Yates aprende a ganar, Mas empieza a surgir: hechos y olvidos de la Vuelta 2018

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Simon Yates, ganador de La Vuelta 2018. Foto: Óscar González / Cordon.

El 14 de septiembre del año 2003 la Vuelta a España rinde visita al Port de Envalira, el paso de montaña más alto de los Pirineos. José María Aznar es el presidente del Gobierno, el Barcelona acaba de fichar a Ronaldinho y Walter Herrmann ha sido el último MVP de la ACB. Aquel día, hace tanto, ganó Alejandro Valverde. Su primera victoria en la carrera más importante del país. Lo hizo al esprint, como (casi) siempre. Detrás entraron Darío Frigo, Unai Osa, Leonardo Piepoli, Francisco Mancebo, Félix Cárdenas o Isidro Nozal. Escalofriante…

El 14 de julio de 2013 el Tour de Francia hace terminar una etapa, día de fiesta señalado, en la cima del Mont Ventoux. Allí, en el gigante de la Provenza, en ese cachito de luna cuyos bosques surcaron los mares bajo pabellones genoveses, destaca el colombiano Nairo Quintana. Chris Froome lo acaba adelantando, pero su esfuerzo le sirve para escalar posiciones en la general. Terminará la carrera segundo, y con la sensación de que lo mejor está por venir.

El mismo 2013, mientras Quintana se batía el cobre con los mejores del mundo, mientras Valverde celebraba los diez años de su primera victoria en la Vuelta, Simon Yates se proclamaba campeón del mundo. En la pista, óvalo de madera hacia el que dirigía por aquel entonces sus piernas. También  empezaba a destacar en el asfalto. Etapas en el Porvenir, el campeonato de su país. Una buena promesa.

Cuando Valverde ganó en Envalira, Enric Mas tenía ocho añitos. Igual lo vio por la tele, o a lo mejor le pilló en la calle, la cara llena de mocos, la sonrisa puesta en el rostro. Hasta 2016 no pasó a profesionales. Trece años más tarde de aquella tarde mágica en el gigante de Andorra. Tres veranos desde el Mont Ventoux. Un soplo. Apenas nada.

Estos cuatro hombres (generaciones distintas, cuerpos diferentes, caracteres disímiles) cruzaron sus destinos en el monte Oiz. Un momento especial. Allí, en Oiz, uno supo que no iba a ganar la Vuelta a España del año 2018, otro temió que podía perderla y dos soñaron conquistarla.

Tardó en llegar, sí, pero todo tiene un principio.

Primer acto: decepción

La Vuelta a España 2018 empezó con una participación de campanillas. Varios de los mejores vueltómanos del mundo (Nibali, Porte, Quintana, Yates), jóvenes promesas (De PlusTao Goeghegan, Buchmann), todoterrenos y esprinters (Peter Sagan, Viviani, Bouhanni), nacionales dispuestos a todo (Valverde, De la Cruz, Mas) y un grupo de escaladores de diferentes características que garantizaban el espectáculo (Kruijswijk, Miguel Ángel López, Fabio Aru). A priori, un menú envidiable.

El problema es que ya en la segunda etapa, la primera en línea, se tacharon muchos de esos nombres. Bastó un final tendido en un puerto de tercera categoría, menos de doscientos metros de desnivel, para enseñar vergüenzas. Demasiadas. Nibali, a un mundo. Richie Porte, a dos. Aru, sufriendo como un perro, solo que este lleva así todo el año y ya ni sorprende. Las promesas se quedan en futuros. Los esprinters se guardan para el llano, y quienes tienen hechuras de clasicómano ni siquiera asoman en un terreno que les podría ir bien.

Por pura mala idea, destaquemos dos nombres. Richie Porte llegó a la Vuelta lloroso. Se había caído en el Tour de Francia, que era su único objetivo del año, y parecía tomarse la ronda española como un castigo gordo. Consulten mis datos de entrenamiento y verán que no estoy en forma, gritaba a los periodistas, demostrando que en este mundo tecnificado cada vez es más difícil guardar secretos. Sobre todo si quieres que sean públicos. El problema con Porte es que solo parece interesarle una carrera al año, y en esa jamás ha pasado del quinto puesto. Se cae, no tiene dominio de la bici, y demuestra bastante poca ambición. Quizá tenga oportunidades mejores en el futuro para estrenar su palmarés en grandes vueltas, pero parece complicado que llegue a ocurrir jamás. Y, mientras tanto, va perdiendo años completos.

Otro a quien se esperaba ese primer día es Peter Sagan. Llegaba a la Vuelta después de tres años. Lo último que le había pasado en España es ser atropellado por una moto de la organización. Mal precedente. En aquel momento Sagan era un ciclista marcado por la fatalidad, gran promesa que parecía haberse estancado y era un fijo de los lugares nobles en cada sitio donde competía… pero sin ganar en casi ninguno.

Volvió vestido de arcoíris, el tercero, y con las victorias de Flandes y Roubaix en su entrada de Wikipedia. Pero, sobre todo, retornaba como la gran figura del ciclismo mundial, el hombre cuya imagen, cuya sonrisa, trasciende a las páginas deportivas. Sagan es una estrella del rock que da pedales. Lo sabe y le gusta. Le encanta. Solo que en la Vuelta destacó más por esa labor de showman que por su desempeño en la carretera. Superado sistemáticamente por Viviani en los esprints, sin noticias de los test en montaña que anunciaba iba a realizar, la imagen de Sagan en esta carrera quedó ligada a sus caballitos en monte Oiz, a su amabilidad con los fans, a su carácter bromista e inocente, de niño grande. Quizá sea poco en lo deportivo, pero su mera presencia enriquece cualquier competición. Y siempre le quedará el Mundial.

Así que eso… no iban doscientos kilómetros de carrera y buena parte de los favoritos habían dejado de contar para otra cosa que no fueran las fotos y los artículos a mala baba. Suele ocurrir en la Vuelta, pero lo de este año resultó especialmente llamativo.

La etapa la venció Valverde con su clásico esprint. El mismo con el que se imponía en esta misma prueba hace ya quince años. Década y media, nada menos. Un récord, el de más tiempo entre victorias en una misma Gran Vuelta, compartido con Gino Bartali y Fausto Coppi. A los italianos les pilló por medias la Segunda Guerra Mundial, parón forzoso de un lustro. Valverde también tuvo el suyo, entre 2010 y 2012. Fue por dopaje. Una llegada a Pratonevoso, un perro pastor alemán que se llamaba Piti, un nombre en los papeles de Eufemiano Fuentes y un código genético que coincide. Sanción. Luego volvió, y siguió ganando. Seis años después, con treinta y ocho, se ha impuesto en dos parciales de la Vuelta, y mantuvo hasta casi el final la ilusión por vencer en Madrid.

La victoria de Valverde trajo, también, el liderazgo para Michal Kwiatkwoski, el corredor del SKY. Y saltaron las alarmas, claro, porque de un tiempo a esta parte parece que en SKY cualquiera puede ganar la prueba que se proponga, da igual el nombre o la importancia de la misma. Pero fue solo eso, un espejismo. El supuesto líder de los británicos, De la Cruz, anduvo persiguiendo al pelotón por media península para acabar buscando un poco de gloria con escapadas lejanas. El polaco reventó, igual que la nueva perla británica Tao Goeghegan. En España no hubo tiranía sobre el pelotón, pero el terror estuvo latente durante varios días.

Al menos hasta La Covatilla. Primera llegada en alto seria y primera decepción. Etapa para Ben King, un temporero del pelotón que se va de la Vuelta con el zurrón lleno, y apenas movimientos entre los mejores. El maillot de líder caía en las espaldas de Simon Yates. Demasiado pronto, decían algunos, esbozando una sonrisa. Demasiado pronto.

Nairo Quintana, La Vuelta 2018. Foto: Cordon.

Segundo acto: confirmación

Lo cierto es que a Yates le perseguía su pasado. Ese que hace unos pocos meses le hizo hundirse en una etapa del Giro, la que terminaba en Bardonecchia, después de tener amarrada la general durante toda la prueba, exhibiciones en el Gran Sasso y Sappada incluidas. Pero aquel día, subiendo Finestre, mientras Froome sentenciaba la carrera de una forma literalmente increíble, Yates se sumía en la agonía. Perdió casi cuarenta minutos y un carro de confianza. No eran pocos quienes pensaban que en la Vuelta todo seguiría la misma senda.

Claro que esto es diferente. Desde hace unos años, y coincidiendo más o menos con la llegada de Javier Guillén a la dirección de la prueba, la Vuelta a España tiene una personalidad bien definida. El «modelo», como muchos lo llaman, está bastante claro. Etapas cortas y nerviosas. Finales en alto de grandes porcentajes pero, normalmente, escasa longitud. Eliminación casi completa de los puertos de paso. Poca contrarreloj, y quebrada a ser posible. Todo orientado, en general, a conseguir dos efectos: que casi cada día haya algo que mostrar en la lucha por la general (aunque sean fuegos de artificio o diferencias cifradas en segundos) y que la emoción por saber el ganador final se mantenga hasta la última etapa.

Es una idea quizá arriesgada, basada en atraer al espectador ocasional pensando (con razón o sin ella) que el aficionado de toda la vida no abandonará su vicio. Por unas u otras razones (y el azar también influye) esos objetivos se suelen conseguir, pero dejan tras de sí algunos problemas.

En esta edición el más evidente fue que a la altura de la etapa catorce, con dos tercios de la prueba disputados, la relación de fuerzas entre los favoritos (los que aun quedaban) todavía no se había mostrado en ningún momento. Por falta de terreno, quizá. También, en ocasiones, por falta de actitud, que no todo va a ser echar la culpa al empedrado.

La segunda semana de la Vuelta fue una continua espera. Al tríptico de montaña. Solo que tampoco eran tan de montaña. Tríptico sí, porque equivocarse con los números ya es cosa complicada. Pero lo otro… veamos.

Hasta llegar allí se van sucediendo días entre el bostezo y el interés. De las primeras no decimos nada, por no abundar. Las segundas tienen en Ribeira Sacra su punto culminante, con un recorrido pestoso y una valiente fuga de Thibaut Pinot que podía poner en jaque la general. Al final solo una hermosa batalla, coronada con un pequeño detalle: a menos de un kilómetro de la llegada Nairo Quintana lanzaba un ataque «para ver si cogía a alguien desprevenido», según sus propias palabras. Era la primera de varias decisiones bastante erráticas en el equipo Movistar.

Pero hablábamos del tríptico que no fue tal. El maillot rojo descansaba sobre las espaldas de Jesús Herrada, escapada mediante, pero era un líder prestado. Los favoritos seguían siendo los mismos. Quintana, Yates, Valverde, Kelderman, Kruijswijk, Miguel Ángel López. Pero, ¿quién estaba mejor y quién flojeaba? Imposible saberlo. En La Camperona, pendientes imposibles para llegar a un repetidor, no hubo más noticia que la victoria de Óscar Rodríguez, un navarro que corre para el Euskadi-Murias y consiguió estrenar a su equipo en la ronda española. Fue solo un destello, pero la forma en que resolvió la fuga ante ciclistas mucho más experimentados hace pensar en un futuro interesante para este chaval de veintitrés años.

Al día siguiente, en Les Praeres, más de lo mismo. Murazo de impacto precedido de un recorrido interesante que los favoritos desaprovecharon por temor a reventar en los tramos superiores al 20 % del final. Allí se impuso Simon Yates, que reconquistó el maillot rojo de líder. Allí empezó a asomar, también, Enric Mas, uno de los grandes protagonistas de la Vuelta. Pero, siendo sinceros… aún nada.

El momento fue en La Huesera. Los Lagos de Enol y la Ercina, la subida mítica ochentera, tan pop ella, tan «Me estoy volviendo loco». Ecos de Lejarreta, de Perico, de Lucho, de Pino. Todo eso. Y, al final, resulta que ahí siguen, desvelando miserias. Fue en La Huesera, digo, donde cayeron las máscaras y quedaron los más fuertes. Yates, Mas, Valverde. El holandés Kruijswijk, también Miguel Ángel López. Y, a trompicones, Nairo Quintana. Nairo Quintana, que sentenció aquí su victoria de 2016. Que estaba llamado a ser el ganador este año. El que mejor pedigrí tenía, el más solvente. Apenas podía aguantar, se descolgaba, cerraba huecos. Fue el principio del fin para él, aunque muchos no quisieran verlo.

Tercer acto: sublimación

A principios del año 2018 el equipo Movistar presentaba un plantel temible para las grandes vueltas. A los dos grandes líderes clásicos de la estructura (Quintana y Valverde) se venía a sumar un Mikel Landa que clamaba libertad tras su paso por SKY. También pululaban por allí nombres como Amador (cuarto en un Giro), Carapaz y el joven Marc Soler. Parecía una estructura pensada para vencer allí donde fuera. El ejército de Atila.

Nueve meses después los resultados son dignos de los osos amorosos. Cuatro etapas en total, con un cuarto puesto en el Giro como mejor clasificación. El primer error fue concentrar todos los esfuerzos en el Tour de Francia. Allí se vio que los tres líderes no terminaban de congeniar bien sobre la carretera, y los resultados no fueron los esperados. La dirección, desconcertante, ha seguido sin arrojar frutos en esta Vuelta a España.

Lo de Covadonga había sido un claro aviso. Allí ganó Thibaut Pinot, un tipo ciclotímico, depresivo, que se asusta con las bajadas y vuela, algunos días, en los ascensos. Alguien que parecía predestinado a grandes cotas pero que se ha quedado «solo» en uno de los mejores escaladores del mundo para días sueltos. No es poco. En la Vuelta se impuso en dos grandes etapas. Buen botín el suyo.

Con todo, la imagen del día no fue la del francés brazos en alto, sino la de Quintana pidiendo con el brazo a Valverde que pasase para tirar de un pequeño grupo. Fue innecesario (ahí tenía que tirar el líder Yates, no un Movistar), apenas una anécdota, pero tan reveladora… La Vuelta a España de Nairo Quintana ha sido un auténtico desastre para el corredor que fascinó por su facilidad en la escalada hace no tantos años. Ahora su estrella parece apagarse lentamente, y su postura excesivamente conservadora en carrera no hace sino aumentar esa impresión. Durante muchos días, incluso, parecía que Valverde había sacrificado sus opciones de victoria por ayudar al colombiano. Luego vimos que ni uno ni otro estaban para más de lo que hicieron. Fracaso total para un equipo donde se impone cierta reflexión al final de esta temporada…

La contrarreloj de Torrelavega, en este contexto, parecía el momento ideal para dejar colocadas las piezas antes de la traca final. Lo cierto es que decidió poco, aunque reafirmó bastante. Que Quintana no iba, que Kruijswijk estaba creciendo. Y Mas. Sobre todo Mas. Un chaval de veintitrés años que en su segunda Vuelta a España parecía sentirse cada vez mejor. Él mismo decía que soportó un pequeño catarro en la primera semana, que incluso debió tomar antibióticos. Un relato épico, orientado a engrandecer el resultado final. Cierto o no, su rostro, su gesto de «esfuerzo sonriente», sus pómulos marcados coronando un cuerpo extraordinariamente delgado empezaban a hacerse familiares para el aficionado.

Y al día siguiente, la que parecía etapa clave de la Vuelta. Llegada a la cima del monte Oiz, más arriba del Balcón de Vizcaya. Recorrido rompepiernas, sin mayor encanto. Pero pendientes acusadas, un kilómetro final que parecía medir dos mil metros, hormigón agarrando las ruedas de los ciclistas. Y algunos ingredientes adicionales. La niebla que cubría de misterio un deporte cada vez más medido, más mecanizado. Y el calor de la afición vasca, tan entendida y respetuosa como siempre. Fue poco tiempo, fueron, otra vez, apenas chispazos de gloria, segundos de diferencia, afirmaciones de lo ya sabido… Pero, siendo todo eso cierto, resultó salvaje y hermoso.

En Oiz ganó Michael Woods, un antiguo atleta de mediofondo que lloraba desconsoladamente en meta, recordando su hijo muerto, las horas entrenando con ese sabor en el paladar, las ganas de no salir jamás. A todos nos encogió un poco el alma, porque a veces estas cosas no son solo de dar pedales y luego contarlo. En Oiz creyó Valverde que podía ganar la vuelta. Liberado ya de la bicefalia con Quintana, el murciano aprovechó un acelerón en los últimos metros para recortar a Yates. Quedaba a veinticinco segundos, apenas nada si tenemos en cuenta que restaban dos etapas de montaña, con sus bonificaciones y demás.

¿Podría perder nuevamente todo Simon Yates a pocas jornadas del final? Seguramente era imposible, y, viéndolo en perspectiva, lo sorprendente era siquiera planteárselo (también fue ese el mérito de Valverde, ojo). El inglés ha sido sin duda el más fuerte a lo largo de las tres semanas, solvente desempeño contra el crono incluido. Su Giro (obviando dos etapas) y esta Vuelta parecen confirmar la llegada de un nuevo campeón, alguien ambicioso y con ciertos toques de megalomanía que garantizan espectáculo de cara al futuro.

Un inciso. Debemos dejar apuntado el hecho de que el ciclismo británico ha ganado las cinco últimas grandes vueltas. Con tres ciclistas diferentes, además. No habrá muchos ejemplos en la historia del deporte en los que un país sin apenas presencia pase a dominar su disciplina en unos pocos años. El equipo SKY, los Juegos Olímpicos de Londres, Sir Dave Brailsford y el Velódromo de Manchester (donde inició su carrera el propio Yates) están en el origen de esta efervescencia. Las coincidencias son tantas que también Simon Yates tuvo, como Froome, un problema con un medicamento broncodilatador. Fue en 2016, y la cosa quedó en una sanción de solo cuatro meses. El Imperio controla a todos los niveles, y no tiene pinta de ser algo que vaya a cambiar en un futuro cercano.

Pero habíamos dejado la Vuelta a falta de su traca final. Dos etapas en Andorra. La primera con solo un puerto, el que hacía meta. La segunda sin llegar a cien kilómetros. Emoción reconcentrada, píldoras de consumo rápido ciclista. Antes, camino de Lleida, una imponente victoria de Jelle Wallays con el pelotón pisándole los talones demostró que las jornadas llanas también deparan, a veces, espectáculos de primer orden.

No importaba, todo parecía el prólogo de algo grande. Tres semanas, casi, y los seis primeros andaban en poco más de dos minutos. Tantas esperanzas. Tantos temores. Cambió el paisaje camino de Naturlandia. Donde parecía que nada iba a pasar, todo acabó pasando. Un ataque lejano de Kruijswijk y el omnipresente Pinot. Un contraataque del líder Yates a más de diez kilómetros a la meta. Distancia tristemente lejana en los tiempos que corren. Por detrás el hundimiento de algunos, las dudas de otros. Yates logra un minuto adicional de ventaja y sentencia la Vuelta donde nadie le esperaba. Como los grandes campeones.

Al día siguiente se terminó por definir el pódium. Menos de cien kilómetros, un sube y baja constante en una distancia de salida cicloturista. Ataque de Miguel Ángel López, que al fin da la cara y se lanza con todo, en busca de un pódium que conseguirá gracias a su desempeño en Andorra. Enric Mas que responde, el líder también, aunque siempre a cierta distancia. Y Valverde se hunde. Cada uno de sus treinta y ocho años empiezan a pesarle en sus piernas. Se retuerce, apenas avanza. Nairo Quintana lo acompaña en su calvario, siempre mirando atrás, intentando que su ya líder no quedase completamente roto. El hombre que soñó con ganar la Vuelta en Oiz será al final quinto en la general.

Por delante… nace una estrella. Enric Mas se impone a Miguel Ángel López al esprint. Con esa victoria garantiza el segundo puesto en el pódium de Madrid. Es un botín valiosísimo, impensable un mes antes para este ciclista de solo veintitrés años. Pero lo mejor no es eso, sino su actitud, la sensación de que aun queda potencial en sus arrancadas, en su corazón. Es, sin duda, el gran descubrimiento de la Vuelta. Ahora Enric Mas se ha convertido en una estrella nacional. Habrá que ver si sabe convivir con esa presión, con ese grado de interés mediático y personal. Posiblemente en eso radique su futuro como gran campeón, porque madera tiene de sobras.

Aunque también tendrá rivales en su generación. Uno de ellos, quizá el más peligroso, se llama Simon Yates y ha sido el merecido ganador de esta Vuelta a España 2018.

Enric Mas, La Vuelta 2018. Foto: Yuzuru Sunada / Cordon.

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6 comentarios

  1. DAVID Gonzalez RODRÍGUEZ

    Hay un par de erratas gordas.
    Como llamar a Yates Adam cuando en todo momento se habla de Simon.
    Por lo demás muy bueno aunque no comparto la sensación de una vuelta aburrrida, que sin decirlo desprende el artículo y me considero un amante del ciclismo.

  2. Me parece un poco injusto decir que alguien del palmares de Richie Porte (ha ganado o quedado segundo de TODAS las vueltas importantes de una semana menos la Tirreno) solo muestra interés por el Tour de Francia.

    Por no hablar de lo (sorprendentemente) en serio que se toma tanto el campeonato nacional de su país o el Tour Down Under.

  3. Pobres colombianos, aún están bajo el yugo español, cuando trabajan de gregarios para un equipo europeo distinto de un español, por lo menos allí tienen el coraje de decirles cara a cara, que no se hagan ilusiones, no así en el caso de los españoles que se les nota lo mala leches que poco saben disimular.

    • Aníbal

      Siendo Movistar el único equipo ProTour español que queda y Quintana el colombiano que en él corre, deduzco (XD) que se refiere usted a él. No entiendo el comentario, francamente, cuando ha tenido a su disposición todo el equipo durante un lustro(algo más). Sería injusto decir que no ha sido una relación fructífera(Giro y Vuelta), pero no decir que dadas las expectativas ha sido algo decepcionante, sobre todo tras verle correr una y otra vez de forma tan incomprensiblemente conservadora. Al Movistar se le puede culpar de correr de forma poco ambiciosa e incluso sin ideas, pero es que Quintana peca exactamente de lo mismo. Me parece un comentario poco realista. Yo lo dejaría en el tradicional aforismo: “Dios los cría, y ellos se juntan”

  4. Hector

    Si a Nairo no le ha ido bien, no tiene que ver con su nacionalidad o la del equipo, tiene que ver con las decisiones que se han tomado, por parte de su equipo y por supuesto el mismo.
    Que Nairo es sobrehumano es cierto y tiene toda mi admiracion. Pero creo que si se hubiera centrado en sus aptitudes podria haber sido el mejor escalador de la historia e incluso haber ganado la vuelta haciendo “solo” eso. Pero le han vendido una moto que le encaja, al menos en alguna cosas.
    Claramente cuando gano la vuelta no se hablaba de ningun yugo español ni nada por el estilo y en España fue muy bien recibido (lo creas o no, los colombianos son muy apreciados en general).

    En mi opinion el Movistar ha tomado decisiones muy malas este año. A todos nos hubiera gustado ver ganar a Valverde, que es una leyenda viva y podria haber sido una despedida genial, pero por desgracia ni uno ni otro estaban a ese nivel este año.

    Lo de Nairo tirando y “escapandose” en los ultimos puertos gordos para luego “pararse a ayudar” a su jefe Valverde fue o un error estrategico o una mentira y en ambos casos le ha perjudicado a Nairo… O te vas o no te vas, pero eso de irse para luego volver a ayudar, para que? Flaco favor le hizo a Valverde… que hubiera quedado en el mismo puesto con o sin su ayuda. Si de verdad tenia fuerza para tirar mas es lo que deberia haber hecho y nadie se hubiera quejado, yo en concreto me habria alegrado de verle otra vez ahi en el ajo.

    Eso del yugo español es un anacronismo. Lo de las nacionalidades es una autentica chorrada hoy en dia, al menos en este caso. Ten en cuenta que Movistar a pesar de ser una empresa PRIVADA originariamente española tiene mucho mas negocio en america que en españa, asique si hablamos de nacionalidades no se yo que le conviene para vender mas, que al final es de lo que se trata.

    A pesar de todo esto, me alegro que haya ganado Yates porque se lo merecia y mas despues de lo del Giro. Es el tipo de ciclista que le da juego a las carreras, capaz de ganar una etapa en alto o una contrarreloj y palmar 20′ en la siguiente.

    En cuanto a Enric Mas, sin palabras. Ese chaval es un fenomeno.

  5. José Alberto

    Bien por el artículo. No comparto la opinión de que La Vuelta es aburrida y ni mucho menos esa “necesidad” por parte de ciertos forofos del ciclismo español que tienden a denigrarla por evitar etapas de 200km y 4 puertos a 2000m de altitud. Eso pasaba en otros tiempos y eso era, y es, inhumano en carreras de 3 semanas. La Vuelta es televisiva, sí, y bien. Es un disfrute e incluso en etapas más “tranquilas” la organización incluye alguna que otra trampa (recuerden los amagos de abanicos en etapas de “bostezos”) en su recorrido. No hay día en la que no pase algo (por pequeño que les parezca a algunos).

    A mi me encanta esta Vuelta y me encanta que sea reconocible, como lo es el Giro con sus etapas níveas repletas de épica o como lo es el Tour con su soporífera primera semana que tan bien nos hace a los necesitados de siesta.

    Un saludo.

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