
En una escena de Warcraft: el origen, el personaje de Draka (una criatura generada por ordenador e interpretada por Anna Galvin) eleva un gigantesco machete a modo de defensa ante una posible amenaza, un gesto que llega hasta el espectador acompañado del silbido que produciría una espada al desenfundarse de una vaina de metal. Segundos más tarde, el mismo sonido vuelve a escucharse cuando Draka coloca el filo del machete sobre el cuello de un orco. Pero en ninguna de las dos ocasiones una espada ha sido desenfundada.
En Los caballeros de la mesa cuadrada, los protagonistas se desplazan simulando que montan a lomos de caballos invisibles mientras varios personajes los acompañan entrechocando cocos vacíos para imitar el sonido que producirían los cascos de jamelgos al trotar. Una ocurrencia muy celebrada que en realidad había nacido como consecuencia de la escasez de medios: el presupuesto del film no daba para alquilar caballos y a los Monty Python se les ocurrió sustituir los corceles por parejas de cocos en la pantalla. El sonido del trote reemplazó la presencia misma de la montura y la coña funcionó mejor de lo previsto. Pero un caballo correteando por el bosque nunca habría sonado así.

El filo de los cuchillos no tintinea con una resonancia metálica al cortar el aire ni los cocos vacíos chocando entre sí retratan fielmente el trote de un caballo. Pero la memoria popular ha asimilado que esos son los únicos sonidos válidos en determinadas ocasiones y, como consecuencia de ello, el público tiende a experimentar un rechazo inexplicable cuando no se los encuentra en la pantalla.
The Coconut Effect
Uno de los mayores logros del cine ha sido crear un universo alternativo regido por sus propias normas y sus propios sonidos. Una realidad paralela cuyos clichés han adquirido tanta consistencia como para superar las barreras de géneros, nacionalidades, directores o superproducciones y convertirse en verdades universales. Las cosas en la gran pantalla se comportan de otra manera porque la realidad nunca ha sonado del mismo modo que la ficción, algo lógico teniendo en cuenta que el mundo real tiende a ser mucho más aburrido que el ficticio: ni los coches circulan rellenos de nitroglicerina, ni el FBI tiene por costumbre presentarse en helicóptero, ni los hackers son gente molona que huele sano, ni abrir la puerta de un avión en pleno vuelo es tan sencillo como girar un pomo y empujar fuertecito. Pero es mucho más divertido, y da mucho más espectáculo, creer que todo eso es así.
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En el mundo de los efectos sonoros también merece mencionarse a Mel Brooks y sus chistes sobre las convenciones cinematográficas. Así, en «El jovencito Frankenstein» tenemos el relincho de los caballos cada vez que se nombra al ama de llaves. En «Sillas de montar calientes» la música ambiental resulta estar interpretada por una banda en medio del pa´áramo…
Interesante por la cantidad de datos pero yo, que he visto la mayoría de estas películas, no recuerdo en absoluto nada de lo que aquí se comenta y como yo, imagino que la mayoría del público. Entendámonos, no digo que no sea cierto lo expuesto, sino que nadie o casi nadie, se entera de estas movidas sobre algo tan banal como un grito especial de «Un hombre es mordido por caimán y grita».
¡Buenas, Roger!
La mayoría de las veces el espectador no se da cuenta, es cierto. Pero a poco que se presta atención es fácil descubrir que las cosas que chirrían suceden con más frecuencia de lo que uno creía. Por alguna razón, a mí me llama mucho la atención el tintineo de los cuchillos y los derrapes de los coches al cruzar el bosque. Pero bueno, que son manías de cada espectador, también me pone muy nervioso cuando en la pantalla los personajes no paran de mover el volante al conducir, como si estuviesen haciendo zig zag con el coche.
Lo del grito Wilhelm directamente es demencial. En lo que va de semana he visto tres películas y en dos de ellas, «Canta» y «El abuelo que saltó por la ventana y se largó», he escuchado el grito Wilhelm de las narices sin saber de antemano que lo habían colado ahí: en la primera suena cuando pisan a un caracol y en la segunda cuando matan a un extra en un campo de concentración. Si yo, que no tengo muy buen oído para este tipo de cosas, lo reconozco con facilidad en una película supongo que alguien con mejor oreja se lo comerá a todas horas.
Sobre todo porque en imdb hay una lista de casi cuatrocientas películas donde aparece el berrido (https://www.imdb.com/search/keyword?keywords=wilhelm-scream), y me parece que ese número de producciones no son ni la mitad del total en las que se ha utilizado el grito.
Casi mejor no escucharlo, ni darse cuenta de que existe, la verdad.
He buscado en la red «Wilhelm efect» y en seguida me ha aparecido. La verdad es que esperaba algo mucho más consistente porque doy yo gritos más «efectivos» cuando mi mujer me saca con saña algún barrillo de la nariz. De verdad, buscadlo y oídlo, es risible a más no poder ¡Ja, ja ja!
Por lo demás, muy atinada tu respuesta y gracias por ella.
Yo creo que pasa como se señalaba en el articulo: esos sonidos los tenemos tan interiorizados que ni notamos que estan alli, pero los echamos en falta cuando no los usan.
Precisamente lo interesante del artículo es que la mayoría no nos hemos enterado de esas movidas
Y yo me pregunto, se habrá dado el caso de que esa costumbre con algunos de estos sonidos se haya reflejado en la vida real? Por ejemplo, que un radar no haga el bip bip típico y se le haya tenido que anadir (quizás como opción) para que se tomaran en serio el radar.
Los coches eléctricos…
Como ya se cachondearon de todos esos ruiditos los Monthy Python en «El sentido de la vida», hace falta una máquina que haga ping. Chistes al margen, la primera vez que vi de niño «La guerra de las galaxias», mi padre me explicó al acabar la película que todos los ruidos de combate de naves espaciales jamás podrían ocurrir. Y es por ello que me llamó poderosamente la atención que en la nueva «Battlestar Galactica», los ruidos en los combates espaciales si bien no desaparecían, eran reducidos a unos pocos y de bajo nivel sonoro.
Muy buen artículo, pero me parece imperdonable la omisión del típico sonido de «decock» de una pistola, sobre todo cuando en un párrafo del texto se toca tangencialmente el tema de las armas de fuego.
A mí me causa mucha gracia y me irrita por partes iguales el sobreuso del antedicho sonido en el cine y en la TV, ya no solo cuando las cargan: sino también cuando les quitan el seguro y hasta cuando las empuñan.
El último ejemplo patente de esto (y que ya me pareció estúpido) fue una película británica en Netflix sobre la toma de rehenes en la embajada iraní y los SAS. Ahí, donde guion había poco o nada y básicamente eran 90 minutos de entrenamiento, preámbulo y finalmente un asalto, el carnaval de sonidos de armas cargándose cuando con suerte las estaban mirando ya era para llorar.
Esta revista necesita urgentemente un redactor-jefe «cabrón» que recorte sin piedad los artículos. Todos sin excepción me parecen innecesariamente largos.
… si se han fijado que los mandos de las TV no hacen «click» al pulsarlos, como en las pelis…
Hay infinidad de clichés exasperantes en el cine y la televisión; en la parte de los visuales a mí me sacan de quicio el gesto de llevarse el índice a la oreja para mostrar que hablan a través de un intercomunicador bien camuflado (incluso llevando casco) y la lucecita parpadeante de los aparatos localizadores o bombas que se pegan disimuladamente en los bajos de un vehículo con la intención de que no se noten (algunos con su pitidito correspondiente).