Más miedo que la muerte

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Fotografía: Tim Vrtiska (CC).

Albert Camus escribió en El mito de Sísifo que el único problema filosófico serio es el suicidio. Es fácil estar de acuerdo con esta afirmación, por eso resulta chocante que el suicidio sea un tema del que no se habla. Se evita porque es aterrador, como si al no mencionarlo dejase de existir. Un reflejo normal, pero cuyo efecto es el contrario: evitar nombrarlo lo hace más presente, como el elefante en la habitación, y produce todavía más miedo. O, en palabras de JK Rowling, «El miedo a un nombre aumenta el miedo a la cosa que se nombra» (Dumbledore, en Harry Potter y la piedra filosofal).

En España se suicidan unas tres mil seiscientas personas cada año. Eso son cerca de diez al día. Una cada dos horas y media. Para hacerse una idea de la magnitud del problema, baste recordar que la cifra de muertes anuales en accidente de tráfico ronda actualmente en torno a un tercio de esa cifra. Según la OMS, ochocientas mil personas se suicidan anualmente en todo el mundo. Las cifras pueden presentarse de una gran cantidad de formas impactantes. Por ejemplo: cada cuarenta segundos hay un suicidio y por cada uno de ellos hay otros veinte intentos. En 1998 el 2% de las muertes en todo el mundo fueron suicidios, por delante de las guerras y los homicidios.

Podríamos seguir dando cifras dramáticas. Sin embargo, lo verdaderamente terrible es que buena parte de estas muertes son evitables. Corresponden a personas con depresiones sin diagnosticar o sin tratar de forma adecuada.

Para quien no ha sufrido una depresión es complicado entender qué puede pasar por la cabeza de una persona deprimida que intenta suicidarse. No todas las personas que se quitan la vida comenzaron estando deprimidas ni todas las depresiones acaban en intento de suicidio, pero son los intentos de suicidio como resultado de una depresión los que se van a intentar explicar aquí. Por supuesto, sin pretender que todos los casos sean como aquí se describen, pero sí exponiendo una serie de características comunes muy frecuentes.

La depresión suele ser una distorsión en la percepción de la realidad que hace que quien la padece le tenga miedo a la vida, concretamente a su propia vida. Es un pánico irracional pero que para para quien lo siente es real, y eso es lo que importa. La realidad de cada uno en cada momento es tal y como la percibe cada uno en cada momento.

El suicidio como resultado de una depresión no es ni valiente ni cobarde, sino un acto de pura desesperación. David Foster Wallace lo describió con una imagen muy gráfica en La broma infinita como algo similar a estar al lado de una ventana en un edificio en llamas. No es que uno quiera tirarse por la ventana, es que no tirarse es aún peor. Tirarse es el mal menor. No se trata de querer morir sino de no querer vivir.

La idea de la muerte no es tentadora, ni siquiera deja de aterrarnos: la muerte sigue dando el mismo miedo que en cualquier otro momento. Lo que ocurre con la depresión es que la vida puede dar más miedo aún. Pensar en tirarse por la ventana sigue siendo igual de pavoroso que cuando no hay incendio, pero el incendio resulta todavía más horrible. Se tiende a dar por supuesto que nada asusta más que la muerte, pero sí hay algo que puede hacerlo, y ese algo es la vida.

La analogía del incendio era tan buena que, por desgracia, cinco años más tarde se hizo literalmente realidad durante los atentados del 11-S, cuando hubo gente que se arrojó al vacío desde las Torres Gemelas. Esas personas le tenían el mismo pánico a tirarse que habrían tenido cualquier otro día, pero el temor al fuego lo superó. David Foster Wallace vivió para verlo, pero se suicidó en 2008. Sin duda sabía de lo que hablaba.

En la gravedad de la depresión existe una gran variedad de grados, tanto entre cada caso como entre las fases dentro de un mismo caso. Durante una depresión de gravedad media se puede llegar a los escalones previos al último. En ese estado la persona deprimida piensa en cómo se suicidaría si lo hiciera, y siente que no perdería nada que valiera la pena por hacerlo. Porque esa es su percepción distorsionada de la realidad: que en lo que le queda de vida nunca va a estar mejor, y probablemente va a estar peor. Es como si el tiempo desapareciera y las cosas fueran o eternas o instantáneas, sin términos medios.

El primer freno ante el suicidio es el sufrimiento de los seres queridos, cuando se tienen. Acordarse de ellos y pensar en el daño que se les haría, por la pérdida que les crearía pero también por las reacciones normales que tendrían de sentimiento de culpa (pensar que pudieron hacer algo por evitarlo y no lo hicieron) y de rabia hacia la persona que se ha suicidado por haberlo hecho. Sin embargo, en el último escalón de la depresión, en los casos más graves, la distorsión de la realidad hace que se olvide que existen esas personas queridas o, en el peor de los casos, que la persona deprimida esté convencida de que estarán mejor sin ella.

Por tanto, el último escalón es el intento de suicidio. Sería temerario e irresponsable explicar qué se siente en el instante exacto en el que una persona se intenta quitar la vida, además de una falta de respeto hacia quienes lo han hecho. Se habla de vacío, de desesperación, de alivio… Cada intento de suicidio es un mundo porque cada persona es un mundo. Quien lo consigue no puede contarlo, pero quien sobrevive sí puede que sepa lo que sentía, si es que sentía algo. Otra cosa es que lo recuerde, o que quiera expresarlo, o que pueda, porque algunas experiencias son indescriptibles.

En El demonio de la depresión, de Andrew Solomon, hay un capítulo dedicado al suicidio en el que aparece una cita de Nietzsche: afirmaba que la idea del suicidio mantiene vivas a las personas deprimidas en sus peores momentos. Esto, que puede parecer paradójico, es totalmente cierto. La idea del suicidio es un alivio. Saber que siempre queda esa posibilidad como último recurso ayuda a aguantar. Pensar que si se deja pasar este minuto, esta hora o este día siempre se podrá hacerlo más tarde es algo que da fuerzas para atravesar este minuto, hora o día.

Solomon asegura que nada le horroriza más que el pensamiento de que en algún momento pudiera verse privado de la capacidad de suicidarse. En la imagen del incendio sería como si le pusieran una reja en la ventana cuando las llamas le rodean. También afirma que no está dispuesto a prometer que nunca va a volver a intentar suicidarse. Podría añadirse que, por muy bienintencionado que sea no se debe forzar tampoco a nadie a prometer tal cosa, porque no solo no ayuda sino que puede ser contraproducente.

Contaba también Foster Wallace en su relato «La persona deprimida» que la protagonista «tenía un terrible e interminable dolor emocional, y la imposibilidad de compartir o articular su dolor era, en sí mismo, un factor que contribuía a su horror esencial». La depresión aísla a la persona deprimida y puede llegar a hacerle creer cosas como que nunca nadie en la historia de la humanidad se ha sentido como ella. Cuando se está pasando por un infierno uno de los pocos alivios que pueden quedar es el de saber que no se está solo. Que otras personas han pasado y están pasando por lo mismo, y algunos además saben describirlo.

Contra la depresión no se lucha. La jerga bélica, por desgracia tan extendida, puede hacer mucho daño a quien está deprimido. Si de verdad fuera una lucha significaría que hay quien la pierde, y si la pierde es porque es cobarde o débil o tiene poco aguante. En todo caso, la depresión es una guerra entre el miedo a vivir y el miedo a morir, y la mente de la persona deprimida es el campo de batalla. Que alguien sobreviva no significa que sea mejor ni más fuerte que alguien que no, porque no hay dos depresiones iguales, ni dos personas iguales, ni dos conjuntos de circunstancias vitales iguales.

La persona deprimida se mueve entre dos extremos en lo que respecta a contar o no lo que le llega a pasar por la cabeza: si no lo cuenta parece que no le pase nada, que se queje sin motivo y se lo invente todo o lo exagere; si lo cuenta (ideas suicidas especialmente, si las tiene) siente como si estuviera haciendo chantaje emocional o exhibicionismo. Si habla, mal. Si no habla, mal.

Cuando se está deprimido no se tienen todos los síntomas en todo momento, pero la persona deprimida consigue sentirse culpable por todo, incluso el no estar lo bastante deprimida. Es decir, el no dar la imagen correcta de persona deprimida. Se siente mal por estar deprimida, pero si tiene un rato o un día de tregua, o sonríe, o incluso se ríe en algún momento, se siente también mal por sentirse un poco mejor, porque entonces piensa que tan mal no estará, o que ya está bien y está fingiendo y quejándose de vicio, con lo cual le suele resultar difícil aprovechar esos momentos de descanso que a veces da la enfermedad.

Muy pocas personas que no hayan estado deprimidas saben cómo ayudar a quien lo está. Son frecuentes los consejos bienintencionados que solo hunden más al deprimido. Aconsejar, recomendar, o incluso simplemente sugerir salir a la calle a quien le aterra salir de casa solo hace que se sienta aún peor por no ser capaz de hacerlo. Es atarle un bloque de cemento a quien se está hundiendo, diciéndole que es un salvavidas. El mensaje que recibe el enfermo de este tipo de consejos es «estás así porque quieres, no te esfuerzas lo suficiente». El resultado es que la persona deprimida se siente aún peor, como si estuviera mal por su culpa, porque no hace lo suficiente por salir del pozo en el que se encuentra.

A menudo un cambio sustancial es variar los consejos por preguntas tan sencillas como ¿qué necesitas?, ¿hay algo que pueda hacer para que te sientas mejor?, ¿quedarme contigo?, ¿quedarme en la habitación de al lado para que sepas que si me necesitas estoy ahí?… La persona deprimida suele estar aterrada al mismo tiempo ante la idea de estar sola y también de estar con gente, lo cual descoloca a quienes tratan de ayudar.

Lo mejor, y lo único que se puede hacer en muchos casos cuando no se es profesional de la salud mental, es limitarse a escuchar lo que la persona quiera decir, si es que quiere decir algo, y acompañarla. Conviene evitar especialmente cualquier consejo que empiece por «Lo que deberías hacer es…». Porque sea lo que sea lo que vaya tras los puntos suspensivos si no lo hace es porque no puede. Sencillamente no puede. Quien se acaba de romper una pierna no puede correr por mucho que se lo recomienden o le digan lo bien que le sentaría.

Es decir, el mecanismo no es «haz cosas y estarás mejor», sino más bien «cuando estés mejor harás cosas». Lo primero que necesita una persona deprimida es quitarse de encima la presión, las prisas y los plazos. La depresión es como una tormenta. No puedes hacer nada para que pare. No está en tu mano. Solo puedes buscar refugio y esperar. Sami Moukaddem lo explica muy bien: si te atrapa una corriente e intentas nadar contra ella te agotarás y te ahogarás. La única salida es dejarte arrastrar por ella y cuando te deje en paz buscar el camino a la orilla.

Afirmó Mark Henick durante una charla sobre sus intentos de suicidio que «lo que importa no es lo que sabes sino lo que sientes». Es otra forma de decir que la realidad de cada uno es cómo la percibe. Uno puede saber de forma racional que no es un inútil, que su vida no carece de sentido y que sus miedos son absurdos, infundados y hasta ridículos, pero no importa lo que sepa si es eso lo que siente. Es más, saber que sus miedos resultan ridículos a ojos de los demás también contribuye a que se sienta peor, alimentando el círculo vicioso. Cuando Mark cuenta la sensación que tenía desde el otro lado de la barandilla del puente del que se iba a tirar dice: «He tenido pocas elecciones en mi vida, pero esta era ciertamente una. Necesitaba algo, cualquier cosa, de la cual estar completamente seguro. En aquel momento toda mi vida estaba bajo mi control». Su testimonio es una de las descripciones más descarnadas de los mecanismos mentales y emocionales del suicidio. No en vano lleva por título el muy explícito «Why we choose suicide».

La OMS ha comprobado que hablar del suicidio no solo no incrementa el número de suicidios sino que lo reduce. Siempre que se haga bien, sin romantizarlo ni demonizarlo. No es admirable ni heroico, pero tampoco un pecado ni un crimen. No es algo de lo que enorgullecerse ni avergonzarse. Es simplemente el resultado de un instinto humano muy básico, el de huir del sufrimiento. Ante dos cosas que nos hacen sufrir y/o nos dan miedo, elegimos el mal menor. Por eso lo peor que se le puede hacer a quien ha sobrevivido a uno o varios intentos de suicidio es hacerle sentir vergüenza o culpa por ello. Eso destroza aún más su ya aniquilada autoestima y puede hasta contribuir a un nuevo intento. La vergüenza y la culpa por tener ideas suicidas incrementan el sufrimiento, y el suicidio acaba con todo sufrimiento, incluido el que genera la culpa por tener ideas suicidas. De nuevo el círculo vicioso. Por eso conviene no forzar a nadie a prometer que nunca se va a suicidar.

Para intentar acabar con un problema, o paliarlo dentro de lo posible, es evidente que el primer paso es conocerlo, entenderlo y visibilizarlo. Se debe procurar por todos los medios que quien piensa en suicidarse sepa que no está solo. Que no crea que está loco y mantenga esa idea en secreto. Que no tenga miedo de contarlo y pedir ayuda, porque eso solo aumenta su aislamiento y empeora su estado. Cuando una persona se nota un bulto lo normal es que piense «podría ser un tumor, voy al médico». Si le duele una rodilla dirá «quizá tenga algo roto, voy al médico». Pero a día de hoy aún hay muchísimas personas que se encuentran lo bastante mal como para sentir que no tienen ganas de vivir o incluso que tienen ganas de morir, y aun así no recurren a un psicólogo ni a un psiquiatra. Que esto siga ocurriendo en pleno siglo XXI es lamentable.

No existe ninguna división entre dos tipos de personas: las que intentan suicidarse y las que no, o las que se deprimen y las que no. La depresión es como el cáncer o un accidente de tráfico. Puede pasarle a cualquiera. Aunque unos tengan más números que otros por factores genéticos, nadie está libre.

Nos concierne a todos, no solo por solidaridad con quien le toca sino porque podría tocarnos a todos. La mayor parte de las personas que se deprimen vivieron mucho tiempo pensando que algo así jamás podría pasarles a ellas. Hasta que les pasó.

De nada sirve prohibir a nadie que se suicide, ni hacerle prometer que no lo hará. Solo podemos intentar que su vida, y sobre todo su percepción de la misma —es posible que haya poco que mejorar objetivamente, de hecho son frecuentes los casos de personas deprimidas cuyas vidas son aparentemente perfectas—, mejoren para que las ideas suicidas se disipen. Mediante terapia, medicación o una combinación de ambas, y contando con el apoyo, la comprensión y el acompañamiento de las personas de su círculo más cercano. Porque para intentar evitar que alguien rodeado por el fuego se tire por la ventana podemos optar por taparla con una reja o podemos intentar apagar las llamas.

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30 comentarios

  1. Me parece oportuno recalcar que, de frente a un potencial suicida, la mejor actitud aconsejable es la presencia fisica y el silencio, pues hay dos universos perceptivos distintos, y solo con el silencio sobrio podríamos transmitirle que esa lucidez extrema de la existencia de la cual se han apropiado destrozaría la nuestra. Muy buen artículo.

  2. Y de pronto las tinieblas que la habían encubierto se rasgaron y la vida se le reveló con todas sus luminosas alegrías pretéritas. Anna Karenina, de Lev Tolstói.

  3. Muy buen artículo escrito con una rara sensibilidad así que animo a su autor a seguir escribiendo. Ha sido muy interesante leerlo. He comprendido algunas cosas importantes respecto a esta situación tan triste y se lo agradezco mucho.

  4. juancm

    Muchísimas gracias por este artículo, Jaime. Explicas en él muy bien lo que es la depresión y el suicidio, temas que deberían de tratarse más sin tapujos y con la sana intención de dar a conocer una realidad invisible.

    También sería interesante abordar las causas del suicidio que, si bien son diferentes, dada las particularidades de cada caso, tienen también, además de como explicas una predisposición psicológica a la depresión, un componente ambiental vinculado a la situación personal de cada persona.

    En otro artículo publicado recientemente en Jot Down, titulado Suicidios en el Totalitarismo, escrito por Álvaro Corazón Rural, opinaba que la mayoría de los casos presentados en ese momento eran provocados de manera directa o indirecta por la fuerza de poder dominante, en este caso los nazis, la guerra y la imposibilidad de ver una salida de futuro. Y quizás me precipité al considerar que la gran mayoría de los suicidios, salvo aquellos derivados de una enfermedad mental o padecimiento físico, es decir, todas aquellas personas que por falta de un sistema legal de eutanasia se ven obligados a suicidarse, son provocados por una consecuencia externa a la persona que se suicida. Es decir, que el ambiente en el que conviven, durante un momento dado, puede llevarles a suicidarse sin necesidad de que estén padeciendo una depresión.
    Posiblemente no sean una gran mayoría, desconozco los datos.
    No lo sé, quizás me equivoqué. No soy ningún experto, así que dejo este comentario por si alguien más quiere opinar sobre este tema.
    Una vez más, muchas gracias, Jaime.
    Saludos

  5. Añado este poema de César Vallejo. El sentimiento es reconocible para cualquiera que haya sufrido la enfermedad:

    Me duelo ahora sin explicaciones. Mi dolor es tan hondo, que no tuvo ya causa ni carece de causa. ¿Qué sería su causa? ¿Dónde está aquello tan importante, que dejase de ser su causa? Nada es su causa; nada ha podido dejar de ser su causa. ¿A qué ha nacido este dolor, por sí mismo? Mi dolor es del viento del norte y del viento del sur, como esos huevos neutros que algunas aves raras ponen del viento. Si hubiera muerto mi novia, mi dolor sería igual. Si la vida fuese, en fin, de otro modo, mi dolor sería igual. Hoy sufro desde más arriba. Hoy sufro solamente.

  6. Andres

    Articulo revelador. Como se ha mencionado en un comentario mas arriba, las causas del suicidio son importantes, causas externas me refiero. Una persona puede no tener propension genetica, pero si su ambiente es tal que se encuentra sola, sin saber a quien acercarse, porque lo primero que va a escuchar es que haga un esfuerzo por no estar solo… como si eso se pudiera evitar. Hay personas que no saben ‘no estar solas’ y a las que sin embargo les aterra la soledad. Personas que sienten que les falta el ‘gen social’ (lo que te hace pertenecer a un grupo, lo que te hace comunicarte, compartir, ser parte de), personas que se sienten ridiculas llamando a un amigo o un familiar porque se siente solo, primero porque ese amigo o familiar tiene su vida y esa persona no forma parte de ella, y segundo… porque llamar a alguien para decirle que te sientes solo es exponer tu fallo en lo social tu vulnerabilidad, tu incapacidad de ser ‘normal’, y quedas como un ‘bicho’ al que mirar con pena o con rechazo. En fin, hay causas que posiblemente nunca seran dichas, ni a un psicologo, porque en si son sentidas como un fracaso en lo mas basico, y se siente que morirse es mas digno que quedar como un desgraciado incapaz de conseguir lo ‘normal’ que todo dios consigue.

  7. …Y de pronto las tinieblas que la habían encubierto se rasgaron… Ya con esta frase queda poco por decir que se engarza con la otra: A qué ha nacido este dolor, por sí mismo. Nacemos sin que nadie nos pida nuestro consenso, sin un adecuado examen para comprobar si merecemos existir. Què tristeza, madre mía.

  8. Hay un par de ideas inexactas que habría que matizar. Una de ellas es cuando se afirma “Muy pocas personas que no hayan estado deprimidas saben cómo ayudar a quien lo está”. Esto destuye por la base buena parte de las herramiientas procedimentales de los profesionales de la salud mental. Creo que una idea muy cuestionable en su enunciado. La otra es sostener que la actividad es posterior a al alivio. Una vez más, demasiado tajante. Dado la línea base de la depresión no es uniforme, habrá momentos para que el afectado haga cosas, y otros momentos en los que sí podría ser inadecuado. Pero no se establecer como válida sin matices la afirmación para toda depresión, toda persona, y toda tarea. Tal y como está expresada, me parece una cosa idea incluso peligrosa.

    • Hola, M.

      En lo segundo que dices creo que tienes razón. Habría quedado mejor decir que “en ciertos casos y en ciertos momentos”, no es haz cosas y mejorarás sino cuando mejores harás cosas.

      En cuanto a lo primero, “Muy pocas personas que no hayan estado deprimidas saben cómo ayudar a quien lo está”, la idea era que se sobreentendería “muy pocas personas que no sean profesionales de la salud mental”. Quizá debí especificarlo, no sé.

      Gracias por leerlo y comentarlo.

      • Hola Jaime,
        Y por qué no corregir entonces lo que reconoces que habría quedado mejor de otra manera, dado la gravedad del tema? A mi también me llamó la atención y me pareció un error. Como mejor hubiera quedado es como lo explica M., y veo por tu respuesta que no la has llegado a entender del todo.
        Por lo demás, muy buen artículo.

    • Barbarella

      En mi opinión en el artículo no se transmite el mensaje de que la actividad siempre es posterior al alivio, de hecho se cita que en una misma depresión se pasa por distintas fases y que hay ratos y días mejores en los que a la persona deprimida puede apetecerle “vivir” más (cuando habla de la culpa que puede llegar a sentir por no estar lo suficientemente deprimido). En la frase “haz cosas y estarás mejor” en realidad el mensaje implícito es “si haces cosas estarás mejor”. El verdadero problema es de dónde viene esa actividad: si es resultado de unas ganas genuinas de la persona que sufre la depresión, adelante, si viene forzada por ese mensaje anterior de alguien que, con la mejor intención, le aconseja, puede tener un efecto negativo sobre su estado de ánimo.
      Si la cuestión que mueve a la persona deprimida es la fuerza de voluntad, podemos ir al revés. La fuerza de voluntad es la menos voluntaria de las fuerzas, de hecho, es la anulación de la verdadera voluntad, así que deberíamos llamarle de otra manera.
      Utilizada de forma puntual puede tener su utilidad, pero vivir a golpe de fuerza de voluntad, trae vacío, tristeza y desconexión con lo que realmente se quiere.

      Estupendo artículo escrito desde el sentir, a mí particularmente me ha emocionado especialmente leer algunas apreciaciones tan certeras acerca de cómo se siente la persona deprimida. Me ha calentado el corazón. Gracias por nombrar las cosas.

  9. Gracias a ti por leerlo y por animarme a escribir más.

  10. Amparo

    Muy buen artículo por el contenido y por la sensibilidad con que está escrito, alguien que sabe de qué habla.
    Y lo que más me gusta es el final: apagar las llamas, y cuanta más ayuda se tenga para eso mejor, muchas veces uno solo no puede.
    Gracias por hablar del tema, abiertamente, Jaime.
    Y me quedo con ganas de leer algún otro artículo tuyo.

  11. Sí, buen artículo. Sin embargo, deja algo muy importante fuera, como si no existiese: el suicidio como opción libre y racional, que nada tiene que ver con el suicidio como resultado de una patología. Aquí se habla de él:
    https://antoniopriante.com/2012/11/15/seneca-teoria-y-practica-del-suicidio-3/

    • Lo deja fuera porque el escritor ha querido centrar el artículo en el suicidio por depresión, como bien indica con esta frase: “No todas las personas que se quitan la vida comenzaron estando deprimidas ni todas las depresiones acaban en intento de suicidio, pero son los intentos de suicidio como resultado de una depresión los que se van a intentar explicar aquí.”
      Felicidades al autor. Nunca he tenido que lidiar con una depresión propia o ajena de cerca; este artículo me ayudará, llegado el día, a no cometer los errores más comunes.

      • En eso estoy de acuerdo. El tema del artículo no es el suicidio (de serlo, no habría quedado fuera uno de sus aspectos más relevantes desde el punto de vista filosófico, como parece que apunta al principio la cita de Camus)), sino la depresión y una de sus consecuencias extremas.

  12. Gracias,comparto lo escrito.

  13. Muchas gracias por este fantástico artículo, Jaime. Me ha encantado. Clari que conviene matizar que el tema del suicidio es abordado de forma muy diferente por la filosofía y por la psicología. Buen repunte. En cualquier caso, yo terminaría con una nota más positiva: es importante tratar todo desespero o frustración con paciencia, pues la vida toma a veces giros inesperados.

    PS. Espero seguir leyendo tus artículos.

  14. Muchas gracias, Inés.

  15. Para mi fue importante, entre otras cosas, descubrir un eco del marasmo tenebroso que vivía. Que no era un sentir no humano sino antiquisim. Tanto como el hombre. (Job 3 11, Sal 88, 19)

  16. Mi hermana murió hace dos meses, con cuarenta y un años, víctima de una depresión clínica mayor. Desgraciadamente la enfermedad pasó como un tsunami por su vida y la nuestra, dejando a dos niños pequeños. Familiares y amigos hemos caminado con ella tratando de aliviar su dolor. Hemos hablado una y otra vez con ella del suicido y de lo que representa. Los profesionales y la medicación no han podido hacer nada por ella, de hecho, se quitó la vida en un hospital.

    Yo no hubiera sido capaz de explicar mejor como va evolucionando esta enfermedad. Muchas gracias por este artículo. Se necesita hablar mucho más de la depresión clínica mayor y de como en los casos muy graves puede acabar con el paciente. Desgraciadamente, ahora me doy cuenta, al oir comentarios a la ligera sobre la muerte de mi hermana, del estigma del suicido. Mi hermana quería vivir, como muchos enfermos terminales, pero no pudo ser.

  17. Hola, Clara.

    He leído tu comentario y no sé qué decir. Me alegro de que te haya sentado bien leerlo. Por respuestas como la tuya es por lo que sé que vale la pena haberlo escrito, y que hice bien en hacerlo. Siento muchísimo lo de tu hermana. Un abrazo.

  18. Alicia Tichell Fortea

    Hola Jaime, el artículo me ha parecido bueno pero duro a la vez, aún hay muchos mitos respecto al suicidio y la depresión. Tampoco se acaban de comprender las enfermedades mentales y es habitual culpar a la persona deprimida de sentirse así.
    Las enfermedades mentales no acaban de verse como “auténticas” enfermedades y los psicólogos y psiquiatras siguen pareciendo cosas de “locos”. Hablar más habitualmente de estos temas puede arrojar luz sobre muchas personas, llegar a comprender que la depresión es una situación modificable y reversible en muchos casos da esperanza a los que la padecen.

  19. Muy buen artículo, explicar el sufrimiento del suicida es fundamental para aliviar la culpa de los supervivientes, al no hablar del suicidio no se sabe reconocer que en la mayoría de casos es fruto de una depresión, por tanto, de una enfermedad.
    Soy superviviente de mi hija de 18 años y colaboro con http://www.redaipis.org, día a día tengo contacto con supervivientes, personas con ideación suicida y sus familiares.
    Hay que conseguir una Ley de Prevención del suicidio con medios y formación para poder evitar estas muertes sin sentido y que se podrían evitar en muchos casos.
    Gracias y enhorabuena por el artículo.

  20. David A.

    Enhorabuena por un artículo tan bueno. Cualquier persona que haya compartido algún momento junto a una persona con depresión sabrá ver toda la verdad que contiene.

    Y aunque no venga tan a cuento… qué grande era David Foster Wallace. Se le echa de menos.

  21. Cuando la depresión llega al intento de suicidio, la mayoría de quienes lo sufren piensan que es totalmente imposible que alguien pueda ayudarles. Hay que educar a la gente a que esté atenta a su salud mental y en cuanto sienta los primeros síntomas pida ayuda profesional. También hay que educar desde niños en inteligencia emocional.
    Enhorabuena por el excelente artículo Jaime. Saludos.

  22. Maricela

    Ha sido el artículo más completo y mejor descrito acerca de la depresión y el suicidio q haya leído….el mejor de los artículos…..yo perdí un hijo por suicidio hace 2 años 8 meses….nunca vi signos pero leyendo lo q has escrito me dá la idea q fue circunstancial con matices depresivos q aunados desencadenó el hecho….como madre siempre seguiré especulando….buscando indefinidamente el porqué….pero tu artículo me ayudó a imaginar más a fondo sus sentimientos….su sufrimiento….su situación sin escapatoria como lo describes con el fuego….fué su única solución…la única q tuvo a su alcance….
    No vivía conmigo….se fué a estudiar a otro pueblito, se graduó de Psicólogo y allá se quedó porq encontró trabajo en su campo a los quince días de graduarse….no tube la oportunidad de ver signos en caso de q los haya habido….sus visitas eran limpias y alegres….sólo él supo….
    Gracias por tan excelente artículo

    • Hola Maricela. Siento muchísimo lo de tu hijo, y no sé cómo expresar lo que me hace sentir leer mensajes como el tuyo. Sólo puedo decir lo de siempre: que es por esos mensajes por lo que sé que valía la pena escribir esto. Un abrazo.

  23. Pingback: Más miedo que la muerte | SER+POSITIVO

  24. Robert Grosse

    Ahora, muchos años después de mi viaje por lo innombrable, encuentro y reecuentro frases y definiciones muy exactas en tu aporte. Gracias por poner las palabras. Excelente trabajo.

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