ha cambiado para que todo siga igual.
Primera sorpresa: ninguno de los dos figura en el plano de las tumbas de los famosos. O no: tampoco está la fotógrafa Gisèle Freund y, en cambio, su lápida es objeto de devoción por visitantes informados, sobre todo adictos a Pinterest y a Instagram. ¿Será una cuestión de tiempo? Ese espejo negro que refleja y engulle tanto las ramas de los árboles como —al fondo del abismo— el cielo, ese epílogo tridimensional de Sobre la fotografía, la lápida de Susan Sontag sí está debidamente indicada. Falleció en 2004. Freund se fue cuatro años antes. Bernárdez lo hizo (si es que la muerte puede hacerse) en 2014, como quien dice: anteayer, si hablamos de la cronología de la muerte.
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